Aethrya La Tríada XVIII #3
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XVIII #3

Salimos a la plaza central del complejo.

Aún quedan tonos anaranjados de la tarde extendiéndose por los muros.

Un viento suave arrastra el olor a tierra húmeda y hojas marchitas.

Por un instante, parece un lugar normal.

Uno donde la gente podría simplemente vivir.

Nos dirigimos al bar del pabellón oeste, donde los Arcanistas permiten la entrada a finalistas bajo supervisión.

—Si esto es lo que queda de nosotros, no sé cómo llegaremos a la última prueba —murmura Odrien mientras caminamos.

—Aún no hemos tocado fondo —respondo, sin pensar.

—¿Y cómo sabes cuándo sí lo haces? —pregunta Cristalith.

—Cuando dejas de querer salir, supongo —digo encogiéndome de hombros.

Estamos justo atravesando el umbral de la plaza cuando Cristalith me desgarra con un grito que le nace de algo más profundo que el propio alma.

—¡Mamá!

La sigo con la mirada: ya está corriendo.

Sus botas resuenan en los adoquines mientras se lanza hacia el centro de la plaza.

Allí, en la fuente de piedra, cuelga un cuerpo inerte.

Una mujer de mediana edad, pelo rubio despeinado por el viento, con una túnica manchada de barro y sangre.

Sus pies desnudos están mojados. Bajo su cuerpo, el agua salpica suave con cada movimiento.

—No —digo, sin aliento.

Cristalith se lanza al interior de la fuente. El agua le llega a la cintura, pero no le importa. Tira del cuerpo, lo abraza, lo toca como si sus manos pudieran reescribir la realidad. La túnica de su madre se empapa aún más. Ella tiembla. Yo siento que algo se me desgarra por dentro.

—No puede ser… —musito.

Tres Arcanistas al otro lado de la plaza, inmóviles como estatuas, con sus ojos clavados en nosotros. No se acercan, tampoco ayudan. Solo nos miran como si de lo que hubiese que huir fuésemos nosotros. Como si no hubiese un puto cadáver colgado en la fuente.

—Los libros… —susurro.

—¿Qué? —pregunta Odrien, sin soltarme.

—Nos dijo que su madre guardaba libros prohibidos. Textos ocultos. Si sabían eso…

Cristalith sigue en la fuente, abrazando el cuerpo. Murmura cosas que no podemos oír. El agua le chorrea por la túnica, pegándosele al cuerpo. Nadie la detiene. Nadie la ayuda. Odrien y yo no sabemos qué hacer.

—Tenemos que sacarla de ahí —le digo a Odrien.

Me meto en el agua con cuidado.

—Cristalith… —le susurro—. Tenemos que irnos. No estás segura aquí.

Me mira. Tiene los ojos completamente enrojecidos, la piel empapada, las manos temblorosas. Entre Odrien y yo la ayudamos a salir. El cuerpo queda atrás, aún colgado. Ningún Arcanista se mueve. Nadie quita el cartel que tiene sobre su cabeza.

HEREJE.

◆◆◆

.Lo vemos llegar al comedor acompañado de dos sanadores, pálido, vendado hasta los hombros.

Lo seguimos con la mirada hasta que se deja caer en el banco a mi lado sin decir nada.

Cristalith sigue sin hablar, ni siquiera saluda a Sándor.

Desde que sacamos su cuerpo empapado de la fuente, no ha pronunciado una sola palabra.

La familia real ocupa la mesa central, alzada unos peldaños por encima del resto, con sus sonrisas ensayadas y su compostura intacta. Cenan como si no hubiese un cadáver aún colgado en la plaza.

La comida está servida. Es abundante y variada. Todo un despliegue de carnes curadas, frutas exóticas, panes de especias y caldos humeantes. Pero nuestros platos siguen casi intactos. Jugamos con la comida. La cortamos. La desplazamos. Pero nadie tiene hambre.

Sándor es el primero en hablar, en voz muy baja.

—¿Qué ha pasado? Nadie me ha dicho nada.

Me inclino hacia él y le cuento lo que pasó mientras él estaba en la enfermería.

—Por la Fundadora… —Apoya los codos en la mesa, el vendaje tirante sobre sus costillas le arranca un gesto de dolor.

Seredric está sentado en la mesa real, junto a su familia. Ni come ni bebe, solo me mira; como siempre. ¿Y Devrian? ¿Dónde coño está? Ninguno de los dos me ha hablado en todo este tiempo.

Algo está pasando. Algo que no vemos, pero que ya está en marcha.

—Mañana al amanecer, viajaréis a Galimatea. Será vuestro último destino antes de la prueba final —dice un Arcanista.

Galimatea.

Busco a Seredric con la mirada y lo encuentro.

No escondo mis emociones esta vez. Dejo que mis ojos digan lo que no puedo pronunciar.

Un grito de ayuda. Por favor, dime que no va a pasar nada.

Dime que todo esto tiene sentido. Que lo de Darik, lo de la madre de Cristalith, lo de Sándor, el miedo visceral que siento por dentro…

dime que todo ha sido casualidad. Dime que mi familia está a salvo.

Seredric me sostiene la mirada durante un instante. Y luego, la agacha. Es un gesto minúsculo, pero en este contexto, en este infierno donde cada pequeño gesto es un presagio, ese movimiento esquivo vale más que cualquier sentencia. No va a hacer nada. Joder.

Siento una náusea treparme por la garganta.

Miro a mi alrededor, desesperada. Busco a Devrian.

Tal vez él. Tal vez él me mire como antes, con esa mezcla de duda y ternura que me salvó.

Con ese diario que dejó para mí. Con esas promesas.

Con las donaciones a las familias de todos los caídos.

Pero no está. Ni entre los finalistas. Ni entre los sirvientes. Ni en la mesa real.

No está.

La cena continúa. Las voces alrededor siguen, pero yo ya no estoy aquí.

—Dionna, ¿estás bien? —dice Cristalith, preocupán-dose por mí cuando su propio mundo está hecho trizas.

—No —la miro fijamente a los ojos y por primera vez respondo sinceramente a esa pregunta—. No lo estoy.