Capítulo 2 El arte de pulir la sombra.
Era un nuevo lunes, de los cuales —por rutina— Altair no solía estar, pero esta vez sí llegó de madrugada a dormir.
Ágata, que había dejado de correr por las mañanas, se levantó de madrugada sin cruzarse con Altair para completar algún quehacer en la casa, como era su costumbre, la cual estaba impecable.
Esta vez, mientras acomodaba unos cajones, vio cómo su olvidada ropa de salir a correr permanecía oculta en uno de ellos.
Ahora, cuando el deseo arribaba, muchas cosas escondidas comenzaban a aparecer; muchos detalles distantes ahora estaban más cerca.
Recordaba todo el maltrato psicológico diario que le brindaba Altair en vez de caricias y amor: «¡Antes eras hermosa! ¡Ahora estás toda deforme! ¡Tus pechos se han deformado y están más caídos! ¡Los años te hicieron daño; ¡ya no me excita verte desnuda ni mucho menos hacerte el amor!»
Observaba su imagen y recordaba cuando la invadieron esas miradas del muchacho que la tocaban a la distancia; él sí la apreciaba completamente.
Venían a su mente esas caricias que provocó en ella.
La lujuria es un pecado si se comparte con muchos, pero entre dos, todo fuego que no dañe y eleve la pasión con mayor intensidad es permitido.
Suspendió sus labores y decidió ponerse esta antigua piel que ahora llevaba por nombre: Pabel.
Como era muy temprano y tanto Altair como Maeva aún dormían, decidió sentir esta piel de algodón directamente.
Se miró al espejo y vio que su figura de antes había perdido algo de su rumbo, pero eso que ganó la hacía más mujer.
Pues la carne con grasita es más sabrosa y había un comensal que deseaba comerla sin cubiertos, tal como era ella, sin pasados ni futuros, en este momento, cuando la olla permanecía caliente.
Sin interiores y sin barreras, se colocó el buzo ajustado. Acarició sus glúteos despacio para sentir sus curvas con sus manos suaves y bien cuidadas, esas curvas que los años hicieron más deliciosas; una caricia al frente para simular nuevamente la noche pasada.
En la señal de su feminidad descubierta, se colocó un suéter ajustado para tener libre este pecho compungido por todos los maltratos de la bestia que roncaba en su cama.
Ya no sentía la imagen que le vendió su torturador; se sentía digna de tener la piel artificial de Pabel, tocándose como aquella noche, cuando danzaba sin saber que Pabel, a la distancia, contemplaba cada movimiento, pues cuando el fuego es intenso, no hay distancia que lo enfríe.
Listas las dos pieles, dejando unos pendientes en casa —ya no le importó—, ahora solo quería ser ella: la mujer preciosa y deseada, la Ágata que siempre estuvo allí, pero que los maltratos de Altair mantuvieron dormida.
Ahora, esta fiera totalmente caliente estaba lista para el contacto. Salió de casa, hizo sus estiramientos clásicos y se dispuso a correr.
No muy lejos se encontraba la casa de Pabel.
Justo él también ya estaba despierto para hacer la limpieza de su hogar antes de ir a estudiar y luego a trabajar.
El muchacho vio toda la escena de Ágata estirándose con mucha sensualidad y luego se fue caminando al parque cerca de sus casas para correr.
A esas horas, ni un alma, más que los perros, gatos y palomas, transitaba por las calles aún oscuras.
Ella caminaba como en la alfombra de una pasarela de alto lujo; él dejó su escoba con delicadeza para evitar hacer ruido esta vez, disfrutar del espectáculo a la distancia y seguirla sigilosamente.
Entre los arbustos, el cazador divisaba a su presa.
Ella se mantenía corriendo mientras sentía el roce suave de su nueva piel entre sus piernas y, en su playera, sus pechos danzantes como si estuviera con el muchacho.
Ya iban algunas vueltas, con el fogón encendido; era todo lo que estaban produciendo unas simples miradas de esas cejas pobladas que poblaban su mente de más dudas.
«¿Me estaré volviendo loca? Pero esta locura me enciende más, me siento deseada.
Por un momento he apartado todas las dudas y barreras que viven de inquilinos en mi mente; siento entre mi ropa como si ese muchacho me tocara, siento mi sudor mezclándose con mis otros fluidos...
¿tan solo con pensar? Qué extraña sensación.
Esos ojos tan intensos y esas cejas pobladas que me abrasaron a la distancia mientras compartíamos mi discurso privado en el auditorio me están haciendo delirar; no imagino cómo será si estamos más cerca».
Ella lo sentía, preparando las puertas para que ingresara en ella. Por algunos momentos se negaba a estas sensaciones, se sentía impura; necesitaba unos minutos para meditar y encontrar la calma.
Pabel, a lo lejos, la seguía entre unos arbustos y vio cómo un ligero rocío se notaba en sus leggins, la señal perfecta de que estaba lista para recibirlo; se acarició, y el miedo y las dudas se convirtieron en el más delicioso placer.
El muchacho sentía ese fuego entre las malezas y también trasladó esa caricia a lo convexo de su ser, unas caricias cada vez más cerca, cada uno en su universo, pero alimentando el deseo de estar en la misma isla del calor divino.
En eso, una alarma sonó en el celular de Pabel.
Ella sintió su pecho contraído y la respiración muy agitada, pero sus manos no querían abandonar el rumbo actual; ya había probado lo prohibido, ella quería saber, algo en su interior sabía que era él, deseaba que fuera él.
No sentía la amenaza, era el miedo a lo prohibido.
Mantuvo los ojos cerrados de su meditación, imaginando que el joven venía y la invitaba a danzar abrazados contra el húmedo jardín de sus pies.
El cazador descubierto aprovechó en huir, también con la piel erizada, totalmente ardiente, lo que ninguna fiebre le había producido en toda su vida.
Sabía que tenía muchas labores por cumplir en el estudio y luego en el trabajo; su agenda estaba muy apretada, como la presión intensa que sentía entre sus ropas.
La mujer maltratada y enterrada en una arena de insultos por el rey del liderazgo y la motivación estaba sintiendo esa brisa cálida que se lleva la arena para dejar al descubierto a esta nueva mujer que Pabel despertaba con los días, usando las olas de sensaciones para retirar esta arena, pudiendo acariciarla y traer a flote a la mujer deseosa que vivía en ella.
Ágata caminaba despacio, con los músculos presionados por el ejercicio y aún con el calor que compartieron por unos segundos los amantes entre las sombras. Su hija se despertaba para ir al baño y le dijo:
—¿Mamá, saliste a correr?
—Buenos días, mi niña, sí.
—¿Por qué sin ropa interior? ¿Algo más planeas hacerle a mi papá?
—Bueno, a estas horas solo transitan perros, gatos y palomas. Quería sentirme cómoda para ir a correr, o ¿no creerás que alguien se va a esconder en los arbustos para disfrutar mi piel? —Ella sabía que sí.
—Es cierto, mami, nadie es tan morboso para hacer eso. Dormiré un rato más, todavía tengo tiempo para ir a estudiar.
—Te conozco muy bien, niña; mejor alístate desde ahora para que llegues temprano.
—Ay, mamá...
—¡Nada de ay, mamá! Luego te quedas dormida y, si fuera por ti, te irías hasta en pijama. Recuerda que una dama siempre debe estar bien linda y arregladita.
—Ay, está bien.
Horas más tarde, se encontraban Maeva y Pabel en uno de los tantos cursos que compartían. Ambos solían llegar temprano a todas las clases y eran muy cumplidos en todas las actividades educativas.
—Hola, Maeva —dijo Pabel.
—Hola, Pabel. Siempre llegas temprano, ¿cómo le haces, si trabajas, estudias y hasta limpias tu casa, según me contaste en alguna oportunidad?
—Me levanto muy temprano para limpiar mi casa por dentro y luego afuera, después ya vengo a estudiar.
—Eres tan loco como mi mamá; ella también se levanta muy temprano para hacer de todo en casa.
—¿Tú mamá? —Pabel trajo a su mente la escena de hacía unas horas atrás.
—Sí, mi mamá, ¿cuántas mamás crees que tengo?
Ella pensó: «Si mi mamá salió muy temprano tan provocativa a correr, ¿la habrá visto?»
—Su nombre parece que te da miedo, mi mamá no es el coco.
—No es eso, sino que, como es la directora, merece respeto y no sabía qué hacía tanto en casa —él pensaba que merecía algo más.
—Bueno, eso sí, ella siempre ha sido así. La ayudo en lo que puedo, porque veo que engríe mucho a mi papá. Vamos, sentémonos juntos.
Ella lo tomó del brazo y se fueron juntos. Pabel sentía que no podía imaginar todo eso, porque era la mamá de su mejor amiga; mejor pensaría en la mejor forma de cortejar a Maeva.
En la clase de literatura, la profesora Zafiro indicó que crearan un verso que describiera la tensión de una historia de amor, recordando que pertenecían a la carrera de literatura y el verso tenía que ser una de sus armas para escribir.
—Uy, Pabel, ahora sí que estamos en tus dominios —dijo Maeva.
«Tal vez Maeva esté interesada en mí, mejor la cortejo y me olvido de Ágata... pero ¿cómo olvidarla, si hasta ahora recuerdo el aroma de su perfume de vainilla que llevaba la primera vez que nuestras manos se rozaron?»
—¿Maeva? —Sí, Pabel —ella lo miró a los ojos.
—¿Saldrías conmigo? —Jajaja, por supuesto que sí, tú eres mi amigo de toda la vida, claro que sí. ¿Qué pasa? —la cara del muchacho cambió.
—Yo...
Una mujer de su edad lo intimidaba completamente; se sentía el chico más tonto del mundo, pero con Ágata el casanova que vivía en su interior despertaba. Fluyendo con el aire que respiraba en sus pulmones, este no era el terreno para plantar su deseo, su pasión ni su amor.
—Ay, Pabel, me haces reír; de verdad, si no estuviera con Nikolai, sí estuviese contigo.
¿Tú serías capaz de meterte en una relación?
Eres un gran hombre, muy guapo y fornido, pero cuando ves a una mujer veo que te paralizas.
Si rompes esa parálisis, cualquier mujer estaría contigo. Cuéntame como una...
—Esa no era mi intención, pero bueno. ¿Cualquier mujer? —él sabía lo que preguntaba; a través de los ojos azules de la cría, veía el reflejo de Ágata.