XIX #2
La reconozco por la marca lateral. Esa muesca curva y mal hecha que hice yo cuando tenía doce años.
Lancé la peonza de Kiri con demasiada fuerza y rebotó contra la pata de la mesa.
Ella pensó que se había roto y lloró durante horas.
Recuerdo que le tallé una marca para que «nunca olvidásemos que hasta lo que está roto puede volver a girar».
—Es la peonza de Kiri —susurro, sintiendo que algo en mi estómago se desploma.
Van a ir a por ella.
Sándor aparece en la proyección unos instantes después.
Su rostro, endurecido por el dolor, aparece junto a una pequeña figurilla de madera tallada en forma de oso.
Tiene los ojos pintados en azul desteñido.
Lo mira un segundo y baja la cabeza. Cristalith aparece un rato después.
Su objeto es un prendedor en forma de pluma.
Es de plata, con un pequeño grabado en la base.
Odrien es el siguiente: una esfera de cristal reluce tenuemente al lado de su imagen.
—¿Qué es eso? —pregunto.
—Me la regaló Darik. Antes de su Tríada. Me dijo que si algún día el mundo se volvía insoportable, me bastaba con mirar dentro para recordar que había belleza. Que no todo era dolor. Nunca llegué a mirar qué había dentro, porque la tiré. La tiré al puto río.
—Y ahora tienes que encontrarla —murmura Cristalith mientras se apoya en su hombro—, y mirar dentro.
La proyección sigue mostrando, uno a uno, todos los objetos. Hay cartas, piedras pintadas, brazaletes de tela, dibujos arrugados, zapatos pequeños, libros sin tapa…
—¿Cómo lo saben? —pregunto en voz baja—. ¿Cómo es posible que sepan todo esto? No recuerdo haber hablado nunca de la peonza.
—Porque ya no hay límites —responde Cristalith—. Alguien, en algún lugar, está abriendo cajones de nuestras vidas mientras dormimos. Lo saben todo, chico…
Nos apartamos de la plaza. Las palabras de Plein vuelven a mí como un eco: «uno que nadie más pueda reclamar como propio».
—¿Y qué pasa si alguien encuentra nuestro objeto y nosotros no lo llegamos a tocar? —pregunto.
—Supongo que entonces no llegas al altar —responde Odrien.
Cristalith le pone una mano en el hombro y se gira hacia mí.
—¿Sabes dónde buscar tu objeto? —me pregunta—. Juegas con ventaja: es tu tierra.
—Tengo una ligera idea —respondo—. Pero Plein dejó claro que no importa que estemos en Galimatea; buscad en un lugar similar. Odrien, ve hacia el norte: hay un río a unos cinco kilómetros.
Miro hacia el este, hacia las calles que llevan al barrio viejo, donde está nuestra casa.
El parque de piedra del puerto. La fuente con el delfín.
Los bancos de madera astillada donde Kiri y yo jugábamos mientras mi madre vendía miel en los puestos de la plaza menor.
Si la peonza está en algún lugar, estará allí. Y sin decir nada más, echamos a andar.
Las piedras del suelo ya no son las mismas, aunque mis pies insistan en reconocerlas.
La magia ha cambiado Galimatea, la ha embellecido para los ojos de los que no conocen su alma, pero no puede engañarme del todo.
Bajo el velo brillante de los hechizos, mi ciudad sigue ahí.
Rota y escondida como un animal herido que no se deja tocar. Escucho los susurros de la magia.
Bordeo la vieja biblioteca, cuyos muros de piedra están ahora cubiertos de hiedra y musgo, como si la naturaleza hubiese intentado tragarse los recuerdos que dejamos atrás, pero yo los veo todos.
—Ahí —murmuro, no sé si para las proyecciones o para los nobles que aún puedan verme útil, rozando con los dedos una grieta larga en la base del muro—. Aquí se escondía Kiri cuando jugábamos a los ladrones. Yo era demasiado mayor, pero siempre intentaba estar ahí. ¿Cuántas veces te fallé, Kiri?
Recuerdo sus risas. Su vocecita temblando de emoción cuando creía que podía engañarme. Su pelo rubio y largo, siempre despeinado y lleno de ramitas. Yo le decía que no era una ladrona muy buena si gritaba cada vez que se agachaba.
—Y ahí —sigo, bajando la mirada hacia la verja oxidada que bordea el lateral—, Hollieth decía que podía oler el miedo de los demás. Con tres años decía que olía el miedo de la gente y veía el color de todo el mundo.
El metal está tan corroído que una parte se ha caído. Me agacho. Aún huele a tierra húmeda. Me arde algo en el pecho cuando veo el muro.
—Aquí fue donde mis compañeras del colegio y yo, tontas e inocentes, dibujamos con carboncillo los nombres de las mascotas de la Fundadora: «Lux», «Argon», «Talía» —sonrío y sigo contando historias insignificantes para la mayoría, pero que cambiaron la química de mi cerebro en su momento—.
Cada una hizo un dibujo. Yo hice uno de Talía, una gata enorme y peluda, con corona incluida.
Nos castigaron por «blasfemia creativa».
Nos hicieron borrar los dibujos con agua fría y luego recitar cien veces los mandamientos del silencio.
—Si van a averiguar todos los momentos de mi vida, mejor se los doy ya masticaditos—.
Nos reímos igual, la verdad. Esa noche, en casa, Kiri me pidió que le dibujara a Talía de nuevo.
Hoy no hay risas. Ni dedos manchados de tiza. Ni secretos al atardecer. Hoy solo hay piedras frías y un vacío que se expande como una grieta dentro de mi corazón.
Me detengo frente al callejón trasero de la biblioteca.
—Es aquí, ¿verdad? —Pienso en voz alta, sigo con mi monólogo con audiencia, porque sé que la hay—.
Kiri tenía cinco años y yo catorce. Ella dijo que quería esconder su «tesoro».
Llevaba días recogiendo objetos «valiosos»: una piedra brillante que encontró en el río, pelo de mamá que recogió del cepillo, una pluma azul que alguien dejó caer en la plaza, una moneda de la cartera de papá y «la peonza rara de Dio», dijo.
—No puedo evitar sonreír pensando en sus ocurrencias—.
«Para cuando me vuelva grande y lo olvide todo», me confesó.
Y yo me reí. —Me giro hacia todas partes buscando desde dónde están proyectando—.
Kiri, si me estás escuchando, fingí que no me importaba, que los secretos de hermanas pequeñas eran cosas de niños, pero quiero que sepas que volví al día siguiente.
Abrí la tierra con las manos y metí una flor seca dentro de la caja, porque habías puesto a todos dentro, pero te olvidaste de ti —digo con lágrimas corriéndome libre por las mejillas, pero sosteniendo una sonrisa amarga—.
No te lo dije nunca, pero ahora estoy aquí y creo que llego tarde. Lo siento tanto, Kiri…
Me arrodillo. La tierra está húmeda y cede con facilidad. Mis dedos encuentran lo que buscan: un borde metálico y oxidado. Tiro con cuidado. Abro la caja y ahí está: la piedra, la pluma, el pelo rubio de mi madre, la moneda de mi padre, la flor, y la peonza.
Justo antes de rozarla con los dedos, la realidad me parte en dos.
—¡¿Dónde está Kiri?!
La voz me atraviesa como un disparo. Me giro, el corazón encogido, el mundo tambaleándose a mi alrededor. No puede ser. No debería ser…
Ahí está mi madre. Despeinada, ojerosa, con los pómulos hundidos y la mirada perdida. Su abrigo está mal abrochado y los zapatos manchados de tierra. Ha corrido, ha llorado y ahora está de pie delante de mí como un espectro de mi propia culpa.
—¡Se la llevaron también a ella por tu culpa! ¡Kiri! ¡Mi pequeña flor! ¿Qué coño has hecho, Dionna?
No tengo aire. No tengo voz. Juraría que no tengo peso que me ancle al suelo. Me voy a desmayar.
—Mamá…
La palabra no sale apenas. Mis labios tiemblan. No. Todo mi cuerpo tiembla. ¡Kiri! El nombre se me clava en la garganta como un cuchillo y me desgarra por dentro. Trato de explicarme, de extender la mano, de decirle que yo no... que no lo sabía... que ni siquiera he tenido tiempo de…
La peonza vibra y hace que mis dedos acaben rozándola.
Un haz de luz se desprende de ella. Un tirón brutal me absorbe hacia el cielo y el grito de mi madre se congela en el aire, justo cuando extiende los brazos hacia mí.
No llego a ver su expresión final. No llego a saber si iba a abrazarme o a darme un bofetón.
La luz lo traga todo. A ella. A Galimatea. A mí. Y de pronto…
Silencio.
Estoy sola. El suelo es negro absoluto y el cielo es un vacío imposible.
Solo hay un altar.
«El Altar de la Doble Elección».
Frente a mí, sobre una losa flotante de piedra, descansan dos cálices. Uno tiene un brillo azul, hipnótico y tranquilizador. El otro, dorado y ambicioso.
Mi pecho arde. Sigo pensando en qué coño acaba de pasar. ¿Qué hacía mi madre ahí? Pasó lo mismo con todos nosotros. Si mataron a la madre de Cristalith, podrían haber matado a Kiri también.
Me tambaleo hacia el altar.
Siento que el suelo no debería sostenerme. Que el aire no debería dejarme respirar.