Aethrya La Tríada XX #2
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XX #2

Está tan impecable que parece irreal. No va como un príncipe de cuento, ni como un guerrero preparado para la batalla.

Esta noche parece algo intermedio, peligroso y guapísimo a la vez.

Lleva un traje completamente negro, sin una sola joya, salvo el broche con la insignia de su casa.

La tela de la chaqueta entallada tiene un brillo sutil.

Ajustada al torso, realza su musculatura, marcando la amplitud de sus hombros y la tensión justa en sus brazos.

El cuello de la camisa, alto, apenas deja entrever la base de su garganta.

Sin embargo, el primer botón está desabrochado, y no sé si fue decisión suya o una concesión estratégica para que su aspecto no parezca demasiado calculado.

El pantalón cae con elegancia sobre las botas de cuero oscuro, pulidas hasta el exceso.

Su altura impone incluso sin moverse, incluso en silencio.

El pelo negro, más corto de lo que recordaba, resalta el trazo limpio de su mandíbula.

No tiene barba, haciendo que sus facciones sean incluso dulces.

Y sus ojos verdes me encuentran al instante.

Se clavan en los míos para después pasearlos por todo mi cuerpo de arriba abajo, sin prisa, sin ocultarlo, como si yo fuese una obra de arte que admirar.

Las manos de las estetas son una maravilla.

Su sonrisa se forma despacio, primero en una comisura, luego en la otra.

—Dionna de Caelis —dice al fin, y su voz suena ronca como si se acabase de despertar—. Nunca imaginé que algo pudiese hacerle sombra a este pasillo… hasta que apareciste con ese vestido.

No sé qué decir. Abro la boca y la vuelvo a cerrar. Podría reírme o soltar alguna broma sarcástica, pero no hago ninguna de las dos cosas. Clummy da un paso, protector y previsible, antes siquiera de que mi cerebro consiga encontrar una oración con sentido.

—El protocolo indica que debo acompañar a la Aspirante de Caelis hasta el Gran Salón —declara.

Devrian ni se inmuta, se acerca un par de pasos, y luego clava los ojos en él.

—Puedes retirarte, cluam. Esta noche, Dionna no necesitará más protección que la mía.

Silencio.

Clummy parece calibrar posibilidades, consecuencias, órdenes internas que no me está compartiendo. Lo observa y luego me observa a mí.

—¿Estás conforme con esta alteración del protocolo? —pregunta.

—Sí —respondo, sin pensarlo.

Y en cuanto lo digo, siento una oleada de calor recorrerme todo el cuerpo. Devrian me ofrece el brazo.

—¿Puedo? —pregunta, con una inclinación leve de cabeza.

—Claro —respondo, y mi voz suena más suave y dulce de lo que esperaba.

Entrelazo mi brazo con el suyo y cuando comenzamos a caminar juntos por el resto del pasillo, siento que los pasos pesan menos. Como si la tela del vestido se hubiera rendido, por fin, a un tono más definido.

Clummy desaparece detrás de nosotros y, por primera vez en todo el día, no me siento sola.

Avanzamos por el pasillo con la seguridad de quien sabe exactamente hacia dónde va o, si se trata de mí, al menos alguien que finge saberlo.

Su andar es pausado, sin prisa, como si no estuviese del brazo de una candidata a la muerte, sino del de una invitada de honor.

El mármol del suelo refleja nuestras figuras a tramos. La luz de los candelabros encantados tiñe todo con un dorado antiguo, como si estuviésemos cruzando un recuerdo. Me detengo en la cabeza de uno de los grandes leones esculpidos al pie de la escalera. El Gran Salón nos espera abajo.

Devrian me vuelve a mirar, y sin decir palabra, me ofrece el gesto más pequeño, pero más íntimo de todos: cambia el ángulo de su brazo para enlazarlo mejor con el mío. Está más cerca que nunca.

—¿Lista para la función, Dionna de Caelis? —murmura, sin dejar de sonreír.

—¿La función o el funeral?

—Ambas cosas son lo mismo durante la Tríada.

Bajamos y el mundo gira.

Las escaleras se abren ante nosotros como una lengua larga y brillante, pulida a conciencia.

A medida que descendemos, los rostros giran.

Primero los más cercanos. Luego los del fondo.

Cuchicheos, respiraciones contenidas, miradas que van de mis zapatos a la cara de Devrian, y de ahí a nuestras manos enlazadas.

No tenemos prisa: cada escalón parece un compás en esta sinfonía torcida.

Veo las bocas moverse. Algunos murmuran mi nombre.

Otros, el suyo. El vestido encantado late contra mi piel, como un animal atrapado.

Se oscurece, luego se ilumina para después volver a oscurecerse.

No sabe a qué sentimiento acogerse, igual que yo.

Todos lo sabrán. Todos lo sabrán en cuanto pongamos los pies en la pista.

Dionna de Caelis, la de Galimatea, la que no nació en cuna noble.

La que sangró, cayó y se levantó. Favorita del primo del rey, del Barón Valendris.

La puñetera enchufada. Todo el mundo pensará que llegué hasta aquí por él.

Me cago en mi madre. ¿Eso me dará ventaja mañana?

¿O me pondrá una diana más grande en la espalda?

—Respira —dice Devrian en voz baja, como si pudiera leer mis pensamientos—. Estás temblando.

—Estoy bien —respondo—, no tengo miedo.

—Lo sé: es rabia. —Me mira y sonríe—. Sé reconocer la rabia cuando la veo.

La música nos envuelve, suave y suntuosa, como la seda cara. El salón entero es un templo de apariencias. Cúpula brillante, cortinas que flotan como velos suspendidos. Todo parece estar rozando la perfección hasta que un ruido seco corta el ambiente. Un cristal roto que corta la música.

Silencio.

El corazón me da un vuelco, Seredric junto a su mesa, copa rota en mano.

El líquido oscuro gotea entre sus dedos como si la copa hubiese sangrado, aunque sea su mano la que se ha llevado la peor parte.

Y, sin embargo, su mirada no da indicio de sorpresa.

No muestra disculpa, solo una furia contenida.

El tipo de furia que observa, mide y sentencia con sus ojos fijos en nosotros. Primero mira a Devrian, después a mí.

El salón entero se congela por un segundo que parece eterno.

Como si el tiempo se aferrase al instante antes del incendio; sin embargo, de un momento a otro todo parece volver a la normalidad y los músicos retoman la melodía como si no hubiese pasado nada.

Como si el estallido de cristal fuese parte del compás.

Los murmullos reaparecen y las conversaciones se enhebran otra vez.

El teatro continúa. ¿Cómo se pueden olvidar detalles tan importantes tan rápidamente?

Yo me quedo mirando esa copa rota. Esos ojos de miel convertida en puro hielo.

Ese gesto de indiferencia afilada que conozco tan bien: la misma que me dedica cada vez que estamos solos y le pregunto más de la cuenta.

Estoy cansada de tanto teatro, es él el que niega lo que arde entre nosotros.

—¿Qué ocurre? —pregunta Devrian en voz baja, inclinado hacia mí, pero con los ojos fijos en Seredric.

—Nada que no se pueda arreglar con una escoba y un par de tiritas —respondo, sin apartar la vista del trono.

Lo injusto no es que me mire así. Lo injusto es que se crea con derecho a hacerlo como si fuese culpa mía.

El que me esconde como si yo fuese una vergüenza es él.

El que hace lo que quiere y cuando quiere es él.

El que ostenta el título más importante de todo Aethrya es él.

El magnífico y maravilloso rey es él. El que lo tiene todo, pero actúa como un niño pequeño que siempre quiere es él.

No yo.

Devrian aprieta mi brazo con suavidad.

—Voy a por un par de copas —me susurra al oído, acción que me estremece más de lo que me gustaría admitir—. Disfruta de los aperitivos con tus amigos. Estaré cerca.

Asiento, aunque no estoy segura de querer soltar su brazo. Él ya se ha separado con naturalidad, deslizándose entre la multitud como si toda la sala fuese suya. No se gira para mirarme, y aun así, sé que está pendiente.

Respiro hondo.

Cristalith, Odrien y Sándor me miran desde uno de los rincones más apartados, donde una bandeja flotante con aperitivos gira con lentitud sobre una mesa de piedra. Me acerco, pero no he dado ni dos pasos cuando ya están encima de mí.

—¿Cuándo me lo pensabas contar? ¿Por eso lo buscabas? —espeta Cristalith, cruzándose de brazos, su vestido verde oscuro reluciendo como si se hubiese bañado en escamas—. ¿Y has visto al rey cuando os vio llegar? —Se abanica con la mano—. Chica, ¿cómo tienes tiempo para tanto?

—No me digas que te guardaste esto para hacerlo dramático —añade Odrien con una ceja alzada, aunque en su mirada hay más preocupación que burla.

Sándor no dice nada. Solo me mira, como si estuviese intentando leerme la mente. Como si él supiese algo más que yo.

—¿Qué se supone que me guardé? —respondo, y sueno más a la defensiva de lo que pretendía.

—¿De verdad vas a fingir que esto no es importante? —dice Cristalith—. Entraste del brazo de Devrian Valendris. Como si… no sé, como si fueses su prometida secreta.

—¿Desde cuándo pasa algo tan serio entre vosotros dos? —Odrien se cruza de brazos.

—No pasa nada —respondo, tajante—. No pasa nada. Solo me pidió venir conmigo al baile. Ya está.

Silencio.

Cristalith entrecierra los ojos. Odrien ladea la cabeza. Sándor, en cambio, baja la mirada como si mis palabras no fuesen suficiente.

—¿Y lo del cluam? —insiste Cristalith—. Porque lo vi. Clummy se quedó atrás. Nadie se deshace de su cluam solo porque sí. Todos nuestros cluams están aquí, menos el tuyo.

—No me pidió nada. Me ofreció su protección. Y yo acepté.

—Ajá —dice Odrien, con un gesto que no sé si es burla o resignación—. Claro. Y yo acepto la muerte mañana con purpurina en las pestañas sin ofrecer resistencia. No me jodas, Dionna.

—¿Crees que lo hice para montar un numerito? —respondo, más alto de lo que pretendía. Varios asistentes cercanos giran la cabeza. Me obligo a respirar y suavizar el tono —. No planeé nada. No estoy jugando a ser nadie. Solo… pasó. Me lo pidió y acepté. Punto.