Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
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CAPÍTULO CUARENTA Y DOS

Ainslee

E l viento azotaba con fuerza, helándome la piel al descubierto. No sabía qué esperaba, pero esto no lo era. No había nada a nuestro alrededor hasta donde alcanzaba la vista, salvo un almacén de aspecto desolador.

Me hicieron pasar al interior antes de que el tío de Daniel me empujara a una pequeña habitación vacía.

Parecía que en algún momento había sido una oficina.

El corazón me latía con fuerza por el miedo, y me aterrorizaba lo que pudiera intentar hacerme.

No tenía experiencia con el peligro. Nunca me había visto expuesta a él, y en ese momento me encontraba justo en medio de él.

Hector Carrington se rio, sacándome de mi aturdimiento.

—Pareces un poco fuera de tu elemento —se mofó, pero no había humor en sus ojos ni en su voz.

Apreté los labios, reacia a responder a su burla. Me negaba a ser el juguete de ese monstruo. Daniel vendría por mí; solo tenía que alargar esto lo suficiente para que llegara.

Hector se inclinó y su aliento rancio me golpeó la cara.

—¿Sabes quién soy?

Contuve las náuseas que me provocaba el hedor. Su mano me acarició la mejilla y tuve que adherirme a mi fuerza de voluntad para no estremecerme ante su contacto. Me daba escalofríos.

—¿Lo sabes? —rugió.

—Sí. —Logré articular con voz entrecortada.

Me rodeó el cuello con los dedos y apretó con fuerza. Odiaba que eso me recordara a la forma en que Daniel me presionaba la garganta con la mano. Con Daniel me producía placer, pero en ese momento sentía miedo.

—Me arrebató a mi hijo. —No podía hablar, me estaba oprimiendo las vías respiratorias—.

A mi hijo —siseó con voz ronca, en la que se percibía algo parecido a una emoción auténtica.

—Mi hijo. Hugo solo quería darle una lección a Daniel, castigarlo por abandonar el negocio familiar.

Pero entonces Hugo te vio y quiso quedarse contigo.

Mis labios se torcieron de asco al recordar a aquel hombre cruel.

—¡Jamás habría sido suya! —reviré.

Me sonrió, y el destello de sus dientes amarillentos me provocó un nuevo terror.

—Daniel tuvo que ir y llevarse lo que no era suyo. Me lo ha quitado todo . A mi hijo. A mis hombres.

La puerta de la oficina se abrió y Hector me soltó al instante.

Mientras jadeaba en busca de aire, entraron dos hombres empujando un carrito con ruedas que contenía un televisor encima.

Respiré hondo y luego exhalé lentamente.

Desesperadamente, intenté aferrarme a mis fuerzas en decadencia.

Necesitaba ser valiente. No podía dejar que viera lo asustada que estaba.

—¿Q-qué es e-esto? —balbuceé—. Tienes que soltarme. Todavía tienes tiempo antes de que te arrepientas de esto.

Los hombres siguieron adelante y colocaron el soporte al otro lado de la habitación. Me aparté, observándolos con recelo. Una vez que tuvieron listo el antiguo televisor con reproductor de VHS, le entregaron una cinta de VHS a Hector.

—Te vamos a enseñar un poco a mi sobrino, preciosa Ainslee —pronunció Hector con voz pausada, mientras me recorría con la mirada.

Me estaba dando escalofríos. Igual que su hijo hacía tantos años atrás.

Hector se acercó a mí y yo di un paso atrás, tratando de mantener la distancia, pero me topé con la pared.

Apreté los puños y me quedé quieta mientras él levantaba la mano hacia mi cara.

Deslizó los dedos suavemente por mi pómulo y yo tragué saliva con dificultad, apartando la cabeza bruscamente de él.

—A Daniel no le hará ninguna gracia saber que me has tocado —le recordé, manteniendo la voz firme.

—Esa es la idea. —Sonrió, con su aliento repugnante insultando mis sentidos—. Tú serás su ruina.

Su voz erizó mi piel. Tenía una mirada enloquecida. Su cabello blanco y grasiento se erguía en todas direcciones, lo que acentuaba su aspecto maníaco. Había algo perturbador en su expresión. Esos ojos oscuros suyos, tan parecidos a los de Daniel, brillaban mientras se fijaba en mí.

—Puedo ver por qué Hugo no te dejaba marchar. —Ronroneó con voz espeluznante—. Atraes a los hombres como la luz a las polillas, ¿verdad?

Este hombre había mandado matar a Callen. No dudaría en matar a mi familia. La crueldad formaba parte de su ADN. Se deleitaba con el sufrimiento y el dolor ajeno. Me repugnaba, y tuve que obligarme a no hacer una mueca de asco.

—Daniel vendrá por mí —insistí, con una voz apenas por encima de un susurro. No tenía ninguna duda de que lo haría. Siempre vendría por mí, protegería a mi hijo y a mi familia.

Me moví, dando un paso hacia un lado para acercarme a la puerta, no obstante, Hector se interpuso para bloquearme el paso.

Mis ojos recorrieron la habitación, tratando desesperadamente de encontrar una salida.

Había una sola ventana, pero, salvo lanzarme contra el cristal, no tenía más opciones.

Estaba atrapada. Daniel era mi única esperanza.

Me temblaba el labio inferior, pero lo metí entre los dientes y me lo mordí, liberando el sabor metálico de la sangre en mi lengua.

—Ahora, te voy a presentar al verdadero Daniel Carrington.

—Se alejó de mí y se dirigió a la única silla de la habitación—.

¿Quién sabe? Quizá te perdone la vida —continuó, con un brillo venenoso en sus ojos—.

Después de todo, ahora no tengo heredero.

—Sus ojos recorrieron mi cuerpo mientras las entrañas se me estremecían de asco—.

No me importaría tomarte por esposa y embarazarte con mi hijo.

Tuve que contener con todas mis fuerzas las náuseas.

Si me tocaba, perdería los estribos. No era lo suficientemente fuerte como para no derrumbarme si este anciano se me echaba encima.

No era tan valiente como los hombres y mujeres que formaban parte de este mundo, y dudaba de que sobreviviera a cualquier cosa vil que Hector estuviera planeando.

Hector se recostó en su silla, separando las piernas.

Si no fuera por la sonrisa odiosa en su rostro y la mirada desquiciada en sus ojos, sería un hombre atractivo.

El parecido entre él y su sobrino era asombroso, pero Daniel no era un loco cruel y sádico.

Los oscuros ojos de Daniel eran mi refugio seguro, su calidez me hacía sentir como si volviera a casa.

En cuanto Hector asintió al hombre que aún permanecía en la habitación, el viejo televisor se encendió con un parpadeo. La habitación se llenó del silbido de la estética y, a continuación, comenzó la grabación.

—No quiero verlo —murmuré. Sabía que había un lado de Daniel que aún no había visto, pero tampoco me importaba presenciarlo. Lo amaba incondicionalmente.

—Lo verás para que sepas exactamente por quién morirás —dictaminó, con una sonrisa burlona que delataba su regocijo ante la posibilidad de causarme dolor—. Para que sepas por qué murió Callen McLeod.

—Murió porque tú lo mataste —lo acusé, con la furia filtrándose en mi voz.

—No. Murió porque mi sobrino mató a mi hijo. —Alzó una ceja como si me estuviera desafiando. Me quedé en silencio—. Daniel siempre fue un cretino celoso. Mi hijo te quería, y Daniel no soportaba la competencia.

—Tu hijo nunca tuvo ninguna oportunidad. Era despreciable.

Al parecer, su padre también estaba delirando.

—¡Mira el video! —bramó Hector, levantando el control remoto y subiendo el volumen.

Giré la cabeza y me preparé para lo que fuera que viniera a continuación. Daniel formaba parte de la mafia. Había hecho algunas cosas malas, pero no era tan malvado como su primo y su tío. Tenía honor. Bajo esa apariencia dura, y en su corazón, era un buen hombre.

Fijé la mirada en la pantalla y me ardían los ojos al ver a un Daniel más joven en una habitación cerrada y salpicada de sangre.

Se acercó a una mesita auxiliar donde había una gran selección de herramientas.

Su rostro era una máscara estoica, la mandíbula apretada y los labios fruncidos en una línea fina.

Pude ver que lo odiaba, y me dolió el corazón por Daniel.

Escogió una herramienta que parecía un cuchillo y se volvió hacia un hombre ya muy magullado que estaba sentado y atado a una silla en el centro de la habitación.

—¿Quién es? —le pregunté a Hector.

—Un miembro de un grupo rival que robó nuestro cargamento.

Volví a mirar la pantalla.

Con el miedo reflejado en el rostro, el hombre gimió cuando Daniel se acercó a él con un cuchillo. No podía culparlo; ni siquiera estaba en la habitación con él, y ya me sentía asustada.

Daniel tiró de la cabeza del tipo hacia atrás hasta que sus miradas se cruzaron.

—¿Dónde está el cargamento? —interrogó Daniel con voz fría.

Se me revolvió el estómago al mirar la pantalla. Este Daniel Carrington no era el hombre que yo conocía. Había intuido la oscuridad que acechaba en lo más profundo de su ser, sin embargo, nunca había imaginado que fuera capaz de la brutalidad que estaba presenciando.

«Este no es su verdadero yo», me recordé a mí misma.

Había otro hombre en la sala de tortura junto a Daniel y al desafortunado tipo.

Era Hugo Carrington, que tenía el mismo aspecto que cuando me topé con él mientras buscaba a Daniel.

El parecido entre los primos era evidente, pero incluso en la pantalla había algo repulsivo en Hugo.

Probablemente, fuera ese brillo enfermizo en los ojos y la sonrisa amenazante en su rostro que delataba que lo que estaba pasando le resultaba emocionante.

Hubiera apostado mi vida a que realmente disfrutaba viendo a Daniel torturar al hombre atado a la silla. Mientras que la expresión de Daniel era impenetrable y su mirada vacía, Hugo se apoyaba contra la pared con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos brillantes.

Tragué saliva con dificultad, con el contenido de mi estómago amenazando con volver a salir mientras veía en la pantalla cómo Daniel le arrancaba la piel del brazo al hombre.

La carne viva me provocaba náuseas, pero fueron sus gritos los que se grabaron para siempre en mi memoria.

Me zumbaban los oídos y ya no podía distinguir si eran sus gritos o los míos lo que me estaban destrozando.