Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 2 El arte de pulir la sombra. #4
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Capítulo 2 El arte de pulir la sombra. #4

Y mi mamá comparte contigo ese amor por la escritura y la lectura, aunque ya no la veo escribir mucho, sí lee bastante; es amante de las biografías de grandes personajes de la historia, me contó que sus vidas son inspiradoras para salir adelante.

A mi mamá más le gusta la versión de mi mamá dulce, es decir, la versión Pabel de él.

Sin embargo, ahora, como ya tiene más responsabilidades, está en una versión tipo Nikolai, con esto de las conferencias, los proyectos y las labores administrativas que tiene.

Mi mamá siempre tiene sus mejores libros en su oficina, ella me cuenta que se despoja de todo y encuentra la paz; ella lo llama su «santuario».

—Gracias, Maeva.

Pabel sentía que estas nuevas pistas ayudarían a encontrar la llave oculta de este tesoro que cada vez estaba menos distante.

—¿Gracias? ¿Por qué?

—Me compartes tu vida familiar, es algo muy especial y mágico a la vez.

En mi caso, solo me crie con mi mamá, me acostumbré desde niño a trabajar con ella.

Recuerdo mucho que a ella le encanta también la lectura, pues mi papá nunca se apareció ni para traernos dos paltas ni tampoco me reconoció.

Mi mamá hizo de todo para sacarme adelante ayudándome con la lectura y la escritura.

Cada vez que escribo me olvido de todo, siento que no pierdo el tiempo, siento que me pierdo en el tiempo, el tiempo se deforma a mi favor y me siento libre.

Lo puedo hacer todo el día, me gusta mucho imaginar cada escena y la voy describiendo, también suelo dibujar algunas escenas que me llaman la atención.

—Bueno, a tu ritmo sé que te convertirás en un gran escritor. ¡Te deseo siempre lo mejor, sé que lo lograrás! Mira, ahí viene mi mamá.

—Buenas noches, chicos.

—¡Hola, mami! Pabel, no seas maleducado, saluda, niño.

—¡Perdón! Buenas noches, señora directora.

—¿Señora directora? Jajaja, es mi mamá, como si no la conocieras.

Ágata le dio una sonrisa juguetona, hasta que Maeva le contó lo que le dijo Zafiro y luego le preguntó:

—¿Te encuentras bien, mami?

—Sí, hija, sólo que no encontraba mi collar y me sentí como desconectada, como si algo importante se fuera de mí, dejando un espacio para algo especial.

—¿El collar de la familia? ¿Algo o alguien? Seguramente mi papá.

—Sí, ese.

Sonrió nuevamente Ágata, pero ahora con una sonrisa distinta, más forzada que la anterior.

—Te ayudaré a buscarlo, es muy bonito y te queda precioso en el cuello, más tus ojitos como los mares... ¡Preciosa, mi mamá! ¿No es cierto, Pabel, que se ve hermosa con su collar?

—Bueno, sí, aunque con collar o sin collar igual su belleza es singular.

La directora se sonrojó, quedando motivada por las palabras del muchacho.

—Gracias, Pabel —dijo Ágata con su voz que detenía los átomos del universo.

—No te dije, mamá, Pabel es un gran lector y escritor. Por ahí en mis cuadernos guardo casi todos sus poemas, en especial el último que escuchó Zafiro y nos gustó mucho a todos, sobre todo porque siempre disfruta todo lo que hace, sin quejas, ni críticas ni mucho menos reclamos.

Ágata se quedaba con las ganas de disfrutar más del joven, pero esas malditas barreras los bloqueaban; por momentos la invadía un espíritu aventurero para dejar todo y escapar totalmente desnuda con él, siendo una diosa griega en su real luna de miel, desnudos a la luz de luna llena, untados de la miel que representa la más pura señal de su profundo amor.

—¿Te llevamos, Pabel? —dijo Ágata.

—Aún no he terminado, quiero completar mi turno.

—No hay problema, recuerda que puedo darte permiso porque trabajas muy duro y ya es hora de que te vayas a descansar.

—Está bien.

—Mamá, yo me voy aparte, llévalo a Pabel; total, él vive cerca de la casa. Ya nos vemos más tarde por allá.

—Sí, está bien, mi niña, no llegues muy tarde a la casa. Nos vemos.

—Señora Ágata, ¿me espera a que me cambio rápido y la veo?

—Está bien, pero llámame Ágata.

—Está bien, Ágata.

Hasta pronunciar su nombre le hacía cortar el aire en sus pulmones: «Ágata, la piedra preciosa que estaba en su ser». Se encontraron en el estacionamiento, Pabel la miró e ingresó en la parte de atrás de su vehículo.

—Siéntate adelante, Pabel, es mejor conversar así, ven.

—Está bien, Ágata.

Comenzó el viaje con un silencio como en las tumbas aún no descubiertas, hasta que Pabel rompió el hielo y le dijo:

—Por las mañanas, ¿te gusta salir a correr? Me contó Maeva que salías muy temprano.

—Sí, antes salía todos los días, pero por los quehaceres de la casa el tiempo me quedaba corto, aunque ahora he vuelto a salir. Si gustas, hacemos deporte juntos, ya que trabajar y estudiar es muy pesado.

—Sí, en casa hago ejercicios, pero es mejor en compañía.

Pabel recordó el atuendo que llevaba Ágata al salir a correr por referencia de Maeva. Esa fantasía de estar corriendo con ella lo mantendría encendido todo el viaje.

—Llegamos.

—Gracias, Ágata. Nos vemos en estos días para ir a correr juntos, voy a ordenar bien mis tiempos y nos encontramos.

El muchacho se acercó para darle un beso en la mejilla de despedida, tomándola de los hombros suavemente, sintiendo cómo ella se inclinaba hacia él.

Sus rostros no sabían a qué ruta ir, si a la mejilla izquierda o a la derecha, danzando un momento ante la duda.

Sonrieron con un suave erotismo y profundidad.

Ambos se acercaron; ella sintió una barba joven pero recién cortada, él sintió la seda de su mejilla deslizándose en sus labios. Ambos cerraron los ojos en señal de perderse en el tiempo y estar solo en el mundo que estaban forjando.

En su mundo eran libres, no estaban las barreras que la sociedad les enseñó, sólo ardor, pasión y ese amor que se iba tejiendo hasta volverse a encontrar.