Capítulo 2 El arte de pulir la sombra. #3
Mientras la directora recogía sus zapatos, quien limpiaba veía cómo se esbozaban las pecas que alumbraban el camino hacia las delicadas aureolas de sus pechos, esos tonos marrones claros como el chocolate con leche que nos despierta en las mañanas, mezclados con su aroma a vainilla, la combinación perfecta que lo encendía.
Luego de esta maniobra, regresaba al mundo al ver un rostro conocido desplazándose: era Pabel, que disfrutó su olor y el sentir de cerca esta imagen que lo despertaba por las mañanas y nunca se iría de su mente.
Ella terminaba de despertar, los ojos le cambiaron de pronto, retrocediendo ligeramente y cambiando el ritmo de su respirar; todas las cadenas del pasado se iban fundiendo con el fuego del deseo que comenzaba a alojarse en ella.
Esos ojos como caramelos, esas cejas donde podían descansar sus pensamientos y esos rizos en los que quería enredarse la hacían sentirse deseada, se sentía poderosa.
Pabel aún notaba cómo se esbozaban las estrellas de su piel a través de su blusa apretada, sintiendo un cambio de tensión en su entrepierna.
Ágata, ya despierta, bajó la mirada y se encontró con esa tensión entre su traje y una ligera humedad, como preparándose para ingresar a su ser; al ver aquello, se mordió suavemente los labios sin que la vea el joven.
Para que luego se crucen las miradas en el silencio absoluto con las luces aún intensas; sin embargo, ellos las veían parpadear como invitando a la noche absoluta.
Sus miradas simulaban la disminución de la distancia entre ambos, dejándose consumir por la hoguera que iban alimentando.
Pabel vio también las manchas y no supo qué hacer, pero Ágata sentía que no era correcto lo que iban sintiendo.
—¿Vas a continuar o.? —le dijo Ágata con la voz que acompaña a una melodía sensual de jazz.
—Sí —terminó de hablar y se fue a continuar con sus labores.
Pabel no lo podía creer: tener a la mujer que tanto deseaba mordiéndose los labios —porque a pesar de que ella intentó que no la viera, sí llegó a divisarla de reojo—, recién entendía que las palabras de Maeva eran ciertas.
«Aún no lo siento aquí conmigo, quería continuar y romper el misterio entre ambos, pero aún siento que es algo prohibido para mí, un joven que provoque algo así en mí y me haga olvidar la joya familiar como si nada.
Incluso toda la insatisfacción que tengo como segunda piel en mi vida desaparece con solo pensarlo; no sé qué más pueda despertar si continuáramos unos segundos más.
Lo siento prohibido, pues los años nos apartan demasiado; tal vez con más edad y si lo conocía antes, ahí sí no dudaría en que terminemos juntos».
Sin querer, Maeva se cruzó por ahí con Pabel muy cerca y lo llegó a abrazar.
—Hola, Pabel, ¿qué pasó? —sintió sin querer su anatomía erguida.
—Lo siento, es el uniforme que fricciona y a veces uno queda así.
—¿Y las manchas? ¿Qué habrás estado haciendo, condenado?
—No, nada, son los productos de limpieza que a veces salpican cuando trapeo.
—¿De casualidad viste a mi mamá? Me encontré con la odiosa de Zafiro y me contó que mi mamá estaba muy distraída y no quería ver a nadie; me parece muy raro porque ella nunca está así y por eso quise verla.
También me dijo que prepares una poesía más para el concurso con ese mismo nivel, pero que ahora ella te iba a ayudar a perfeccionar la rima y tu escritura.
—Eh, de verdad que no la vi —aunque su mente volvió a esa escena donde se detuvo el tiempo, con la respiración notando que el aire estaba de más y con ganas de besarse como si el mundo se estuviera despedazando a su alrededor.
—Otra vez te fuiste a tu mundo. Me parece raro que no la hayas visto si te vi mientras salías de su oficina y su puerta está entreabierta.
—Bueno, me concentro mucho en mi trabajo y a veces, como tú dices, «me pierdo en mi mundo». La profesora Zafiro quiere que preparemos una nueva poesía, está bien, ¿y para cuándo te dijo que nos íbamos a reunir?
—Mañana, me dijo que la veas aquí en su oficina, después de las clases. Ten cuidado con ella, es muy resbalosa.
—Perfecto, aquí estaré mañana. Sí me gustaría mucho ir a ese concurso de poesía en esa universidad en el extranjero, pero primero tengo que ganar aquí en nuestra universidad, me encanta la idea.
—Estoy muy segura de que tú vas a ganar aquí y en cualquier lado, y al concurso te acompañará Zafiro y mi mamá como comitiva de la universidad, eso me contó Zafiro también.
A Pabel se le cayó la escoba.
—¿Qué pasa?
—Debe ser el cansancio de la rutina. ¿Tu mamá también va a ir?
—Te menciono su nombre y parece que un fantasma te persiguiera.
Mi mamá no es un ogro, según crees que es, es muy linda y sobre todo muy organizada, aunque últimamente anda muy distraída.
Fíjate que ahora está saliendo a correr y la vi toda provocativa sin lencería... bueno, así se sentirá más cómoda.
—No pienso eso de ella, solo que me sorprende que la directora también vaya a estos concursos.
—Sí, ella también va, de seguro ganan; de paso le sirve de descarga total, porque, aunque la ayudo en casa, a ella le gusta hacer muchas cosas y mi papá no la ayuda en nada, pero sé que de alguna forma la motiva.
Posiblemente como trabaja duro también, son una pareja genial.
A pesar de tener algunas conductas y posturas muy parecidas a Nikolai —ese rol de mando y líder por naturaleza—, en sus momentos de dulzura me hace acordar mucho a ti; siento como si fueran dos partes de mi papá.