Aethrya La Tríada XIX #3
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XIX #3

—¡¿Dónde está Kiri?! —grito hacia la nada, con el pecho desgarrado, sé que esto no se está proyectando, así que doy rienda suelta a mi rabia.

Nos dijeron que nadie nos vería escoger, pero ellos sí me ven—.

¡¿Dónde está mi hermana?! ¡Contestadme, joder!

¡¿Dónde coño está?! —Estoy fuera de mí, me tiembla todo el puto cuerpo, la sangre me martillea las sienes y no pienso con claridad—.

Si le habéis hecho algo a Kiri os juro que voy a destriparos vivos.

—Aprieto los puños hasta que la piel cede y comienzo a sangrar—.

Voy a encontraros aunque os escondáis en palacios, túnicas o plegarias de mierda.

—Respiro fuerte, el aire entra como pequeños cristales rasgándome el pecho—.

Y cuando os tenga delante no vais a morir rápido, no os voy a dar el puto lujo de desear vivir un minuto más.

—Doy un paso al frente, los dientes apretados—.

Os arrancaré la piel a tiras, despacio, hasta que el dolor os vuelva locos y no sepáis ni vuestro puto nombre.

—La mandíbula me cruje y hace tiempo que he dejado de pensar con claridad—.

Voy a romperos los huesos uno a uno, escuchando cómo suenan, disfrutando de cada maldito chasquido.

—Se me escapa una risa rota, enferma—. Y cuando supliquéis, cuando lloréis, cuando me pidáis que pare, os miraré a los ojos y os dejaré claro que esto es lo que pasa cuando tocas a mi familia.

—Me llevo una mano al pecho, como si quisiera arrancarme el corazón, las imágenes de mi padre destrozando el templo se agolpan en mi mente—.

Si a Kiri le habéis dejado una marca, una herida, una noche de miedos, os voy a devolver cada segundo multiplicado por mil.

—Estoy repitiendo los pasos de mi padre: lo estoy comprendiendo.

Me estoy convirtiendo en él y me está dando paz—.

Rezad, gritad, invocad a la Fundadora o a quien os salga de los cojones, porque no va a venir nadie a salvaros.

—La voz se me vuelve baja y sucia; no hay vuelta atrás—.

Que os quede claro que yo no busco solo justicia o simple venganza, ni mucho menos vuestro puto equilibrio de mierda; yo busco que entendáis el error que cometéis con cada nervio de vuestro cuerpo.

—Me enderezo, firme, temblando de furia—.

Y cuando termine no quedará nada de vosotros, ni cuerpo ni nombre ni recuerdo, solo una advertencia grabada a sangre: a mi familia no se le toca.

La ansiedad se me ha acumulado a tal punto que no hay palabras que puedan eliminarla.

Grito como si pudiese romper el cielo con la voz.

Grito como si eso bastara para torcer el destino.

Mis piernas ceden y caigo de rodillas frente a los cálices.

Da igual. He soltado la bilis por la boca y ahora tengo que seguir jugando a lo que sea que están haciendo. Jugaré y ganaré.

Miro hacia delante: los cálices siguen ahí. Uno me da poder o fuego. El otro solo me da la opción de proteger a alguien más.

¿Y si Kiri ya está muerta?

—No puede estar muerta —susurro respondiendo la pregunta que me ha hecho mi cerebro.

Tiemblo.

Pienso en Sándor durante la primera prueba.

En su mirada cuando me protegió sin condiciones.

Sin pedir nada a cambio. Me protegió cuando aún no sabía si valía la pena hacerlo.

Me salvó cuando yo no me habría salvado.

¿Y si esta es mi única oportunidad de hacer lo mismo por él?

Sé que Cristalith y Odrien se salvarán el uno al otro si consiguen llegar al Altar: cosa que sé que harán.

Me pongo en pie. No soy fuerte, y ahora mismo estoy bien jodida, pero me obligo a sostenerme. Toco el cáliz de la salvación ajena.

—Protejo a Sándor Dobren —digo alto y claro.

El altar vibra, la piedra tiembla y el aire se parte en líneas invisibles. Todo comienza a deshacerse como un telón de sombras que se rompe. El suelo desaparece y la luz me envuelve.

◆◆◆

Nos han convocado a los treinta y un finalistas. Estamos de pie en el salón principal del Palacio Real de Galimatea, formando diferentes semicírculos desiguales frente a la tarima donde se alzan los Arcanistas. Plein da un paso adelante.

—Felicidades, Aspirantes. El desafío de la Doble Elección ha concluido.

Algunos habéis hallado vuestro objeto. Otros, lamentablemente, no.

—Hace una pausa, justo lo suficiente para que el silencio se vuelva incómodo—.

Y ahora es momento de compartir con todos las consecuencias de vuestras decisiones.

Mi estómago se contrae. ¿Consecuencias? ¿Com-partir? ¿Van a enseñar mi traición a los Nueve? ¿Van a proyectarlo todo?

—La prueba os exigía una elección privada. Y, como se os dijo, nadie os vio escoger; sin embargo, permitidme puntualizar, en ningún momento se os comunicó que nadie sabría qué escogisteis posteriormente —dice, con una sonrisa apenas curvada—. Simplemente, no se proyectó vuestra elección en vivo.

Un murmullo se arrastra entre nosotros. La incredulidad, la confusión y la traición comienzan a notarse en el ambiente. Una vez más juegan con las palabras; las retuercen hasta que signifiquen lo que quieren que signifique.

—Nueve de vosotros —continúa hablando—, no encontrasteis vuestro objeto a tiempo; pero, tranquilos, no se os castigará por tal incompetencia. —Y sonríe, el muy cabrón, no lo soporto—. En cuanto al resto… —Hace un chasquido con la lengua y finge una mirada compasiva—. Vuestra elección será expuesta.

Y así lo hacen. Uno a uno. Como si fuésemos números en una estadística sangrienta: cada nombre con su elección. Doy gracias a la Fundadora porque no estén proyectando las imágenes y simplemente lo estén diciendo en voz. Cuando llega mi turno, apenas respiro.

—Dionna de Caelis —anuncia el Arcanista—. Eligió proteger a otro Aspirante: Sándor Dobren.

Mi cuerpo entero se relaja: no me han lanzado ningún pulso arcano que me destruya en una milésima de segundo.

Oigo los susurros. Alguien pronuncia mi nombre con desprecio.

Otro, con sorpresa. Hay muchas miradas, demasiadas para mi gusto.

¿Creían que escogería el otro cáliz? ¿Así me ven?

Me gustaría desaparecer, pero entonces me paro a mirar bien a Sándor.

Está vendado y pálido, demasiado pálido. ¿Tenía tantas heridas antes? ¿Se hizo todo esto cuando buscaba su objeto?

No.

La piel que asoma bajo las vendas está enrojecida. Las quemaduras son reales y gravísimas. Y aún así, cuando nuestros ojos se encuentran, él no me rehúye la mirada. Sé que no ha elegido proteger a nadie, ni a mí ni a nadie.

—No pensé que… —empieza a hablar, pero se le corta la voz—. Dionna, no pensé que alguien me elegiría.

—Siempre estaremos para protegernos —respondo con una sonrisa triste.

No cambiaría mi elección ni ahora que sé la suya, pero duele.

A mi izquierda, Cristalith y Odrien se acercan.

Él le rodea la cintura. Un gesto tímido, pero verdadero.

Se miran como si el mundo aún tuviese algo bueno que ofrecer.

Yo los observo y en mi pecho se mezcla algo entre envidia y esperanza.

Quizá el amor también pueda ser una armadura. Quizá aún haya algo que salvar.

Sin embargo, el resto de finalistas no parecen tan contentos. Los murmullos crecen. Algunos nombres son pronunciados con rabia, desprecio y acusaciones.

—Traidor.

—Egoísta.

—Cobarde.

La voz de Plein vuelve a oírse.

—Hoy no habrá cena colectiva. Cada uno de los Aspirantes finalistas cenará en su habitación asignada.

A primera hora de la mañana partiremos hacia la Ciudadela de Cristal.

Mañana será un gran día: el último baile antes de la última gran prueba —dicta sentencia y sale de la sala ondeando su túnica, como si no nos hubiese dejado a todos una marca en la frente.

Nos quieren marcados como ganado. Nirelia, por ejemplo, nos ha analizado desde el principio. ¿Qué influencia habrá tenido ella en la elección de Sándor? Menuda hija de puta. Ahora le será incluso más fácil separar el grano.

◆◆◆

Las luces encantadas parpadean en modo reposo, estoy sentada al borde de la cama. Jamás me había imaginado que algún día estaría dentro de este palacio cuando lo admiraba desde fuera hace años.

Camino hacia el escritorio, me dejo caer en la silla y saco la peonza.

La madera está más fría de lo que recordaba y más suave también.

La acaricio con los dedos y siento la muesca.

Mi familia siempre ha sido el amor más grande que he sentido y el dolor más fuerte también.

Un sentido de responsabilidad autoimpuesto.

Como si tuviese la necesidad de arreglar lo que alguien más rompió.

La coloco sobre el escritorio.

Respiro hondo y la hago girar. Al principio gira bien, con firmeza, pero pronto se tambalea. Vacila y se sacude levemente hacia un lado, luego hacia el otro. Y finalmente cae. Rodando sin fuerza hasta detenerse dejando el leve sonido de madera sobre madera. Demostrándome que esto es real.

—No sabes rendirte, ¿eh? —murmuro, con una sonrisa triste.

Apoyo primero los codos y poco a poco voy dejando que la frente toque la madera del escritorio.

La habitación huele a vela gastada y a tela limpia.

Podría quedarme así horas; y sin embargo, hay una punzada constante dentro de mí.

Como cuando se te ha olvidado algo, pero no recuerdas exactamente el qué.

La imagen de mi madre: despeinada, rota y gritando. Kiri. Mi elección y saber que nadie me ha elegido a mí. Todo a la vez. Como si estuviesen montados en una atracción de sillas giratorias y yo los mirase desde fuera. Me echo hacia atrás. Me levanto, arrastrando la silla sin ningún cuidado.

No puedo seguir así. No con esta incertidumbre comiéndome por dentro. Mañana por la mañana partimos hacia la Ciudadela de Cristal. La última etapa. El corazón podrido del juego.

Y yo necesito respuestas.

—Tengo que encontrarlo. —Se me escapa fuera de mis pensamientos.