XXII #4
—La fiesta, sí —dice al fin, con un tono suave—. Es lo que se espera, ¿verdad? Alegría. Reconocimiento. Brindis en vuestra honor. La gente necesita veros sonreír. Solo necesitáis descansar. Lo entiendo.
Nadie responde. El aire en la sala podría cortarse con un cuchillo. Miro de reojo a Odrien, a Cristalith, a Mirtel, incluso a los mellizos. Ninguno baja la mirada.
—Estáis agotados —continúa el Arcanista, como si no hubiese un abismo entre sus palabras y nuestras vidas—.
Y heridos. Eso también hay que tenerlo en cuenta.
Las heridas físicas… —comienza a decir y clava los ojos en mi pierna, aún manchada de sangre—.
Y las otras, supongo —dice subiendo su mirada directamente a mis ojos, ¿se está burlando de mí?
Carraspea y echa un vistazo por encima del hombro, como si esperase una orden que no llega.
—Muy bien, que así sea pues. El Consejo lo aprobará —añade con ese aire altivo que tienen todos los Arcanistas—. Se enviarán sanadores de primer grado a vuestras habitaciones. Y se os otorgará tiempo de descanso antes de la cena. Una hora será suficiente.
Siento la rabia morderme por dentro. ¿Una hora? ¿Después de todo esto?
—Durante ese tiempo —prosigue—, se os reco-mienda guardar silencio. Evitad dar entrevistas, declaraciones… cualquier cosa que pueda entorpecer la celebración de esta noche. Habéis sobrevivido. Ya es más que suficiente.
Mirtel resopla. Odrien aprieta los puños. Cristalith no se mueve. Yo no quiero ni pensar en todo lo que podría decir o hacer, pero tampoco hago nada. Krekk hace una reverencia, ¿pero este es subnormal?
—Sois muy generosos —dice el muy imbécil.
El Arcanista no responde. Simplemente gira sobre sus talones y hace un gesto a los guardias.
—Lleváoslos.
Algún día les devolveré todo este dolor, de una forma o de otra.
Pueden tener su celebración. Yo tengo mi dolor grabado en el pecho y no pienso olvidarlo.
Cristalith tiene razón, por no variar: gritar mi desconfianza no cambiará nada, solo me matarán y darán su versión.
Tengo que jugar mejor mis cartas. Me tengo que convertir en la versión que quieren contar, hasta que pueda contar la mía.
◆◆◆
La puerta de mi habitación se cierra a mi espalda.
No debería dolerme tanto estar de vuelta aquí, debería sentir alivio de estar viva.
Me quedo quieta unos segundos. Solo respiro.
Respiro para no descomponerme. Para no caer al suelo y disolverme como lo hizo él.
Si empiezo a pensar, voy a caer en la autocompasión y ahora no puedo permitírmelo.
Me quito los zapatos con torpeza. Me dejo caer en el sillón como si mis huesos fuesen de goma cuando, de entre las cortinas, aparece Clummy.
—¡Salve, campeona verificada de la Tríada!
Lo miro con los ojos entrecerrados. Una parte de mí quiere decirle que se calle. Otra parte —una más pequeña, más débil— le agradece en silencio que aún quede algo en este mundo que no sabe lo que significa sufrir.
—Clummy… —susurro— ¿puedes, por la Fundadora, no hablar tan alto? —le digo mientras me tapo los ojos con las manos.
—Oh. ¿Decibelios bajos? ¿Modo sigilo activado? Entendido. —Asiente con seriedad, y baja la voz como si estuviésemos tramando un crimen—. ¿Deseas que apague el sistema de notificaciones triunfales?
—¿El qué? —Me destapo un ojo.
—Tu aura de heroína emite brillos intermitentes. Están por todo tu campo energético. Según mis registros, eso indica estatus elevado, aumento de estadísticas generales, y un cincuenta por ciento más de probabilidad de ser saludada con reverencias por nobles menores.
—¿Eso es una broma? —pregunto, sin saber si reír o llorar.
—¿Broma? Procedo a consultar la base de datos.
Me cubro la cara con las manos otra vez.
—No, Clummy. Era una pregunta retórica.
—Entendido. Sarcasmo registrado. Aunque debo advertirte que el algoritmo de sarcasmo todavía presenta errores. El último análisis concluyó que el sarcasmo se parece al amor no correspondido: es confuso, frustrante y lleno de malas decisiones y/o intenciones.
—¿Y qué más dicen mis estadísticas? —pregunto, arrastrando los pies hasta la cama.
—Has subido de categoría. Eres oficialmente « Heroína de Rango Uno » , con bonificaciones en resistencia emocional (aunque los datos empíricos actuales que se basan en tu aspecto no lo respalden), aptitud para liderazgo en situaciones críticas y un incremento del 3,4 % en el atractivo percibido.
—¿Perdona? —digo mientras levanto un brazo para comprobar si huelo a sudor.
—Según el análisis de patrones de mirada y frecuencia de contacto visual de otros Aspirantes y espectadores, tu atractivo percibido ha subido en un 3,4 %. Posible correlación con la nueva cicatriz en tu ceja derecha. Recomiendo mantenerla visible.
—¿Estás diciéndome que la gente me encuentra más guapa porque casi me muero en directo?
—En efecto. La estética del trauma es altamente valorada en ciertos sectores de la población.
Me echo hacia atrás y dejo caer la cabeza sobre las sábanas.
—Clummy…
—¿Sí, nueva heroína de la Tríada? —dice, con tono reverencial.
—¿Puedes quedarte un rato? Sin hablar.
—Modo silencio activado.
Se queda quieto a mis pies. Cierro los ojos. El silencio se siente como una caricia. Entonces, alguien llama a la puerta.
—¿Dionna de Caelis?
La voz es profunda y tranquila.
—Sí —digo y me incorporo como puedo—. Adelante.
Entra un hombre con túnica blanca y bordados dorados. Joven, pero con los ojos de alguien que ha visto demasiado. Los sanadores de primer grado siempre parecen más viejos de lo que son. No sé si es por la magia o por lo que ven cuando la usan.
—Vengo a tratar tus heridas —dice, con una leve reverencia—. ¿Puedo?
Asiento sin hablar. No tengo fuerzas para protocolos. Él tampoco los necesita y creo que es el primer Arcanista que me pide permiso de verdad.
Se acerca y coloca sus manos sobre mi pierna herida.
Siento calor. Un cosquilleo que se convierte en una corriente tibia que sube por el muslo, se extiende por la espalda, recorre el hombro izquierdo donde la piel aún estaba rota por una caída contra la piedra viva.
La magia no duele, pero es como si el cuerpo recordase lo que estaba sufriendo justo en el momento en que deja de doler.
Mis ojos se llenan de lágrimas de alivio.
Un alivio que no quiero, que no me parece justo.
Sándor no va a curarse. A él no lo van a recomponer con luz dorada y una oración en voz baja. Y sin embargo, a mí sí.
—Tu cuerpo ya no presenta heridas externas. Hay daño interno por agotamiento, pero eso sanará con descanso. El resto… —dice mirándome a los ojos, sin suavidad ni consuelo— no está en mis manos.
Asiento y me obligo a no llorar delante de él.
—Gracias —le digo, porque de verdad agradezco su atención humana.
—Sobrevive a la cena —dice, recogiendo sus cosas—, o inténtalo.
Cuando se marcha, vuelvo a cerrar los ojos. La habitación huele a incienso y a magia reciente. Clummy se sienta en la cama y se queda en el borde, sin tocarme.
—Modo silencio aún activo —susurra.
Si es que es el mejor. Al final lo voy a querer y todo.