XXIV
Dionna
E l Mes Dorado no es de oro literal, pero brilla como el espejismo del mar en pleno verano cuando te quedas mirándolo fijamente.
Las cintas, los atuendos, los banquetes; los Héroes en alto.
Cuentan relatos que no se parecen a nosotros en absoluto.
Dicen que es un mes para celebrar a quienes sobrevivimos a la Tríada.
A mí me suena a un inventario: lo que hemos perdido, lo que ya no somos, lo que el Reino reclama como propio.
Desde el primer día del Mes Dorado decidí no dormir del todo.
Dormía a trozos, con un ojo dentro del sueño y el otro abierto en las bibliotecas, husmeando entre estantes que olían a polvo y aceite de lámparas.
Recuerdo cómo le enseñé a Hollieth a caminar sin ruido: no pisar con el talón, sino con el borde externo del pie, deslizar el peso poco a poco y cambiar el peso al otro.
Ahora ese viejo juego me sirve para robar libros de manera más o menos sigilosa.
No son libros prohibidos... son solo libros mal ubicados —o al menos eso me gusta decirme.
La mayoría son libros sobre cómo se mueve el maná por el mundo, registros antiguos de linajes mágicos, diarios de los Arcanistas que organizaron las pruebas y manuales donde detallan cómo se controlan los recursos del Reino.
Y luego, escondidos en cajas sin lomo, también hay pergaminos sueltos con anotaciones a medias, nombres, fechas, iniciales de Aspirantes.
Hay una contabilidad del dolor de cada uno de ellos que alguien parece haber llevado con mucha paciencia durante todos estos años.
No sé por qué es tan relevante cuánto dolor hayamos sufrido, pero lo han anotado por algo.
Leí en uno de los pergaminos más antiguos que encontré que los Arcanistas «absorben» el alma.
La palabra me parecía algo excesiva, hasta que las cifras encajaron donde antes faltaba información: había picos de poder tras cada prueba, anotaciones marginales con símbolos de ofrecimiento por parte de Aspirantes, marcas en los márgenes que repetían signos de «convergencia emocional».
Otras afirmaciones me hicieron sentir arcadas: «No hace falta matar para extraer; basta con crear desesperación total».
«El miedo destila maná». «La pérdida destila maná».
«La esperanza, si es suficientemente grande, también destila maná».
Busqué a Seredric los tres primeros días, como una idiota. Busqué su rastro, una nota mal doblada en algún rincón que dijera: «No te olvidé, solo tuve que irme». Pero no hubo nada. Ni una palabra. Ni un miserable «estoy bien», mucho menos un «lo siento».
Los Arcanistas y toda esa corte de estirados decían lo mismo: «Es un asunto de Estado, Su Majestad siempre vela por el Reino».
Claro que sí, campeón. Qué conveniente: irse cuando ya no voy a tener que luchar contra la muerte una vez más.
Yo también aprendí a mentir. Cuando Cristalith me preguntó por él, sonreí como si no tuviera el corazón hecho polvo y respondí que todo estaba bien.
Que el Rey estaba cumpliendo con su deber.
Mentí tan bien que por un segundo casi me lo creí.
Devrian, en cambio, parecía estar en todas partes.
Como ese perfume dulce que no sabes de dónde viene, pero no se va ni con agua bendita.
Lo veía en las galerías, en los patios, en cada sombra que se alargaba más de la cuenta.
Siempre sonriendo, siempre perfecto, como si la Fundadora le hubiese enseñado a caer bien hasta a las puñeteras piedras.
Es la cara amable de los Valendris: risa fácil, palabras medidas, mirada limpia.
Cuando me veía con un libro, levantaba las cejas como si me estuviera dando su bendición personal por tener cerebro y querer utilizarlo.
A veces pensaba que ojalá lo hubiese querido a él.
Habría sido más simple. Pero no, mi corazón no sabe de lógica y nunca sabrá.
Es una criatura testaruda que corre justo hacia el sitio donde se rompió, solo para ver si todavía duele igual.
La noche número once del Mes Dorado, con la ciudad perfumada de frutas maceradas y música en las plazas, encontré un montón de papeles viejos atados con una cinta, que no debí haber encontrado.
Era una transcripción de «Cantos de Elevación» con anotaciones numéricas.
A la derecha, columnas dobles: cantidad, intensidad, permanencia.
Era un algoritmo, un modo exacto de medir la eficacia del sacrificio.
Los nombres de lo que creo que eran algunos Aspirantes habían sido reducidos a signos. La última columna estaba en blanco.
Guardé las hojas bajo el vestido y me marché a paso tranquilo.
Quise contárselo a alguien que no estuviera hecho de mármol y estuviese lo suficientemente cerca del sistema como para comprenderlo.
Hemos quedado en uno de los jardines reales.
Él ya está aquí, de espaldas, mirando el reflejo de las antorchas sobre el estanque.
—Tenías razón —empiezo sin preámbulos—. Hay algo que no nos están contando. No es solo el honor y la selección. Es… una especie de economía o algo que no entiendo.
Devrian gira la cabeza apenas y sonríe. Cómo me gusta su sonrisa. Sonrío de vuelta.
—¿Economía? —me pregunta.
Saco el montón de documentos, aunque no se los ofrezco; lo mantengo en mis manos, como si fuese oro y tuviese miedo a perderlo.
—Esto lo explica, o al menos lo sugiere. La Tríada no solo prueba, también recoge una especie de maná o de… —La palabratropieza en mi lengua y hay una versión de mí que habría preferido tragársela—. ¿Alma?
El ceño de Devrian se frunce en la medida exacta para que su cara siga siendo perfecta.
—¿Y qué piensas hacer con eso? Suena a conspiraciones rebeldes, no creo que lo hayas entendido bien.
—No lo sé aún. Necesito saber más, pero sola no puedo.
Y no puedo pensar con… —Me paro a tiempo y no abro la boca para decir que Seredric se me ha metido en la cabeza y no puedo dejar de pensar en él por una razón que mi cerebro desconoce, pero mi corazón entiende—.
No puedo con el ruido mental. —Trago saliva rezando porque el don de Devrian no sea leer mentes—. Además también hay otra cosa.
Me espera, siempre es bueno esperando; hace del silencio una silla cómoda para que yo me siente.
—Soy injusta contigo, ya lo sé —digo sin pensar—.
Te he querido como se quiere a quien te tiende la mano cuando el suelo desaparece, pero no te he dado nada a cambio.
Aun así, mi corazón no aprendió la lección que debería y creo que estoy…
—El verbo me quema en los labios—. Creo que estoy enamorada de Seredric.
Y creo que me estoy volviendo loca. Solo necesito saber dónde está.
Saber donde está me ayudaría a pensar con claridad.
Solo una sonrisa. Minúscula al principio, y luego más amplia. Demasiado amplia. Me llevó dos latidos entender que había algo frío escondido en ese gesto. Soy gilipollas.
—Claro que lo estás —dice con una calma pulida—. El amor es la más útil de las supersticiones, pero te puede destrozar por dentro.
Me tenso al momento.
—No he venido a pedirte consuelo —aclaro—. He venido a pedirte cabeza. Estás más lejos de la línea de sucesión y compartir esa información conmigo no te…
—Y por eso supones que como me atraes y tengo menos que perder, caeré rendido ante tus peticiones —me interrumpe—. Qué idea tan dulce.
Da un paso hacia mí. La brisa huele a fruta madura; de pronto, me repugna ese olor y aún no sé por qué.
—Devrian, yo… —empiezo a decir, pero me calla poniéndome un dedo en los labios.
—Shh. Vamos a hablar de lo verdaderamente importante, ¿sí? De tu ingenuidad, de tu colección de libros robados —dice arqueando una ceja hacia los documentos apretados contra mi vientre—, y de cuánto te gusta sentir que estás por encima del juego, cuando en realidad eres el juego.
Me alejo un poco de él instintivamente.
—No te entiendo —miento para ganar tiempo mientras busco una salida.
—Te encanta la verdad, ¿no? —Su voz se vuelve sedosa—.
Entonces escúchame bien, querida. Seredric no te abandonó: lo movieron como la pieza torpe que es.
Tú no sobreviviste por valentía: sobreviviste porque nos convenía.
Y lo de Hollieth… —Sonríe con todos los dientes—.
Qué nombre tan peligroso para pronunciar en voz alta.
Oops. —Pone la mano sobre su boca fingiendo sorpresa.
Mi corazón se aprieta en un puño y no entiendo qué coño está pasando o que me quiere decir con todo esto.
—¿Por qué importa Hollieth?, ¿qué sabes de ella?
—Lo suficiente para mantenerme callado. —Da un paso hacia mí y noto el calor de su cuerpo sobre el mío—.
Te diré otra cosa, por si te ayuda a madurar un poco.
Ese diario que encontraste en la primera prueba, el que dejé para ti…
— Chasquea la lengua y finge un puchero—. Nunca existió, mi pequeña princesa.
—Eso es imposible —susurro, y mis manos recuerdan el tacto del cuero y, debajo de ese recuerdo, algo más blando, más resbaladizo.
—Yo creo ilusiones, princesa —dice como quien confiesa una travesura—.
Ilusiones tan perfectas que ni tú podrías distinguir, ese es mi don, ¿por qué nunca preguntaste?
—Se aprieta más contra mi cuerpo—. Ernys se mató, porque le regalé una visión hermosa de su madre.
Darik… Una putada lo suyo, porque en realidad fue un daño colateral.
El muy imbécil siguió un fantasma hasta el borde de un puente y yo tuve que dejar una nota perfecta en su nombre para explicarlo todo.
La hereje… —Se encoge de hombros—. Admito que me sorprendió lo preciso que fui con los ojos.
A veces uno tiene días de gracia. No te preocupes, no está muerta, ¿pero a que lo parecía?
Siento como la bilis me sube hacia la garganta. No por lo que está diciendo, sino por la facilidad con la que lo dice. Por el modo en que su ego puede arrastrar a tantos y que a él le importe tan poco.