CAPÍTULO TREINTA Y DOS #2
—¡Por fin! —exclamó una voz grave de hombre antes de que pudiera articular otra palabra de protesta a Daniel—. Pensaba que nos habías enviado al restaurante equivocado.
Los labios de Daniel esbozaron una sonrisa.
—La próxima vez lo haré —bromeó mientras nos uníamos al grupo—. Chicos, esta es Ainslee McLaren. —Se giró hacia mí y continuó con las presentaciones—. Ainslee, este es Maxim Caldwell. Mi mejor amigo y el hombre con el que siempre puedo contar.
— Oh . —Me aclaré la garganta, sintiendo la familiar sensación de incomodidad subirme por el cuello.
Estar cerca de alguien remotamente relacionado con Liberty Caldwell era como reabrir una herida cerrada.
Las afiladas garras de la culpa parecían no soltarme nunca, siempre latentes bajo la superficie.
Daniel, ya fuera ignorándola o esquivando hábilmente la tensión, prosiguió:
—Fuimos juntos al colegio. También servimos en el ejército —añadió con un gesto de asentimiento—. Y Layla Cambridge, su media naranja.
Layla hizo una media reverencia con una sonrisa burlona, entrando con naturalidad en la habitación como si fuera suya.
—De hecho, ya había conocido a Layla antes —dije, esbozando una sonrisa mientras la miraba—. Me alegro de volver a verte.
—Oh, ¿sí? —Maxim arqueó una ceja, claramente intrigado—. ¿Dónde se conocieron?
Antes de que pudiera buscar una excusa vaga, o peor aún, que me pillaran mintiendo, Layla intervino sin problema:
—Me enamoré. O eso creía. —Me guiñó un ojo y luego rozó ligeramente el hombro de Maxim con el suyo—. De su primo. Pero este apareció y me salvó.
—¡Claro que sí! —exclamó Maxim con una sonrisa—. Solo hay un hombre para ti y ese soy yo.
Layla puso los ojos en blanco con cariño y, por primera vez, me di cuenta de lo diferente que parecía, más ligera. No fingía seguridad; la irradiaba. Su sonrisa era auténtica. Y esos penetrantes ojos azules brillaban con algo peligrosamente cercano a la paz.
—Hola, Ainslee —saludó, volviéndose hacía mí y acercándose para darme un beso en la mejilla—. Feliz Navidad.
Parpadeé, sorprendida por la calidez, pero logré decir:
—Igualmente. —Me giré hacia Maxim y le extendí la mano—. Encantada de conocerte por fin.
Me estrechó la mano con firmeza y respeto.
—Igualmente. Daniel nos ha hablado mucho de ti.
—Ah, ¿sí? —Arqueé las cejas, sorprendida mientras miraba a Daniel, que ni siquiera pestañeó.
Maxim sonrió.
—Todo bien. Casi siempre.
Daniel esbozó una sonrisa burlona.
—No te dejes engañar por él. La mitad del tiempo no escucha.
—Escucho lo suficiente —replicó Maxim—. Lo suficiente para saber que no se había puesto tan tenso con nadie desde... bueno, nunca.
Layla resopló.
—Ustedes dos se están buscando problemas.
Daniel se rio entre dientes.
—Somos todo lo contrario a problemas. Tu nombre, en cambio, aparece en el diccionario junto a esa palabra.
—Alguien tiene que mantenerlos a ustedes a raya —replicó Layla con dulzura.
Me reí a pesar de mí misma, y la tensión por fin empezó a desaparecer de mis hombros.
Fuera cual fuera esta dinámica, esta extraña e inesperada pequeña familia elegida, me hacía sentir sorprendentemente bien.
Cálida. Como el tipo de vida en la que hacía tiempo que había dejado de creer que estuviera destinada para mí.
Y, sin embargo, ahí estaba... acercándose cada vez más. Esperando.
Y tal vez, solo tal vez, estaba bien dejarla entrar.
—No les hagas caso a estos dos, Ainslee —agregó Maxim con una sonrisa despreocupada, en un tono ligero pero sincero—. Empiezo a entender por qué Daniel insistía tanto en ampliar nuestras operaciones en Escocia.
Sonreí levemente, sabiendo que se refería a uno de los negocios legítimos de Daniel, aunque los detalles aún me resultaban vagos. Eso no era lo que me ponía nerviosa.
Era la sombra que se cernía sobre aquella sala, la que llevaba el nombre de Liberty Caldwell.
La culpa no había aflojado su agarre, y estar en su compañía solo hacía que se apretara más.
No pude evitar preguntarme cuánto tiempo tardarían en atar cabos.
En mirarme no con bienvenida, sino con reproche.
Así que hice lo único que pude en ese momento: sonreí de nuevo y no dije nada.
La voz de Daniel rompió mi silencio.
—Y este es Alexander Caldwell y su esposa, Liberty.
Se me revolvió el estómago.
Me giré lentamente, con todos los nervios del cuerpo tensos, como si la vergüenza fuera un olor que percibirían en cuanto me vieran. Los miré a los ojos, insegura de lo que veían, pero segura de lo que yo sentía.
Expuesta.
—Encantado de conocerte. —Alexander Caldwell me tendió la mano, con un apretón firme pero no excesivo. Se la estreché; sin embargo, mis ojos, mis pensamientos, ya estaban puestos en su esposa.
Liberty.
Habían pasado años, aun así, el tiempo no había logrado empañar su belleza. Su presencia me golpeó como un recuerdo empapado de remordimiento, suave, doloroso, punzante, todo a la vez. No cabía duda de que me había reconocido. No había vacilación en su mirada. Pero tampoco había odio en ella.
Solo... conocimiento.
—Encantada de conocerte también. —Logré decir, aunque las palabras apenas me salieron de la garganta. El corazón me latía con fuerza en el pecho, cada latido un recordatorio de la historia que nos unía.
La sonrisa de Liberty era suave, casi amable.
—Layla no para de hablar maravillas de tu voz —halagó con calidez—. Alexander y yo estamos planeando ir a ver una actuación mientras aún podamos.
Fue entonces cuando me fijé en el suave bulto bajo su vestido, y en cómo su mano lo acariciaba instintivamente.
—Estamos esperando trillizos —añadió, al notar mi expresión de sorpresa.
—Vaya —murmuré, parpadeando. La palabra me pareció insignificante, casi ridícula. Las disculpas me pesaban en la lengua, sin pronunciar, pero luchando por salir. ¿Debería ofrecer una en ese segundo? ¿Fingir que el pesado nunca ocurrió? Ambas opciones parecían minas terrestres.
—Trillizos, ¿eh? —Me recuperé—. Felicidades.
—Gracias —respondió Liberty radiante, recostándose ligeramente en el costado de su esposo. El cariño entre ellos era natural, como un suéter favorito. Sentí una opresión en el pecho, que luego se suavizó.
—Estoy intentando convencer a Layla para que se ponga manos a la obra también —añadió Liberty con una sonrisa pícara—, pero se resiste.
—Paso, gracias —interrumpió Layla, levantando su copa de vino—. No tengo prisa por quedar embarazada.
Ahí estaba la Layla que recordaba, directa, sin complejos. No obstante, en ese momento parecía diferente. Más suave. Como si tal vez la felicidad se hubiera instalado por fin en algún lugar bajo su piel.
—Hermana, compórtate —reprendió Liberty, dándole un codazo con una sonrisa cariñosa.