Capítulo 3 Las letras prohibidas y el espejo. #4
Al día siguiente, muy temprano, Pabel se puso a barrer su fachada, pero en todo momento apuntando su mirada a la entrada de Ágata; esperaría el sonido de su puerta para arreglar las cosas entre ellos.
Cuando en eso, veía que se estacionaba un taxi que dejaba a alguien en la puerta, pensó que alguien estaba herido y fue a auxiliarlo a toda velocidad.
—¿Señor, se encuentra bien? ¿Profesor Altair?
—De pronto, por los ruidos que hacían, salió Ágata con ropa deportiva, manteniendo la distancia con el joven.
—Hola, Ágata, ¿me ayudarías?
—¿Ahora quieres mi ayuda? ¿Por qué no buscas a Zafiro?
—Por favor, el profesor está inconsciente.
—Bueno, regularmente los taxistas lo suben cuando viene en ese estado.
—¿Maeva nos ayudará? —No, ella se fue a la casa de una de sus amigas a pasar la noche, quedó en venir por la mañana; se fueron a celebrar que va a participar en unas charlas de liderazgo; como es una de sus primeras experiencias, se fue muy entusiasmada, pensaba contarte en cuanto se vean en clases.
—¡Muchas felicidades para Maeva!, ella es especialista en esos temas y es muy culta.
—Pero no solo va ella, también va Nikolai y tú.
—¿Yo también? —Pabel ya sentía la confianza entre ambos, recordando que aún el profesor Altair no le había confirmado nada.
—Sí, tú también. Vamos a pasar a la casa a Altair, que está bien pesado.
—Perfecto.
Comenzaron a mover al muerto; el cortejo fúnebre se tambaleaba de lado a lado, hasta que lo dejaron enterrado en su cama, totalmente paralizado. De pronto, la mirada de Pabel se depositó en la mesa de noche de Ágata; allí reposaba el cuaderno de Maeva y le dijo:
—¿Puedo tomar el cuaderno de Maeva?
—Sí, está bien —. Pabel se armó de valor, rompió una barrera que ni él mismo sabía que podía atravesar.
—Esta poesía es para ti, Ágata, la hice combinando todas las escenas que hemos pasado a la distancia, por eso al final puse que eres mi «piedra preciosa».
—Pero Zafiro también lo es.
—Pero Zafiro no es como tú.
El hombre forjado por los libros se convertía en un galán sin igual, mientras se acercaba y sus manos bajaban a su cintura.
Ágata se peinaba, sintiendo el roce de su piel con la ropa al moverse; toda su anatomía se dibujaba a través de su vestimenta, y él la miraba usando como mapa las pecas que se alojaban en su rostro, que caminaban hasta su cuello y morían en sus pechos.
Lo que antes veía Pabel a la distancia, cada vez se acercaba más; todo el tesoro que su cuerpo escondía lo tenía delante a menos de un pie de distancia.
Con el muerto enterrado, la escena del crimen estaba preparada.
—¿Entonces era para mí?
—Sí, Ágata.
—Eres un hombre de pocas palabras.
—¿Eso es malo?
—Malo es hablar mucho y no hacer nada.
Se miraron los labios en señal de complicidad, cada vez más cerca; ella le dio apertura entre sus piernas a su virilidad, rompiendo las barreras por un momento.
Lo que Zafiro quiso tejer se rompió por el fuego que se encendía por la pasión latente entre ambos, cada vez más cerca, entregando sus cuerpos al momento.
Sus labios querían danzar una melodía perfecta para sellar su unión, pero en eso...
—¿Ágata, eres tú? —Ágata lo tenía en el mismo cuarto a Pabel, pero lo tapaba con su cuerpo. Con señas le diría que se vaya, pero le guiñó el ojo en señal de continuar luego.
—Sí, Altair, soy yo.
—Tráeme agua.
—Está bien.
Pabel se marchó mirando a Ágata mientras la puerta se cerraba lentamente hasta ir divisando hasta el último vértice de su cuerpo, con la satisfacción de estar remando en aguas en las que Maeva lo había entrenado, sumado a la sabiduría que los tesoros de sus libros escondían, hasta que la puerta se cerró para encontrarse con su mejor amiga.
—¿Pabel, ¿qué haces acá?
—¡Maeva!, estaba limpiando mi casa y vi cómo tu papá estaba muy mal, me acerqué y ayudé a tu mamá a que pasara a su casa.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, sólo se le pasaron las copas.
—Bueno, nos vemos, estoy cansada.
Pero Maeva no se iba tan convencida, porque vio a Pabel con el rostro mezclado entre asustado y contento a la vez; aun así, ingresó a su casa.
—¿Mamá?
—Hola, hija, ¿qué tal estuvo la salida? Volviste antes.
—Sí, bien, una de mis amigas, el dichoso novio le cortó y ya no quería celebrar nada.
—¿Mamá, está bien mi papá? Me encontré a Pabel afuera y me contó. Lo raro es que tiene la misma cara que tú, como entre susto, alegría y deseo. ¿De qué me perdí? ¿Estás bien, mamá?
—Sí, está bien tu papá, Pabel se asustó mucho al ver a tu papá en ese estado. Es muy delicado tener a tu padre así tan continuamente, conversaré con él por su salud.
—Tienes razón, mamá, lo bueno es que tú lo quieres y piensas en él.
En eso, cuando Ágata iba a dejar el vaso que le dio a Altair por la tremenda borrachera que cargaba encima, Maeva se dirigió a ver cómo se encontraba su papá.
Lo vio descansando, pero en el velador encontró su cuaderno.
¿Qué haría allí?, pensaba la muchacha, no recordaba haberlo puesto allí.
Tampoco entendía cómo su mamá tendría algo desordenado si siempre tenía todo en perfecto orden.