XX #5
A mi lado, Odrien respira hondo, como si intentase guardarse el aire para después. Cristalith ha bajado la mirada. Sándor está tieso, como una estatua. Su perfil está vuelto hacia el cielo. Le sigo la mirada y lo veo, mira a un farol en concreto.
—Hasta que volvamos a vernos, Boran —susurra.
Y me parte en dos.
El Anciano Arcanista sube al pedestal del centro. Su túnica roza el suelo con un sonido seco. Alza las manos. Nadie se atreve a moverse.
—Por cada llama, un nombre. Por cada nombre, un sacrificio. Por cada sacrificio, equilibrio. Que Aethrya prospere. Que Aethrya recuerde.
No es más que propaganda barata, pero lo dice con una voz tan vieja, tan temblorosa, tan llena de verdad que algo en mí se quiebra.
Miro las luces que flotan como estrellas caídas que se niegan a apagarse.
Son nombres. Rostros. Gestos. Algunos los vi de pasada.
Otros compartieron la primera cena conmigo cuando llegamos aquí.
Recuerdo una risa. Un acento. Un mechón de pelo azul.
Una voz que prometía que no tenía miedo.
Mentira.
Todos teníamos miedo.
Ellos también: ya no están, ni ellos ni su miedo.
Las luces comienzan a ascender lentamente. Como si les costase dejar el suelo. Y yo… yo no puedo respirar. No puedo mirar a Sándor. Sé que Odrien también piensa en su hermano. Cristalith en su madre. No puedo mirar a nadie.
¿De verdad hace falta tanto dolor para mantener a la Fundadora contenta? Me obligo a mirar hacia arriba. Las luces suben y suben. Son preciosas, trágicamente hermosas.
◆◆◆
—¿Puedo acompañarte a tu habitación?
Lo dice así, sin adornos, sin ese tono de noble que a veces se le escapa cuando quiere parecer importante. Solo lo suelta, bajito, como si no quisiera que el resto lo oyese. Me mira, y por un segundo, no es el primo del rey.
—Vale —respondo.
Cristalith me toca el brazo como diciendo « si necesitas que le rompa la cara, grita » . Solo le sonrío y me despido de todos ellos antes de irme con Devrian.
El trayecto es corto, pero se me hace largo.
Caminamos juntos por los pasillos vacíos del Palacio de la Ciudadela, con el eco de nuestros pasos marcando el ritmo de algo que no se dice.
No hablamos mucho. Un par de frases sueltas, alguna observación innecesaria.
Él va un poco por delante, como si tuviese prisa.
O tal vez soy yo la que va más despacio.
—Ha sido... intenso —murmura de repente, sin mi-rarme—. Lo de la Vigilia.
—Sí —respondo. No sé qué más decir. Parece que solo tengo palabras huérfanas.
—No sé cómo lo haces —añade, y esta vez sí se gira hacia mí—. Pareces de hierro. Ni un temblor, ni una lágrima. Yo tengo el pecho como un campo de ruinas y tú... tú sigues andando recta.
—No soy de hierro —digo, más bajo—. Solo que me he roto tanto por dentro que ya no se nota por fuera. Ya he llorado más de lo que me gustaría durante esta Tríada.
Él se calla, supongo que en el mundo maravilloso de la realeza no saben qué responder a algo así.
—Ojalá supiese qué decir —confiesa.
—No hace falta que digas nada. A veces el silencio basta.
—Contigo nunca basta. Siempre me quedo con la sensación de que me estoy dejando algo por decirte.
—Pues dilo —respondo, parando en seco—. Si tienes algo que decirme, dilo ahora. Porque mañana quién sabe.
Devrian se detiene también. Me mira y algo cambia en su expresión. La firmeza en la mandíbula. La tensión en la frente. Y ese brillo en los ojos. Ese que no sé qué es todavía.
—Quiero que tengas claro que, pase lo que pase mañana, estoy contigo.
No como símbolo, ni como aliado político, ni como primo del rey.
Yo. Devrian. El que ha visto cómo te comes el miedo sin dejar que te coma a ti.
El que te ha escuchado de noche cuando creías que nadie oía.
El que se queda pensando en ti cuando ya te has ido.
No digo nada. No puedo, porque no sé si siento lo mismo.
Me limito a seguir andando, esta vez un poco más rápido.
Y él me sigue sin más preguntas. Cuando llegamos a la puerta de mi habitación, se detiene.
Yo también. Nos quedamos ahí, de pie, frente a frente, con el silencio ese que pesa cuando ninguno se atreve a preguntar lo que de verdad quiere saber.
Devrian me mira y lo veo venir. Da un paso. Inclina la cabeza. Sus dedos rozan los míos. Y entonces lo entiendo todo. Tarde, pero lo entiendo. Porque ya no está sonriendo, esta vez no solo está tonteando conmigo. Esta vez va en serio. Se acerca a mis labios y yo no sé qué hacer…
—No —susurro, apartándome.
Algo dentro de mí no quiere que suceda. Aunque mi cabeza cree que Devrian es lo que necesito, mi cuerpo y corazón me gritan que no.
Él se congela. No baja la mirada. Solo se queda ahí, clavado, como si no entendiese lo que ha pasado.
O peor aún: como si no quisiera entenderlo.
Como si nadie le hubiese dicho que no nunca antes.
—Devrian —empiezo a hablar, más suave de lo que pensaba—. No hay nada entre nosotros. Lo sabes. Siempre lo has sabido en el fondo.
Tarda en contestar.
—Claro —responde, seco. Una palabra. Nada más.
Y lo noto. Noto la chispa de la ira contenida. No grita, no es de esos, pero cada palabra que viene después tiene filo.
—Lo sé. Pero supongo que, por un segundo, pensé que igual tú también querías algo más que paseos y confidencias nocturnas.
—No. No quiero que haya dudas. Te agradezco todo lo que te has interesado por mí y mi seguridad, sí. Pero no así.
—¿Y cómo, entonces? Porque me haces señales confusas, Dionna. Un día te acercas. Al otro te cierras. —Se separa de mí y se pasa la mano por el pelo—. Incluso cuando desaparezco para ver si notas mi ausencia. No soy un puto adorno de pasarela para cuando Seredric te ignora.
—¿Eso crees que es lo que estoy haciendo? —le pregunto incrédula. Creo que noto como la sangre se acumula en la punta de mis dedos.
—No lo sé, dímelo tú.
—Pues no lo hagas más difícil de lo que ya es.
No estoy aquí para elegir entre dos hombres.
—Atacar siempre ha sido la mejor defensa, y yo pienso defenderme—.
Estoy aquí para sobrevivir a una prueba que, con suerte, no me mata mañana.
Solo para que todos nos mantengamos en equilibrio, signifique lo que signifique eso.
Devrian asiente, pero no es un gesto de acuerdo. Es uno de esos que se hacen cuando ya no queda nada que decir sin romper algo.
—Y el dinero y la gloria para tu familia también, creo recordar que solo te apuntaste a la preselección porque… —Parece que se da cuenta de que está cruzando una línea que no pienso tolerar que sobrepase nadie, porque se calla antes de hacerlo—. Está bien. Que descanses.
Da media vuelta y se va. Sin mirar atrás. Ni una palabra más.
◆◆◆
No han pasado ni diez minutos desde que Devrian se ha ido y yo ya he creado cuatro escenas apocalípticas en mi cabeza.
En ninguna sobrevivo mañana. Camino de un lado a otro, como si el suelo pudiese absorber todo lo que no puedo digerir.
Sigo con el vestido puesto, más oscuro que la obsidiana.
Ni siquiera noto el corpiño apretando mi cintura. No siento nada.
Y entonces, llaman a mi puerta.
Devrian. Seguro. Vuelve a por otra ronda. Vuelve para insistir. Para intentar convencerme o para reclamar algo que nunca le prometí. Puede que mañana me muera, pero no pienso cambiar de opinión.
Abro con fuerza y salgo para que él no pueda entrar.
—Te he dicho que no voy a…
No termino la frase. Frunzo el ceño y no me da tiempo a hacer nada más. Ni siquiera a pensar por qué razón está aquí. No me da tiempo a nada, porque Seredric me besa con rabia. Con hambre. Nunca es dulce cuando se trata de él; es salvaje y crudo. Como si el mundo fuese a apagarse si no me toca.
Y yo… no me resisto. Mi cuerpo se niega a resistirse.
Lo beso de vuelta con la misma necesidad, con la misma furia.
Le muerdo el labio. Me aferro a él como si su cuerpo fuese un ancla.
Como si solo así pudiese no desmoronarme.
Me empuja hacia dentro, cerrando la puerta a ciegas.
Ni siquiera sé si estamos andando o tropezando. Solo sé que estamos cayendo.
—Esto no significa que haya cambiado de opinión —susurro entre besos, jadeando.
—Me parece correcto —responde sin dejar de besarme, como si las palabras fuesen solo pausas necesarias para respirar.
Le arranco la chaqueta del traje. Él me quita el corpiño con manos expertas y desesperadas. La ropa cae. No con elegancia; se cae a plomo. Se desparrama por el suelo como lo que es: un obstáculo.
—Que mañana me pueda morir… —le digo, mientras mis dedos buscan su piel—. Esa es la razón por la que está pasando. No te confundas.
—Me parece correcto —susurra, esta vez cerca de mi cuello mientras lo besa y muerde a partes iguales.
No hay nada que explicar. No hay que justificar nada.
El roce de sus labios sobre mi cuello me pone la piel de gallina y despierta ese punto mágico que tengo entre las piernas.
Nos buscamos como si cada beso fuese el último.
Como si este fuera el único instante verdadero en medio de tanto teatro.
Baja sus manos hacia mis caderas y me levanta como si no pesase nada.
Me apoya sobre el escritorio sin dejar de besarme.
Yo me agarro a él con fuerza. Me aferro a su cuerpo con las piernas y bajo mis manos a su cinturón.
Lo desabrocho mientras me besa el cuello.
Una vez que no hay ningún obstáculo entre nosotros nos fundimos en uno solo.
No es perfecto. No es poético. Y, sin embargo, no puedo parar de moverme intentando hacer que literalmente lleguemos a estar tan cerca que solo seamos uno. Me vuelve a levantar del escritorio y me coloca en la cama.