XXII
Dionna
A estas alturas ya nadie importa más que otro. No hay linajes, ni títulos, ni secretos. Solo nombres escritos en listas que se acortan cada semana. Al final Krekk iba a tener razón y ahora somos iguales. Yo aún estoy aquí. No sé si es suerte, castigo o una mezcla extraña de ambas.
Los Arcanistas nos guían, envolviéndonos en un manto de silencio como si hablar en este tramo fuese a profanar algo sagrado o algo demasiado terrible como para nombrarse.
Cuando cruzamos el umbral de la Arena, todo es diferente.
Hay una estructura en el centro. Un altar negro, bajo, rodeado por runas que parecen salir del suelo.
A su alrededor, nueve figuras encapuchadas e inmóviles.
Son los Nueve Antiguos Arcanistas. Nunca los había visto tan de cerca.
—La última prueba —dice uno— se realizará en las profundidades de Aethrya.
Eso es todo. No hay más explicación.
—¿Qué significa eso? —alcanzo a oír a alguien susurrar entre dientes, pero nadie responde.
Levanto la vista hacia el palco real. En el espacio reservado a la familia Valendris no está él.
Siento una punzada extraña. No debería importarme, pero me importa: Seredric no está.
Me digo que da igual, que mejor así, que no necesito miradas para recordar lo que somos…
lo que no somos, más bien. Y, aún así, duele un poco.
Devrian sí está. Lo veo unos metros más allá, entre dos herederos de dos casas nobles del Norte.
Me sonríe. Esa sonrisa suya, ladina, como si todo fuese parte de un juego privado.
Y me guiña un ojo. Me quedo quieta. No sé qué espera de mí.
¿Una sonrisa de vuelta? ¿Un gesto de complicidad?
Lo único que siento es el estómago encogiéndoseme.
Algo no me cuadra. Aún no sé qué es, pero mi cuerpo lo nota antes que mi cabeza.
No tengo tiempo para pensarlo. No ahora.
Nos llaman uno por uno, como a ellos les gusta: creando una especie de desesperanza al ser elegido para enfrentarte a la muerte mientras todos escuchan tu nombre. El primer Aspirante al que llaman avanza y se acerca al altar. La piedra se abre en una grieta.
No es magia convencional. Lo que pensaba que era una runa es en realidad una especie de piedra brillante.
Está hecha de una magia que me llama como algo más antiguo que las runas tradicionales: parece estar viva.
La piedra que le abrió paso al Aspirante está hecha con algo diferente.
Algo que te abre un pasillo hacia las entrañas de la tierra.
La siguiente Aspirante en entrar —una chica del Este que nunca ha dicho su nombre en voz alta— es engullida por la abertura. La sala se la traga, literalmente, y luego se cierra como una boca que ha terminado de masticar.
Algunos retroceden un paso instintivamente justo antes de atravesar la piedra. Cada vez que alguien desaparece, el altar superior parece latir más rápido. Como si el propio suelo supiese que está devorando esperanza y que está a punto de tragarse el último resto de fe que nos queda.
Una mano toca mi brazo. Es Cristalith. No dice nada.
Me mira solo una vez y luego asiente. Es su turno, ¿la volveré a ver?
Se acerca a la puerta y desaparece también.
Me muerdo el interior de la mejilla hasta sangrar.
Sándor está justo detrás de mí y, aunque no hablamos, me siento menos sola.
La sala sigue abriéndose. Tragándose nombres.
Historias. Vidas. No sé si alguno volverá.
No sé si yo lo haré. Pero cuando al fin me nombran, cuando la capucha negra gira hacia mí, lo único que hago es caminar.
Sin mirar atrás. Sin pensar en nadie. La boca de piedra se abre y entro a las entrañas de la tierra.
El mundo se traga mi sombra y el latido me envuelve.
La prueba ha comenzado.
La oscuridad me traga en silencio. En un instante el cuerpo deja de pesar y el pensamiento se vuelve ruido blanco. El aire cambia. Ya no huele a piedra húmeda ni a sudor ajeno. Estoy en un pasillo estrecho de piedra rugosa, agrietada como si sangrase por dentro.
La Forja de los Héroes.
Así lo llamaron, pero aquí no hay fuego. Ninguno que pueda verse. Solo el que empieza a arderme en el pecho, lento, brutal, como un carbón enterrado bajo la piel. No hay ruta a seguir ni reglas que cumplir.
El pasillo se deshace. No hay otra forma de describirlo. Literalmente se deshace, como si alguien hubiese tirado de un hilo invisible y toda la realidad se deshilachase delante de mí. Piedra a piedra todo va cayendo a mi alrededor. Como un telón en una obra de teatro cuando se cambia de escena.
Estoy en otro lugar.
Un campo inmenso cubierto de trigo, o lo que queda de él.
Está muerto. Todo está muerto. Las espigas están rotas, secas, negras en las puntas como si el fuego las hubiese besado justo antes de perder el interés.
El cielo es de un gris enfermo, con nubes bajas que se mueven al viento, que me susurra.
Susurra cosas que no entiendo del todo. Nombres.
Frases a medias. Mi voz, a veces. La de otros, también.
No debería oírlas; son de otro tiempo, de otra yo, pero están ahí.
Jugando con mi memoria. Retorciendo los márgenes de lo real.
Avanzo no sé hacia dónde. Solo sé que quedarme quieta sería peor.
Que aquí, el estancamiento tiene pinta de ser castigo.
El suelo cruje bajo mis pies, pero no me suena a hojas ni a trigo.
Miro hacia abajo y veo miles de huesos. Algunos pequeños, otros parecen crear esqueletos completos.
Levanto la mirada y entre todos esos huesos…
Hollieth.
Pequeña. Su cuerpo cubierto de barro hasta las rodillas.
Lleva sus botas grises de los días de tormenta, esas que odiaba porque decía que el agua se le metía igual en los pies.
Está parada entre dos hileras de espigas secas, con una mano extendida hacia mí.
Sus ojos… ¡por la Fundadora!, sus ojos están vacíos.
—¿Por qué no fuiste tú? Podrías haber sido tú. En realidad te querían a ti.
No puedo hablar. La garganta me arde de tal forma que las palabras no encuentran la salida al exterior.
La pregunta me corta en lo más hondo de mi ser, porque no hay una respuesta, simplemente yo no tenía el don.
Porque cada vez que recuerdo su nombre, me pregunto lo mismo: ¿por qué ella?
¿por qué yo no? ¿por qué ninguna de las dos tuvo la oportunidad de elegir?
Quiero acercarme y decirle algo, pero en cuanto doy un paso, desaparece. Así. Como si nunca hubiese estado. El campo cambia. Se curva, se pliega sobre sí mismo y me empuja a otra imagen. Parece funcionar como funcionan los sueños, como cuando cambias de escenario sin saber muy bien cómo.
Kiri.
Está de pie y tiembla. Sus trenzas están sueltas. Sus ojos lloran sin fuerza, como si ya no le quedaran lágrimas con vida. Tiene sangre en la boca. Solo un hilo, delgado, pero tan rojo que parece dibujado. Me mira como si yo fuese el monstruo bajo su cama.
—No me cuidaste —susurra—. Dijiste que siempre estarías, pero nunca volviste. No estuviste cuando te necesitaba.
—Kiri… —la voz se me quiebra. No importa que sepa que no es real. Que no es ella. Me duele igual. Como si lo fuese. Como si estuviese sangrando de verdad y yo no pudiera detenerlo. Mis hermanas son el reflejo de todo lo bueno que hay en el mundo y no pude proteger a ninguna.
Intento tocarla, pero no me deja. Se aparta con un gesto brusco y los ojos abiertos de par en par. La sangre le baja por el mentón y su cuerpo empieza a volverse ceniza desde los pies. No grita ni suplica. Solo llora en silencio mientras se deshace. Siempre que llora juro ver cómo se deshace.
Me arrodillo.
La voz de mi madre irrumpe como un latigazo en el viento.
No la veo, pero está. En todas partes. Gritando desde algún lugar por encima del campo.
Como si estuviese en una ventana que no existe, en una casa que no tiene paredes.
Está por todas partes y en ningún lado a la vez: está dentro de mí como si fuese la voz de mi propia conciencia.
—¡Menuda vergüenza! Solo traes desgracias.
Me tapo los oídos. No sirve de nada. La voz no entra por ahí: está dentro. En mi estómago. En mis costillas. En mi puta columna vertebral.
—¡Siempre fuiste una carga! ¡Siempre fuiste un error!
La tierra tiembla bajo mis rodillas. No sé si es parte de la prueba o si es solo una alegoría retorcida de lo que siento por dentro. Me inclino hacia adelante. Las manos en la tierra. Los dientes apretados.
Mi padre.
Está allí, a unos pasos. Inmóvil. Ni grita ni se enfada, simplemente está ahí.
Y eso duele más que todo lo anterior. Me mira con esos ojos vacíos que nunca aprendí a leer.
Como si no hubiera nada en mí que mereciese ser visto.
Solo cuando explota parece existir esa parte de él que ha escondido siempre.
El miedo. La insatisfacción. La vergüenza.
La pena. La impotencia. Hace años que ya no tiene esa chispa suya…
era divertido, cariñoso, lleno de vida y de ganas por descubrir. En cambio ahora…
—¿Alguna vez…? —le pregunto sin voz— ¿Alguna vez te importé? ¿Alguna vez te importó hacernos felices cuando todo se estaba viniendo abajo?
No responde: solo se da la vuelta y se marcha.
No dejo de temblar.
La Forja de los Héroes no necesita fuego. Nos están dando con lo que más nos duele para debilitarnos. Han descubierto esta forma particular de deshacer el alma, hebra por hebra, hasta que no quede nada que arda. Y yo estoy empezando a deshacerme. Les estoy dejando ganar incluso antes de empezar.
Corro.