Afecto (El Amor No es lo que Parece 4) PRÓLOGO
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Afecto (El Amor No es lo que Parece 4)

Afecto (El Amor No es lo que Parece 4)

Por Eva Winners

© inepub.com

PRÓLOGO

Daniel

Doce años atrás

L os vi arder.

No podía quitarme una sensación en el estómago, un torbellino lento y agitado que no tenía nada que ver con el hedor, aunque eso por sí solo ya era insoportable.

El humo acre se enroscaba en el aire como serpientes, denso, cargado del olor a carne carbonizada y gasolina.

Los gritos, crudos e inhumanos, me arañaban el interior del cráneo como uñas sobre metal oxidado.

Pero peor que el hedor, peor que las llamas, era la expresión en el rostro de Hugo.

Mi primo estaba a escasos metros del infierno, con los ojos iluminados por algo salvaje y regocijante.

Esbozaba una sonrisa maníaca, de esas que esperarías de alguien que ve fuegos artificiales, no de alguien que ve a gente morir en agonía.

Sus pupilas reflejaban la luz del fuego, dilatadas y feroces, y la expresión de su rostro, embelesado, asombrado, extasiado, me heló las entrañas.

Las llamas se elevaban, danzando sobre la leña apilada bajo los pies de los hombres. Uno de ellos intentó gritar de nuevo, con la garganta irritada y la voz temblorosa, pero Hugo simplemente se inclinó como si estuviera escuchando una sinfonía.

Y allí me quedé, paralizado, con el rostro congelado en una máscara de indiferencia. Estremecerme, hablar, o incluso respirar mal sería traicionar mis pensamientos, dejar al descubierto una grieta.

Y en esta familia, las grietas significaban la muerte. No solo la mía, sino la de las personas que me importaban. No podía permitirme ser débil.

No con Hugo observando.

Vivía para encontrar debilidades y aprovecharse de ellas. Especialmente, si venían envueltas en algo tan tierno y frágil como el amor. El cabrón no tenía ni idea de lo que era la compasión, no le quedaba alma que salvar, si es que alguna vez había tenido una.

A mi tío Hector le gustaba decir: Todos son el enemigo, y mi primo había guardado esas palabras en lo más profundo de su maldito corazón.

Hector Carrington había estado al mando del imperio criminal de nuestra familia durante los últimos treinta años.

Antes que él estuvo mi abuelo, quien lo había construido desde cero.

Un galés pobre y hambriento, que en sus años de formación se enfrentaba a una pobreza extrema, finalmente llegó a su límite y se dedicó al crimen.

Esa vida le saciaba el hambre y le llenaba los bolsillos, y jamás volvió a mirar atrás.

Los dos chicos que él y su amada esposa criaron se convirtieron en hombres desgraciados, pero el abuelo William no se arrepintió de nada, ya que habían crecido sin conocer nunca la carga de las dificultades económicas.

Cuando mi madre se casó con mi padre, no tenía ni idea de quién era él realmente: un cabrón retorcido y enfermo que se deleitaba con el dolor ajeno. Incluido el de su propia familia.

Probablemente, eso fue lo que provocó su muerte prematura.

La longevidad no era la norma en nuestro mundo, a diferencia de infligir tortura y sufrimiento.

De hecho, tenía ante mí el ejemplo perfecto.

Los hombres que se retorcían en el suelo asqueroso del almacén se habían negado a seguir las reglas de mi tío. Su respuesta: dejarlos arder . Como si estuviéramos en la puta Edad Media.

Negué sutilmente con la cabeza. Esos hombres estaban lejos de ser inocentes, nadie en la nómina de mi tío lo era, pero desde luego no se merecían una muerte al estilo de una ejecución.

Era una pena que no hubieran logrado escapar ilesos ante la primera señal de su ira.

Mi mirada se posó en mi primo, el cruel y estúpido Hugo Carrington.

Llevaba veintidós años conviviendo con él y seguía sin entenderlo. Nunca lo había hecho, y nunca lo haría. Intentarlo era inútil. Simplemente, estaba mal de la cabeza. Nunca dije que yo estuviera bien del todo, pero esto era más del límite, incluso para mí.

Habiendo crecido en este mundo, casi nada me escandalizaba, y solía abrazar la oscuridad, aunque solo fuera para apaciguar a mi familia. Si te metías conmigo, pagabas el precio. Si me traicionabas, te costaría demasiado.

No obstante, siempre había habido una línea que me negaba a cruzar.

Hasta hoy.

En ese momento, era tan culpable como mi primo. Todo porque me limité a mirar cómo esos hombres (mismos que, hasta donde sabíamos, habían sido leales a Hector) morían quemados.

Hasta ese día, no había sido responsable, al menos no directamente, de la muerte de ni una sola vida inocente.

En este minuto, mis manos estaban manchadas de un tipo diferente de sangre, una que sabía que nunca se borraría.

El hedor se había incrustado profundamente en mis fosas nasales, y nada podría ocultar mis pecados, ni siquiera los trajes a medida que tanto me gustaban.

Debería haber ideado una forma de escapar de esta vida mucho tiempo atrás. La procrastinación era una perra. O, más probablemente, mi indecisión tenía que ver con cierta joven escocesa. Una de cabello rojo fuego y ojos verdes que veía en mis sueños.

Ainslee.

En cualquier caso, había retrasado la puesta en marcha de mis planes, e incluso mi mejor amigo, Maxim, se había dado cuenta de la tensión. Nuestra conversación de hacía meses pasó fugazmente por mi mente mientras me quedaba observando fijamente, con la mirada perdida, el fuego crepitante.

—¡Jesucristo, Daniel! —me regañó Maxim con preocupación—. ¡Tienes un aspecto horrible!

Él también lo habría tenido si hubiera visto lo que yo había visto. Todavía me estremecía al recordar la imagen de mi primo descuartizando a ese pandillero pedazo a pedazo. Sus diez dedos, sus orejas, su nariz... Fue espantoso. Una locura.

Después, quemé mi ropa y me duché, frotándome hasta quedar limpio. Nada me había ayudado. La culpa me estaba carcomiendo por dentro.

Escondí ese horror en un rincón oscuro y profundo de mi mente. Ya me ocuparía de ellos más adelante. Pero no en este momento.

—¿Estás bien, amigo? —repitió Maxim.

—Un día duro —murmuré.

Maxim sabía mejor que nadie por lo que estaba pasando. Mas eso apenas rozaba la superficie. La verdad era que mi familia era jodidamente depravada, temía que un destino oscuro y retorcido fuera inevitable.

—Me uno al ejército. Se acabó la espera. Sin demoras.

Lo miré fijamente; su anuncio me tomó desprevenido.

—¿Qué dijiste?

Se encogió de hombros.

—Quiero hacer la diferencia. Necesito espacio de Alexander. Demostrarle a todo el puto Londres que mi maldito apellido no me define.

Los Caldwell eran unos bastardos ricos. Pero gracias al padre de Maxim y Alexander, su nombre estaba manchado. Teníamos eso en común: la reputación de nuestras familias pesaba sobre nuestras almas y nuestras mentes.

—Entonces, yo también me uno —declaré—. Necesitas a alguien que te cuide el trasero.

Se burló.

—Si mal no recuerdo, fui yo quien te salvó el trasero —replicó, lanzando una indirecta nada sutil sobre nuestro último año de instituto, cuando un grupo de idiotas decidió enfrentarse a mí en una pelea de diez contra uno. ¿Adivina quién fue el uno?

—Una vez —conmemoré—. He devuelto el favor incontables veces desde entonces.

Los gritos me devolvieron al presente, y el olor a cabello quemado en mis fosas nasales inundó mis sentidos. Las llamas crecían y se hacían más intensas, alimentándose del oxígeno y la carne, mientras una oleada de emociones me recorría las venas.

Quizás algún día sea capaz de analizar cómo esto fue la línea roja, la gota que colmó el vaso y me despertó, pero lo único que sabía era que no quería convertirme en alguien como mi primo. Tenía que irme.

Y eso significaba dejarla a ella también.