Aethrya La Tríada XXI
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XXI

Seredric

N o hay ruido en mi habitación. Estoy solo. Agradezco estar solo, aunque eso implique estar solo conmigo. A veces no querría estar con lo que sea que soy.

Miro por la ventana: el aire de la madrugada hace temblar las antorchas en los balcones.

La Ciudadela duerme, o finge hacerlo como yo.

Me quito la chaqueta con movimientos lentos.

Los dedos tardan demasiado en abrir los botones que tan rápido me quise abotonar en su cuarto.

Me siento con las manos sobre las rodillas.

Espalda recta tal y como me enseñaron. Tal y como esperan de mí.

Hasta para estar roto hay que tener buena postura. Cierro los ojos.

No debería pensar en ella. De todas las cosas que podría haber hecho ahora mismo.

.. no debería haber sido esa. Pero me la he aprendido de memoria.

El gesto que hace cuando no quiere llorar.

La forma en que endurece la mandíbula cuando se contiene.

El modo en que me mira cuando cree que no la veo.

Y, sin embargo, aunque no quiera creerlo, en el fondo de mi ser sé que no fue un error ir a su habitación. Fue... inevitable.

Joder. Ya no soy un adolescente impresionable.

No soy un idiota. He estado con mujeres.

He sentido deseo, capricho, incluso ternura.

Pero esto... esto no es eso. Al principio puede ser que fuese simplemente eso.

Es guapa, sí. Aunque no en el sentido banal de la palabra.

No sabría decir cuándo empezó. Puede que no fuese un solo instante, sino una acumulación de gestos.

De silencios. De miradas que no bajaban la cabeza.

De respuestas que no buscaban complacerme, sino desarmarme.

Dionna no es la clase de mujer a la que uno llama guapa sin que se le atragante la palabra.

Es algo que entra en la estancia antes que ella y se queda cuando ya se ha ido.

Tiene esa forma de mirar como si estuviese evaluando si mereces su tiempo o no.

No su afecto, sino su tiempo en esta vida.

Como si su atención fuese un privilegio que uno debe ganarse con hechos, no con simplemente palabras.

Podría describir su cara sin siquiera tenerla delante y no hace ni un mes que la vi por primera vez.

Lo he hecho, demasiadas veces, en mi cabeza.

La curva de sus labios cuando está a punto de soltar algo que sabe que tendrá un efecto en quien la escucha.

Los ojos, esos ojos que no titubean ni aunque le estés hablando desde un trono.

No solamente eso, lo que la hace feroz es que no le tiembla el pulso aunque sí se esté desmoronando el mundo.

Es que sangra, y no se esconde. Es que claramente se ve que le duele, pero sigue.

Es que se rompe y no pide permiso para volver a levantarse.

La he visto aguantar miradas que harían temblar a un general.

He sido culpable de muchas de ellas. Y sin embargo…

sigue aquí. Sigue mirándome. Sigue exigiéndome ser mejor de lo que soy.

No me enamoré de su risa, aunque la muestre a menudo y sea bonita. Me enamoré de lo que es capaz de callar con los dientes apretados. De la lealtad que no regala, la otorga cuando se merece. Del orgullo que no negocia.

Y eso es lo que me jode. Que cuanto más la conozco, menos puedo permitírmela.

Porque no es una figura que se exhibe en los bailes ni una carta política que pueda jugar.

Es una llama a la que si me acerco demasiado, me voy a quemar; si me alejo, me voy a congelar.

Es tan importante para el reino, que no puedo permitirme el lujo de pensar que lo es para mí.

Y yo, que fui criado para gobernar con frialdad, no sé qué hacer con tanto fuego.

Y, sin embargo, cada vez que me mira, me descubro deseando arder.

Estoy enamorándome de ella.

Y es un puto problema.

Porque yo no puedo amar libremente. Ni sentir sin que se vuelva noticia.

Soy el Rey de Aethrya. No soy Seredric. El trono tiene reglas.

Y una de esas reglas dice que quien comparta mi lecho también debe poder compartir mi corona.

Linaje. Herencia. Sangre antigua. No importa cuánto haya dado Dionna.

No importa cuánto haya sobrevivido, ni cuántas veces me haya hecho temblar.

Para los que me rodean, ella sigue siendo una hija de la nada.

Su destino no soy yo, su destino está escrito.

¿Podría Aethrya aceptar una reina sin apellido?

¿Podría la profecía tener otra interpretación?

Cierro los puños. Me duele la mandíbula de apretar los dientes. Como si ella necesitase mi nombre para valer algo. La verdad es que no sé si voy a poder renunciar a ella. No ahora, no después de esta noche. No después de mirarla a los ojos y ver el miedo y el deseo mezclados.

El valor.

La rabia.

La vida.

Ella no me pertenece. No quiere pertenecerme. Y, aún así, yo sí le pertenezco a ella; y eso me aterra más que cualquier guerra.

Tengo que decidir. Rápido. Antes de que la Tríada la reclame o la devore y regurgite una especie de monstruo. Antes de que Devrian haga algún movimiento retorcido en su juego sucio inventado en el que Dionna es el trofeo y la profecía se cumple.

◆◆◆

El desayuno previo a la última prueba siempre es solemne. Los cluams entran y salen como sombras, dejando platos que casi nadie toca. El silencio pesa más que la porcelana.

Estoy desayunando con mi madre. La única persona que me ha dado más miedo que mi padre cuando me metía en algún lío.

Lleva un vestido blanco esta mañana. No por simbolismo —nunca le ha importado la superstición, siempre lleva lo que quiere—, sino porque el blanco la hace parecer más distante.

Inalcanzable e intocable: « como debe ser », dice ella siempre .

El rostro pulido, sin grietas. Las manos juntas, apoyadas con elegancia sobre la mesa.

La cuchara en el bol de yogur no se ha movido desde que se sentó.

—Madre —digo, sin rodeos. No hay motivo para rodeos cuando cada minuto es prestado.

—Hijo.

Las palabras se me agolpan en la cabeza.

—Si… algún día eligiese casarme —empiezo, como si fuera un tema hipotético, como si ya no tuviese una habitación impregnada del perfume de Dionna—. ¿Qué pasaría si lo hiciese por amor, y no por política?

El silencio que sigue se me hace insoportable. Ella parpadea. Una sola vez y luego deja caer lentamente la servilleta sobre su regazo, como si necesitase tiempo para pensar. No suele necesitarlo.

—¿A qué viene esa pregunta, Seredric?

—No lo sé. Quizá a que cada vez se habla más de pactos, de compromisos. De futuros hipotéticos en los cuales yo sigo siendo el único en esta sala con un futuro dibujado por otros, aún cuando quien lleva la puta corona en la cabeza soy yo .

Su mirada se afila, pero no me detiene.

—No estoy rechazando mi papel —digo e intento calmar mi tono, aunque quisiera destrozar cada uno de los platos sobre la mesa—. No ahora que sé todo lo que está en juego. Solo me pregunto si… existe una alternativa.

Por un segundo, veo la grieta de dolor en su mirada. Pequeña, muy sutil. Apenas perceptible, pero que está ahí. La siento en mis manos si relajo ligeramente mi don.

—Tu padre y yo —dice al fin, con una voz tan baja que tengo que inclinarme levemente para oírla— no nos elegimos por amor.

No digo nada. Sé esa parte. Al menos, lo que cuentan los registros oficiales: unión entre casas, paz garantizada, firma bendecida por los Arcanistas.

—Fue una decisión que sostuvo la paz —continúa, y por primera vez noto que sus dedos juegan con el borde del plato. Como si no tuviese del todo claro dónde apoyar las manos—, pero mató muchas otras cosas. A veces me pregunto si no mató también una parte de mí.

La oigo decirlo. Lo oigo de verdad. Y no sé qué me sorprende más: que lo admita para ella misma o que lo diga en voz alta así sin más, sin pensar en las consecuencias.

—¿Te arrepientes?

Levanta la mirada. No hay lágrimas. Nunca las hay, porque ella nunca llora.

—Me arrepiento de no haber tenido elección, pero no del resultado. La nación vivió en equilibrio. El continente se mantuvo unido. Tu nacimiento y el de tu hermana… —dice y hace una pausa breve, cargada de una ternura tan rara que casi se siente extranjera— fue la única luz en una unión tan vacía.

Trago saliva. El café se ha enfriado y ninguno lo ha probado.

—Y si yo quisiese otra cosa. Si quisiese…

Sonríe con tristeza en los ojos. Me mira como si volviese a tener cinco años y le estuviese pidiendo comer el postre antes de la comida.

—Hay cosas que simplemente son y siempre serán —me interrumpe, suave pero firme—.

Deber, corona, poder, y el pacto con la Fundadora.

La profecía se debe cumplir. No porque tú desees algo, puedes cambiar el destino.

Al contrario, eres el que debe sostenerlo.

El que no puede fallar. Por todos y por el equilibrio de nuestro continente.

Cierro los puños bajo la mesa. Dejo fluir la rabia y la contención por no decir lo que me está abrasando por dentro.

—¿Y si esto es lo único que puede sostenerme a mí?

—De amor no te mueres, Seredric —responde soltando todo el aire de la nariz en lo que parece una carcajada, mirándome como si pudiese leerme la mente—.

¿Estás dispuesto a poner al reino en la balanza solo porque te ha parecido guapa una plebeya?

Tenla si quieres antes de que sea necesario cumplir con la profecía.

Puedes tener lo que quieras en privado, pero no puedes tomar lo que es de todos.

No respondo, porque lo que tengo que decir sería un crimen en esta sala. Ella lo entiende y se incorpora lentamente, dejando su servilleta sobre el plato como si hubiese terminado la conversación.

—Seredric —dice antes de marcharse—, lo que tú eres pesa más que lo que tú quieres.