Capítulo 2 El arte de pulir la sombra. #2
—Sí, cualquiera y de cualquier edad. Eres muy maduro para tu edad, eres muy gracioso, muy culto.
Cuando tu pluma dispara, nadie frena tu inspiración; creo que desvestirías a una mujer con mucha clase solo con tus palabras.
Me parece que en tu otra vida fuiste un casanova con clase, un vintage, y por mujeriego ahora estás solo.
—¿De verdad?
—¡No! ¡Eres un tonto! Siempre sé tú mismo, une todo lo que dice mi papá en sus clases y serás más efectivo, pero que te quieran como eres, no cambies por favor.
—Gracias, Maeva, eres una gran amiga. Aunque...
—¡Yo sabía que alguien te robaba el sueño! ¿Quién es? ¿La conozco?
—¡Eh, no, no, no!
—Tranquilo, sereno-moreno, vamos, dime.
Cuando lees tus composiciones destruyes el escenario, solo que te pones nervioso.
A nosotras nos gustan los hombres seguros, que no intenten presumir nada, ni que tampoco nos tengan en un pedestal para estar más cerca, que hagan sus pausas, que sepan conversar...
Así como mi papá, por eso mi mamá vive enamorada de él.
¿No estarás apuntando, ¿no? Ay, Pabel, el amor tiene que fluir para que sea un puente sólido de idas y vueltas, donde cada uno encuentre su senda.
—Qué hermosa frase, Maeva, estás inspirada.
—¡Ya ves, eso inspiras tú! ¡Ese eres tú! Te besaría solo por eso, vas a ver que esa mujer va a caer rendida a ti.
—Aunque es algo mayor, ¿tú crees?
—¿Mayor? Ya te me fuiste más arriba, no es problema, el amor no conoce de edades.
—¿Quién te dijo eso? Tus palabras me hipnotizan, Maeva.
—Así me vas soltando la sopa, pero te respeto mucho, si no me cuentas no pasa nada, igual te ayudo si me necesitas. Pero dime nuevamente que te gustó mi frase, me hiciste sacar chispas con esa voz intensa y natural que usaste... Pero ahora mírame.
—«Qué hermosa frase, Maeva» —le dijo Pabel, mirándola a los ojos.
—Ayayay, me haces sentir fuego, muchacho, no sigas por favor, que ahora lo abandono a Nikolai y me voy contigo.
—¿Ya habrán terminado la composición? Hace rato los veo en esa misma danza —dijo la profesora Zafiro.
—¡Sí, profesora, perdone! —dijeron a coro los muchachos y se rieron en señal de complicidad.
Maeva no sabía que estaba entrenando al casanova que vivía en Pabel; tras los libros que devoraba, ahora tendría que usar lo que sabía.
Pabel terminó escribiendo el poema y la profesora aprovechó para sacarlo al frente para que lo comparta, recordando que en la universidad todos los administrativos dictaban alguna materia, menos Ágata, que en su santuario esperaba desde las tardes.
—A ver, por favor, su atención para escuchar la composición de su compañero Pabel. A ver, joven, el escenario es suyo —dijo la maestra.
Pabel estaba muy aterrado de salir al frente; solo bastaría que tomara las palabras para fluir como las aguas puras de un río en bajada.
—Gracias, profesora Zafiro. Bueno, comenzaré:
«Entre polvo y aromas, limpio el piso donde reposaban los pies de mi amada, pues ella suelta sus calzas para reposar sus pies en el frío piso.
La veo oprimida, algo de su pasado la ata; por eso, rompe sus cadenas y acaricia su feminidad, mientras la observo como un jaguar camuflado entre las sombras.
Solo mis ojos de cristal divisan a mi presa, en tanto ella sigue con su danza. Es un momento celestial, donde no sé si el mundo se detuvo o ya estoy muerto.
Pero en este silencio quiero oír su voz y sentir su perfume de vainilla que acaricia mis sentidos.
Es su piel que me llama y mi fuego responde.
Maldito el sonido que dejó terminar este instante bendito.
El destino que nos vuelve a juntar, ella en su hábitat, yo abandonando la soledad.
Para verla danzar, pues sus pasos son la danza que mis sentidos tanto esperan y su piel es el traje que tanto vestir quisiera.
Un nuevo sonido les da fin a los actos, la distancia nos aleja, pero no sé por cuánto.
Para que me una a su amor y sea mía, una piedra en el zapato nadie espera, pero una piedra preciosa es la que me desespera».
—¡Qué nochecita tuviste, niño! —exclamó Zafiro. La profesora sintió en sus palabras algo que también dormía en ella, algo que Altair apagó totalmente: el deseo.
Todos aplaudieron al mismo ritmo y Pabel fue a sentarse.
—Esta profesora no me cae, mucho se le pega a mi papá, pero tu poesía estuvo genial. ¿Qué le habrás hecho a esa mujer mayor? O si se lo dieras, de seguro cae redondita como la presa que quieres cazar.
—Bueno, creo que no, todavía no es momento.
—Si no es el momento, déjame copiarlo en mi cuaderno. ¡Qué tal genio creador vive en ti! Además, la profesora te miró algo extraño.
—Lo más seguro es que solo estuvo atenta.
—¿No me digas que con la profesora Zafiro es el trance? Por si acaso te digo que tienes mal gusto; aunque es muy bonita y de buena figura, es muy resbalosa. A ver, cuéntame, total, son tus gustos.
—¿Qué? No, con ella no, es una dama más misteriosa y elegante.
—¿Más elegante, ¿no? Ya me vas contando la trama, ¡vas a caer, vas a ver!
Pabel sonrió. «Te aprecio mucho, eres hermosa como... la diosa Atenea, además porque eres muy inteligente». Casi le dice que «como su mamá», pensó Pabel.
—Gracias, Pabel. Escuchemos los demás poemas.
Al terminar la clase, Maeva se iba con Pabel. En ese momento, Zafiro le pidió al joven que dejara su poema, debido a que era el mejor de todos.
—¿Pabel?
—Sí, profesora Zafiro.
—Déjame tu poema. Habrá un concurso de poesía y el ganador se irá a una universidad extranjera para representarnos como institución; de seguro ganamos si lo inscribimos dándole una pulida previa.
¿Quién te inspiró?
—Oh, profesora, qué excelente noticia. Bueno, me inspiró la vida.
—Esa vida yo quisiera, niño. Nos vemos. Chau, Maeva, me saludas a tu papá.
—Hasta luego, profesora.
Maeva la miró con las cejas fruncidas y los dientes apretados.
Saliendo de clase hacia sus otros cursos, Maeva le diría a Pabel:
—¿No te diste cuenta?
—¿De qué, Maeva?
—Zafiro te quiere comer vivo, encima: «Me saludas a tu papá», ¡desgraciada! Incluso se acomodó el cabello mientras te hablaba.
—Son tus ideas, Maeva, ¿qué me va a hacer caso una mujer tan mayor y bella como ella?
—Tal vez ella no, pero la que te inspiró la creación del poema, sí.
—¿La otra? —Pabel soltó una mirada de deseo acompañada de sus ojos llenos de lujuria.
—Me gustaría conocerla, de seguro está babeando en este momento por ti.
Siguieron conversando de otros temas y los muchachos se fueron a otra clase.
En su casa, Ágata terminaba de alistarse para ir a la institución a trabajar en su turno desde la tarde hasta la noche, no sin antes terminar con sus labores en el hogar como la viuda que era.
Su hija le ayudaba y Altair solamente sabía pedir una y otra vez, justificándose con que a él su mamá le hacía todo y ella también a su padre.
Altair recién terminaba de medio curar una de las tantas borracheras con desaparición incluida que solía ejecutar los fines de semana, e incluso invadía la nueva semana.
Luego de sus clásicos partidos con otros amigos que llevaban una vida similar —en este mundo también estaba metiendo a Nikolai, que no sabía que era hijo de Zafiro y tampoco tenía el interés de saberlo a pesar de ser amantes—, ella nunca le contó de Nikolai porque era un trabajo de inteligencia milimétrica para asegurar el futuro del joven, además de que planeaba destruir a su mejor amiga Ágata y quedarse con su puesto, que tanto anhelaba.
En ese proceso se enamoró de Altair a pesar de sus conductas violentas y su machismo a ultranza; ser la amante de alguien popular no era mala idea.
En eso, Ágata se acordó de su collar. Buscándolo por todos lados, no encontraba nada; le dio vueltas a toda la casa y nada. Al ver a su marido, le dijo:
—¿Altair, has visto mi collar?
—¡No me vengas con tus reclamos! ¡Siempre todo lo quieres controlar! Por ahí seguro lo dejaste, ¡búscalo por ahí!
—Altair, ese collar es muy especial para mí. Mi madre lo heredó de mi abuela y así una cadena de mujeres lo han tenido en mi familia durante mucho tiempo. Ayúdame a buscarlo, por favor.
—No me vengas con cosas, ahora yo desordeno tus cosas. Si tú eres «doña perfecta», a ti nada se te pierde; bueno, si algo se te perdió, tu belleza se está perdiendo, así como perdiste tu collar.
—No me digas eso, es muy especial para mí.
—¡Sal de ahí, me voy a trabajar!
Ágata buscaba y buscaba, pero el brillo del collar no asomaba. Recordando que ya se estaba haciendo tarde para llegar a su trabajo, partió rumbo a la universidad.
De camino al trabajo, sus pensamientos vagaban por todo su cuerpo, totalmente perdida en ella, con la vista como buscando entre sus recuerdos. Aparecería Zafiro en la oficina:
—Hola, Ágata. ¿Te encuentras bien? Como para variar, tu secretaria no está por aquí.
—Hola, Zafiro. Hoy no quiero conversar con nadie, por favor atiende a quien me busque.
La directora se sumergiría en sus pensamientos durante todo el resto del día.
Toda la historia de mi collar, más que el valor económico que representa, es el valor sentimental. ¿Dónde se me quedó? Altair es vicioso, pero no creo que lo haya robado; ningún destello de luz se me asoma para saber dónde se quedó, no sé cómo explicar en qué lugar quedó.
El día seguía transcurriendo hasta llegar a la noche; se quedaba sola con sus pensamientos, pues en la oficina ya nadie quedaba.
Su rutina de desahogo la esperaba para ser ejecutada: el sujetador afuera como la señal que buscaba para gritar de la impotencia, y sus pies reposando en el piso que descargaba todo lo que pesaba en su ser, enviando todo ese peso a la tierra.
Nada llamaba su atención, ni el personal de limpieza que ingresaba a limpiar su oficina, cuando de pronto:
—¿Me permite limpiar? —no distinguía ninguna voz.
—Sí, pase, gracias.
En eso, mientras limpiaba, el personal le indica:
—Disculpe, voy a barrer bajo la mesa.
Él se dispuso a limpiar, pero sus zapatos lo impedían.
—¿Podría recoger sus zapatos?
—Sí —todavía seguía buceando entre sus pensamientos.