Aethrya La Tríada XX #4
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XX #4

Nos reímos. Nos levantamos juntas y vamos a la pista. La música cambia justo cuando pisamos el centro. Las luces flotantes giran como luciérnagas encantadas. Cristalith me agarra de la cintura y yo la sigo, torpe al principio, pero luego soltándome poco a poco.

—Cuidado, que yo sí tengo experiencia en esto —dice, girándome de forma inesperada.

—¿En qué? Tampoco bailas tan bien. No te flipes.

—No, bailando soy excelente, pero haciendo que te olvides de los idiotas por un rato soy mejor.

Antes de que pueda responder, Odrien se mete en medio, levantando los brazos.

—¡No sin mí! —grita, y nos agarra a las dos por la cintura haciendo un baile de tres perfecto.

Nos reímos tanto que apenas podemos seguir el ritmo. Damos vueltas, tropezamos, nos pisamos. Durante un momento, somos solo eso: tres idiotas bailando antes del fin del mundo. Hasta que alguien se aclara la garganta a mi lado. Me giro.

Krekk Morvhaen.

El puto Morvhaen. El más repulsivo de todo el continente. Engreído hasta la náusea. Traje rojo burdeos, sonrisa ladeada, mirada de reptil.

—¿Dionna de Caelis? —dice con voz melosa—. ¿Me concederías este baile?

Cristalith y Odrien me miran dispuestos a pegarle un puñetazo en mi nombre.

—¿Qué quieres, Krekk?

Él sonríe, extendiendo una mano perfectamente enguantada.

—Un poco de cortesía. Un baile, simplemente un momento de nobleza compartida entre iguales.

—¿Iguales? —repito, alzando una ceja y fingiendo una carcajada, porque no hay nada de igualdad entre nosotros dos y él lo sabe.

Me agarra la mano sin esperar respuesta. Me guía lejos de mis amigos como si ya hubiésemos aceptado los términos. Me dejo llevar solo por no montar una escena.

—Sabes… —dice mientras comenzamos a girar, susurrando en mi oído— es mucho más ventajoso unirse entre Aspirantes que meterse bajo las sábanas de la familia real.

Su tono es suave. Su intención, venenosa.

—¿Ah, sí? —pregunto con una sonrisa abiertamente falsa.

—Claro. Algunos creen que acostarse con un Valendris te da inmunidad. Pero al final, todos sangramos igual.

Me acerco más. Lo suficiente como para que solo él escuche lo siguiente.

—Sigue soñando, cariño.

Corto el baile y lo dejo en medio de la pista.

Me giro sin esperar respuesta. Camino hacia mis amigos con el corazón latiendo fuerte, pero el mentón bien alto.

Veo como Cristalith y Odrien ya están bailando abrazados.

Sándor baila con Nirelia. Mapeo el salón buscando qué debo hacer ahora.

¿Cuál es la siguiente misión? Veo mi copa de vino sobre la mesa.

Parece que no tengo con quién bailar, pero el vino siempre es buen compañero: no hace preguntas y te mece de vez en cuando.

◆◆◆

El vino se me ha acabado. No me había dado cuenta.

La copa está vacía, pero la sigo sujetando como si pudiera exprimirle algo más si lo intento.

Me apoyo en la mesa y respiro hondo. Parece que ando a mil bandas, pero me siento y me veo tan sola que me duele el pecho.

Cristalith y Odrien siguen bailando como si el mundo no se fuese a terminar mañana. Sándor ha cambiado de pareja de baile.

—Esta noche es larga, tal vez te apetezca terminar el baile que empezamos —dice Devrian, que aparece a mi derecha.

—Solo si me cuentas cómo se escogen los destinos de los desafíos —digo, tomando su mano.

—¿Quieres bailar o interrogarme? —responde con una ceja alzada, mientras me lleva de nuevo a la pista.

—Una cosa no quita la otra.

Comenzamos a movernos al ritmo de una melodía pausada. La pista está menos concurrida ahora. La mayoría está bebiendo o hablando en los laterales.

—Los destinos se sortean con más azar del que crees —dice, mientras me gira con suavidad—. Aunque a veces, cuando es necesario, hay intervenciones.

—¡Vaya! Qué inesperado —digo fingiendo sorpresa poniendo una mano en el pecho.

—No me mires así. No todas las manos en el sistema están limpias, pero tampoco están todas sucias. Hay… —comienza a decir y después parece mirar hacia el trono— equilibrio, o al menos algo que finge serlo.

—¿Y tú estás… —digo mirando hacia donde está mirando él y volviendo a sus ojos rápidamente— de qué lado exactamente?

—Yo estoy de tu lado —dice sin dudar.

Bailamos unos minutos en silencio. Entonces, justo cuando la música cambia de nuevo, algo cambia también en el aire. Una presencia. Una vibración que me recorre la espalda. Una mano sujeta firme mi cintura desde atrás sin decir una palabra.

Seredric.

No dice nada, solo actúa. Solo me mira. Esa mezcla de hielo y fuego que me ha derrumbado tantas veces y que ahora sólo me quema. La mirada que le lanza a su primo no necesita traducción. Es una sentencia. Devrian suelta mi mano, pero no sin antes regalarme una sonrisa cargada de ironía.

—Si necesitas ayuda, parpadea dos veces —dice, y se aleja guiándome un ojo.

Seredric sigue sin decir nada. Solo me mira: una orden muda que yo obedezco.

No sé por qué lo obedezco… ¡ah, sí! Porque es el rey de Aethrya y no se le puede decir que no al chaval.

Me dejo guiar hasta el centro. Sus pasos son decididos.

Los míos, más torpes. No me toca como lo hace Devrian.

Me sujeta como si yo le debiese algo. Igual es el vino y estoy exagerando.

—Has estado muy... cercana a Devrian —dice tras una pausa, con una voz cargada de sarcasmo—. ¿También forma parte de tu estrategia?

Le clavo la mirada.

—No hay nada entre Devrian y yo, ni lo ha habido, y no sé si lo habrá siquiera, mañana puede que me muera, ¡qué divertido!

—Entonces, ¿por qué bailabas con él como si lo hubiese hecho todo bien?

—Porque él al menos me pidió que lo acompañase.

Me dio voz y voto —comienzo a hablar más rápido de lo normal, ya no voy a poder parar—.

Se ofreció. Me pidió ir con él. Me trató como alguien digno de estar a su lado.

Como a una puñetera persona. Y tú... ¿cuándo me ofreciste algo?

Nunca me ofreciste nada, Seredric. Nunca quieres hablar de ti.

No te interesas por mí de verdad. —Hago una pausa para pensar en qué es lo próximo que quiero decirle, pero me vengo a atrás—.

Pero si tu pregunta es si tengo algo con Devrian, la respuesta es no, no lo tengo. Puedes dormir tranquilo.

Su gesto cambia, pero nosotros y la música seguimos.

—No entiendes lo que está en juego.

—No, Seredric. No lo entiendo. —empiezo a hablar y ya veo venir a uno de mis maravillosos monólogos venir; no puedo parar, la rabia me sube por el cuello y por algún lado tiene que salir—.

No lo entiendo, porque nunca tuviste la decencia de explicarlo.

Ni tú ni los tuyos. Solo lo envolvisteis todo en silencio y puta purpurina.

Esta gente —digo mirando a mi alrededor—, los que aún respiran y los que ya no están, se mueren.

Se mueren, joder. Se mueren y sangran por la nación.

Por este continente que veneráis tanto desde vuestros palacios dorados de mierda, pero no nos explicáis nada.

Sangramos por vosotros, mientras tú lo miras todo desde tu asiento mullidito, con cara seria y ropa planchada.

—Sujeto su mano un poco más fuerte para soportar mi propio peso y su otra mano sobre mi cintura parece acercarme más a él—.

Y luego vienes, tarde, mal y sin palabras, a exigirme que entienda.

De hecho, me miras como si todavía esperases que me derrita por un par de besos escondidos, por caricias que solo se atreven a existir cuando no hay nadie mirando.

—Me sale una carcajada sincera—. Como si eso bastase.

Como si tuviese que darte las gracias solo porque decidiste bajarte del pedestal durante cinco minutos y fijarte en mí.

—Intento alejarme de él, pero él me aprieta hacia su cuerpo; la música aún no ha cesado, así que seguimos simulando bailar—.

Pero yo soy la que va a sangrar mañana. Yo.

No tú. La que va a jugarse el cuello para que el mundo que tú gobiernas siga girando soy yo —sigo hablando mientras él permanece callado.

Lo miro y creo ver que sus ojos se llenan de algo que no sé qué es—.

Tú lo quieres todo. El silencio y la entrega.

El deseo sin compromiso. La obediencia sin explicaciones.

Pues llegas tarde. Tarde a las preguntas.

Tarde a los celos. Tarde a los gestos que ahora ya no me sirven para nada.

El violín alarga una nota. Una última nota. Y con ella se termina nuestro baile. Suelto su mano y doy un paso atrás.

—Gracias por el baile, Majestad —le digo con una reverencia fingida.

No miro atrás. No quiero ver su cara. No quiero ver si me sigue con la mirada o si se queda clavado en medio del salón como un idiota.

Porque lo único que sé es que esta vez, quien se marcha primero soy yo.

La última nota aún tiembla en el aire cuando las puertas del Gran Salón se abren de par en par.

—Todos los asistentes al Banquete de los Corazones Audaces —anuncia una voz solemne desde el estrado—, están convocados a la Vigilia.

No hace falta que lo repitan. Todos lo saben y temen a partes iguales. El protocolo es claro: después del banquete, el homenaje. Después del vino, la verdad.

La noche ha caído por completo sobre la Ciudadela, pero la plaza central nos espera como una herida abierta: la nuestra.

Y allí están los faroles. Cientos de ellos flotan a baja altura.

Luz floja, casi temerosa. Cada uno representa a alguien que ya no está.

Cada uno cuenta una historia que no terminó.

O que sí terminó, pero demasiado pronto.

Las familias se agrupan en círculos. Algunos se toman de las manos.

Otros miran al suelo. La mayoría finge que no les duele.

Qué deporte nacional ese: fingir que no duele cuando te mueres por dentro.

Yo no tengo círculo al que unirme. Mis padres están lejos, o eso creo.

Mi hermana, mis hermanas , no están. Aprieto los puños.

Estoy aquí, no por ellos, sino a pesar de ellos.