Ágata: La viuda de un marido vivo.
© inepub.com
Capítulo 1 El eco de un aplauso hueco.
El auditorio principal de la universidad estaba lleno de personas, porque sabían que se premiaba al profesor Altair. La ceremonia se titulaba: «El premio al profesor del año»; la encargada de entregar dicho galardón sería la directora Ágata, su esposa.
Ágata, una dama hermosa de ojos azul profundo como las aguas de las playas más paradisíacas del mundo, con una tez clara tal cual la pureza que nos regala el cielo y un cabello negro que dominaba la noche más oscura, era el manto que escondía entre sus sombras muchos sueños.
Vestía un atuendo azul como sus ojos, el mismo que fue regalo de su esposo, el hombre ideal, un caballero totalmente refinado y culto.
Su cuello no podía quedar sin adornos; aunque su belleza ya era suficiente, lucía una piedra preciosa azul en forma de gota que heredó de su madre y unos pendientes que eran como dos estrellas brillantes en la noche de su cabello oscuro.
Su sola presencia inspiraba respeto en la comunidad universitaria.
Justamente su esposo era a quien premiaban, un matrimonio perfecto.
Allí, entre el público, se encontraba Zafiro, su mejor amiga y jefa de operaciones, además de otros profesores y administrativos que admiraban a Altair por sus clases magistrales, sus conferencias sobre motivación, liderazgo y sus consejos matrimoniales.
Los mozos estaban muy atentos en despachar los bocaditos de primera clase; algunos con rostros contentos y otros desdichados.
Entre ellos resaltaba un joven estudiante que había obtenido una beca en su totalidad debido a sus talentos y su alto desempeño.
Este joven obtuvo trabajo como personal de limpieza y también ayudaba de mozo en algunas galas.
Él apoyaba a su madre, Esmeralda; ambos vivían solos y sacaban adelante a su familia, porque del padre ningún recuerdo quedó.
Su nombre era Pabel, un muchacho totalmente atento y muy contento con todo lo que hacía, pues disfrutaba cada instante de su vida. Llamaba la atención de muy pocos, entre ellos de la directora Ágata, porque conocía su historia y su pasión por el estudio. Ella le dijo:
—Te felicito —mientras tocaba su hombro.
Era la única persona que saludaba a todos; a pesar de su alto cargo, cargaba con una humanidad profunda que la convertía en un ser integral.
Pabel sintió el calor de su mano matizado con su mirada de amabilidad, de modo que su pulso cambió de frecuencia, su respiración exigió más aire y su corazón buscó una melodía distinta que llevara su nombre.
Ingresaban más invitados, recibidos por Pilar, la secretaria de Ágata. Para esta premiación, Zafiro se encargaría de dirigir la ceremonia, siguiendo todo el protocolo establecido con las siguientes palabras:
—Estimados presentes, les agradezco su participación en esta ceremonia de premiación, para otorgarle un reconocimiento al profesor del año por todos sus logros y esfuerzos por querer conseguir la mejor versión en nuestros estudiantes.
Iniciando nuestro protocolo, llamamos a nuestra directora, quien nos acompañará con unas palabras de felicitación.
Recibámosla con unos cordiales aplausos, por favor.
Todo el público la admiraba y respetaba porque conocían su trayectoria, que comenzó desde secretaria asistente hasta convertirse en directora.
Muchos sabían su historia y conocían que su familia era perfecta, pues con Altair tuvieron una hija llamada Maeva, quien también estaba entre los participantes. De su madre heredó toda su inteligencia, ya que era una alumna sobresaliente en la misma universidad.
Tenía un enamorado en secreto llamado Nikolai, que era el hijo de Zafiro, un secreto que aún nadie sabía. Nikolai también era un muchacho muy sobresaliente; regularmente los dos hacían grupos de estudio con Pabel y cultivaban una amistad y un amor por su carrera que los unía más.
Ágata se desplazaba como si las luces se apagasen; eran sus ojos, con un gran fulgor, los que guiaban sus pasos.
Dos linternas hermosas en las profundidades del océano que todos seguían; ni los años la tocaban.
No requería mucho maquillaje, pues su sola presencia llevaba a la quiebra a cualquier compañía de belleza. Así llegó al escenario.
—Bienvenida, directora —la recibió Zafiro, su fiel mejor amiga y compañera de toda la vida, quien sabía casi todo de ella y compartiría el escenario.
—Buenas noches, estimados colegas. Les doy la bienvenida a la ceremonia para premiar al profesor del año; es un gran orgullo estar aquí con ustedes.
Comenzaré agradeciendo toda la labor desarrollada por cada integrante de nuestra institución; sin su aporte, nunca lograremos los objetivos planteados.
Entre el público, algunos participantes se tomaban fotos, otros habían llevado su laptop para avanzar sus pendientes, y otros miraban el celular.
Muy pocos atendían, y lo hacían con las miradas perdidas. Entre ellos, Pabel era el único que seguía cada movimiento, sus ojos, sus gestos, cuando de pronto sintió que las luces se apagaban.
Era un discurso solo para él; sintió una corriente que nacía desde sus manos y sus pies como antenas, subiendo hacia su abdomen y pecho, esa sensación que ni la distancia lograría apagar.
No solo era ello: toda su presencia y sus palabras emanaban unos cánticos sagrados que solo aparecen cuando estamos por abandonar este maravilloso mundo.
Ágata sintió ese magnetismo que salía de sus ojos marrones, intensos como las altas montañas jamás vistas que se hacían espacio entre la multitud para encontrar los de ella, sin pestañear, como un felino divisando a su presa; esperaba entre los arbustos de la indiferencia de la multitud para no dejar de observar.
Ella no solo miraba sus ojos, contemplaba su piel canela radiante y sus rizos, que se agitaban ligeramente con mucha sensualidad al ritmo de su respiración.
Esa energía llegó para instalarse en sus palabras, lo cual pudo transformar el mensaje en:
—La pasión que sentimos al enseñar y todo el deseo de dar lo mejor. —Con palabras cálidas y dulces a la vez.
Ágata hizo una pausa, como despertando de ese hechizo; esa pausa le sirvió para respirar profundamente y abandonar el mensaje que ya no era para el público, sino para él. Volviendo en sí de ese corto pero mágico frenesí, continuó su mensaje:
—Cuando entregamos lo mejor de nosotros es que logramos todo lo que queremos.
Ahora era Pabel quien sentía con más profundidad la intensidad de sus palabras, cambiando el flujo de aire que le permitía respirar.
Este momento eterno, sin explicación, el efecto de ser el único que le prestaba atención realmente, estaba haciendo su trabajo. El discurso continuaría así:
—Es así como tenemos a nuestro profesor del año; recibamos al profesor Altair como nuestro mejor profesor y formador de emprendedores de la institución. Un aplauso para él.
El mensaje se volvió algo frío cuando recordó por qué estaba al frente. Pero para sus adentros se preguntaba: «¿Por qué este muchacho me miraba así? Nadie me miraba. ¿Por qué su forma de atenderme era diferente? ¿Por qué sentí que todos desaparecían y solo estábamos los dos?
Con Altair nunca sentí algo así; es más, ningún otro hombre me ha mirado así, como esperándome, escuchándome, sin querer meter alguna idea, solo queriendo descubrir todas las palabras que escondían mis labios».
En eso subió Altair, haciendo un juego de miradas deseosas con Zafiro, quien también era muy hermosa.
—Hola, mi amor —dijo Altair.
—Hola, Altair —dijo Ágata, despertando de la fantasía y de su interrogatorio.
—Parece que te perdiste un momento.
—Es la emoción de saber que te han premiado; por eso me desconecté un momento, pero ya estoy aquí.
—Tú siempre con tus sueños. Bueno, despierta para que me entregues mi premio.
Los camarógrafos tomaron una foto a los tres: el grupo perfecto que conducía a la institución, el equipo altamente eficiente y la pareja perfecta.
Altair comenzó su discurso, pero allí sí todos guardaron sus equipos; algunos grababan el discurso, pero eran muy pocos para transmitirlo en vivo en las redes sociales.
Una atención total para el gurú del liderazgo, la motivación y los consejos.
Zafiro se puso a su costado y Ágata aprovechó para sentarse en la mesa de honor.
El profesor hablaba con tal elocuencia que nadie dejaba de atenderlo; su discurso hablaba del respeto, de la familia que había formado y de sus logros académicos.
Todo el sacrificio y la entrega que ponía en cada aspecto de su vida.
Resaltaba que sin familia él no sería nada.
Decía que el liderazgo comienza desde uno mismo y luego se debe aplicar a cada pequeña cosa que uno haga, para lograr un equilibrio perfecto en nuestra vida.
Él se sentía muy orgulloso de su hija, de su esposa y de todos los logros alcanzados.
Estas palabras no resonaban en Ágata, pero sí en Zafiro, que mostraba gran admiración por él.
Terminó su discurso y la ovación fue total; todos amaban al profesor Altair, una admiración en su más alto nivel.
Las palabras fueron muy hermosas y tocaron los corazones de todos.
Todos se pusieron de pie y aplaudieron y gritaron, todo lo que se imaginaba posible para felicitar al profesor del año.
Zafiro aprovechó para darle un abrazo intenso al profesor.
De pronto, para el brindis, unas palabras sí la harían sentir viva a Ágata, que aún andaba pensativa.
—¿Una copa para el brindis? —respondió sin despertar del todo de sus pensamientos.
—Sí, está bien, gracias.
Cuando le entregó la copa, el mozo le tocó ligeramente los dedos como rozando las cuerdas de un arpa; la directora sintió una corriente que subía por su espalda, originada por el calor de sus manos. Esta sensación era más intensa que la anterior: era Pabel.
Compartiendo el mismo aire por unos segundos, se miraron mientras el joven terminaba de desplazarse para servirle a Altair y a Zafiro, que ya se instalaban en la mesa de honor.
—Gracias, Pabel; me da mucha alegría tener a mi mejor estudiante aquí, de verdad que estoy muy orgulloso de ti —dijo Altair.