Capítulo 3 Las letras prohibidas y el espejo. #3
Cada una estaba entrenada a la perfección: colocando el preservativo de sus amantes en la boca mientras acariciaban sus testículos y besaban sus miembros con mucha habilidad, se los apretaban con mucha pasión, así como apretaban sus billeteras, porque estando más anestesiados más dinero perderían.
Se dejaban besar completamente, pues los baños de estos cuartos estaban totalmente equipados con jacuzzis para desatar cualquier tipo de fantasía, con la dama o en grupo.
Ellas siempre atendían a este par; eran mujeres totalmente hermosas a quienes, mientras apostaban, ni las miraban por estar embobados con el sueño de ganar grandes sumas de dinero.
Con una anatomía totalmente hecha escultura, el dueño las tenía en un régimen de gimnasio diario y alimentación balanceada, de paso que en el gimnasio conseguían más adeptos a este vicio.
Todo estaba milimétricamente estudiado para que gane la casa de apuestas.
Todas eran perfectamente operadas con ese peso frío que dejaban en la piel de estos hombres, succionando hasta la última esencia de placer que tenían y succionando hasta el último billete digital que tenían en sus cuentas.
Ellas nunca se embriagaban; como tenían a sus víctimas totalmente borrachas y drogadas, hacían el ademán de tener su vaso servido, pero como algunos licores son transparentes como el pisco, el tequila, el aguardiente u otros, estos eran reemplazados con agua para ellas, y los que eran marrones, como el ron y el whisky, eran reemplazados por un té que en cualquier tienda local podían conseguir, su vaso nunca lo dejaban; era todo parte de sus telarañas para enredarlos más.
La idea era crear una escena de amor simulado y desvalorizado, donde cada cliente podía tener lo que tanto les gustaba: «poder».
Sentirse poderosos para luego presumir su sabiduría jugando algún tipo de deporte para probar su hombría, pero con unas finanzas podridas que terminaban en estos vicios.
Aquí el famoso profesor Altair pasaba la mayoría de las noches; por eso necesitaba el zafiro de Ágata, el collar que le heredó su madre, para tener más dinero, pagar sus deudas y seguir sumergido en este submundo de apuestas y comercio sexual camuflado con la fachada de la casa de apuestas.
A este mundo lo arrastró a Nikolai cuando un día lo vio haciendo apuestas menores y sintió que tenía que protegerlo; aunque la mejor solución era sacarlo, su apoyo retorcido lo hundió más.
El joven había empezado desde niño con las cartas en las casas de apuestas clandestinas cerca de su casa, que habían sido reemplazadas por las antiguas librerías donde se encontraban grandes obras literarias a las que él concurría, pero nadie iba, terminando cerradas por este negocio que era más rentable, pero nada educativo.
Eran fiestas romanas las que orquestaban las famosas «Sol» y «Mar», pues intercambiaban parejas o incluso danzaban cada una con los dos.
Ya totalmente anestesiados, compartían una sola habitación los cuatro, una orgía totalmente retorcida; ya ni sabían por dónde entraban, todo para despertar a las bestias deformes que vivían en ellos, y de esa copa de placer falso embriagaban su ser.
Mientras sus reales mujeres en casa, «las viudas», los esperaban —o si eran enamorados, esperaban una llamada o mensaje que no llegaría porque el teléfono estaba ocupado cuando los intentaban llamar—.
Volvíamos a las épocas de las guerras, donde tantas mujeres pasarían esta realidad por todos los viciosos que venían a esta y otras casas de apuestas, convirtiéndose en viudas.
—Tienen lunares parecidos en la base del miembro cada uno —comentaban «Sol» y «Mar» mientras se reían con un falso placer.
Nikolai pudo escuchar entre lo adormecido que estaba y se quedó pensando, pero igual el desenfreno seguía con unos gramos más de cocaína y el éxtasis continuaba.
No se inyectaban, pero sí se drogaban; este antro albergaba los siete pecados capitales, porque incluso de comida los saciaban, pero claro, también estaba todo incluido en el precio, un bufé a disposición total con todo tipo de comida que usaban para sus fantasías sexuales más retorcidas.
Pues a las muchachas les gustaba untar yogur en el miembro de sus clientes para besarlos mientras derramaban el líquido espeso y los hacían llegar al clímax tan esperado, con todos estos gritos desesperados que eran potenciados por las drogas.
Ellas besaban y besaban; en sus bocas mezclaban licor y yogur, incluso retiraban los preservativos y probaban los primeros fluidos bien cargados que salían de sus amantes, ahogándose para ver el rostro de poder y placer fabricado.
Aquí no había reglas, pero tampoco amor, sólo un amor a un cuarto de tiempo mientras durara el dinero.
Terminaban todos tirados en el piso; después de este ritmo tenían que ir como zombis a su casa para que sus viudas les den el desayuno y también alimentar la «deuda viva», porque el negocio no solo estaba en que gasten lo que tienen, sino en llegar hasta endeudarse.
El infierno se abría para que disfruten de estos malditos pecados.
Entre tanto, en casa de Pabel, Esmeralda lo veía llegar.
—Hola, hijo, te veo muy cansado, ¡ya no deberías trabajar tanto, ya me ascendieron!
—¡Hola, mami, excelente noticia!, pero es mejor que trabajemos los dos; si algo pasara, ya tenemos un empleo para poder vivir.
Tengo algo que contarte también: la profesora Zafiro me ha elegido para participar en un concurso de poesía; si ganamos, me iré con ella y con la directora Ágata para representarlas en una universidad en el extranjero.
—¿Zafiro se llama tu profesora?
—Sí, y la directora Ágata es su amiga; también es amiga del profesor Altair.
Esos nombres resonaban en la memoria de Esmeralda, volviendo al pasado.
—Nunca nos separaremos, ¿verdad? —decía Ágata.
—Por supuesto que no, ni el destino ni ningún hombre nos separará —dijo Zafiro.
—Por algo somos amigas desde hace mucho tiempo —añadió Esmeralda.
—Tu poesía es hermosa, Ágata, seguramente serás una grandiosa escritora —decía Esmeralda.
—Pero mis padres quieren que estudie administración, porque dicen que la escritura no paga las cuentas diarias ni trae dinero para la mesa.
—Yo creo que deberías estudiar literatura, al igual que tú, Esmeralda; tienen unos versos preciosos, por algo nuestros nombres son piedras preciosas.
—Zafiro, pero tú eres una capa con los números y la organización; considero que la administración te caería perfecto —mencionaba Ágata.
—Nuestros destinos están cruzados, tal vez nuestros hijos los alcancen si les llega a gustar este arte, o lo lograríamos de viejitas, tres piedras preciosas bien talladitas y arrugaditas —comentó Zafiro.
—Sea como fuere, nos quedaremos juntas —terminó Esmeralda.
Pabel observaba todo el momento que su madre se iba de viaje a la luna, esperando el momento preciso para decirle:
—Ya sé de quién heredé esos viajes a mundos paralelos para irme a pasar la tarde —Esmeralda volvió.
—¿De quién? —la respiración de la dama cambió a un ritmo diferente y sus ojos aterrizaron en este escenario.
—De ti pues, mamá.
—Mira, Pabel, eres un adulto y siempre te he respetado; tus abuelos no me acogieron como se debía y tampoco querían que estudiara lo que quería.
Para mí, la vida ha sido un real infierno, no quisiera que pases por lo mismo.
Sólo te digo que tengas cuidado con esas personas.
Si te prohíbo que vayas, te vas a obsesionar con ir o posiblemente me llegues a engañar, como hice con tus abuelos, y tampoco me fue bien.
Lo único bueno de todo ese martirio es haberte tenido y recibir siempre tu apoyo continuo, apoyo que nunca tuve. Te quiero, hijo.
—Yo también te quiero, mamá, gracias por ayudarme a entender a otras personas y por cuidarme siempre, sobre todo por respetar mis decisiones; y si llego a ganar, me gustaría mucho ir a representar a mi universidad, es un gran impulso para mi carrera.
—¿Te gusta tu carrera?
—Aunque empecé tarde, y sé que mis amigos son más jóvenes, no me arrepiento de nada; y si me dieran a elegir entre mil vidas y sus circunstancias, elegiría el camino para ser tu hijo y ayudarte en todo lo que necesites.
—Gracias, pero no me has respondido: ¿te gusta tu carrera?
—Sí, madre, me inculcaste la lectura desde siempre; me gustaría algún día ser escritor y tener mi editorial con mi nombre.
—Confío en que lo lograrás; ahora sí, a descansar, que mañana nos toca una nueva rutina. Recuerda que el día tiene veinticuatro horas y vas a alcanzar todos tus sueños.
—Hasta mañana, mami.
—Hasta mañana, mi pequeño.
Pabel se dio un duchazo y se fue a descansar, pero tenía que pensar cómo resolver el problema con Ágata.