XXII #3
—No —le susurro—. No me hagas esto. No me hagas esto, Sándor. —Acaricio su cara y su sangre se me mete entre los dedos—. Tienes que quedarte.
No sé en qué momento mi cuerpo deja de sostenerse. Me desplomo junto a él. Lo cojo, lo aprieto y su cuerpo... ya no tiene fuerza. Él que es un hombre tan corpulento, tan fuerte y noble. Ya no hay calor suficiente.
—Aún no. Por favor, aún no. —Intento moverlo mientras le sigo hablando—. Venga, aún tienes que vivir tantas cosas… —digo mientras le acaricio el pelo. Le tiembla un párpado. Su pecho sube en un último intento de aferrarse a la vida.
Baja.
Y ya no vuelve a subir.
El silencio que sigue no es un silencio cualquiera.
Es un silencio que precede al sonido que escucho dentro de mí.
Podría jurar que no es una metáfora, sino que me parto de verdad.
Como si alguien hubiese metido la mano dentro de mi pecho y me hubiese estrujado el corazón como si fuera un papel: puedes intentar alisarlo después, intentar devolverle su forma, su dignidad, su ritmo; pero nunca vuelve a ser el mismo. Nunca.
Uno de los dos no tenía otra opción. Eso no fue demostrar valor, fue un sacrificio. Uno no iba a salir. No es un honor. Es una sentencia. Una que voy a llevar clavada en los huesos el resto de mi vida.
Intento hablar, pero, una vez más, no puedo. Mi garganta es un túnel sellado por el dolor. Todo mi cuerpo tiembla, pero no me muevo. No quiero que se enfríe. No quiero que se lo lleven. No quiero lo inevitable. No quiero. No puedo.
—Te odio —susurro al vacío—. Te odio por hacer esto.
No hay respuesta. Solo ese hilo de sangre secándose en su mejilla. Solo el eco de lo que fuimos y el temblor de la lanza de cristal deshaciéndose en mil pedazos.
Escucho el vacío: la nada. Me llena por dentro y no puedo moverme.
Nada tiene sentido. Tiene que ser otra ilusión.
Aún no he salido de la pesadilla. Puedo cambiarlo.
Sándor no se ha muerto, aún puedo volver.
Puedo arreglarlo. Mis ojos se mueven por la sala buscando el error.
Buscando lo que no encaja para aferrarme a la idea de no estar viviendo esto.
Cuando de repente el mundo se vuelve a retorcer.
No sé si es mi cuerpo, o la piedra bajo mis pies.
No sé cuánto tiempo ha pasado desde que el aliento se le escapó entre los labios.
Desde que su pecho dejó de moverse. Desde que mi alma dejó de ser la que era.
Estoy sentada junto a su cuerpo. Me niego a cerrar los ojos.
Me niego a mirar a otro lado. Si esto es lo último que va a quedar de él, entonces lo voy a memorizar.
Cada línea de su rostro. Cada mechón rebelde.
Cada gota de sangre que ya no brota. La lanza se ha disuelto, pero el daño permanece. Porque el daño siempre permanece.
Escucho un crujido leve. Como el sonido de una grieta propagándose por un cristal.
El suelo se agita bajo mi palma y la cámara empieza a deshacerse.
Las paredes de cuarzo se agrietan, como si el lugar mismo se estuviese resquebrajando de la vergüenza.
Como si este espacio supiese que ha presenciado algo demasiado grande para digerirlo. Sándor desaparece de mis brazos.
Una luz.
Ciega.
Blanca.
Total.
Una puerta en medio de la nada aparece. Solo una puerta roja que se abre invitándome a entrar.
Se abre sola y hacia la nada. Ni siquiera está colocada en una pared.
Solo se abre, como si la Forja de los Héroes hubiese decidido que ha tenido suficiente.
Que ha cobrado su precio y ya puede escupirnos de vuelta al mundo real.
Camino. Paso a paso. No sé cómo me sostengo. Llevo los brazos cruzados sobre el pecho, como si aún sostuviese el cuerpo de Sándor, pero ya no está. Me lo han quitado.
Me lo han quitado.
Me lo han quitado todo.
Me han quitado la fuerza, mi familia, la amistad, la confianza... Todo lo que soy fuera de mi cuerpo, ya no está.
¿Quién eres cuando no te queda mundo al que volver?
Salgo.
La luz del exterior me golpea como una bofetada. Me cuesta enfocar. Veo figuras. Escucho voces.
Distingo a Cristalith sentada sobre una roca, con la túnica rasgada y la mirada ida. Tiene tierra en la cara, sangre en el pelo y los labios partidos. Me mira solo una vez.
Odrien sale justo detrás de mí. Aunque no estábamos en la misma sala, sí sale de la misma puerta que acabo de atravesar.
Tiene sangre en una ceja y le falta parte de la camisa.
Anda como un fantasma. Como si el cuerpo avanzase sin él.
Sé exactamente a quién está buscando con la mirada cuando pasa a mi lado.
Se acerca a Cristalith y le roza el hombro.
Ella no se aparta, pero tampoco le devuelve el gesto. Parece estar muy lejos de aquí.
Krekk Morvhaen sale tambaleándose. Su ropa, más cara que la que cualquiera podría llevar en una prueba, está reducida a jirones. Tiene los nudillos abiertos y la mirada encendida. No parece alegre. Ni siquiera parece aliviado, solo hay ira en su mirada.
Mirtel Arhkar cruza la puerta con los ojos llorosos, pero no llora. Tiene el gesto endurecido, como si le hubiesen arrancado el llanto a la fuerza de los golpes. Me mira, y aunque no somos amigas, asiente.
Los mellizos Mecennis salen últimos. Primero sale Trilla.
Cuando ve que su hermano Klum sale después de ella, su esperanza parece volverle a los ojos.
Ambos tienen marcas idénticas en el cuello, como si algo hubiese intentado asfixiarles.
Se miran entre ellos con esa complicidad que sólo los gemelos entienden.
Algo horrible tuvo que pasar en su sala.
Siete.
Solo somos siete. No sale nadie más. Me giro, esperando… pero no hay nadie más.
—¿Dónde…? —susurro, aunque ya sé la respuesta.
Cristalith se pone en pie.
—No queda nadie más.
Mis rodillas flaquean.
El espacio a nuestro alrededor está plagado de Arcanistas, guardias, nobles y la familia real. Todos esperan. Algunos aplauden. Otros susurran. Pero ninguno entiende de verdad lo que acaba de pasar. Ninguno de ellos ha cruzado esa puerta.
—¿Qué ha pasado ahí dentro? —pregunta Klum.
Nadie responde.
—¿Dónde están los demás? —insiste Trilla mirando al frente.
Mirtel gira el rostro y escupe sangre al suelo. No dice una palabra. Krekk da un paso al frente. Mira al palco real. Mira a los Valendris. Mira al Consejo. Alza la voz:
—Hemos demostrado fuerza, inteligencia y valor por el equilibrio y la prosperidad de Aethrya.
—Alza los brazos con las palmas hacia arriba y gira sobre sí mismo, con una sonrisa en la cara, que la Fundadora sabe bien que le quitaba de la cara de gilipollas que tiene, mirando a todos con aires de superioridad—.
¡Saludad a los Héroes de la Tríada de este año!
Los murmullos y los vítores estallan. Ninguno de los demás supervivientes decimos nada. Solo escucho el estruendo de la felicidad y la diversión.
◆◆◆
Llevamos por lo menos una hora solos en una sala.
Solo Krekk se ha atrevido a hablar. Sobre sí mismo, evidentemente.
Su ego nunca dejará de sorprenderme. Seguimos manchados de sangre.
Tras la adrenalina que me mantuvo en pie los primeros minutos, el dolor de mi pierna se ha despertado y no puedo soportarlo más.
Cuando voy a levantarme para exigirle respuestas a los guardias que nos custodian, un Arcanista entra por la puerta.
—¡Este es el perfecto ejemplo de la fuerza, inteligencia y valor de nuestros Héroes de Tríada! Respeto y grandeza os esperan —dice mientras entra sonriendo. No es habitual ver a un Arcanista tan feliz y mostrando una sonrisa.
—¿Respeto? —responde Mirtel, con una risa amarga—. He visto a mi mejor amigo partirse el cráneo contra una ilusión que le dijisteis que superase. Merezco algo más que vuestro respeto.
Me adelanto. No sé de dónde saco la fuerza, pero lo hago.
—No fue una prueba. Fue una puta trampa —digo mientras señalo al Arcanista con el dedo, sin miedo a perderlo—, nos obligasteis a elegir quién moría.
Nos obligasteis a matar, no a mostrar nuestro valor y morir si no teníamos el suficiente.
¡No tuvimos opción! —Todos me miran, pero nadie habla—.
La Tríada no busca héroes. Busca víctimas que decorar con nombres bonitos.
Nos llamarán valientes, nos pondrán coronas, pero lo único que hemos hecho es sobrevivir a una masacre organizada.
Un silencio gélido se instala en la habitación. El Arcanista no se mueve. Toda la vitalidad que mostraba cuando entró por la puerta se desvanece. Me acabo de convertir en una amenaza. Cristalith da un paso. Se coloca a mi lado y me susurra al oído:
—Así no conseguiremos nada, pero de perdidos al río.
Odrien la sigue. Y luego, Mirtel y los mellizos. Krekk sonríe y se pone entre nosotros y el Arcanista.
—Espera, espera, espera. —Ríe mientras hace aspavientos con los brazos—.
No agüemos esta maravillosa fiesta. Tanta sangre nos está confundiendo.
Necesitamos descansar y que nos curen antes de la cena de celebración.
—Me mira con la sonrisa más falsa que he visto en mi vida y dándome un abrazo de lado le sigue hablando al Arcanista—.
Nadie tiene por qué estropear el equilibrio del continente por sentirse confundido.
Nadie dice nada.
—No voy a perdonar esto —susurro.
No sé si alguien me oye, pero tampoco importa. No necesito que lo escuchen. Solo necesitaba soltarlo. En la Forja de los Héroes no me hicieron ni más fuerte, ni más inteligente, ni más valiente. Me hicieron pedazos, y con esos pedazos voy a forjar algo distinto. Algo que no les pertenezca.
El Arcanista me observa con una expresión que no logro descifrar.
Es una mezcla de fastidio, cálculo y algo más que se esconde en la comisura de su sonrisa tensa.
Tiene las manos cruzadas a la espalda, pero las mueve al oír las palabras de Krekk.
Lo estudia, como si estuviese decidiendo si darle la razón o partirnos el cuello a todos con solo un pensamiento.