Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 3 Las letras prohibidas y el espejo.
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Capítulo 3 Las letras prohibidas y el espejo.

Ya por la mañana del día siguiente, Ágata estaba separando la ropa que había lavado y la doblaba, mientras veía a Altair alistándose y le comentaba:

—¿Otra vez la toalla en la cama toda enfurruñada? Por lo menos llévala al tendedero.

—Esa siempre va a ser tu función, a ver si así por lo menos te pones en forma.

Por cierto, me están dando unos trabajos para unas conferencias a nombre de la universidad en un hotel de lujo en la playa; para ello, voy a contactar a Pabel, que es uno de los mejores alumnos, quiero entrenarlo para mejorar su oratoria y sacar a un gran conferencista.

También voy a necesitar a Nikolai y a Maeva.

Asimismo, me han pedido alguien para que se encargue de todas las coordinaciones; esa función la ejecutará Zafiro, y necesitan a la máxima autoridad, que eres tú.

La finalidad es que, aparte de ello, me están saliendo más contratos, pero para ir con gente que haya entrenado como casos de éxito y hacer llover ventas de las conferencias con el impacto que generaría el marketing; también te quieren a ti como modelo de la familia perfecta.

Además, al ser la directora de la institución, las ventas van a llover más.

Voy a reunirme con Zafiro para coordinar los detalles técnicos, para dejar todo bien afinado y que las conferencias sean un éxito.

Avísale a Maeva para que les avise a sus amigos y se alisten, y también que vengan a la casa para ir coordinando.

«Este miserable trabajo me tiene hasta el cuello de tiempo», pensaría para sí. «Algún día el señor Octavio me dará tu puesto y las cosas cambiarían; teniendo tu puesto unos años, me haría millonario».

—Está bien, le avisaré a Maeva. Me da mucha alegría por los muchachos, les va a servir para ir creciendo profesionalmente. ¿Y la toalla?

—Sí, esa es tu función, ¡hazlo! Ya me voy.

Me siento cansada, pero algo en mi interior me mantiene más activa de lo normal. ¿A la playa? ¿Con Pabel? Podré verlo sin uniforme, en ropa de baño; francamente me da algo de curiosidad.

Estas quejas y maltratos no los siento en él; por un momento ya ni me afecta. Me pondré un bikini muy sensual, pero no grotesco, sólo todo lo que aparte, frena mi deseo y me hace despertar.

Me iré al cuarto de Maeva para arreglar sus cosas.

Bueno, al parecer todo está ordenado, no hay ropa sucia, esta niña sí me ayuda mucho, pero cuando se cansa ya le doy una mano.

Solo este cuaderno está abierto, parece un poema...

A ver, tiene firma, dice: «Con inspiración: Pabel».

¿Pabel? ¿Le manda poemas a Maeva? ¿Por qué? ¿Por qué siento esto? ¿Qué me pasa?

Ágata tomaría el cuaderno y lo arrojaría al piso con mucha intensidad.

Esas tres palabras destruían todo lo que los separaba y sentía que perdía a su hombre; imaginaba a Maeva besándose con él, el único hombre que sí sabía calentar su motor que permanecía apagado por Altair. La caldera necesitaba más leña.

Sus ojos volvieron al cuaderno, específicamente a esas tres palabras, y solo pensaba en destruir todas las hojas.

Quería destrozar los espejos, lanzar las cosas que tuviera a su alcance; apretó los puños y comenzó a golpear la cama de su hija, soltando un grito desenfrenado que la liberó y la hizo volver.

Volteó la mirada para levantar el cuaderno y romper las hojas, pero leyó: «Entre polvo y aromas, limpio el piso donde reposaban los pies de mi amor...»

Su alma errante regresó por el fuego de las letras; ahora sintió que Maeva sólo era la mensajera.

No necesitaban teléfonos ni WhatsApp, sólo un mensaje con tinta invisible que la tocaba de lejos para aumentar más la pasión, pues esta fórmula se puede replicar en cualquier época de la humanidad y nunca fallaría.

Una fórmula perfecta que generaliza la idea de: «Cuando hay amor, toda barrera es apartada, y si hay fuego, este sirve para encender cualquier arbusto o empalizada entre ellos».

Este poema narraba nuestro encuentro en la oficina cuando Pabel fue a recoger las gaseosas y vio cómo me ponía cómoda; luego menciona cuando me veía corriendo...

O sea, sí era él entre los arbustos. ¿Qué más pruebas necesito si al final decía que era una piedra preciosa? ¿Seré yo? Todo apunta a que sí.

Ella se fue a su cuarto con el cuaderno entre las manos, como sosteniendo un amuleto con escritura sagrada, pero también venían a su mente las palabras de Altair: «¡Sólo sirves para esto, no sé cómo sigo contigo, ya no eres la de antes!»

Ya no me desea como antes, pero no sé si realmente antes me deseó, porque mientras hacíamos el amor sólo sabía ponerme de espaldas poniendo sus películas para adultos sin mirarme, sin caricias ni besos; sólo buscaba su satisfacción y nunca me preguntó si disfrutaba o no.

Incluso siento mi cuerpo descuidado como lo ve Altair.

Ágata se acercó a su espejo, el mismo que miraba de reojo para ver la cara de Altair mientras terminaba; ella sin ningún minuto para disfrutar, todo violento, terminando lastimada y sin ganas de nada.

Se miraba al espejo y su cuerpo no lo veía como antes; decidió desvestirse muy pausadamente frente a él para recordar las escenas nada pasionales con el muerto, pero en sus manos aún cargaba el cuaderno de Maeva donde dormía su poema.

Toda su atención cambió hacia el poema para comenzar a encenderse. En eso, recordaría la escena en que Pabel estaba muy cerca de ella, oteando su perfume y mirándola con ganas de hacerla suya.

Mientras se desvestía, sentía como si fueran las manos de Pabel purificando todos los maltratos impartidos por Altair, siendo reemplazados con cada verso del poema.

Comenzó a tocar las pecas de su rostro donde le plantó un beso el muchacho, tocaba las demás pecas de todo su cuerpo como estrellas en un cielo despejado de noche, pasando por las coronas de sus pechos, viajando hacia la ruta sin retorno que ofrecen las puertas del amor.

Estas estrellas guiarán al joven navegante en su mar de pecas, invitándolo a sentir el más dulce pecado a su lado.

Observaba su cuerpo y no se sentía con la imagen que le vendía Altair, pero sí era la descripción que le daba Pabel sin conocerla tanto. El tiempo que dedicaba a los suyos descuidó demasiado el de ella, pero había una razón para disfrutar más el tiempo.

Pabel la endiosaba mientras Altair intentaba destruirla psicológicamente. «Qué hombres tan distintos», pensó.

¿Cómo recuerdo toda la danza en mi santuario y la fricción que siento en las mañanas con mi ropa?

Todo eso hace que vuelva a mí el combustible que me da más energía para vivir, pues el cuerpo es nuestro vehículo que lleva nuestra mente y nuestra alma, y en todo ello el viaje tiene que ser placentero.

Aún me veo hermosa, eso los años no han podido eliminarlo, sólo son ideas que Altair ha sembrado en mí por muchos años, siempre anda quejándose o me critica.

Hasta a mi comida, a la que pongo todo mi amor con mis manos, le encuentra algo malo; pero ahora apareció un nuevo artesano que retrata mi figura con palabras, versos y poesía.

Más tarde, en el trabajo, se encontró con Zafiro en su oficina:

—¿Ya te encuentras mejor, Ágata? Ayer me dejaste pensando, por eso le dije a Maeva que venga a verte... —mientras ella se perdía unas horas con Altair.

—Sí, gracias, Zafiro.

—Por cierto, ahora por la tarde va a venir Pabel.

—¿Pabel? —de pronto su expresión cambió ligeramente.

—Sí, el amigo de Maeva. Es un muchacho inteligente y es muy guapo; ese color de piel, esos ojos y esos rulos...

Mmm. Aunque lo veo que trabaja como un esclavo y a veces lo he despreciado, ahora que estamos haciendo poesía, veo cómo desviste a una mujer con palabras.

Si eso hace con palabras, no me imagino qué más hará.

—¿No te importa su edad? Es un niño para ti, por su edad podría ser hasta tu hijo.

—Sólo quiero pasar la noche con él, que me describa mientras me desviste, o tal vez más noches; me ha comenzado a encender con sus letras.

Lo iré seduciendo y luego lo haré mío, esa ternura y ese fuego sólo para mí.

Además, soy una piedra preciosa y en uno de sus poemas me incluyó, parece que también me desea.

—Bueno, es tu asunto que te intereses por un niño. Más tarde nos vemos.

Claro, él limpia el piso donde reposaban los pies de ambas.

Además, el zafiro también es una piedra preciosa y el ágata es sólo una piedra semipreciosa, pero la otra parte del poema decía algo más, tal vez lo llegó a pasar con Zafiro también en su oficina.

Tantos obstáculos entre nosotros para seguir ilusionándome más con la idea de estar con este muchacho... ¿Por qué me tuvo que mirar?

Mi vida estaba relativamente tranquila y me viene a mover todo.

Las horas transcurrían más lento de lo normal; por ratos la directora se paraba ligeramente a observar la oficina de Zafiro con el pretexto de buscar a su secretaria, aprovechando que estaba cerca de su santuario, atenta como tigresa camuflada entre la naturaleza para cuidar a su presa.

Su oficina contaba con un baño; dejó ambas puertas juntas, de modo que al pararse seguía divisando al muchacho.

El reloj había olvidado su marcha natural, hasta que llegó.

—Profesora Zafiro, buenas tardes.

—Hola, Pabel, ¿comenzamos?

—Por supuesto, estoy listo para la escritura.

—Genial, comencemos, pero toma en cuenta que soy muy exigente.

Cerrando la puerta de sus aposentos, se desabotonó parte de su escote para inspirar más al muchacho en el proceso.

—Este ambiente es muy cálido, Pabel, ¿no tienes calor? Ponte cómodo.

Zafiro quería adelantar las escenas y devorarlo.

El poder de su pluma estaba haciendo efecto.

La profesora se desplazó alrededor del joven, pasando sus pechos delicadamente por su espalda, acomodándose a su costado para inclinarse ligeramente hacia adelante y dejar gran parte de su anatomía a la vista del muchacho, que era invadido por una corriente intensa en su ser.