XIX #4
Me muevo con rapidez. Me pongo el abrigo sin molestarme en abotonarlo del todo. Me recojo el pelo en un moño flojo. Escondo la peonza en mi puño antes de devolverla al bolsillo, y salgo.
El pasillo está medio iluminado.
La zona de los dormitorios de la familia real está al fondo del ala este.
Acceso restringido, sí, pero si soy lo suficientemente encantadora y me hago la tonta lo suficiente, igual uno de los guardias me deja pasar.
Doy la vuelta a una esquina y casi choco con Cristalith, que aparece del lado opuesto con una taza en la mano.
—¿Qué haces aquí? —pregunta, sin sorpresa—. ¿Tú tampoco puedes dormir?
—No —respondo, y la voz me sale más ronca de lo esperado.
Ella me observa un segundo. Entrecierra los ojos. Siempre lo sabe todo. Luego asiente.
—¿A quién buscas?
—A Devrian —digo sin dudar. ¿Para qué nos vamos a andar con rodeos?
Cristalith baja la mirada hacia su taza.
—Lo acabo de ver en el bar del ala sur cuando pedí el té. —Hace una pausa para soplar su té y mirarme con más intenciones de las que parece—. Tan encantador como siempre, por cierto.
—Gracias —digo sin más: no quiero caer en dobles sentidos, necesito mantenerme seria.
—¿Qué le vas a preguntar?
—Absolutamente todo.
Ella me entrega la taza sin decir nada más. El líquido es fuerte. Un té oscuro, amargo, con un toque de raíz picante.
—Te hará bien relajarte antes de verlo —dice.
Tomo un sorbo y me quema la lengua.
—Cristalith… —Me detengo un segundo—. ¿Tú confías en él?
—Confío en que tiene sus propias heridas. Y que a veces, el dolor hace más honesto a alguien que mil juramentos. —Se me queda mirando mientras extiende su brazo para recuperar su taza—, pero ten cuidado.
Se va hacia su habitación y yo salto las escaleras de mármol de dos en dos. Paso por un salón vacío. Todo está en silencio, salvo por mis propios pasos y el eco tenue de mi respiración. Me acerco al bar. La puerta está entreabierta.
La empujo.
Huele a alcohol fuerte, a cuero gastado y a algo dulce que no logro identificar.
Hay una música suave flotando en el aire, antigua, instrumental, como un recuerdo borroso.
Es el único lugar de la residencia donde los Arcanistas no se pasean.
Una lámpara mágica flota en una esquina, proyectando un resplandor dorado sobre las mesas. Y ahí está.
De espaldas, sentado en uno de los sillones bajos, con un libro abierto sobre las rodillas, la cabeza ligeramente inclinada y un vaso de licor en la mano. No se gira cuando entro, ni siquiera parece sorprendido.
—Sabía que vendrías —dice sin que crucemos miradas.
—¿Lo sabías o lo esperabas?
—A veces es lo mismo. —Cierra el libro con lentitud y se vuelve hacia mí—. ¿Cómo estás, Dionna?
—Hecha pedazos. —Me abro a él para que inspeccione cada una de mis heridas. Quiero que alguien me cure del todo por fin. Que me abrace y me diga «olvídate de todo, yo lo arreglo»—. Y necesito respuestas para pegarlos todos.
—Ven. —Señala una silla frente a él—. Si vas a hacer preguntas, al menos siéntate.
Me siento. El calor de la lámpara me da en la cara, pero no me calma el temblor que me recorre por dentro.
—¿Cuánto sabías?
—Lo suficiente para no dormir tranquilo —responde—, pero no todo. No me dejan estar tan cerca de las reglas internas. Yo solo observo.
—¿Y qué observas, Devrian? —Empiezo a estar cansada de tanto secretismo—. ¿Qué coño observas? Porque mi hermana no está, yo me estoy desgarrando aquí dentro y no sé cuál es mi papel en todo esto.
—Observo a Aspirantes que deberían estar salvando al mundo siendo usados como piezas de un tablero que nadie ha terminado de ver.
Lo dice sabiendo que está traicionando a su familia. Arriesgándose a que alguien pueda estar escuchando.
—¿Por qué no nos lo dijiste?
—Porque no puedo cambiar las reglas, Dionna. —Me mira a los ojos y creo ver un destello en su ojo derecho. Me agarra la mano acercándose a mí—. Toda mi familia sufriría. Intento ayudar dentro de mis posibilidades.
Aprieto los puños.
—Mi madre me gritó que todo era culpa mía. Que se habían llevado a Kiri por mi culpa, ¿eso también es parte del espectáculo?
—¿Cómo? —su mirada cambia, otro destello— ¿Lo sentiste real?
—No lo sé —digo con la voz resquebrajada justo cuando quiero hacerme la fuerte—. Lo parecía.
—No pensé que llegaría tan lejos, pero parece que la magia de la Tríada no necesita pruebas físicas para herirte. Solo necesita entrar en tu mente. Sacar lo que más temes. Abrir una herida. Si sangras demasiado, estás fuera. Si la cierras, aunque sea mal, eres útil.
—Eso es cruel —susurro.
—Sí. —Otro destello—. Y efectivo.
Lo odio un poco por decirlo tan claro.
—¿Y qué hay al final de todo esto, Devrian? ¿Qué hay después de la Tríada?
Él suspira. Se inclina hacia mí, sus ojos verdes están más oscuros de lo que jamás haya visto.
—Eso depende de ti. —Aprieta su mano sobre la mía—. Cuando superes la prueba, que lo harás, yo estaré aquí.
Silencio.
La peonza se me ha escapado del bolsillo y rueda por el suelo hasta detenerse junto a su bota. Devrian se agacha y la recoge, para después girarla entre los dedos.
—¿Esto es tuyo? —pregunta sonriendo.
—Es de mi hermana.
Me la devuelve.
—Entonces, es tuyo también. El amor es propiedad compartida. El dolor, a veces, también.
La guardo de nuevo en el bolsillo.
—¿En cuanto al baile de mañana… sigue en pie la oferta? —me atrevo a preguntarle.
Nadie me ha protegido y creo que tener a un Valendris a mi lado me ayudaría a salir viva de esto. Menuda aprovechada, pero así es la vida, tengo que sobrevivir a esto. Devrian no responde, pero su mirada se endurece y una sonrisa aparece de inmediato.
—Mañana y siempre.
Me levanto y él no me detiene. Esta es la diferencia entre Seredric y Devrian. Él no me detiene. Me da las respuestas que puede y me deja decidir.
—Gracias —murmuro, y salgo del bar.
Mañana Seredric me verá bailar.