Aethrya La Tríada XX
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XX

Dionna

L legamos a la capital y nuestros cluams nos acompañan a nuestras habitaciones.

El camino a mi dormitorio se me hace más largo incluso que el viaje en el Velthirio.

Miro la terraza de mi habitación: un sitio precioso en medio de tanta mierda.

El humo del café sube en espirales perezosas mientras lo acerco a mis labios.

Sabe dulce con un fondo amargo, como todo en esta casa: agradable a simple vista, pero con un regusto que no se va. Fundadora, cómo odio este café.

La terraza de mi habitación está bañada por una luz suave. A esta hora, Galimatea estaría viva con gritos, vendedores, hornos encendidos. Aquí solo hay susurros y ese jardín encantado que parece respirar bajo las ventanas como si tuviese vida propia.

Dejo la taza sobre el plato. Acaricio la peonza de Kiri en el bolsillo. Hay algo reconfortante en tenerla ahí, a mano. Como si me mantuviera anclada al mundo real.

Bajo la mirada y veo a Seredric junto a los setos recortados con perfección enfermiza, mirando el jardín como si escondiese un mapa secreto.

Contengo la respiración y me agacho quedando por debajo de la barandilla del balcón, como si así me asegurase de que no sabe que estoy aquí.

La luz de la mañana le da un contorno casi fantasmal.

Lleva la capa mal abrochada y los mechones de pelo despeinados.

Parece más un chaval perdido que un rey.

No se mueve. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza ladeada.

Cuando empiezo a perderme de nuevo en el sube y baja de su pecho al respirar aparece ella.

La Infanta Velmira.

Tardo un segundo en reconocerla. Ha cambiado en estas semanas. O tal vez soy yo la que ha cambiado. No la veía desde el inicio de la Tríada. Hoy lleva un vestido más sobrio, azul noche, sin joyas visibles. El pelo recogido con sencillez. Aun así, su porte sigue siendo el propio de la familia real.

Seredric no se gira de inmediato. La reconoce, pero se toma su tiempo para mirarla. Cuando al fin lo hace, ella le sonríe y él le devuelve la sonrisa con una dulzura que me resulta ajena a él. No es un gesto que use en los banquetes, ni en las fiestas oficiales.

No puedo oír lo que dicen, pero ella se acerca más a él y parece que hablan en voz baja.

Él niega con la cabeza. Ella afirma con un gesto suave.

Él parece tensarse aún más, como una cuerda estirada al límite.

Luego, de forma inesperada, ella le pone una mano en el brazo y él no se aparta.

Mi café no me parece tan interesante como esta escena.

Hablan unos segundos más. El rostro de Velmira cambia del dolor al cansancio. Y entonces lo abraza.

Solo dura unos segundos. Lo suficiente para que el cuerpo de Seredric se quede quieto como una estatua.

No responde al gesto, pero tampoco lo evita.

Deja que ocurra. Y cuando ella se separa, le acomoda la capa con una ternura que no debería dolerme, pero me duele.

Parece tan humano… Me molesta pensar que conmigo nunca se ha mostrado así.

La Infanta Velmira da media vuelta y se va por el mismo camino por el que vino.

Sin mirar atrás. Me quedo observando a Seredric.

Él permanece inmóvil. Vuelve a cruzar los brazos sobre su pecho, pero esta vez, sus bíceps están apretados con más fuerza.

Respira hondo. Una, dos veces, para después alejarse del jardín.

La peonza parece más pesada. El café ya está frío. ¿Qué hace Velmira aquí? ¿Por qué ahora? ¿Qué significa ese gesto entre ellos? ¿Un adiós? ¿Una advertencia? ¿Un perdón? Las preguntas me queman en la garganta, pero sé que nadie me dará las respuestas que necesito.

◆◆◆

—Señorita de Caelis —dice una voz al otro lado de la puerta—. Los preparativos para el Último Baile comienzan ahora. Vístase. La escoltaremos hasta la Sala de Transformación.

Me visto en silencio. Hora de disfrazarse. ¡Mi parte favorita! Clummy me sigue, pero no dice nada.

El pasillo está lleno de susurros. Voces suaves, pasos rápidos.

Todos los Aspirantes estamos siendo llevados al Ala Sur, donde nos han preparado espacios individuales de arreglo.

Me alegro de que al menos ahora todo el mundo tenga que ir a una sala especializada y no me sienta como un ogro en la hora del baño.

Las paredes están encantadas con música instrumental suave, como si eso bastase para calmar los nervios.

Como si una melodía de arpa pudiese silenciar la voz de mi madre en mi cabeza.

La incertidumbre de si mi hermana está a salvo o no.

A mi padre ni lo he visto y ya me aterra su mirada. Trago saliva.

Al entrar en mi sala de preparación, me golpea el olor de las flores. Rosas, lavanda y algo más: el sutil picor del aceite de sándalo. Me sienta mal sentir algo dulce en una situación tan amarga. Recuerdos demasiado dulces para un día que huele a muerte potencial.

Una mujer que no conozco me saluda con una inclinación y me indica con un gesto que me siente.

¿Dónde está la esteta que me ha vestido los últimos dos bailes?

Detrás de ella, las dos aprendices de Arcanistas estetas que ya conozco están desplegando tejidos, broches, pinzas.

El vestido que cuelga en el biombo lateral es de color café con bordados que parecen plumas de halcón.

—¿Esto es lo que me toca? —pregunto, cruzándome de brazos.

—Está encantado con los colores de su herencia, señorita —responde la aprendiz más joven, ¿ahora hablan?—. Además, reacciona a su estado emocional. Al final del baile, debería haberse vuelto completamente negro o dorado, dependiendo de…

—¿De si me lo paso bien o si me muero? —le inte-rrumpo.

Las tres se miran incómodas.

—De si cumple su propósito —dice la mujer, en tono diplomático.

Me dejo hacer, total... que me quede mal el vestido no es lo peor que me podría pasar. Me acomodo en la butaca y comienzan a peinarme. Las manos son suaves, y aun así, me siento como una virgen siendo pulida para el sacrificio.

Pasan horas. Entre tejidos, capas de perfume, charlas apagadas.

Me obligan a cerrar los ojos mientras me delinean los párpados con polvo estelar.

« Brillará bajo la luz de la cúpula», dice una.

« La hará parecer una constelación viviente», dice la otra.

La verdad es que no sé qué me da más miedo, si parecer una bola de brillos o toda una amalgama de estrellas a punto de explotar.

Qué bonito. A la par que inútil.

—¿Los demás de mi grupo ya están listos? —pregunto de pronto, sin abrir los ojos, y sabiendo que ellas saben perfectamente a quiénes me refiero.

—El señorito Dobren ha pedido más tiempo —dice una—. Ha tenido dificultades con la movilidad de su brazo vendado.

Me muerdo la lengua para no preguntar si está bien y simplemente me limito a asentir.

—¿Y Cristalith Garethil?

—Ha sido la primera en estar lista. Llevará un vestido con bordado de escamas. Verde oscuro. Parecerá una reina del mar.

—¿Y Odrien Veldrán?

—Ha discutido con su equipo de preparación durante casi media hora, porque no quería usar brillos —responde la joven con una risa contenida—. Al final, ha accedido, pero se puso la cantidad que él consideró oportuna. « Si voy a morir con purpurina, al menos que sea en mis propios términos», dijo.

No puedo evitar sonreír. Un poco. Como si el hecho de ponerse purpurina fuese a hacer que se le caiga su hombría y virilidad.

—¿Y Devrian? —añado en voz baja.

Las estetas se quedan en silencio y se miran como debatiendo si todas me han oído bien o si han perdido la audición de forma simultánea. La mujer responde a mi pregunta con otra pregunta.

—¿El Barón Devrian Valendris?

Asiento como si estuviese preguntando por un Aspirante más, y no fuese extraño que alguien como yo preguntase por un miembro de la familia real.

—Se está vistiendo en otra ala. Nadie puede acceder a su vestuario, ni siquiera el personal habitual. No pueden acceder al de ningún miembro de la familia real.

Claro que no. La élite no se mezcla con los plebeyos que van a morir por el equilibrio de Aethrya. Por favor, ¡qué cosas se me ocurren!

A la quinta hora, me dejan comer algo. Me sirven una bandeja con frutas frescas, pan de hierbas y agua infusionada con cúrcuma. No me entra nada, pero como por instinto. Como si alimentar el cuerpo pudiese distraer a la mente.

—¿Cuánto falta? —pregunto.

—Una hora y veintidós minutos —responde Clummy, que ha vuelto a manifestarse junto a la cortina.

—¿Vendrás esta noche?

—Sí, los cluams os acompañamos al tercer baile y nos cercioramos desde lejos que todo vaya según lo previsto. Mañana es un gran día, nada os puede pasar.

Asiento.

◆◆◆

Me visten con el vestido encantado justo antes del inicio del baile. Siento cómo se adapta a mi piel. El tejido es más liviano de lo que imaginaba, pero firme como una segunda armadura. El color tiembla entre el café y el negro, como si no supiera quién soy. Me parece apropiado; yo tampoco lo sé.

—¿Quieres ver cómo te queda el vestido en un espejo de cuerpo completo? —pregunta la mujer.

Niego con la cabeza.

—Prefiero no encariñarme con la imagen —le digo con una sonrisa.

Las luces del vestidor parpadean; la hora se acerca.

Escucho como los pasillos comienzan a llenarse con pasos nuevos.

El sonido de instrumentos afinándose marcan las primeras órdenes desde el Gran Salón.

Respiro hondo y Clummy me observa en silencio como si estuviese recalibrando mi control emocional con cada suspiro que doy.

—Si tienes alguna estadística que darme —murmuro—, que sea rápida.

—No tengo ninguna que quieras oír.

—Entonces cállate y ven conmigo.

Clummy camina a mi lado en silencio, con esa gracia inquietante que tiene, como si no pesase. El pasillo hacia el Gran Salón está más iluminado de lo normal. Todo parece diseñado para fingir que no hay muerte al final del baile. Doblo una esquina y…

Devrian.