Aethrya La Tríada XX #6
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XX #6

Hay deseo. Hay torpeza. Hay sudor. Hay urgencia.

Hay miradas que se clavan y respiraciones entrecortadas que nos arrancan las últimas defensas.

Sin salir de mí coloca su pulgar en esa zona peligrosa que despertó solo al rozar mi cuello.

Enarco mi espalda justo cuando todo el placer estalla dentro de mí.

Sus labios bajan por mi piel como si tuviesen prisa y miedo a la vez.

Yo no pienso. Solo siento y dejo que pase.

Cuando creía que sus manos eran capaces de hacerme llegar al mismísimo hogar de la Fundadora, su boca me demuestra que es incluso mejor.

Levanto su rostro cuando ya no puedo soportar que siga insistiendo en el mismo punto sin morirme en el intento.

Lo beso saboreándolo no solo a él, sino también a mí.

Vuelve a entrar en mí como si fuese él el que morirá mañana.

No creo que pueda aguantar más tiempo este ritmo.

Cuando todo termina, cuando el último gemido se apaga, cuando el cuerpo se rinde…

nos quedamos ahí. Jadeando. Pegados. Empapados.

No nos miramos del todo, pero él sigue acariciándome la cara, el pecho, la barriga, todo el cuerpo, como si no pudiese creer que estoy aquí.

Yo le paso una mano por el pecho, dibujando un círculo sin parar, para después abrazarme a él como si fuese la única certeza que me queda.

Como si este cuerpo, este calor, este silencio compartido, fuese lo único que no se me va a romper al amanecer.

No le he perdonado. No le pertenezco. Y, sin embargo, esta noche, aquí, ahora…

es lo único que me salva de caer del todo.

—Por cierto, no te preocupes por esto —digo, moviendo las manos en el aire, sin saber exactamente a qué me refiero con « esto » , pero refiriéndome claramente al hecho de que acabo de acostarme con el rey de Aethrya y ni se ha preocupado por la posibilidad de crear descendencia como quien se quita una pelusa de la chaqueta—.

En la última Bendición Real pedí protección.

Lo suelto deprisa, como si así me diese menos vergüenza o no me ardiera todo el cuerpo todavía. Él arquea una ceja.

—Ah. ¿Conoces a mi prima segunda Lustia entonces?

Le lanzo una mirada como si me acabase de hablar en una lengua muerta. ¿Qué? ¿Qué tiene que ver su prima en esto?

—Mi prima Lustia es la que se encarga de los temas… —Duda un poco, lo justo para que yo ya me esté arrepintiendo de todo lo que acabo de decir—. Sexuales.

Asiento. ¡Claro que sí! La tienda de Lustia, la de la cola eterna en las Bendiciones. No sabía que era su prima. Ese toldo rojo, las risas, los susurros… la « más discreta del gremio » , según ella misma.

Él se ríe. De verdad. Se ríe y la cara se le relaja, los ojos brillan de otra forma. Por un momento, y esto me fastidia admitirlo y jamás se lo diré, creo que nunca he visto nada más bonito que esa risa. Y mira que me ha dado motivos para querer pegarle un puñetazo y tirarlo por la ventana.

—La de cosas que cuenta en las comidas familiares… —dice, riendo todavía—. La gente tiene mucha imaginación.

Asiento, aunque no sé si me estoy enterando de todo lo que está queriéndome decir con esto.

Me estoy perdiendo algo. Lo sé. Hay una capa de esta conversación que no estoy descifrando.

Y si me quedo callada, voy a parecer más virgen que el aceite de Jaicu.

La presión es real. Lustia crea protecciones para no quedarte en estado, porque si todo el mundo sabe que tener un hijo antes de los veinticinco es una locura, tenerlo en mitad de una Tríada ni te cuento.

Y aún así, tenerlo y no poder ir a la Tríada por quedarte preñada, es peor todavía.

Así que digo lo primero que se me ocurre. Lo que pienso de verdad.

—Tener un hijo e ir a la Tríada es tener poca inteligen-cia, no poca imaginación.

Y él… se ríe de nuevo. Esta vez no puede parar. Se ríe con el pecho. Con la espalda. Con toda la columna vertebral. Se ríe como si acabase de oír el mejor chiste de su vida. Y yo quiero que me trague la tierra. O hacer que lo trague a él.

—¿Qué? —digo, sintiendo entre vergüenza y mosqueo.

Se me acerca.

—A mi prima la gente no solo le pide protección contra el embarazo —me susurra, bajando la voz hasta rozarme el oído. Luego desliza los dedos por el interior de mi muslo, sin prisa—. Pide cosas mucho más interesantes.

Y si ahora mismo me apareciese la Fundadora y yo estuviese desnuda, montada sobre una cabra y cantando en un idioma antiguo…

seguiría sin sentirme más ridícula que en este instante.

Pero también hay un cosquilleo. Ahí. Muy concreto.

A lo mejor cree que la tonta soy yo, pero él tenía más que perder si tiene un bastardo.

Lo miro fijamente. Le sonrío descarada entrecerrando los ojos.

—Ya lo sabía. Igual si vacilases menos, follarías más.

Él arquea una ceja y me da un golpecito en la nariz como si yo fuese una travesura. Se levanta.

—Tengo tiempo para comprobar su teoría, señorita de Caelis.

Y entonces pienso: « no, no tienes tiempo » .

Yo no tengo tiempo. Porque quiero aprenderme cada parte de tu cuerpo.

Quiero memorizar la forma en la que te mueves cuando crees que nadie te está mirando.

Estoy jodidamente enamorada de esa manera tuya de no decir nada y decirlo todo.

Y, sin embargo, puede que me muera mañana. Así que no, no tenemos tiempo.

—Ahora tengo que irme —dice, poniéndose la camisa y abotonando cada uno de los botones a una velocidad tan lenta que debería estar penada por ley.

Su pecho se une con sus abdominales como si alguien lo hubiese esculpido a conciencia solo para joderme la temperatura basal—.

Si me ven aquí, voy a perder algo más que la corona.

Y yo, estúpida y ensimismada, le suelto:

—¿Qué tan malo sería perderla?

No responde. Solo me lanza una última mirada.

Y desaparece, como todo lo que me gusta últimamente.

Me quedo sola. No es la primera vez, pero sí es la primera vez que me quedo sola y desnuda.

Con el cuerpo caliente y el corazón enredado.

Miro al suelo y veo como el vestido que llevaba esta noche se convierte en la tela más negra que jamás haya visto antes.

Definitivamente, la tonta soy yo.