Aethrya La Tríada XXII #2
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XXII #2

Corro aunque mis piernas duelan, aunque el pecho se me hunda a cada bocanada de aire.

Corro entre pasillos que no sé si se retuercen o me retuercen a mí.

Grito, pero mi voz no suena como mía. Y lloro.

Me da igual que estén proyectando esto a todo el continente.

Ya no me importa si están viendo como todo me sale mal.

Como no soy capaz de llevar mi propia culpa sobre los hombros.

Ya no distingo si el llanto es de ahora o de entonces.

De todo lo que vi. De todo lo que aún no he entendido.

No sé si avanzo o me pierdo. El espacio no obedece a la lógica.

A veces camino y el suelo se vuelve lodo.

A veces caigo y aterrizo sobre piedra seca.

La piedra me desgarra la piel del gemelo derecho, pero sigo corriendo.

Hay puertas que se abren hacia dentro y me devuelven a la infancia.

Hay sombras que huelen a mi madre y me escupen la voz de mi padre.

Hay espejos que devuelven versiones de mí que creía muertas.

Una Dionna con la sonrisa torcida, otra con los brazos llenos de sangre, otra más que no llora ni aunque la ahoguen.

Todas las Dionnas que se me presentaron durante la Tríada y todas con las que he soñado alguna vez.

Escucho su respiración entrecortada. Escucho su voz.

—No…

La reconozco. Me detengo. Mis pies se hunden hasta los tobillos en lo que parece sal húmeda. La herida abierta de mi pierna escuece. Reprimo el grito que empieza a nacer en mi garganta.

—¿Sándor?

Su voz apenas es un susurro. Lo busco con la mirada y ahí está: atrapado dentro de una sala sin techo, sin esquinas.

Como si el mundo se hubiese curvado sobre él.

No hay barrotes, pero está encerrado. La ilusión no necesita hierro.

Solo recuerdos. Veo como se agarra a unas barras invisibles que zarandea sin parar.

—No lo sabía. Yo… pensé que sería mejor para todos. Elegí mal. Elegí mal.

Está de rodillas. Repite las palabras una y otra vez. Como un rezo, pero sin fe. En su frente hay una línea de sudor que no se seca. Sus labios están agrietados. Sus ojos son dos pozos de hielo. Azules, sí, pero más claros que nunca. Como si alguien hubiese apagado la luz por dentro.

—Sándor, soy yo. Dionna.

No parece poder oírme, o no quiere. Sigue recitando.

—La Plaza… la Plaza de Armas… Lo vi todo. Vi la piel de mi hermano arder. La vi y no pude hacer nada. Me lo dijeron: si elegías la protección, viviría, pero no lo hiciste. Elegiste mal. —Se golpea la cara con fuerza con ambas manos—. ¡Subnormal!

Me acerco al borde de la ilusión. Hay algo allí. Como un velo. Una membrana. Me deja ver, pero no me deja entrar. Cuando intento acercarme, me golpea el pecho con un pulso. Lo intento otra vez. Y otra.

—¡Sándor! —grito con todas las fuerzas que me quedan—. ¡Escúchame! No pasó nada de eso. Estás mezclando historias.

Veo un pequeño destello en el aire, me concentro y camino hacia él.

El impulso mágico ha desaparecido. Agarro su cara con mis manos y me transporto a sus pesadillas inmediatamente.

Las imágenes a mi alrededor cambian. Un niño pequeño le grita desde una colina de ceniza.

El rostro de su padre se asoma por una ventana suspendida en mitad de la nada, con esa mirada dura, la que usó cuando luchábamos por ganar el desafío de las Montañas Forjafuego.

—No eres digno de nuestro nombre —dice el padre—. Nunca lo fuiste. No eres más que un intento fallido de la sombra de tu hermano.

—¡Basta! —grito a la nada, porque podría estar partiéndome en mil pedazos y aún así sacaría fuerzas para ayudar a quien quiero.

Prometo que aúno todas mis fuerzas en la rabia y tristeza que llevo dentro y grito como si me fuese la vida en ello. La ilusión vibra.

—¡No es verdad! —grito y miro hacia arriba, hacia todas partes— ¿A qué coño estáis jugando? ¡Todo esto es mentira! —Me giro hacia Sándor de nuevo—. ¡No tienes que quedarte aquí! Escúchame, por favor…

Espera un momento, el cáliz. Miro al cielo.

—¡Elegí protegerlo! Eso tiene que valer de algo. Sacadlo de aquí. ¡Elegí protegerlo!

Las grietas se extienden. Las imágenes empiezan a parpadear. El niño se esfuma. El padre se aleja. La habitación se contrae como si respirase con miedo.

—¡Sándor!

Por fin me oye. Sus ojos me buscan y al verme, la ilusión colapsa. La sala se disuelve como sal en agua. Su cuerpo se desploma aún más a mis pies, jadeando, empapado en sudor y tierra.

—Dionna…

Me mira y llora. Veo a un hombre enorme llorando como un niño. Me abraza. No sé cómo tengo fuerza para sostenerlo; es un gigante.

—Te tengo, Sándor, pero tenemos que seguir. Esto no ha terminado.

Asiente, pero su cuerpo tiembla.

—No sé cuánto tiempo llevo ahí… Ni siquiera sabía lo que era real.

—Da igual, estamos juntos ahora.

Le ayudo a levantarse. Caminamos. No sabemos cuánto. A veces nos separamos sin querer, arrastrados por muros que aparecen entre nosotros. Otras veces, caminamos pegados, con las manos rozándose sin atreverse a agarrarse. El tiempo no existe aquí. Solo existe el dolor.

El espacio cambia de forma como un corazón latiendo con miedo. Lo que era piedra se convierte en aceite. Lo que era agua se vuelve sangre. Solo sé que seguimos porque duele. Y mientras duela, estamos vivos.

Finalmente, el túnel se abre a una cámara inmensa, circular, tallada en cuarzo transparente. Como si estuviésemos dentro de un cristal.

En el centro, tres figuras.

Encapuchadas.

Inmóviles.

Solo podemos ver los pliegues de sus túnicas flotando sobre el suelo como si el vacío los sostuviese. Cada una sostiene una lanza larga y negra. Todas hechas de cristal.

—Bienvenidos —dice una voz que no sale de sus bocas. No hay sonido en el ambiente, la sentimos en el estómago, en el esternón.

—Habéis superado la primera parte —dice otra voz.

—La más sencilla —añade la tercera.

Me obligo a respirar.

—¿Qué coño es esto? —mascullo entre dientes.

—La cámara final —responden al unísono.

—Solo uno puede salir —dice una de ellas.

Me giro hacia Sándor sin querer entender bien lo que acaba de decir.

—¿Qué? —pregunto aterrada.

—Uno debe ceder —dice una de las figuras.

—O ser destruido por el otro —dice otra.

—Habéis sido elegidos como almas mellizas: solo una puede vivir —dice la tercera.

Las lanzas se inclinan hacia el centro. Hacia una especie de círculo tallado en el suelo. Un anillo de símbolos que no reconozco.

—¿Qué significa eso? —pregunto, avanzando un paso.

—Significa que el camino solo tiene una salida. Uno debe ser el fuego, el otro el arma que salga de él.

—¡No! —Mis ojos no saben donde quedarse, viajan por toda la sala buscando el mecanismo que nos salve a los dos—. ¡No podéis hacernos esto!

—No es elección nuestra. Esto es la Forja.

Me giro hacia Sándor. Él ya ha entendido; sus ojos me lo dicen todo. No me va a atacar.

—Sándor…

—No pienso luchar contigo, Dionna.

—No te hace falta luchar para ganar, ¡mides dos metros y me llevas 50kg!

No puedo respirar, es evidente que buscaban matarme. No he visto a otro aspirante ahí dentro: solo a Sándor.

—Entonces moriremos aquí, porque no pienso hacerte daño —lo dice tan naturalmente que parece haber ensayado esa frase.

—Debe hacerse una elección —susurran las figuras al unísono—. Una voluntad. Un sacrificio.

Me duele la garganta de tanto gritar por dentro, aunque no haya dicho nada. Sándor se arrodilla en medio del círculo.

—¡No! —Lo agarro como puedo, aunque es inútil, ni lo muevo—. ¡Ni se te ocurra hacer esto!

—Escúchame. —Me mira tan intensamente que mis lágrimas comienzan a agolparse en mis ojos y dejo de verlo—. No hay otra forma. Ya he fallado demasiadas veces. Esta vez… quiero elegir bien.

—No puedes… —empiezo a decirle y ya no puedo evitar guardar las lágrimas en mis ojos y caen en gotas que me mojan las mejillas y caen hasta mi ropa—. No puedes hacerlo, porque tú me salvaste a mí una vez.

—Sí puedo, porque tú mereces salir. —Me sonríe y algo dentro de mí no puede soportar esa sonrisa entre tanto dolor—. Porque tienes algo que yo ya perdí.

—¡Y una mierda! —Le golpeo el pecho tan fuerte como puedo.

—¿Te acuerdas de todo lo que hablamos? —Sigue sonriendo como si esto fuese una de nuestras conversaciones mientras descifrábamos una de las pistas de los desafíos—. Tú puedes conseguirlo.

—¿Y tú recuerdas que debíamos conseguirlo todos juntos? —Intento moverlo, no veo nada, las lágrimas ruedan por mis mejillas, por mis labios, por todas partes.

Él sigue sonriendo con los ojos llenos de agua.

—Gracias por volver a por mí —me dice, mientras se limpia las lágrimas que amenazan con caer de sus ojos con el dorso de una mano—.

¿Sabes qué? Alguien especial lleva tiempo hablándome de ti.

De mí. De todos. —Parece hacer una pausa para mirarme con más intención—.

Si alguien puede conseguirlo desde dentro, eres tú.

Lo llevas dentro, Dio… solo que aún no lo sabes —concluye e inclina la cabeza hacia arriba, dando la orden muda.

Las figuras avanzan y las lanzas se alzan.

—¡No! Sándor, espera…

Y entonces, el cristal se rompe sobre él. La lanza atraviesa su ojo izquierdo con la precisión cruel de un juicio ya dictado. No hay sangre de inmediato. Solo un hilillo oscuro que resbala lentamente por su mejilla, como si incluso su cuerpo se resistiese a aceptar lo que ha ocurrido.

Yo sí grito. Grito como si el aire fuese cuchilla y mis cuerdas vocales, papel.

—¡NO! No, no, no, no….

Me abrazo a él mientras me resbalo y me deslizo por el suelo, que parece hecho de espejos rotos y de sal mezclándose con su sangre.

Perfecta combinación para que sufras. Él aún respira, pero no debería.

Es imposible que aún esté respirando. Me mira con la lanza de cristal aún atravesándole el ojo. Y sonríe.

—Sabía… —dice, la sangre ya le mancha los dientes y corre libre por todas partes— que vendrías a por mí otra vez.