Aethrya La Tríada XX #3
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XX #3

Cristalith alza las cejas, escéptica.

—¿Y por qué no nos lo contaste?

—Porque no era importante —miento.

—Para ti no será importante, pero para todos los que están ahí fuera sí —dice mi amiga señalando al resto de Aspirantes—. ¿Te das cuenta de la imagen que acabas de dar?

Está molesta, pero porque tiene miedo. Miedo por mí.

Sándor sigue sin hablar. Solo me mira. Su expresión es tranquila, pero hay algo en su mirada que me escuece. No sé si Nirelia tiene que ver con su desconfianza o si es que de verdad cree que algo más está pasando.

—Sé lo que parece —digo, bajando un poco más la voz—. Pero no os equivoquéis. No soy su marioneta. Ni su amante secreta. Ni la próxima lady de nada. Solo soy una chica intentando sobrevivir a esto como todos vosotros.

—Pues justo por eso —interviene Odrien—, no nos puedes dejar fuera. No ahora. No después de todo lo que hemos pasado. Además de que todos van a pensar que se la has chupado para llegar hasta aquí y…

—No se la he chupado a nadie —lo interrumpo antes de que me entren más ganas de pegarle un puñetazo.

—Evidentemente no —me responde al instante—, pero no importa lo que sea cierto, si no lo que los demás piensen de ti mañana.

—Si piensan que has sobrevivido a base de favores —Cristalith mira alrededor por si alguien nos está escuchando—, mañana van a ir a por ti para comprobar si sangras de verdad.

Eso nos deja callados un segundo. Segundo que es suficiente para que Devrian reaparezca con las copas en las manos, como si tuviese un sentido innato del momento exacto en que su presencia puede alterar el equilibrio.

—¿Interrumpo algo? —pregunta con una sonrisa que no sé si lanza por cortesía o por aliviar la tensión que se acaba de crear.

—No —respondo, antes de que nadie diga nada.

Devrian me entrega una de las copas sin apartar los ojos de los demás.

—Un brindis por la noche antes de la tormenta.

Cristalith clava los ojos en mí como si quisiera descifrar una ecuación que se le resiste. Bebo un sorbo. El vino es dulce y fuerte a la vez. Como esta noche. Como la culpa de arrastrar a mis compañeros a algo que no querían, esa que intento tragarme junto al vino.

Devrian me ofrece el brazo de nuevo.

—¿Te apetece un paseo por la pista antes de que empiece la función real?

Asiento, sin mirar atrás. Sé que tienen razón, que debería apartarme de él si no quiero pintarme una diana en la espalda, pero ahora que le di mi palabra no puedo echarme atrás. Bailaré con él este baile e intentaré evitar que nos vean solos hasta que la Tríada haya terminado o me haya muerto.

Joder, ¡qué emoción!

No sé en qué momento Devrian y yo comenzamos a movernos, pero cuando sus manos cogen mi cintura y la otra busca mi palma con esa seguridad imperturbable que tiene, el resto del salón parece apagarse un segundo.

La pista se convierte en una superficie tensa, como el último apretón de una cuerda cuando intentas afinar una guitarra.

Cada paso suyo es preciso. Cada paso mío es un intento de mantener la compostura.

—Están todos mirando —susurra con voz grave, cerca de mi oído—. ¿Eso te incomoda?

—Estoy acostumbrada —respondo, alzando la barbilla—. La mirada nunca mata, si no ya habría muerto hace tiempo. Además, he bailado hasta con el rey, no sé por qué les parece tan raro vernos aquí juntos.

Su mano se tensa ligeramente sobre la mía y su mirada cambia por un momento. Un destello en su ojo derecho otra vez.

—El rey tiene que bailar con todos los Aspirantes al menos una vez —dice, girándome con una facilidad que casi me hace flotar—. Yo elijo con quién sí y con quién no.

Estoy a punto de responder cuando un sonido seco corta el ambiente. Un golpeteo de bastón. La música se desvanece. Un Arcanista ha subido a la plataforma central del salón. Su túnica cuelga llena de símbolos y filigranas que parecen moverse por su cuenta.

—Aspirantes —anuncia, y su voz resuena más allá de los límites del espacio físico, como si hablase desde dentro del pecho de cada uno de nosotros.

Nunca voy a acostumbrarme a esta sensación—.

Esta es la última noche. Mañana comenzará la tercera y última prueba de la Tríada: la prueba de Valor.

Hoy, en cambio, celebramos el Banquete de los Corazones Audaces y, posteriormente, la Vigilia de los Corazones Caídos.

Devrian baja suavemente mis manos y se inclina hacia mí con una sonrisa que no llega a sus ojos.

—Ve con tus amigos. Esto es para vosotros.

—¿Y tú?

—A mi sitio —responde, mirando hacia el estrado donde la familia real ya comienza a reagruparse y cambia su tono a uno más teatral—. Allí donde las sombras son más densas y todos parecemos tener un palo metido por el culo.

Me río. El Arcanista me mira, por lo que me aparto rápidamente e intento mimetizarme con la gente para que no sepa que he sido yo.

Me abro paso entre las parejas que ya han dejado de bailar.

Mis pasos me llevan directamente al rincón donde están Odrien, Cristalith y Sándor.

El aire se ha vuelto más frío, como si el anuncio del Arcanista hubiese hecho que el salón bajase dos o tres grados.

—¿Qué va a pasar ahora? —murmura Odrien, mirándolo todo a su alrededor—. ¿Se nos van a caer las paredes encima?

—Algo ceremonial, seguro —dice Cristalith.

—Banquete de los Corazones Audaces —repito en voz baja—. Suena a eufemismo para despedida elegante.

El Arcanista alza las manos.

—Esta cena es un acto de respeto, memoria y promesa. En honor a quienes caminarán mañana hacia sus infiernos, y en recuerdo de quienes ya descendieron antes que vosotros.

Las paredes del Gran Salón tiemblan. Al final Odrien va a tener razón. Los espejos se oscurecen y, uno a uno, comienzan a aparecer retratos. Miles. Filas interminables de rostros que nos miran desde el otro lado. Todos jóvenes como nosotros. Todos Aspirantes.

Todos muertos.

Sándor se queda rígido. Su mirada se clava en un punto a nuestra izquierda. Yo también lo veo: un chico de pelo castaño claro, sonrisa contenida, la mandíbula más marcada que la de Sándor pero con los mismos ojos. El mismo brillo triste en la mirada.

—¿Es…? —empieza Cristalith.

—Mi hermano —dice Sándor apretando los labios—. Boran.

El retrato de Boran va a acompañarme durante mucho tiempo. Lleva un uniforme azul marino y la expresión de quien ya sabía en qué acabaría todo.

—Está… muy entero para estar muerto —dice Odrien con torpeza.

Cristalith le da un codazo tan fuerte que casi lo tira.

—¿Creéis que nos colgarán ahí también? —pregunta Odrien, intentando arreglar su metedura de pata—. Si palmamos mañana, claro.

—Todos los que mueran luchando por el equilibrio de nuestro continente, todos y cada uno de los que sufran por todos nosotros estarán ahí el año que viene —responde Cristalith, amarga.

Sándor se gira finalmente hacia nosotros.

—Que cuelguen el retrato que quieran, pero vosotros no vais a morir mañana —dice volviendo la vista al retrato de su hermano—. No vais a estar ahí colgados.

El Arcanista alza los brazos de nuevo y, como si alguien hubiese soltado una cuerda invisible, toda la sala se activa.

Los músicos cambian de tono. La luz de los candelabros se vuelve más dorada si cabe.

Las copas comienzan a llenarse solas. La comida aparece en las mesas sin que nadie la haya servido.

Nos acercamos a las mesas y nos sentamos en donde han escrito nuestro nombre.

—Da un poco de mal rollo —murmura Odrien, mirando cómo su plato se llena solo de faisán en salsa—. ¿Y si se equivoca de hechizo y me planta un corazón humano en el plato?

—Tú te lo comerías igual —le responde Cristalith.

Nos sentamos en el orden asignado: Sándor a mi derecha, Odrien frente a él y Cristalith frente a mí.

La familia real se mantiene lejos esta vez.

Devrian está allí, serio, sin tocar aún su copa.

Seredric, en cambio, habla con uno de los consejeros como si nada hubiese pasado.

No me ha vuelto a mirar. ¿Por qué me molesta?

Haga lo que haga me parecerá mal. Tiene que pararlo todo y declarar que se muere por mí delante de todos o no me valdrá.

Y eso sería excesivo, por lo que también me parecería mal. Todo mal. ¿Qué coño me pasa?

Comemos y bebemos un poco, lo justo para que parezca que estamos vivos y no petrificados por el miedo. A ratos reímos, sobre todo por los chistes de Sándor que parece haber vuelto a su estado natural. En la mesa de al lado, un grupo de Aspirantes murmura sobre la prueba de mañana.

—Tiene que ser algo en grupo, esta vez —dice uno—. ¿Os habéis fijado en cómo nos están agrupando?

—¿Y si es una prueba por parejas? —pregunta otro.

—¿Y si es un todos contra todos? —añade alguien con voz temblorosa—. Como en la última Tríada.

Termina la cena y la música vuelve a subir. Esta vez con ritmo más marcado. Más festivo: empieza el verdadero baile. Devrian no ha vuelto a buscarme. Supongo que ahora ya no toca. Lo agradezco; así no tengo que evitarlo yo.

« El rey tiene que bailar con todos los aspirantes al menos una vez » , ¿eso significa que hoy también?

No tengo tiempo de seguir pensando. Nirelia aparece entre la multitud, como un cuadro enmarcado en hielo. Fría, perfecta. Sus ojos son dos dagas que nunca pierden el filo. Se planta frente a nosotros y, sin decir palabra, le tiende la mano a Sándor.

—¿Bailas? —pregunta, pero no es una pregunta.

Sándor nos mira, luego a ella. Asiente con educación. Se levanta.

—Vamos allá —dice.

Ella lo coge del brazo con tanta elegancia que parece que lo haya ensayado mil veces. ¡Que ironía que para ellos no haya consecuencias!

—Estoy segura de que de él no van a pensar que se comió nada para sobrevivir durante la Tríada —murmuro, bajito, mirando cómo se alejan.

Cristalith se gira hacia mí.

—No empieces otra vez con esas cosas —dice, dándome un leve codazo—. ¿Quieres bailar?

—¿Tú? ¿Conmigo? —bromeo—. ¿No te da miedo que intente comerte algo en medio del vals?

—Solo si no dejas nada para el postre, guapa.