Ágata: La viuda de un marido vivo. Capítulo 1 El eco de un aplauso hueco. #3
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Capítulo 1 El eco de un aplauso hueco. #3

—Sí, sí, aquí estoy.

—Para mí eso es muy interesante, que uses tus pensamientos, pero me da miedo que te desconectes.

Pabel se sumergió nuevamente en sus pensamientos para reflexionar: «No era la misma figura que vio de diosa griega, pero sí una belleza como la de su madre»; entendió que eran señales muy precisas.

—Otra vez... Bueno, ya nos vemos el lunes en clases. De verdad admiro mucho todo lo que haces. Ya me voy, aunque no me gusta que mi papá baile con esa Zafiro.

—Gracias, eres muy amable. ¿Qué pasa con la profesora Zafiro?

—Algo en ella no me agrada, es muy resbalosa y confianzuda. Ahora sí, cuídate mucho, Pabel.

El joven volvió a sus labores con las bebidas y, por ahí, apareció el profesor Altair con algunas copas encima.

—Pabel, de verdad que eres como un hijo para mí.

Dentro de unos días tengo que dar unas charlas y quiero que vengas conmigo para que me ayudes; también llevaré a mi hija Maeva y a su amigo Nikolai. Los tres son muy buenos oradores y de paso ganan experiencia profesional, en estos días les confirmo.

—Muchas gracias, profesor, por la oportunidad, ahí estaré con usted, quedo atento a su confirmación.

Sabía que era una gran oportunidad para ayudar a Esmeralda, que era su mamá, aunque sabía que ella se opondría, porque siempre le decía que se aleje debido a que algo en el profesor no terminaba de convencerla.

A pesar de que no entendía los motivos de su mamá, aceptó la propuesta, pero el acercamiento de Altair le dejó algo de incomodidad.

Las horas avanzaban y los invitados comenzaban a retirarse; sin embargo, Pabel aún tenía muchas labores con sus compañeros de trabajo, y luego de unas horas se fue a casa.

Estando en casa, su madre lo recibió. La gran Esmeralda, que sacó adelante sola a su hijo, misteriosa como siempre, pero con una sabiduría enorme, muy bella también, con una piel canela fina y exótica como las arenas de un oasis, heredada de su madre, pues su papá era de descendencia oriental.

—Hola, hijo, te veo entre las nubes. ¿Cómo te fue hoy, mi niño?

—Todo estuvo excelente, madre.

—¿Quién salió elegido el profesor del año?

—¿Quién más, mamá? El profesor Altair. Lo admiro mucho, pero cuando me acerco a él, siento como un rechazo medio extraño.

—Siempre te dije que te alejes de esa universidad, pero tú insististe en inscribirte, tal vez sería tu destino.

Las únicas personas rescatables son la directora y su hija, dos almas tan nobles: Ágata es digna de admiración y su hija una niña tan bien educada e inteligente; solo que no te acerques a ella por ese padre que tiene.

—Mamá, ¿pero por qué tanto distanciamiento con el profesor Altair? ¿Pasó algo?

—Nada, simplemente que mi instinto me hace creer que algo oculta; no siento sus palabras muy sinceras.

—Bueno, mami, me iré a descansar; mañana tengo varios turnos para cubrir en el trabajo y de paso aprovecho en estudiar.

—Gracias, Pabel, es una bendición que me ayudes. Yo descansaré mañana, pero el domingo sí iré al trabajo, me conviene porque pagan muy bien.

—Gracias, mami. Siempre has sido mi inspiración y me gusta la poesía como a ti. Hasta mañana.

Pabel estaba ansioso por adentrarse en su mente y revivir todo lo que sus ojos filmaron.

—Hasta mañana, hijo.

En su habitación, Pabel se despojó de su ropa, descubriendo su piel sedosa heredada de su madre, con la musculatura firme que forjó cada movimiento de los pisos que limpiaba, y unos rizos como resortes que oscilaban cada vez que caminaba, aumentando su seducción —los mismos que dejaron cautivada a la directora—. Entró a la ducha.

El agua dibujaba su anatomía desde sus rizos hasta sus pies, pero ni el frío podía borrar las imágenes que quedaron retratadas en su mente. Salió y se fue a acostar.

En ese instante, su mente se trasladó a ese momento. Por estar trabajando, nunca había visto a una mujer desnuda más que en revistas o periódicos; ahora era una mujer real, en tres dimensiones... bueno, cuatro por el tiempo que la poseyó entre sus ojos: largo, ancho y altura.

Pero no se sentía a la altura de la edad para estar con ella, si ni experiencia tenía en el amor.

Para eso se refugiaba en los libros, para enterarse de todo y vivir mil vidas en lugar de una; por eso, el dibujo y la poesía eran sus armas principales de conquista.

Aunque, como dijo Maeva, solo a ella le gustaban.

No los abandonaría, porque le apasionaban esas artes, sin saber que otro arte lo esperaba.

Su mente retrató todo el momento, cada movimiento de Ágata, pero no podía imaginarla con claridad: era la mamá de su mejor amiga, la esposa de su profesor favorito, la máxima jefa en el trabajo. Miles de cadenas y candados, sumados a la diferencia de edad, pues ella podría ser hasta su madre.

Ágata, en su casa, se dirigía a su cuarto.

Se retiró los pantis y dejó sus sujetadores encima de su cartera; en ese espacio sentía la mirada fija del joven durante su discurso y luego la mirada en su santuario, para volverse a morder suavemente los labios y tocarse los senos, reviviendo la escena prohibida, pues en lo prohibido está la más profunda pasión.

Pensaba: «¿Con el amigo de mi hija? ¿El mejor estudiante de mi esposo?

¿Es menor que yo? ¿Por qué Altair nunca me encendió así jamás?

Nunca me mira así, ni cuando hacíamos el amor, que hace tiempo ni me toca.

Solo sabe ponerme de espaldas, dándose placer, pero sin pensar en atenderme ni satisfacerme sexual, mental ni espiritualmente».

Dejó su collar de zafiro azul en su mesa de noche, lo que le quitaba un peso enorme de encima.

En eso, llegaba Maeva, quien se encontró con Altair en la puerta y con algunas copas de más que traía. La pareja perfecta se unía. Maeva dejó a su papá y pasó a retirarse para irse a una fiesta de la cual su mamá ya estaba enterada y le había dado permiso, pues Altair no sabía mucho de la casa.

—Bueno, mis queridos papis, los dejo solos; llegaré muy tarde.

Maeva soltó una mirada de complicidad hacia los dos, con la picardía que acostumbraba a tener.

—No llegues tarde, mi amor —dijo Ágata.

Altair, medio tambaleándose, se acercó más a Ágata y le dijo:

—¡Necesito dinero, voy a salir!

—Si es para tus apuestas, ya te di suficiente. Necesitamos para nuestros gastos y los gastos de Maeva.

—¡No te estoy preguntando; me das porque me das!

Altair tomó la cartera de Ágata forcejeando, pero ganó su fuerza salvaje y regó todas sus cosas por la casa; seguía gritando y violentando todo lo que tenía a su paso.

Ágata, en el piso donde sus pies encontraban descanso siempre, ahora se encontraba recogiendo todo lo que el profesor del año dejó tirado.

Altair se fue a la recámara para ponerse otro saco, pero fue un pretexto para llevarse el collar de Ágata, que iba a usar para empeñarlo y pagar sus deudas de apuestas.

Luego se marchó tirando la puerta. Afuera lo esperaba un taxi a la vuelta de su casa para evitar sospechas, donde estaba refugiada Zafiro, muy cuidadosa para que nadie los viera.

Pero en las sombras Maeva vio el taxi y divisó la silueta de una mujer que se iba con su padre, pensando que sería su mamá, aunque no la notó subir.

Posiblemente, mientras revisaba en su celular para ver dónde estaba el taxi que pidió, llegó a subir.

Ella no sabía el monstruo que tenía por padre: «el profesor del año» tiraba por el caño todas las lecciones que profesaba.

En casa, Ágata, entre lágrimas, terminaba de recoger sus cosas, con lágrimas cayendo por sus mejillas, recordando que siempre hacía todo en casa; incluso pagó la carrera de Altair para que salga adelante, pero siempre sola, sin sentir a su marido, haciéndolo todo ella.

Los primeros años de Maeva también se refugió en copas con sus amigas, pero veía cómo su pequeña crecía sola y la necesitaba.

En las fotos formaban la familia perfecta, pero en la realidad ella pasó a cargar en su espalda todos los quehaceres del hogar mientras el muerto estaba jugando a la pelota, bebiendo o apostando el dinero que tanto les costaba ganar.

Hasta que en el suelo vio los sujetadores invisibles que se retiró en su santuario, trasladándose allí e imaginando que eran las manos invisibles de Pabel.

Sus lágrimas iban siendo reemplazadas por otros fluidos que brotaban lentamente de su ser; sintió el ardor y comenzó a tocarse como si el muchacho estuviera allí.

No necesitaban cantos, no necesitaban celulares, solo se necesitaban el uno al otro.

Pabel, al mismo tiempo en su recámara, también hacía lo suyo: primero habitó su piel antes de ir por más.

A la distancia sintonizaban, ella en el piso y él en la cama; solo la magia del fuego invisible los podía unir.

Danzaban de ardor, acariciando cada rincón de su piel.

Era un puente de amor y deseo que se construía a la distancia.

El calor llegó a su límite cuando ambos, saboreando la misma frecuencia, llegaban a su mensaje de pasión.

Pues luego del movimiento llega la lluvia y luego el frío del agua, retirando las caricias invisibles pero prohibidas aún.

Ahora quedaba dormir abrazados a la distancia, él con el pecho de frente y ella inclinada como formando la imagen filosófica del ying y el yang, hasta que las energías volvieran y nunca más dejarse de amar.