XXIV #2
—Kiri —digo recordando a mi madre gritando su nombre.
—Kiri —imita mi voz temblorosa y aguda con frialdad y cambia el tono al momento para continuar mi sufrimiento—, a tu hermana no la toqué.
Aún no la necesito. —Su mirada resbala por mi cara como una cuchilla y su mano acompaña a sus ojos—.
Pero verte imaginar su muerte ha sido gratificante.
—Sonríe y continúa su discurso como si estuviese recitándome un poema y no partiéndome por dentro—.
Sin embargo, a tu madre gritando la clavé.
Admito que soy muy bueno en lo mío. Te lo creíste.
Me obligo a sostenerle la mirada.
—No puedes decirme algo así y esperar que no te quiera ver muerto —logro pronunciar—, y teniendo en cuenta lo bien que lo estás pasando, entiendo que tienes un plan para hacerme desaparecer.
—Lo tengo, pero no te lo estoy diciendo ahora por primera vez.
—Alza una mano, sin tocarme esta vez—. Siempre te lo he estado diciendo.
¿Quieres que te recuerde todas las veces?
Las pequeñas burlas, los chistes que te hacían sentir rara entre tus amigos, la sobreprotección en situaciones en las que no hacía falta, las veces que creíste que Seredric te miraba a ti cuando miraba a la nada…
—Se ríe bajo—. Te alimenté el ridículo con cucharita de plata, mi amor.
El oxígeno se vuelve más escaso de repente. Por mucho que mis ojos busquen una escapatoria no la encuentro. Solo me queda hacerme la víctima herida y rezar porque se lo crea.
—Vete —digo—. Ahora mismo necesito tiempo para pensar en todo esto.
—No. —Su sonrisa se me hace algo perverso ahora—. Escogiste al hombre equivocado, princesa. Tuviste tiempo para pensar. Tal vez si me hubieses elegido a mí, esto sería diferente, pero...
No veo el primer golpe, siento el ardor inmediato en el abdomen, un estampido que me va desde la piel al estómago, como si una mano invisible me hubiese vaciado los pulmones.
Caigo de rodillas, más por la sorpresa que por el dolor.
El segundo golpe llega con la precisión de quien conoce el mapa del cuerpo ajeno y sabe como hacerle daño: un latigazo en la cara que me hace girarme hacia abajo.
No grito al principio, mi garganta, terca como siempre, quiere convertir el dolor en piedra. Pero el tercero me arranca un sonido que no reconozco.
—¿Por dónde íbamos? —me pregunta con voz suave detrás de mí.
Intento incorporarme; unas cuerdas que no había visto se cierran en mis muñecas.
Son cuerdas de un tejido duro, pero vibran con una calidez que no es natural.
Es magia. Cada movimiento las aprieta un poco más, rasgándome la piel.
Me late la cara y siento el gusto metálico de la sangre donde el labio se me debe de haber partido.
—¿Sabes el daño que has hecho? —logro decir—. A todo el mundo… —Trago saliva junto con mi sangre—. A Kiri.
—Mira que eres dramática, querida. —Se ríe sin molestarse en disimular—.
Siempre con esa necesidad tan patética de creerte especial, como si tu dolor mereciese archivo y lupa, cuando no es más que vulgar, repetido y previsible; te lo diré despacio, a ver si esta vez te entra en esa cabeza de clase baja que tienes.
—Bosteza mientras se mira las uñas—. El maná responde al miedo de verdad, a la renuncia consciente, al sacrificio elegido, no al llanto, no a la autocompasión ni a esa manía tuya de fracasar y luego exigir reconocimiento por no haberte marchado antes —dice y me mira directamente a los ojos—, fallaste, y no solo una vez: siempre.
Te pones el disfraz de víctima incluso antes de entrar en la Arena, por si toca volver a casa con las manos vacías y la conciencia sucia.
—Se inclina hacia mí, lo justo para que su voz me arañe el oído—.
Nosotros no inventamos nada, no somos tan crueles como te gusta pensar cuando necesitas un villano al que culpar, solo ordenamos el mundo, y a los inútiles como tú les damos una palabra bonita para que no se ahoguen en la verdad —dice mientras sonríe despacio—: lo llamamos honor, para que sigáis viniendo, para que falléis otra vez, y para que aplaudáis dócilmente mientras nos ofrecéis voluntariamente el cuello.
Ahora mismo solo puedo acordarme de mi madre hilando en invierno, las manos rojas por el frío, para hacernos una manta con la que arroparnos cada noche.
Recuerdo a Hollieth jugando al limbo con una cuerda entre dos sillas, la risa cuando se caía.
Veo a Kiri con una flor blanca en el pelo, preguntándome si en la Tríada había monstruos de verdad.
Recuerdo a mi padre aceptar tres trabajos a la vez para que pudiésemos pagarnos la comida y las clases de entrenamiento para la Tríada.
Juro estar viviéndolo todo a la vez en mi cabeza.
La náusea ya lucha por salir de mi garganta.
—Y encima eres pesada, ¿sabes? —me suelta, cruzándose de brazos y apoyando la espalda en la pared como si estuviese cómodamente instalado en mi derrota—.
Siempre lloriqueando, repitiendo como un mantra ridículo: «Fallé, fallé, fallé».
¿Fallaste? Sí, ¿y qué? ¿Crees que vamos a abrir un archivo de tus lágrimas para estudiarlas?
—Se ríe y continúa imitando mi voz—. «Fallé, fallé, fallé», suena casi cómico viniendo de alguien que se jura Heroína mientras se compadece de sí misma en cada respiración.
Es como si quisieras que todo el mundo sienta lástima por ti antes siquiera de intentarlo de nuevo.
—Inclina la cabeza hacia un lado, mirándome de reojo con esa sonrisa que parece una daga—.
Te lo repito: tu mantra patético no impresiona a nadie.
Ni al maná, ni a mí, ni a los que de verdad cargan con su fracaso sin ponerse una capa de víctima por encima.
Sin embargo, resulta que sí eres más valiosa de lo que crees, princesa, pero muerta.
—Pero… —intento hablar, aunque la voz me tiembla y no suena convincente.
—No hay «pero» para ti ya —me interrumpe—. Créeme, cariño, lo sabíamos cuando te dimos el boleto, pero incluso sabiéndolo me acabaste sorprendiendo. Así que, si quieres mi consejo gratis: cállate y haz algo que valga la pena. O sigue así, haciendo tu espectáculo de fracaso, ya no importa.
Se queda unos segundos observándome, como si evaluase cuánto de mí queda intacto bajo la burla y el desprecio.
—¡Ah! Y Dionna… —dice como acordándose de algo—.
Si vas a repetir tu mantra, al menos hazlo en silencio.
Es más decente que intentar que alguien más se hunda contigo; pensaba que no eras tan egoísta, princesa.
—Se acerca a mí y se agacha a mi altura—.
Dionna, Dionna, Dionna. —Empieza a negar con la cabeza y la cuerda en mis muñecas se tensa con un tirón seco que me arquea la espalda del dolor—.
No te me desmorones todavía, o será aburridísimo.
—Me acaricia el pelo y la náusea se convierte en vómito al instante—.
¡Joder! Mis zapatos… qué puto asco. Pues rápido tendrá que ser, princesa.
No sé si sigue hablando, no veo venir el golpe, todo se vuelve negro.
Todo se ha desvanecido a mi alrededor. Ya no oigo ni siquiera el sonido de mi propio corazón.
Me he sumido en la oscuridad más absoluta y solo puedo pensar en que he amado, he soñado y mi familia está mejor.
Lo que vine a hacer, ya está hecho. Me voy de Aethrya habiendo ganado de verdad.