Aethrya La Tríada XXIII #2
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XXIII #2

—Quiero —respondo sin dudar—, porque siempre has estado ahí. Me dijiste la verdad cuando todos callaban. No intentaste poseerme. Me pediste permiso cuando nadie me lo había pedido. Me trataste como alguien con voluntad. Eso no se me olvida.

Como siempre, creo que estoy hablando de más. Devrian se gira un poco. Mira las luces del palacio, como si en ellas pudiera ver su futuro. Luego vuelve a mí.

—Lo único que me preocupa es Seredric.

Suelto un suspiro. No me gusta hablar de Seredric con él; ya ha quedado claro que algo pasa entre ellos y yo ya tengo suficientes dudas.

—¿Qué pasa con él? —Ya he puesto los ojos en blanco y no puedo controlar la ceja levantada.

—No es una mala persona, pero es… —Hace una pausa para medir sus palabras—.

Impulsivo. Tiende a encapricharse y confundirse.

Cuando eso pasa… —Otra pausa y chasquea la lengua en un intento por no insultar a su propia familia—.

Se lanza con todo, pero luego desaparece.

—Hace una mueca de algo parecido a la compasión y vuelve a agarrarme los codos—.

No quiero verte rota por eso. Tú ya has perdido demasiado.

Solo asiento, porque, en el fondo, lo imaginaba. No me molesta que me lo diga. Me molesta haberlo imaginado, pero no haberlo aceptado hasta que alguien más me lo dijese.

—Gracias por decírmelo —le digo.

—Con el tiempo, esto que siento se irá, pero la lealtad... esa puede quedarse. Si tú quieres.

—La quiero.

—Entonces hasta pronto, Heroína —dice con una sonrisa suave, y me deja sola bajo los faroles.

◆◆◆

—Bienvenida. Ritmo cardíaco elevado. Pupilas dilatadas. ¿Encuentro emocional o político?

—Ambos —digo mientras me quito las sandalias—. ¿Tú no desconectas nunca?

—Solo cuando el Mes Dorado se termina y os vais a vuestro nuevo hogar. —Hace un gesto mecánico que pretende parecer un encogimiento de hombros.

Me dejo caer en la cama, boca arriba. Siento que el cuerpo me pesa más que antes. No me acordaba del dichoso Mes Dorado en el que nos visten de purpurina frente al continente antes de darnos lo que nos corresponde y nos dejan ir a nuestras casas.

—Hoy no tengo espacio para pensar en todo lo que ha pasado. Mucho menos para pensar en lo que pasará.

Clummy se acerca despacio. Se coloca a mi lado, su forma porcelánica apenas toca el borde de la colcha.

—¿Deseas que proyecte imágenes reconfortantes? Tengo almacenadas simulaciones de paisajes, constelaciones y gatitos.

—No, pero gracias. Me basta con que estés aquí para siempre —le digo y me toco el corazón con las manos—, aun-que me tenga que ir y ya no te vuelva a ver.

Hace una pausa. Una que en él es casi emocional. Parpadea a destiempo. Otra vez.

—He almacenado esta secuencia bajo el nombre «Interacciones humanas valiosas con Dionna de Caelis» dentro de mi base de datos. ¿Deseas incluirla en el índice de momentos relevantes?

No puedo evitar reírme. De verdad.

—Sí, Clummy. Guárdala, pero que no se te ocurra re-producirla en público.

—Entendido. Archivo etiquetado como «privado».

Me giro hacia él.

—¿Crees que seré capaz de hacer algo con todo esto? —le pregunto mientras hago aspavientos en el aire como si «esto» significase algo.

—No tengo protocolos que me permitan predecir el futuro, pero ahora tienes una tasa de éxito en la vida que supera la media. Y un nivel de resiliencia en aumento.

—Eso es lo más parecido a un «sí» que podrías darme, ¿verdad? —lo miro de reojo.

—Correcto.

◆◆◆

Despierto con la garganta seca y la sensación de tener piedras sobre el pecho.

El cuerpo me duele por la ausencia de heridas físicas, ¡qué ironía!

Sándor ya no está. Ayer lo vi desaparecer, su cuerpo simplemente dejó de ser, y el sonido todavía retumba en los oídos como un eco que no se va. Siento mi cuerpo llorar su ausencia.

Me incorporo despacio. Clummy no se mueve y no ha dicho una palabra. Agradezco su silencio; no quiero estadísticas ni porcentajes. Solo quiero que deje de doler. Parece leerme el pensamiento, porque solo me mira y parece escanear mi cerebro.

He perdido algo de peso durante la Tríada, pero sigo manteniendo la robustez en las piernas.

Lo agradezco, la verdad; si perdiese más peso me sentiría más débil de lo que ya soy y no es algo que quiera o pueda permitirme.

Siempre he preferido pecar de grande, aunque eso me cierre otro tipo de puertas.

Me pongo el mono negro con una rapidez innecesaria; hoy tenemos el día libre de todo protocolo.

Creo que puedo tomarme la libertad de ir descalza hoy.

—Hasta luego, Clummy —le digo abriendo la puerta.

—Hasta ahora, Dio —su voz analítica contrasta con el diminutivo de mi nombre por el que me acaba de llamar.

Con el picaporte aún en la mano, me giro y lo miro. Parpadea dos veces. Otra vez. Cada día que nos acercamos al final de mi aventura en palacio, Clummy parece hacerse más humano. No quiero preguntar nada. Cruzo el umbral de la puerta.

Camino por los pasillos amplios de la residencia.

El suelo de mármol helado bajo mis pies descalzos me mantiene en el presente.

Todo parece demasiado grande, demasiado decorado para los pocos que somos ahora: solo somos siete.

Éramos ciento cincuenta personas al principio.

El aire huele a incienso viejo, como si la nobleza intentase cubrir el hedor de la muerte con flores secas y recuerdos perfumados.

Llego a la biblioteca y Cristalith ya está sentada en uno de los divanes del fondo de la sala auxiliar en la que habíamos quedado, con los codos sobre las rodillas y la mirada perdida entre los lomos dorados de los libros.

Odrien aparece pocos minutos después, en silencio.

Cierra la puerta tras de sí y se sienta sin decir nada.

Nadie lo hace. Ni siquiera un saludo. Sólo el ruido del reloj antiguo llena la estancia.

Tic. Tac.

Tic. Tac.

—Sándor estaría aquí si no fuese porque alguien decidiese a quién matar y a quién no —digo sin levantar la vista.

Cristalith cierra los ojos y Odrien baja la cabeza. Durante unos segundos larguísimos, ninguno de nosotros respira.

—Creo que no fue una elección caprichosa —dice Cristalith finalmente, con voz rota—. Fue una sentencia con una razón importante detrás. Han escogido a las «almas mellizas» por un motivo que todavía se nos escapa.

Odrien se pasa las manos por la cara para después pasar al pelo con desesperación.

—Y nosotros fuimos los testigos. Los que no murieron —dice Odrien y suelta un bufido que simula una falsa carcajada—. Como si eso fuese un premio, ¿sabes?

Me levanto y empiezo a andar de un lado a otro como si estuviese enjaulada.

Que en cierto modo, lo estoy. Aún no entiendo cómo es posible que yo quisiese participar en esto.

Todos nosotros. Todos entrenamos durante años para formar parte de esta locura.

Nos ofrecimos a sangrar por nuestra nación.

Luchamos para que nos diesen la oportunidad de morir.

Queríamos participar en la Tríada para honrar a algo que ahora me parece putrefacto.

—Es como si hubiesen decidido desde antes quién iba a ganar.

Krekk. Trilla. Klum... ellos no estuvieron nunca al borde.

Nunca en riesgo real. Siempre tenían una ventaja —no puedo parar de hablar.

Los recuerdos se agolpan—. Krekk se paseaba por los desafíos como por su casa: siempre tenía una salida.

Sin embargo, Ernys, Sándor. —Se me forma un nudo en la garganta al pronunciar sus nombres—.

Los que no eran tan útiles... Ellos estaban marcados.

Me sorprende que no me hayan matado a mí.

—Otros nobles murieron también —interrumpe Odrien—. No todos los que murieron fueron plebeyos. No podemos caer en eso. No es una cuestión de pasta o apellido tampoco.

Lo miro como si estuviese defendiendo al enemigo y echándome a los leones. Tengo que morderme la lengua e intentar pensar en por qué cojones está pensando en los que tienen la flor en el culo de nacer en la casa adecuada.

—No digo que haya una regla exacta —me obligo a hablar en un tono calmado—. Digo que hay patrones. Pruebas diseñadas para ver qué rompía a quién. Dónde se fractura cada uno. Y si esa fractura les convenía, te dejaban seguir. Si no... te borraban. Punto.

Cristalith asiente. Su voz viene con más firmeza que la mía. Me sorprende su fortaleza después de lo que vimos en aquella fuente.

—Las pruebas no buscaban fuerza, Odrien .

—Sus ojos se ponen en blanco antes de volver a mirarlo directamente—.

No me jodas. Buscaban sumisión, obediencia, fidelidad ciega.

El equilibrio —dice y pone otra vez los ojos en blanco—.

Siempre hablan de equilibrio. Pero, ¿qué se está balanceando realmente?

¿El poder? ¿La sangre? ¿Nuestra voluntad? ¿Equilibrio para quién y por qué?

Yo me siento de nuevo, esta vez con las manos apretadas sobre las rodillas. El dolor de cabeza se instala como una segunda piel.

—Sándor me dijo que había alguien especial que hablaba de mí.

Que creía en lo que yo podía cambiar. Me lo dijo justo antes de sacrificarse.

Lo dijo como si ya supiera que no saldría.

Como si lo hubiesen preparado para todo lo que iba a pasar.

—Se me agolpan las lágrimas en los ojos—.

Ni siquiera se lo pensó cuando eligió morir.

Odrien no responde, sólo nos mira. Veo la lucha en su cara. La de quien quiere seguir creyendo que hay algo justo en todo esto y que no hemos sido simples peones.

—Y luego está Seredric —murmuro y suelto una risa hueca.

Ambos me miran. Cristalith frunce el ceño como si no entendiese qué tiene que ver el rey en todo esto.

—Devrian me dijo algo importante… —No sé si ya me estoy arrepintiendo de esto—. Dijo que el poder, el don, de Seredric… no siempre lo controla. Dijo que podía influir en lo que sientes, que te puede envolver hasta que no sepas qué parte de ti es real. Que lo hace consciente e inconscientemente.

—Eso es una acusación muy grave, además de que no debemos saber el don de los miembros de la familia real, ¿por qué coño te lo ha contado a ti?

—pregunta Cristalith con voz baja—. Además, de una cosa estoy segura: todos ellos lo controlan a la perfección.

No creo que Devrian te haya contado toda la verdad.

—Yo también lo pensé, pero tiene sentido —le digo—. Las veces que estuve con él... era como si todo tuviese más brillo. Como si doliera menos. Como si... como si estuviese entera.

Odrien niega con la cabeza, pero no habla.

—No digo que lo hiciese con maldad. —No sé por qué intento defenderlo, pero digo lo que creo—. Quizá ni siquiera lo sabía, pero ahora, con Sándor muerto, con Seredric ausente, con la Tríada terminada y celebrando como si nada extraño estuviese pasando... tengo que cuestionarlo todo.

—Aquí pasa algo, eso está claro —termina diciendo Odrien.