Aethrya La Tríada XIX
74%

XIX

Dionna

N o he dormido nada.

—Hora de activar el protocolo de desplazamiento. Despegamos hacia Galimatea en treinta minutos.

—Galimatea … —susurro, más para mí que para él.

Clummy se queda de pie, recto como una estatua con personalidad programada.

—Clummy… —digo mientras me acerco a la pequeña mesa de la habitación y comienzo a recoger mis cosas—, dime algo. En otras Tríadas... ¿alguna vez se ha dañado a los familiares de los aspirantes?

Él titubea. Bueno, lo que es titubear para Clummy: una pausa de dos segundos exactos con los ojos ligeramente más brillantes de lo habitual.

—Las probabilidades de agresión directa a familiares de aspirantes son estadísticamente nulas. En los archivos disponibles de los últimos doce ciclos triádicos, no se registran incidentes dirigidos hacia vuestro entorno directo.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Roza la imposibilidad matemática, dejando un margen de error potencial.

La Tríada, por cruel que sea, es noble y busca almas individuales que voluntariamente quieran formar parte del equilibrio del continente.

Competencias personales, no masacres familiares.

Si lo hiciera, el sistema colapsaría en una generación.

—Ya no es potencial —susurro mientras termino de escoger lo que me voy a poner hoy.

Clummy no responde.

Elijo ponerme un mono marrón, ceñido, funcional, sin adornos. Me lo pongo con movimientos automáticos. Mis botas a juego están justo al lado de la puerta, ya limpias y listas, como si alguien hubiese querido recordarme que da igual lo que pase: hay que estar presentable para el fin del mundo.

—Mi familia está en Galimatea —le digo, sin mirarlo.

—Confirmado.

—Y si los atacan, dejará claro que no es una imposibilidad matemática.

Clummy gira la cabeza hacia mí con un gesto casi humano.

—No. Será una tragedia.

Voy a volver y como toquen a los míos, juro por la Fundadora, que le prendo fuego a la mismísima Ciudadela de Cristal. Acabaré con cada uno de los miembros de la familia real desde dentro y después de hacerlo, me quedaré con hambre de más.

◆◆◆

—Creo que nos están usando —le digo a Sándor, que está sentado junto a mí en el Alvéolo—.

Como marionetas con cuerdas de carne y sangre.

Tú, tu padre. Cristalith, su madre. Odrien, su hermano.

¿Qué sigue? ¿Mi madre? —Los ojos empiezan a quemarme y mi visión se vuelve borrosa— ¿Mi hermana pequeña, Kiri?

Odrien cierra el cuaderno de un golpe seco.

—A Kiri no la van a tocar —dice, con una certeza que no sé de dónde saca.

—¿Y por qué estás tan seguro? —Las lágrimas ya me caen por las mejillas sin que pueda contenerlas.

—Porque si lo hacen, me juego el cuello a que tú vas a hacer arder este continente.

Desde el principio han tenido un trato especial contigo —dice mirando a su alrededor—.

Con nosotros incluso, el tema de los boletos no fue aleatorio, ¿o es que creéis que sí?

Estamos aquí por algo. Nos castigan por algo —pausa su monólogo rebelde en seco y me mira fijamente—, pero a ti…

—Suelta un suspiro antes de seguir hablando—. Contigo pasa algo más.

No digo nada. Me limito a asentir, porque sé que tiene razón. A cualquier otro ya lo habrían colgado de una pica el primer día que decidí que era buena idea mirar al rey en la Marcha de Presentación.

—Si tocan a Kiri —repito, despacio—, no va a quedar piedra sobre piedra en la Ciudadela. Y lo digo en serio. —Me seco las lágrimas con rabia—. Conmigo pueden hacer lo que quieran, pero a los míos no me los tocan.

El vagón da un pequeño salto. Cristalith se balancea, pero no pierde el equilibrio.

—Lo peor de todo —dice ella, clavando la mirada en el vacío— es que no sé si eso sería justo. Si destruirlos solucionaría algo.

—Sí lo sería —dice Odrien.

—Lo sería para mí —digo asintiendo con la cabeza.

Entonces el vagón comienza a reducir la velocidad. Las luces cambian de tono a un azul tenue que anuncia la inminente llegada.

—Vamos a ver lo que queda de Galimatea —murmura Sándor.

—No digas eso —le pido.

—¿Por qué no? —replica—. ¿Qué esperas ver?

—Espero ver a mi madre viva, a mi padre cabreado y a Kiri sin cicatrices. Espero ver mi casa tal y como la dejé.

Cristalith me mira de soslayo.

—¿Y si no lo está? —pregunta.

—Entonces ya no habrá nada que salvar aquí dentro —respondo tocándome el pecho.

Odrien guarda el cuaderno con cuidado en su mochila. Sándor se echa el abrigo por encima de los hombros. Cristalith se ata las botas con lentitud. Nadie dice nada más.

Galimatea nos espera.

Las puertas del Alvéolo se abren a las doce en punto, exactas como un latido de reloj. Ding, dong. Oeste de Galimatea: la parte más fea de todas. Mi hogar. En donde lo más característico es este frío que se te mete bajo la piel y te hace dudar de si todavía te corre sangre por las venas.

Bienvenida a casa, Dionna. Si es que esto sigue siendo casa.

Caminamos en fila hacia la Plaza Alta, donde el gran reloj con su esfera de cristal negro domina la vista como un ojo inmóvil.

Todo está cambiado. Parece que está embellecido con magia, modificado para parecer más imponente, más majestuoso.

Pero debajo de los encantamientos, reconozco la piedra agrietada de la fuente central, las farolas de hierro forjado que una vez sostuvieron guirnaldas durante las Fiestas del Sol.

Galimatea sigue siendo Galimatea, aunque ya no me pertenezca.

Me agarro al brazo de Sándor.

—Dionna —murmura—, ¿estás…?

—Estoy —respondo, sin mirarlo.

No puedo estar de otra forma.

Las calles por las que caminamos están limpias como quirófanos.

No hay nadie recibiéndonos. Solo podemos intuir sombras detrás de ventanas, puertas entreabiertas y algunos vecinos que nos miran desde los balcones.

Los que son sorprendidos de camino a algún otro lugar y me reconocen, bajan la vista o cruzan la calle.

Como si el solo hecho de verme les diese mala suerte.

¡Hogar dulce hogar!

—¿Esa te conocía? —pregunta Cristalith, señalando discretamente a una mujer que arrastra a su hijo hacia un callejón estrecho.

—Lo hacía sí —contesto—. Solía darme pan dulce cuando era pequeña.

Soy una mancha. Una grieta en su falsa fachada perfecta. A saber qué les habrán enseñado en las proyecciones. Si supieran lo que se avecina, me colgarían antes del anochecer.

—¡Bruja Hereje! —grita una niña, no mayor que Kiri.

Me lanza una piedra, que, por suerte, no me da. Su madre le riñe, pero me mira con un odio que no entiendo. Me detengo un segundo. Aprieto la mandíbula, pero no digo nada. ¿Bruja? Hace siglos que no se ha documentado la existencia de una y desde luego yo no soy una de ellas.

—Puta niña… —mascullo entre dientes y continúo caminando.

El reloj da una sola campanada cuando llegamos al centro de la plaza.

Los Arcanistas ya están allí. Uno de ellos da un paso adelante.

Reconozco su cara; ha supervisado casi todas nuestras pruebas, pero nunca ha hablado directamente con nosotros.

Me han dicho que es el Arcanista Plein: el que lleva los asuntos reales más de cerca.

Su capa se agita con el viento de la mañana.

—Aspirantes —dice con voz clara—. Bienvenidos a la penúltima etapa de vuestra travesía.

Galimatea ha sido modificada para este desafío.

Vuestra tarea es como todas las demás: sencilla.

Tendréis que encontrar un objeto personal.

Uno que os pertenezca solo a vosotros y que ningún otro aspirante pueda reclamar como propio.

Odrien frunce el ceño.

—¿Objeto personal? —murmura solo para nosotros.

—Será un objeto de vuestro pasado —continúa Plein—.

Algo que estará escondido en algún rincón de la ciudad.

Pensad con claridad: ¿dónde lo visteis por última vez?

Que no os confunda la región, todo Aethrya es una, todo el continente comparte el mismo corazón, las mismas plazas, tiendas y costumbres.

Cuando lo toquéis, seréis transportados automáticamente al Altar de la Doble Elección.

—¿Qué altar es ese? —me pregunta Sándor por lo bajo.

Me encojo de hombros. No tengo ni idea. Supongo que ahora lo explicarán.

—Allí —prosigue el Arcanista ignorando los cuchicheos que se han despertado entre los Aspirantes— se os presentarán dos cálices.

Uno encierra una posible ventaja para la prueba final…

—Retuerce su gesto en lo que parece una sonrisa benévola, aunque no parece lograrla del todo— O un castigo en forma de graves quemaduras mágicas.

Poder o daño, mismas probabilidades. El otro no concede poder alguno, pero sí una salvaguarda para un compañero: esa persona quedará protegida de alguna manera en la última prueba.

Silencio.

—¿Y esa elección es privada? —pregunto en voz alta, notando cómo se me clavan todas las miradas en cuanto termino de formular la pregunta.

—Nadie os verá escoger —dice sonriendo—. Buena suerte, Aspirantes. El tiempo ha comenzado.

—¿Qué cojones vamos a buscar? —masculla Sándor, mirando en todas direcciones.

El aire cambia antes de que la magia se active.

Lo noto en las partículas de polvo a mi alrededor.

Uno de los Arcanistas que se quedaron atrás alza ambas manos al cielo, y una proyección holográfica se alza desde el centro de la plaza.

Una gran esfera flotante se abre como un libro, mostrando uno por uno los rostros de los Aspirantes finalistas, con nuestros nombres grabados debajo en letras doradas.

Y junto a cada uno, suspendido en el aire, aparece el objeto que debemos buscar.

Cuando mi cara aparece como una versión cansada y pálida de quien fui, no puedo evitar contener el aliento al ver el objeto que flota a mi lado. Una pequeña peonza de madera. Desgastada, ya sin color, con una pequeña muesca en uno de sus lados. Mi corazón se detiene.

—Kiri… —susurro, antes de poder frenarlo.