XXI #2
Se va sin dejarme nada en claro: solo sé que, por primera vez, empiezo a creer que no estoy dispuesto a vivir igual que ellos murieron.
No pienso vivir cumpliendo deberes sin haber elegido ninguno.
Tiene que haber otra manera de cumplir la profecía.
Y si el mundo no está preparado para una reina sin linaje… quizá tenga que aprender a estarlo.
Porque Dionna tiene que sobrevivir.
Por el bien del continente.
◆◆◆
El cluam que custodia su puerta me hace una leve reverencia. No necesito ni abrir la boca. Con una señal, se retira. Sabe que quiero estar solo con ella. Ni siquiera llamo a la puerta, simplemente la abro y entro.
Está de espaldas, sentada junto a la ventana. No lleva el vestido del baile. Solo una bata ligera, el pelo recogido a medias en un moño bajo. Entro del todo y cierro la puerta tras de mí.
—Dio… —comienzo a hablar, pero ella no se mueve al oír mi voz, así que continúo—. Quería verte, porque…
—Ya me has visto suficiente —me interrumpe con la voz más fría que el hielo. Como si hubiese estado enfriándose toda la noche y lo que va de mañana—. ¿Has venido a dar explicaciones o a ver si colaba otra vez?
No me inmuto. Me acerco un poco, dejando espacio entre nosotros.
—He venido a hablar. A decirte la verdad.
Ella se levanta y me enfrenta. La mirada le brilla de ira contenida y decepción. Decepción pura y dura. La siento en la punta de mis dedos.
—Ya la sé. Devrian me lo contó esta mañana.
Tu poder. El don que ocultas tras esa cara de hielo.
Controlas emociones, ¿no? Todo encaja ahora.
Las miradas. El deseo. La noche de ayer.
Dime una cosa, Seredric… —Su voz tan dura como sus cuerdas vocales se lo permiten.
Se acerca un paso. Estamos cerca, peligrosamente cerca—.
¿Fue real o solo jugaste a hacerme sentir lo que necesitabas para que me abriese de piernas?
—Nunca he usado mi don contigo. Jamás. Siempre has sentido por ti misma. Siempre has sido libre.
Ella frunce el ceño, pero no baja la guardia.
—¿Y qué soy entonces? ¿Una excepción? ¿Un experimento?
—Abre mucho los ojos fingiendo sorpresa— ¡Oh!
¡Qué suerte tengo! ¡Soy la única en todo el reino que el rey no controla!
—Vuelve a su ira anterior—. No pasa nada, Seredric.
Soy mayorcita; puedo soportar que solo quisieses pasártelo bien. Todos usáis vuestro don, no pasa nada.
—Eres la primera persona que me ha hecho desear no usarlo jamás. Porque cada emoción tuya es un acto de voluntad. Porque contigo, la verdad duele, pero vale más que cualquier cosa que haya sentido jamás.
Ella se gira y me da la espalda. Sé que eso significa que está a punto de romperse, pero no quiere que la vea. Me acerco un paso. No la toco, pero no puedo dejar que piense todo eso, así que continúo hablando.
—No puedo fabricar sentimientos. No puedo obli-garte a sentir deseo, ni confianza, ni rabia.
Puedo amplificar, sí. Puedo alterar estados justo después de las Convergencias, tal vez.
Pero contigo... contigo solo he sentido miedo, porque no sé cómo se sobrevive a alguien que no depende de nadie para sentir.
Ella respira hondo. La bata le cae un poco del hombro y la vuelve a subir, como si quisiese cubrirse incluso de mis palabras.
—Y sin embargo, lo hiciste. Me tocaste sabiendo que yo podía estar bajo un hechizo. Que podía confundirme. Me dejaste pensar que…
—No te dejé pensar nada. Joder. Te vi. Me viste. Lo que pasó no fue un error. Fue deseo mutuo. Fue necesidad. Y si me crucificas por eso, lo aceptaré. Pero no aceptaré que pongas en duda lo que sientes solo porque alguien ha decidido contarte la versión que más le conviene.
Ella se gira. Está llorando. Apenas, pero lo está, y eso me mata más que cualquier acusación. Se le han hinchado los labios. Es guapísima incluso cuando llora. Estoy jodido. Y entonces lo suelta. Así, sin anestesia.
—Anoche Devrian intentó besarme, ¿lo sabías?
Estoy muy jodido. Tardo un segundo en procesarlo. Otro más en contenerme.
—¿Qué? —mi voz no sube, pero el tono cambia.
—Sí, después del baile, cuando me acompañó de vuelta me lo dijo. Que sentía algo. Que creía que yo también. Y yo… le dije que no. Que solo quería su amistad. No insistió, pero se fue dolido.
No sé si quiero romper algo o romperme yo. El nombre de Devrian retumba en mi cabeza como un trueno seco.
—¿Y esta mañana? —pregunto, sabiendo que viene más.
—Esta mañana vino a disculparse. Parecía arrepen-tido. Dijo que no quería que me fuese a la prueba con dudas. Que merecía saber toda la verdad. Es un caballero, uno de verdad.
—¿Y cuál es esa « verdad », si se me permite saber ? —escupo la pregunta como si de verdad me importase una mierda lo que opine Devrian. El encantador de serpientes más gilipollas que conozco.
—Tu poder. Me lo dijo todo. Que por eso la gente te sigue. Que por eso muchos te temen. Y entonces empecé a pensar… a conectar cosas. Lo que sentía cuando estabas cerca, lo que pasó entre nosotros…
Aprieto la mandíbula. Devrian, el muy hijo de puta, ha hecho exactamente lo que imaginaba.
Plantar la duda en el único lugar donde podía dolerme.
Y lo ha hecho como solo él sabe, fingiendo vulnerabilidad, ofreciendo la verdad como si no llevase un puñal oculto.
Me gustaría decirle que él también tiene un poder, como todos los que nos bañamos en los pozos subterráneos durante cada Convergencia.
Que lleva años afinando su talento para manipular sin tocar.
Que ella no es la primera a la que se acerca con una sonrisa y un secreto a medias. Pero no lo hago.
No.
No voy a usar sus armas. No voy a rebajarme a su juego. Dionna no necesita más distracciones. No ahora. No con la tercera prueba a unas horas de arrancar. Bastante tiene ya con sobrevivir. Así que me trago el veneno y lo entierro cerca para cuando tenga que desenterrarlo.
—No soy él, Dionna —digo al fin, en voz baja—. No necesito convencerte de nada. Lo que siento no depende de tus dudas. No cambia porque tengas miedo a estar equivocada. Yo estoy aquí. Y lo estaré siempre aunque no me mires. No pienso pedirte perdón, porque no he hecho nada.
Ella cierra los ojos. Respira hondo. Tiembla. Solo un poco, pero lo noto.
—Tengo miedo, Seredric. En unas horas puedo morir. Y si muero creyendo que todo esto fue una ilusión, una manipulación más del juego de palacio, entonces prefiero no haber sentido nada.
Me acerco y agarro su cara con ambas manos.
—No eres un trofeo. No eres una pieza más, eres la razón por la que empecé a dudar del tablero entero.
Su respiración se corta un segundo. Luego me aparta con un gesto leve.
—Necesito prepararme para morir con algo de dignidad.
Enderezo los hombros. Me inclino ligeramente intentando mantener la compostura.
—No vas a morir hoy, Dionna.
Me marcho de su cuarto con una única certeza: Devrian ha metido la mano en lo único que no debía tocar. Voy a hacer que se arrepienta y la próxima vez que me sonría, le bajo los dientes.
◆◆◆
Media hora.
Treinta minutos.
Eso es lo que queda antes de que empiece la ceremonia.
Y aún así, no estoy en lo alto del palco real de la Arena como debería.
Estoy aquí, en el único lugar de esta maldita fortaleza donde no siento que me estén mirando desde cada rincón: mi jardín.
Bueno, no es mío, no oficialmente. Pero todo el mundo sabe que vengo aquí a menudo.
El liravel más antiguo de la Ciudadela se alza ante mí.
Hay cinco en total, pero este… este tiene algo.
El tronco se curva como si se estuviese inclinando en un gesto de luto.
Como si estuviese haciendo una reverencia a algo que ya no existe.
Lo entiendo. A veces yo también me doblo por dentro, en silencio, sin que se note en la espalda recta ni en los hombros altos.
La corteza del árbol está fría, aunque el sol lleva horas dándole de lleno. Pongo la mano sobre ella. No sé por qué. Como si me fuera a contestar. Como si los liraveles supiesen algo que yo no.
Florece solo una vez al año, y nunca en el mismo día.
Algunos dicen que elige cuándo, según quién esté mirando.
Las flores —que parecen de cristal agrietado— no caen como las hojas de otros árboles: se desprenden en silencio, flotan unos segundos en el aire, y luego desaparecen antes de tocar el suelo.
Nadie ha encontrado nunca una flor marchita de un liravel.
Es como si el árbol no tolerase la decadencia.
Puedes cristalizar sus raíces y hubo gente que pudo cristalizar una de sus flores al vuelo.
Sin embargo, nunca la encontrarás en el suelo marchitándose.
—Sabía que te encontraría aquí —dice una voz a mi espalda.
Velmira.
Me giro despacio. Lleva un abrigo azul oscuro, el del borde bordado en hilo de plata. No sonríe. Nunca me ha hecho falta verla sonreír para saber que se alegra de verme. Siempre me ha cuidado.
—No queda mucho —añade mientras se coloca a mi lado, con ese andar suyo elegante pero nada forzado—. Estás más pálido que de costumbre.
—No sé si es miedo, rabia o las dos cosas mezcladas.
—Puede que estés sintiendo demasiado. —Una sonrisa se le crea en el rostro de repente—. Para un Valendris eso es casi delito.
No respondo, solo le lanzo una mirada que lo dice todo. Sabe que ha pasado algo. Siempre lo sabe.
—¿Dionna?
—Sí —digo, sin rodeos. Velmira no es de las que pierden el tiempo.
—¿Quieres contármelo?
—Devrian se le insinuó anoche. Y esta mañana fue a « disculparse » contándole lo que nadie debería haberle contado. Mi don. Le dijo que todo lo que pudo haber sentido por mí podría haber sido manipulado.
Velmira chasquea la lengua, como si hubiese probado algo amargo.
—¿Y lo usaste con ella? —me pregunta, aunque sabe la respuesta. O eso espero; me conoce bien.
—Nunca. Ni una vez.
—Entonces no tienes nada de lo que avergonzarte.
—No es vergüenza —le digo, mirando otra flor que flota unos segundos antes de desvanecerse—.
Es impotencia. Porque por un momento… por un solo momento, pensé que ella podría verme.
A mí. No al trono. No al poder. A mí. Incluso creí que yo podría elegir.
—Necesito hacer una pausa para soltar lo siguiente—.
Haría lo que sea por poder salvarla hoy.
Velmira guarda silencio. Mira al árbol también y suspira.
—Te entiendo más de lo que crees —dice acariciándo-me el hombro.
—¿Por qué lo dices?
—Porque yo también quise algo antes con tantas ganas que me rompí por dentro, hice algo horrible para poder conseguirlo. —Hace una pausa y me mira—. Y aún así no lo conseguí. Me engañaron. No dejes que te engañen, Seredric.
Me giro hacia ella. No sé a qué coño se refiere, pero suena grave.
—Nunca me lo habías dicho.
—Nunca tuviste por qué saberlo. Hasta ahora.
—¿Y qué pasó?
—Eres como un hijo para mí. Lo sabes, ¿verdad? —habla sin mirarme a los ojos; parece avergonzada.
—Claro que lo sé.
—Renuncié a muchas cosas y puse en peligro a mucha gente para poder ser madre —dice, con esa calma rota que solo se aprende después de haberlo perdido todo—.
De amor sí se muere, Seredric. Puede que no por fuera, pero sí por dentro.
Como si algo te fuese comiendo por dentro hasta que ya no te queda nada con lo que amar a nadie más.
No tener nada por lo que vivir, es como estar muerto.
Trago saliva. El viento mueve las ramas del liravel, pero nada suena cuando cae. Solo flota. Como el miedo. Como esta jodida tristeza que me come por dentro.
—No sé si quiero esta corona si no puedo tenerla a ella.
—Entonces lucha por ella —dice y vuelve a sonreír—, pero ten mucho cuidado.
—¿Y si pierdo?
—Hijo mío —me dice, usando esas dos palabras como si me las hubiese estado guardando toda la vida, siendo más madre ella de lo que ha sido nunca mi verdadera madre—, tú no has nacido para simplemente ganar.
Has nacido para decidir por qué vale la pena perderlo todo y por qué no.
—Hace una pausa y parece dudar—. Hay algo más que tienes que saber —añade bajando la voz—. Sobre la prueba.
—¿Qué debo saber exactamente y por qué coño nadie me cuenta nada?
—Este año… la de este año será una de las más duras que hemos visto nunca. No creo que sea Valor lo que determine quién sale victorioso.
La miro. Mi estómago se tensa.
—¿Por qué?
—Porque… por mi culpa. No puedo contarte más. No aún. Pero lo siento, Seredric. Lo siento de verdad.
—¿Qué has hecho, Velmira?
—Lo único que creí que podría llenar el vacío que siento por dentro. Pero puede que haya condenado a mucha gente en el proceso.
No sé qué decir. No sé si quiero saberlo.
—¿Dionna…? —empiezo.
—No puedo decirte nada más. Solo… cuídate. Y si no puedes salvarla, al menos no dejes que el continente pierda a un buen rey.
Miro al liravel. Una flor más flota y se desvanece.
—¿Sabes qué dicen de estos árboles? —pregunto.
—¿El qué?
—Que si te duermes bajo uno, sueñas con alguien que perdiste. Pero no como eran, sino como habrían sido hoy si nunca se hubiesen ido.
Me pone una mano en el hombro y la campana de bronce resuena a lo lejos.