XXIII
Dionna
U na hora en la habitación, a solas con Clummy, bañada hasta que el agua dejó de estar roja y vestida con un vestido negro tan ligero que parece que va a desaparecer en cuanto me mueva, lo único que siento es…
determinación. Me ajusto las dagas al muslo derecho y dejo que la falda del vestido cubra su brillo.
Clummy, en su eterno modo de observación, ha pasado la hora completa analizando mis nuevas estadísticas como Heroína de la Tríada. Ha desactivado el modo silencioso al parecer.
—Me alegra saber que al menos el cinismo me está sirviendo para algo —le respondo mientras me recojo el pelo húmedo en un moño.
Él ladea la cabeza, procesando.
—¿Satisfacción ante deterioro emocional? No es un parámetro habitual en los protocolos de celebración. Mucho menos en ti.
—Clummy, es sarcasmo.
—Por supuesto. —Parece analizar un nuevo pará-metro—. ¿Estás lista?
Y justo al hacerme esa pregunta, la puerta se abre. Un guardia real aparece y me informa de que es la hora de reunirse con todos los demás en el comedor.
—Gracias —le digo sin mirarlo a los ojos.
Él asiente y se va. Miro a Clummy, que inclina un poco su cuerpo metálico, una reverencia en miniatura.
—Hora de la función —digo.
Caminar por los pasillos iluminados con faroles encantados es como desfilar por una galería de recuerdos que no quiero tener. Parece que esto comenzó hace años. Parece que he vivido tres vidas. Todo huele a velas nuevas, a flor seca y a perfume de nobleza vieja. Llego al comedor y me detengo.
Cabeza alta. Espalda recta. Paso firme. Daga escondida. Alma partida.
Al entrar, me cruzo con Cristalith. Va vestida de azul noche, con los ojos firmes, como esperaba. Su fortaleza es algo que siempre envidiaré. Se acerca. Odrien llega segundos después. Tiene ojeras, pero su andar sigue siendo el mismo de siempre: ágil, sigiloso. Sin embargo, él no finge tan bien.
—¿Cómo estás? —pregunta Cristalith, sin necesidad de que respondamos con palabras, pero aún así las utilizamos.
—No muy bien —respondo—, pero creo que tenías razón.
Vamos a darles lo que quieren: una sonrisa falsa, una copa alzada, un brindis por ellos y por lo bien que lo han hecho.
Vamos a asentir, a agradecer y a fingir que somos los Héroes perfectos.
Mientras tanto, averiguamos qué están planeando, quién decidió quién moría —digo mientras observo a mi alrededor—, y por qué.
Odrien asiente.
—Jugar al juego desde dentro. —Sonríe y me señala mirando a Cristalith—. Muy su estilo. Me gusta.
Cristalith esboza una sonrisa falsa.
—Pues que empiece la función.
Nos dirigimos juntos a la mesa. Las luces del comedor rebotan en las copas de cristal como si intentasen distraer a todos de la tensión que se respira.
Las familias nobles están presentes. Algunas caras me son familiares de los asistentes como público a los desafíos y pruebas.
Otros son solo apellidos con poder. Y, sin embargo, la silla vacía en el centro de la mesa me arranca un latido distinto.
La Reina Madre se pone en pie.
—Aethrya honra hoy a quienes han demostrado la fuerza, la inteligencia y el valor dignos de ser llamados Héroes de la Tríada. Por razones políticas, mi hijo, el Rey Seredric, no podrá acompañarnos en esta celebración informal. Confío en que sabréis comprender la necesidad de ciertas ausencias.
Yo no comprendo nada, pero asiento, como todos. La Reina continúa.
—Os acompañan en su lugar la princesa Zmena, el Barón Devrian Valendris y yo, quienes representaremos esta noche a la familia real en esta mesa de honor.
Nos sentamos. Los platos se colocan con una coreografía ensayada por siglos. No tengo ni hambre, ni sed. Sin embargo, las copas tintinean, el vino se sirve en un silencio pulido por miles de años de protocolo.
Yo mastico la carne con más esfuerzo del necesario.
No tiene sabor, al menos no para mí, pero tengo que parecer agradecida.
Agradecida de estar viva, de ser una Heroína y de haber sobrevivido a costa de los muertos.
Miro a mi derecha: Cristalith está sentada con la espalda recta, la mirada centrada en el plato, pero sus dedos tamborilean la madera de la silla con un ritmo sutil.
Entonces, Devrian aparece a nuestro lado.
—Lamento lo que habéis tenido que pasar —dice, con voz suave, lo suficientemente baja como para que los oídos indiscretos no lo escuchen—.
Sé que nada de esto fue justo. Y sé que hay cosas que ahora mismo no entendéis.
Pero hay algo más grande moviéndose. Algo importante.
El Rey no está aquí por una buena razón.
Me quedo mirándolo. Devrian sigue.
—Si necesitáis algo... lo que sea. Estoy aquí. De verdad.
Cristalith le lanza una mirada que, en ella, es casi una caricia. Odrien asiente. Y yo me limito a sostenerle la mirada.
—Gracias, Devrian —digo al fin.
Y entonces, aparece Krekk Morvhaen. Como un tajo en medio del telar. Como un mal presagio en medio de lo que por fin parecía algo de bondad. Llega por detrás de Devrian y, sin ningún aviso, lo abraza por el cuello, como si fuesen amigos de toda la vida.
—¡Barón, cabronazo! No sabía que te mezclarías con los Héroes de la Tríada tan pronto —su voz es fuerte, altiva, cargada de una confianza que no tiene justificación.
Devrian se queda quieto. No se aparta, pero tampoco corresponde. Lo mira, de lado, como si estuviera evaluando qué clase de criatura se le ha echado encima.
—Krekk —dice con ese tono educado que usan los nobles para no decir « apártate de una puta vez u ordeno que te partan el cuello » .
Krekk parece notarlo; se aleja un poco, se alisa la camisa y hace una media reverencia exagerada.
—Disculpe, Barón Devrian. He abusado de su confianza.
Por un instante, veo algo en su mirada que no había visto nunca: vergüenza, o al menos algo muy parecido.
Devrian lo observa un segundo más. Luego, se gira hacia mí. Me lanza una mirada cómplice. Como si estuviésemos solos entra una multitud. Me guiña un ojo. Asiento, levemente, y se va.
Krekk lo sigue con la mirada. Luego habla, como si nos interesase una mierda lo que sea que tenga que decir tremendo payaso.
—Él debería ser el Rey de nuestro continente. Tiene la fuerza que Aethrya necesita.
Y se marcha sin esperar una respuesta por nuestra parte. Odrien silba bajito.
—Entonces tenemos la fuerza del continente de nuestro lado.
Cristalith suelta un bufido, casi una risa.
Yo, por el contrario, no sé qué siento. Miro a Devrian, que ya está de vuelta en su asiento.
No me mira, pero sé que sabe que lo estoy mirando.
Ha estado ahí desde el principio. Cuando nadie creía en mí fue él quien me dijo la verdad, quien se disculpó, quien me pidió permiso, quien me sostuvo sin intentar poseerme.
Y, sin embargo, no hay nada más allá. Ninguna chispa. Ningún tirón en el pecho. Nada. La afinidad no es algo que se pueda fingir. Y por mi parte... simplemente no está. Pero puedo confiar en él. Y eso, ahora mismo, es mucho más de lo que tengo con casi nadie.
◆◆◆
La cena ha terminado. Los platos han desaparecido, las copas se han vaciado más de una vez y las sonrisas, esas que tanto esfuerzo nos cuesta fingir, empiezan a cuartearse como pintura vieja.
Algunos nobles continúan en corrillos, murmurando con el mismo tono con el que se comentan escándalos o apuestas en una pelea clandestina.
Cristalith y Odrien se levantan antes que yo.
Ella me dedica una mirada y se marcha sin hacer ruido junto con Odrien.
En cuanto me termine el vino, me iré. Tengo que aparentar un poquito más.
—¿Dionna? —dice Devrian tras de mí— ¿Podemos hablar un momento?
Asiento y bebo lo que me queda de vino de un solo trago.
Me levanto y el mareo viene instantáneamente.
Devrian me sujeta con una sonrisa ladeada, cargada de dobles intenciones.
Cuando recobro la compostura caminamos en silencio hasta el jardín contiguo.
La luz de los faroles mágicos es suave aquí, como si quisiesen darnos un lugar íntimo en el que hablar.
El aire huele a lirios secos y me mezo ligeramente al respirar hondo su aroma.
—¿Te vas a declarar? —pregunto, con media sonrisa y negando con la cabeza. No es burla, aunque lo parezca.
Devrian se ríe, un sonido sin fuerza.
—No. No después de la mirada que me has lanzado en la cena. Créeme, no tengo vocación de mártir. —No se le ha quitado la sonrisa de la cara—. Tampoco estoy acostumbrado a un no por respuesta, también te digo.
—Entonces, ¿por qué estás aquí conmigo? —Mis palabras se escapan bailando al son del vino de más que bebí esta noche.
Se detiene. Me mira de frente y me agarra por los hombros como si fuese una niña pequeña y necesitase toda mi atención.
—Porque confío en ti. Porque sé que tú también confías en mí.
Y porque quiero que estemos bien. —Baja sus manos hasta mis codos y los acaricia con ternura.
Suelto un hipo gracias al alcohol. Mierda—.
Que sepas que, aunque lo que siento no cambie de un día para otro, tampoco quiero que eso se convierta en una carga para ti.
No te debo nada, Dionna. —Vuelve a sonreír y yo vuelvo a hipar.
Qué vergüenza—. Y aunque no me gusta recibir un no por respuesta, tú tampoco me debes a mí sentir algo que no está.
Trago saliva. Me había preparado para todo menos para que me lo pusiera tan fácil. Es un alivio que haya alguien lo suficientemente maduro para aceptar así un rechazo y que me haya tocado a mí toparme con él.
—No hay chispa, Devrian —Me separo de su agarre como puedo y tambaleándome un poco—. No de ese tipo al menos. —Le dedico una sonrisa triste—. No hay fuego, ni ganas de imaginar un después, pero sí hay respeto y confianza. Y quiero que sepas que eso no lo tengo con casi nadie.
Él asiente, con una expresión tan serena que me sorprende.
—Lo sé. Y está bien. Me bastará con seguir a tu lado, si tú quieres.