CAPÍTULO VEINTIOCHO
Ainslee
M e desperté lentamente, como se hacía después de una noche sumida en el dolor.
Durante unos segundos de dicha, no recordaba nada.
La luz de la mañana se filtraba suavemente por las cortinas, el aire de la habitación era cálido, tranquilo, seguro.
Estaba acurrucada contra algo, alguien, sólido.
Un brazo pesado descansaba sobre mi cintura, dándome seguridad, y una respiración lenta y constante me rozaba la nuca.
Daniel.
Y entonces me golpeó. Como un tren de carga.
El video. Callen. Su rostro: ensangrentado, maltrecho, irreconocible. Sus últimos momentos.
Se había ido.
Sentí una opresión en el pecho y, por un segundo, no pude respirar. El dolor no era solo tristeza, era confusión, horror, culpa. Muchísima culpa.
A mi lado, Bram se removió. Me giré ligeramente, observándolo estirarse y murmurar en sueños, con las mejillas aún sonrojadas por el sueño y la inocencia. Me dolía el corazón solo de mirarlo. Él no lo sabía. No sabía que su padre se había ido.
No sabía lo que le habían hecho.
Sentí que Daniel se movía detrás de mí y su mano presionaba suavemente mi cadera.
—Estás despierta —murmuró, con la voz aún baja y ronca por el sueño.
Asentí con la cabeza, incapaz de encontrar la voz todavía.
Me dio un beso en la parte posterior del hombro y luego apoyó allí la frente.
—No te has movido en toda la noche —dijo suavemente—. Solo te aferraste a él.
—Necesitaba sentir que seguía aquí —susurré, viendo a Bram girarse de lado y acurrucarse más en mi brazo—. Que nada había cambiado.
Daniel guardó silencio un instante y luego habló en voz baja:
—Tú también te aferraste a mí.
Me giré entonces, lentamente, para poder ver su rostro. Sus ojos eran suaves, enmarcados por el cansancio, pero aun completamente alerta. Mirándome. Leyéndome.
—No fue mi intención —me disculpé, aunque mi voz carecía de protesta.
—No me importó.
Pasó un momento entre nosotros, lleno de cosas no dichas. Cosas que no hacía falta decir todavía, pero que rondaban por ahí.
Me incorporé, acariciando los rizos de Bram con los dedos. Pronto, despertaría, y entonces... ¿Qué? ¿Qué le decías a un niño cuando le han arrebatado uno de los pilares de su mundo?
—¿Hay alguna noticia? —pregunté en voz baja, para no despertarlo.
Daniel también se incorporó, pasándose una mano por el cabello.
—Arthur ha rastreado al remitente. Sur de Gales. Nos estamos acercando.
—¿Crees que fue tu tío?
—Sé que fue él —afirmó, rotundamente—. Pero no estaba solo. Reconocí a alguien en las imágenes. Tenemos una pista.
La noticia no me trajo alivio, sino una especie de temor sordo. Porque, si estaban dispuestos a enviarme el video de un asesinato real, no se limitaban a mandarme mensajes: me estaban haciendo una advertencia.
—Esto no ha terminado —declaré.
Daniel extendió su mano y tomó la mía.
—No, pero no estás sola en esto.
Lo miré fijamente, luego bajé la vista hacia nuestras manos, sus dedos grandes y callosos envolvían protectoramente los míos. Había algo aterrador en confiar en alguien que una vez te había destrozado, en saber que aún querías confiar en él.
Bram se movió de nuevo, esta vez abriendo los ojos. Me miró parpadeando, confundido solo por un segundo antes de que el rostro se le iluminara con una sonrisa somnolienta.
—¿ Mummy ?
—Hola, cariño —saludé, apartándole el cabello de la frente.
Su mirada se desvió más allá de mí.
—¿Daniel? —preguntó, con una sonrisa asomando en sus labios.
—Buenos días, pequeño —respondió Daniel con voz cálida, incluso cariñosa.
Bram se estiró.
—Dormiste aquí.
Daniel me miró, luego volvió a mirar a Bram.
—Parecía el lugar más seguro.
Bram asintió solemnemente.
—Lo es. Hay dragones abajo.
Daniel arqueó una ceja.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Los oí roncar.
Daniel se inclinó hacia él, bajando la voz a un susurro secreto.
—¿Debería ir a luchar contra ellos?
Bram se incorporó con repentino entusiasmo.
—¿Puedo ayudar?
Los observé, a mi hijo y al hombre al que una vez creía haber perdido para siempre, conectando de una forma que parecía... natural.
Y, por primera vez desde la noche anterior, sentí que algo se removía dentro de mí que no era dolor.
Era esperanza.
Frágil, temblorosa y completamente inesperada.
Daniel
Les di espacio.
Cuando Bram se despertó del todo, me disculpé con una excusa poco convincente sobre que tenía que hacer una llamada.
La verdad era que no confiaba en mí mismo para quedarme.
No con la forma en que Ainslee me miraba.
No con la forma en que sus dedos se detuvieron en mi brazo mientras me ponía de pie.
La esperanza estaba floreciendo de nuevo entre nosotros. Lo sentía en lo más profundo de mi ser. Pero después de todo, lo que habíamos sobrevivido, lo que aún se cernía sobre nosotros, no estaba seguro de tener el derecho de dejar que creciera.
La biblioteca estaba en silencio cuando entré. El fuego ardía lentamente, proyectando suaves sombras doradas a lo largo de los lomos de viejos libros que no había tocado en años. No había venido aquí en busca de respuestas. Había venido en busca de tranquilidad.
Sin embargo, no estaba solo.
Margaret estaba sentada junto a la ventana, su silueta apenas visible a la luz de la mañana. Sostenía una taza de té, como si hubiera estado esperando a alguien, o tal vez solo buscaba un poco de paz. Me miró con calma, aunque atenta.
—Pensé que acabaría encontrándote aquí —indicó, con esa voz que aún conservaba esa elegancia inquebrantable.
Esa que te recordaba que ella venía de un mundo de buenos modales y encimeras de mármol, pero que había sobrevivido a suficientes adversidades como para manejar el acero—. He estado esperando.
Asentí y me acerqué al bar de la esquina, sirviéndome un trago de whiskey . Al diablo con la mañana.
—Ella es fuerte —mencionó Margaret, casi para sí misma—. Pero eso ya lo sabes.
Me giré para verla.
—Sí.
—Ha pasado por mucho. Y sigue en pie. Criando a un hijo. Evitando derrumbarse incluso cuando el peso habría aplastado a la mayoría.
No dije nada. ¿Qué podía decir? Todo lo que Margaret decía era cierto. Ainslee había atravesado el infierno y había logrado, de alguna manera, mantener su alma intacta.
—Durante mucho tiempo, pensé que solo eras el flechazo adolescente que nunca se fue —añadió Margaret, esta vez con más delicadeza—.
Pero después de que te fueras... —Se le quebró la voz, solo por un momento—.
Vi cómo mi hija se desmoronaba. En silencio.
Con dignidad, por supuesto, porque eso es lo que hacemos las mujeres.
Desafortunadamente, fue el tipo de desamor que te cambia por completo.
Aparté la mirada, apretando la mandíbula.
—Lo sé.
—No creo que lo sepas —reviró en voz baja—. Me preocupó muchísimo verla tan desconsolada. Vi cómo acabó con la vida de mi hermano, y no iba a permitir que le pasara lo mismo a mi hija. Ainslee nunca dijo nada sobre ti, pero una madre lo sabe.
El silencio se prolongó entre nosotros un instante demasiado largo. El fuego crepitaba.
—No me fui porque dejé de amarla —expliqué finalmente—. Esa es la peor parte. Me fui, porque creí que estaba haciendo lo correcto. Pensé... —Negué con la cabeza—. Creí que estaría mejor sin mí.
—¿Intentabas protegerla? —Quiso saber Margaret, sin juzgar, solo preguntando.
—Sí.
—Bueno —dijo, reclinándose en la silla—, fallaste.
Sus palabras no pretendían ser crueles. Eran sinceras. Y me golpearon más fuerte que un puñetazo en el estómago.
—Pero estás aquí ahora —señaló, y cuando volví a encontrar su mirada, vi en ella sinceridad y fe en sus ojos. Era el comienzo de algo que tenía la intención de atesorar.
—Te lo juro —declaré, acercándome, con voz firme—. Pase lo que pase a partir de ahora, protegeré a Ainslee. Y a Bram. Y a ti, si me lo permites.
Margaret ladeó ligeramente la cabeza, estudiándome.
—¿Eso lo dice el caballero de brillante armadura o el hombre que desapareció sin despedirse?
—Ambos —afirmé sin dudar—. Porque no voy a marcharme otra vez. A menos que esté muerto.
Eso pareció satisfacerla más que cualquier otra cosa que pudiera haber dicho. Asintió brevemente y dio un sorbo a su té, con la mirada volviendo a la ventana.
—Ahora eres mayor —reflexionó—. Más fuerte, menos impulsivo.
—Todavía tengo mis momentos.
—Más te vale no volver a joderlo —agregó, con su habitual tono seco—. Porque si lo haces, Daniel Carrington, seré yo quien arrastre tu cuerpo hasta el lago.
Se me escapó una risa, más bien un bufido. Pero, Dios, lo necesitaba.
—Entendido.
Se levantó lentamente, dejó la taza sobre la mesa y se acercó a mí.
—Ella todavía te ama —informó en voz baja—. Pero el amor no bastará si le haces pasar por ese tipo de dolor otra vez.
Asentí.
—No lo haré. Te lo prometo.
Margaret se detuvo en la puerta, mirando por encima del hombro con algo parecido a una sonrisa.
—Entonces quizás esta vez todos tengamos suerte.
Y entonces se marchó, dejándome solo en la biblioteca, mirando fijamente el fuego, con el peso de una promesa que, por una vez, tenía toda la intención de cumplir.