Aethrya La Tríada XVIII #2
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XVIII #2

El tercer aspirante comienza. El cuarto.

El quinto. Uno logra cruzar. Dos más caen.

El puente no perdona. El sexto cruza a una velocidad increíble.

El séptimo pone un pie en el puente, se agarra a una de las lianas y se paraliza.

Solo mueve los ojos hacia su mano, la que sujeta la liana.

Su mano comienza a sangrar. Se ha pinchado con algo.

Está completamente paralizado. Su cuerpo rígido se precipita al vacío.

—Algunas lianas tienen espinas envenenadas —digo sin apartar la vista de la liana que hizo caer al chico.

—Manda huevos —suelta Sándor—. No solo podemos caernos, también pueden envenenarnos.

—¡Quedan diez minutos! —Se escucha la voz profunda de un Arcanista.

Todos los que quedamos nos miramos. Es ahora o nunca.

Tenemos que cruzar. Todos hemos decidido abalanzarnos con prisa hacia el puente.

Cada paso me arranca un gemido ahogado, pero no me permito detenerme.

Las lianas vibran con cada movimiento: una de las que piso se tuerce bajo mi bota.

Me inclino, buscando equilibrio. Extiendo el brazo para aferrarme a otra, pero en cuanto mis dedos rozan su superficie, una hilera de espinas minúsculas se despliega como un mecanismo vivo.

Me cortan la palma, pequeñas líneas rojas florecen al instante.

Aprieto los dientes. No hay tiempo para el dolor.

Detenerme es caer.

A mi lado, alguien se acerca demasiado. Un empujón, leve pero intencionado, me sacude la cadera.

Giro el rostro justo a tiempo para ver su cara: Krekk Morvhaen.

El puto engreído de la sonrisa de reptil que tiene el sello arcano.

Odrien lo llamó «el perfumado», y no porque huela bien.

Se mueve con una facilidad asombrosa, parece que se ha curado de las quemaduras más rápido que el resto.

—Apártate, desecho —escupe Krekk, sin mirarme.

Pero calcula mal. Muy mal. Intenta adelantarme justo en una sección donde la red se estrecha. Pone el pie en una liana que vibra de forma errática, como si estuviera riéndose de él. La cuerda se vuelve vaporosa y se hunde.

—¡No!

Su voz es un chillido roto, una súplica nacida demasiado tarde. Cae. La red desaparece bajo él. El abismo ilusorio lo engulle. Su silueta se pierde en la negrura, mientras sus manos arañan el aire como si pudiera trepar por él.

Humillación total.

Que se joda; no se merecía pasar.

Me deslizo por el puente rápidamente. Siento cada músculo tensarse como una cuerda a punto de romperse.

Atrás, los gritos de otros Aspirantes se desvanecen en el viento de las planicies.

Delante, el final del puente parece estar más lejos que cuando empecé.

La liana frente a mí brilla de una forma peligrosa. Tengo que encontrar un plan B.

—Fantástico —murmuro entre dientes, con el sudor metiéndoseme en los ojos—. Luz ambiental homicida. Lo que me faltaba.

La siguiente liana parece más estable, más normal.

Tan normal que me da miedo, porque para alcanzarla tendría que hacer un salto imposible desde esta cuerda inestable, con un solo pie y un brazo medio inútil.

Claro, Dionna, claro. ¿Qué podría salir mal?

Pero si mides medio metro, ¿cómo vas a saltar tanto?

Entre toda mi desesperación, veo una espina enorme, curvada en forma de gancho. Está medio metro por encima de mí, a un lado, como si alguien la hubiese colocado ahí pensando en los Aspirantes más desesperados.

—Pues aquí tienes a tu cliente ideal —le digo a la espina, y salto.

Me lanzo hacia la espina y la agarro con ambas manos. El dolor es inmediato: otra espina más pequeña se clava en mi muslo, justo donde el vendaje no me cubre y siento la sangre salir, caliente y traicionera.

—¡Joder, qué maravilla! —gimo, colgando como una muñeca de trapo que ha perdido el juicio.

Desde ahí, me impulso de nuevo. Grito por necesidad, buscando la fuerza de donde no la hay.

El dolor es un tambor en mi oído, y el viento mágico del abismo quiere arrancarme la respiración.

Me lanzo hacia la enredadera más firme. Caigo de lado: el golpe es brutal.

Mi costado hace un ruido húmedo, pero me levanto y sigo. Detrás de mí, escucho un jadeo.

Cristalith.

—¿Pero tú estás loca? —me grita.

—¡Lo suficiente como para seguir en pie!

La veo repetir mi movimiento. No exactamente igual, porque ella es más ligera, más precisa. Salta hacia la espina y esquiva la de más abajo, y con un giro casi elegante, se lanza hacia la cuerda segura. Aterriza. Rueda. Se agarra. Sonríe y le devuelvo la sonrisa.

Delante de nosotras, Sándor ya casi ha llegado. Está a un metro. Solo uno.

Un paso más.

Pero…

◆◆◆

—Al menos uno de nosotros lo consiguió —le digo a Cristalith.

Ella asiente y sus ojos brillan mirando a Odrien. Estoy en el suelo, respirando como si el aire doliese. Cuando los Arcanistas sanadores se acercan con sus pomadas brillantes y sus frases de consuelo aprendidas de memoria, ya ni me importa.

—Estás sangrando —dice uno, señalando mi muslo.

—Qué observador —respondo con sarcasmo, pero dejo que me limpien la herida. Soy desconfiada, pero no tonta.

Odrien aparece despeinado, cubierto de cortes y con las rodillas manchadas de polvo y sangre seca, pero sonriente. Sus ojos nos buscan.

—Lo conseguiste —digo, apenas audible.

—Sí —dice y asiente—, pero no fue gratis.

Cristalith se acerca, cojeando un poco. Sándor no está con nosotros. Aún está siendo tratado por sanadores que hablan en murmullos apretados, como si sus palabras pudieran coserle las costillas. No queremos acercarnos todavía. No aún, no hasta estar preparados para saber que sigue respirando.

—¿Te dieron pista? —pregunta Cristalith.

Odrien mira a su alrededor antes de hablar. Se inclina hacia nosotros, bajando la voz.

—«Solo una llave de espinas abre la flor de la verdad » .

—¿Qué coño significa eso? —musito.

Lo dicho, otra pista que no lleva a ninguna parte.

—¿Que para llegar a la verdad necesitaremos una llave? —dice Cristalith, cruzando los brazos con dificultad—. ¿Y la verdad qué es?, ¿una puerta en forma de flor? Mira, me duele la cabeza.

—Y para abrirla, hace falta dolor —añado.

Me echo hacia atrás, dejando que la pomada que arde en mi muslo se seque. Miro el cielo.

—Esto se está yendo a la mierda —digo al fin.

—¿Ahora te das cuenta? —Cristalith se sienta a mi lado. Suspira—. Cada pista es más críptica. Cada desafío, más cruel. Nos están arrinconando.

—Nos están pelando vivos —respondo—. Quitando capa por capa hasta que ya no quede nada.

—Quizás eso sea lo que quieren. Que lleguemos a esa fruta sin carne. Solo hueso —dice Odrien.

—¿Y qué clase de justicia es esa? —pregunto, sintiendo que hay una respuesta, pero no la quiero oír.

—Una que busca el equilibrio de Aethrya, todo por y para el continente —responde Cristalith, y nos mira a ambos con ojos que ya han llorado todo lo que podían.

Nos quedamos en silencio. Cerca, el cuerpo de Sándor tiembla levemente en una camilla. Tiene los ojos cerrados. Alguien dice que ha perdido mucha sangre. Alguien más dice que resistirá.

Me acerco y le agarro la muñeca con delicadeza.

—No nos vas a dejar ahora, cabrón. No después de llegar tan lejos —le digo. Me acerco a su oído y susurro—. Además tenemos mucho que contarnos sobre ciertos Valendris.

—Nos queda un desafío —dice Cristalith a mi lado.

—Y después —dice Odrien— vendrá la peor prueba de todas.

◆◆◆

—Tu piel ha rechazado parte del veneno —dice el Arcanista que nos acompaña a mí y a Sándor, mientras me embadurna otra herida en la pierna—. Eso es buena señal.

—Genial —respondo, sin entusiasmo. Al parecer sí había restos de veneno en alguna de las lianas que toqué; causando vómitos que aún cesaron hace solo un momento—. Un aplauso para mi sistema inmunológico.

El Arcanista reprime una risa que le está prohibida.

No me he apartado de Sándor en las últimas horas.

Cristalith aparece, y a su lado viene Odrien.

Algo en su cara me pone en alerta de inmediato.

Tiene la mandíbula apretada, los ojos oscuros, la mirada perdida como si acabara de ver algo que no quiere recordar.

Cristalith no se separa de él, le sujeta el codo con una mano como si temiera que se fuese a desplomar.

—¿Qué ha pasado? —pregunto de inmediato, enderezándome.

—Su madre le ha enviado un mensaje... —comienza Cristalith, con la voz baja, casi un susurro—. Su hermano Darik se ha quitado la vida.

—¿Q-qué? ¿Cómo? —la pregunta me sale sin estructura, sin saber qué quiero saber primero.

Siento como si me hubieran vaciado por dentro. Me quedo sin aire. Odrien cierra los ojos.

—Dejó una nota —dice Cristalith—. En ella decía que... que la verdad que Odrien dijo ante el espejo en la Segunda Prueba lo hizo tomar la decisión. Que prefería quitarse del medio antes que ser un peso. Que quería evitarle a Odrien el sufrimiento de verlo fracasar de nuevo.

—No fue así, no sucedió así —le digo, sintiendo cómo la rabia me sube por dentro—. Nos están atacando, Odrien. Están intentando rompernos desde dentro. Lo de Sándor. Lo de su padre. Lo de Darik ahora. Nos están mermando la fuerza. Están buscando que uno a uno nos rindamos…

—No podemos permitir que esto nos rompa —dice Cristalith—. Odrien, por favor.

—Mañana sabremos más —digo—. Mañana pre-guntaremos a los Arcanistas. A los miembros de la familia real. A quien sea. Esto no es lo que parece. Y hasta que estemos seguros... no vamos a aceptar ninguna versión que no sea la verdad.

—¿Y si no hay verdad que nos quieran contar? —pregunta Odrien.

—Entonces la encontraremos nosotros —respondo.

El aire en la enfermería se vuelve irrespirable. No por el olor a pomadas o sangre seca, sino por la mezcla de emociones que nos aplastan los pulmones. Sándor sigue inconsciente.

—Vámonos de aquí —propongo, con voz tensa—. Aunque sea a tomar algo caliente. Algo que no sepa a éter.