Capítulo 1 El eco de un aplauso hueco. #2
Pero sus palabras no se sintieron con tanta sinceridad. Zafiro lo miró con desprecio, a pesar de que él también era su alumno y ni le agradeció al recibir la copa.
—Gracias, profesor Altair; permiso, paso a retirarme. Felicidades.
Ágata lo observaba y él sonreía, mientras todos alzaban sus copas para hacer el brindis por la celebración. Desde la mesa continuaría Altair con unas palabras adicionales; sería un deleite escuchar al maestro.
Solo Maeva siguió toda la escena y le dijo a Nikolai:
—¿Viste cómo la miraba a mi mamá?
—¿Quién? —Pabel, pues.
—De verdad que no, son ideas tuyas. Tu papá es muy admirable... ¿cómo la va a mirar a tu mamá? Él se siente inferior a ella. ¿Un limpiador y la directora? Pagaría por ver eso, jajaja. Además, él es muy inferior a tu papá, no tendría ojos para ella.
—Tienes razón, pero él es un gran chico y es mi mejor amigo; no lo llames así. Pabel se esfuerza bastante y siempre está atento a ayudar. Todos somos valiosos, los empleos solo son vehículos; al final igual nos pagan por algo. A veces tienes la arrogancia de mi papá.
—Por eso admiro a tu padre; es un gran orador y alcanza lo que se propone. Además, juega a la pelota de una manera genial los fines de semana que nos vamos juntos.
Nikolai se quedó pensando por el parecido con Altair, pero no le prestó atención a todo el mensaje de Maeva porque seguía transmitiendo en vivo toda la ceremonia y todos los movimientos del profesor del año, como hipnotizado por su sensei.
Altair bebió un sorbo de su copa; cada movimiento suyo era seguido en las redes, y esos vídeos reventaban de likes por el mejor profesor del año. Luego de ello, Ágata le entregaría un premio: un reloj de oro grabado con su nombre, colocándole la presea para continuar con la ceremonia.
Zafiro aprovecharía el instante para tomarse fotos con Altair, muy juntos, las primeras fotos; luego con Ágata, otros profesores y otros administrativos. Zafiro tomaría la palabra para continuar con la ceremonia:
—Nuestra ceremonia continúa. Reciban sus copas para el brindis. Muy bien, un brindis por una persona que tanto admiro, nuestro profesor Altair. ¡Salud!
—¡Salud! —respondieron todos.
—Bueno, no se vayan, pasen a las mesas para compartir el buffet y todos los bocaditos que les pasarán nuestros mozos. Disfruten mucho. Gracias.
El público aplaudió y se fue uno a uno por la comida. Todo tipo de manjares alumbraban con sus colores, olores y sabores: carnes magras, carnes rojas, pescado, sopas, bocaditos dulces, bocaditos salados y bebidas.
Era una celebración donde lo único que faltaría sería estómago para acabar con ella. Una comida muy abundante para compartir entre todos, acompañada de un jazz sensual que le daba el toque mágico para encender la velada.
En la mesa principal, Ágata, Altair, Zafiro y los jóvenes —que para todos eran amigos, aunque novios en las sombras— conversaban de diversas cosas (Maeva y Nikolai). En eso, se acercó Zafiro a Ágata y le dijo:
—¿Me prestas a tu marido?
—Sí —dijo la directora.
Ella estaba sumergida en otro mar de planificación. Pensaba: «¿Por qué ese muchacho...?»
Pasaron las horas: comida en abundancia, todo tipo de bebidas, luces psicodélicas mezcladas con el humo de los cigarros. Ágata bailaba con otros colegas, pues Zafiro de veras se había robado a su esposo toda la noche.
En eso, Ágata, cansada de toda la ceremonia y sobre todo del intenso ruido, salió un momento del auditorio hacia su oficina, a la que llamaba su «santuario».
Allí encontraba el refugio que buscaba frente a todo lo que vivía y al cansancio acumulado.
Le complacía quitarse los tacones de fiesta para poder sentir el masaje fresco que le otorgaba la pulcritud del piso que alguien más había limpiado, retirar el sujetador invisible que presionaba su pecho y sentir su poder como una diosa en su santuario.
Este ritual lo hacía porque siempre se quedaba para hacer sobretiempos y complacer a su jefe ausente, el señor Octavio; horas que no le reconocían, pero que la llenaban de placer y satisfacción al ser ella misma, pues a esas horas nadie más que los vigilantes que rondaban los pisos inferiores estaban allí.
Luego caminaba hacia su auto con lunas polarizadas como si saliera de un retiro de liberación total.
Esa tensión diaria se alojaba en su pecho como un nudo para atar a un caballo, pero ahora sus senos se sentían deseados, con pasión, tal como en las palabras que salieron de sus labios cuando el joven la miraba entre la multitud.
La diosa liberada pensaba en voz alta: «¿Podría ser mi hijo? ¿Qué me pasa?»
Mientras la puerta estaba semiabierta, Pabel había subido a la cocina que estaba al lado de la oficina para llevar más bebidas, sin esperar lo que encontraría.
Sin querer, el joven se percató de la escena donde la diosa renacía, retirándose sus zapatos de charol azul con total sensualidad y maestría, en cámara lenta, bajo las luces encendidas que proyectaban una iluminación perfecta para masajear sus pies adornados con medias oscuras que combinaban a la perfección con su vestido y su cabello.
Tenía un pie en el piso para sentir el frío y el otro en sus manos, acariciando el talón con sus pulgares con mucha suavidad, aplicando esa presión que la liberaba plenamente.
Sus manos danzaban por la curva de felicidad, acariciando cada parte, y esa presión resonaba en todo su cuerpo con placer.
Sus manos se dirigieron hacia el otro extremo del pie, que también quería su atención, apretando más y más; cada dedo sería testigo de ello y luego partícipe de esta reflexología erótica para sentir el desahogo que descargaba todo lo que en su vida le pesaba.
En el piso que él mismo había limpiado, la sentía entre sus redes, que pulía a diario. Cambió de posición y su otro pie también gozó de estos mágicos movimientos sincronizados.
Sus ojos estaban despiertos entre las dudas que crecían por el joven ausente, pero presente en su piel.
En eso, sus manos navegaron directas a su collar para acariciarlo mientras seguía cuestionándose por el muchacho que la seguía desde el auditorio.
El cuerpo del joven se energizaba, su corazón caminante con ganas de apreciar más terreno; dentro de sus pantalones, su miembro se iba quedando sin espacio, cada vez más duro.
En tanto, una de sus manos lo complació ingresando a dar caricias a sus senos totalmente al natural, quitando la presión que el sujetador había dejado, tocando esas curvas perfectas que ni Miguel Ángel podría esculpir o retratar.
Girando con círculos precisos como las ideas que rondaban su cabeza, logrando la liberación momentánea de todos esos sentimientos reprimidos, la otra mano se fue a mimar a su otro pecho, que ya se estaba poniendo celoso —pues quería ese mágico gozo—, y con el mismo arte lo acarició, mordiéndose los labios con mucha sutileza y con la respiración como ahogándose en el mar.
Estaba totalmente ligera, mientras al muchacho le practicaba una operación de taxidermia a la distancia, paralizado como la Medusa coleccionaba a los guerreros que la querían matar.
De pronto, cuando el muchacho comenzaba a tocarse imitando los movimientos de su taxidermista, la botella de Coca-Cola de tres litros de plástico que sostenía en sus manos cayó, resonando en el piso.
Ágata se asustó, abriendo los ojos para guardar todo lo que la dejaba en libertad, y con voz entrecortada preguntó:
—¿Quién es? —dijo, cerrando la puerta con mucha rapidez.
Un silencio de ópera pausó la escena, aumentando la tensión; se escuchaban unos pasos de calzado masculino.
—Perdone, estaba cargando las bebidas de la cocina para llevarlas al auditorio y se me escapó una de ellas.
Esa voz la reconocía muy bien, porque era el amigo de su hija. Sus dudas lo acercaron más a ella.
—¿Pabel, eres tú?
—Sí, directora, soy yo, el amigo de Maeva. No era mi intención asustarla.
Pues sus intenciones eran otras.
—Descuida —respondió la directora con la puerta cerrada aún, pero sintiendo todavía en su cuerpo las caricias de deseo que las dudas hacia él movían y sus ojos le expresaban.
—Me retiro, directora, para continuar con mi trabajo.
Ella, en su interior, se dijo: «No, por favor, acompáñame y quítame estas dudas».
Poseída por las dudas, no entendía qué pasaba; nunca había sentido una mirada así, con tanto deseo, y mucho menos que despierte en ella ese fuego que la estaba tocando en su santuario, motivándola a soltar sus pasiones más ocultas.
Abrió la puerta con la esperanza de encontrarlo, pero el joven se había ido. Solo imaginó la escena de él también tocándose mientras ella lo hacía. En eso, movió la cabeza de lado para despertar y pensar: «¿Qué me pasa?»
Pabel ya se encontraba en el ascensor para ir al auditorio y entregar las bebidas, pero su cuerpo, aún electrizado, imaginaba a Ágata entre nubes algodonadas, tocándose, dibujando un fiel retrato de toda su geometría espacial que llevaban esas curvas imposibles de alcanzar.
Llegó al auditorio, pero sus intenciones eran volver y mandar todo al demonio, hasta que se encontró con su amiga Maeva.
—¿Pabel, te encuentras bien?
—Si sentirse bien es despertar, respirar y sentir mis latidos, saboreando cada volumen de aire que me da vida... Por un momento estoy muerto, porque mis latidos se aceleraron y luego se detuvieron, y el aire dejó de fluir en mis pulmones; muerto estoy, pero...
—Ay, no sigas con tus cursilerías. Por eso no tienes novia; a nadie más que a mí le gustan tus poemas y tus tontos dibujos, aunque muy creativos.
Pabel sonrió, pero pensaba que, siendo un personal de limpieza todavía sin profesión, cómo la directora iba a fijarse en él. Tomando en cuenta que otra barrera más compleja sería la edad y, sobre todo, que ella estaba casada con su maestro, el mejor profesor de la universidad: Altair.
«Debería fijarme en alguien de mi edad, tan hermosa como ella, con esa figura divina; y ese alguien debe amar mi poesía y mis dibujos. ¿Quién sería? ¡Maeva!»
—¿Pabel? A veces me asustas cuando te pierdes en tu mundo.