XVIII
Dionna
E l cielo es un corte violeta que empieza a sangrar luz entre los pliegues de las nubes. A esa hora maldita en la que ni el sueño ni la vigilia quieren hacernos caso, estamos todos de nuevo dentro de un carruaje de corceles alados, rumbo a la siguiente tortura decorada de desafío.
El cuerpo entero me pesa como si estuviese hecho de hierro mojado. Cada articulación cruje, y el vendaje en el brazo derecho ya está empezando a adherirse a la piel.
Nos convocan en el bar del carruaje. Ahí estamos todos los finalistas.
Comienzo a contar a todos los que estamos, algo no me cuadra.
Todos con la expresión de quien ha sobrevivido a un incendio y no está seguro de querer hacerlo otra vez.
Hay café. Trece finalistas. Hay fruta. Veinticuatro.
Nadie toca nada. Sólo esperamos. Treinta y uno.
El zumbido mágico del carruaje es la única conversación.
Me faltan dos. Voy a empezar a contar de nuevo, cuando un Arcanista habla.
—Dos Aspirantes han fallecido durante la noche —dice sin emoción alguna en el rostro—. Las secuelas del segundo desafío superaron las capacidades regenerativas disponibles.
Cristalith, incrédula, se lleva una mano a la boca.
—¿Murieron? —se me escapan las palabras de los labios sin previo aviso— ¿Pero no se suponía que los desafíos no eran letales?
—No lo son, pero sus consecuencias a veces escapan a nuestro control inmediato —dice sin inmutarse.
Ni siquiera parpadea el muy cabrón—. Lamentamos profundamente esta pérdida.
Aunque, lamentablemente, no podremos hacerles el mismo tributo que al suicida.
Ya hemos otorgado demasiados días de descanso.
¿Acaba de referirse a Ernys como «el suicida»? ¿Es una puta broma?
—¡¿Y ni siquiera pensáis decir sus nombres?! —espeta Odrien, con la voz ronca de sueño y rabia.
No recuerdo sus nombres, ni sus caras. Me negué a aprender sus nombres y ahora simplemente son números a restar de un total. Aún así, alguien los habrá llorado. Alguien sabrá que se fueron aquí, sin tributo ni tumba, reducidos a estadísticas para un discurso vacío.
—Venga hombre, no me jodas... —masculla Sándor, hundiéndose más en su asiento.
Tiene que ser una broma.
◆◆◆
Las Planicies Susurrantes se extienden hasta donde alcanza la vista. Hierba alta mecida por un viento constante. Un murmullo perpetuo que no se calla nunca. Y más allá, en la bruma del horizonte, los límites invisibles con las Montañas Forjafuego.
Los Arcanistas nos conducen en fila, como si no acabásemos de perder a dos compañeros más. Empezamos ciento cincuenta. Somos solo treinta y uno y actuamos como si no nos costase dar cada paso. Como si nuestros cuerpos no estuviesen aún medio cocidos por dentro.
—Echo de menos a Clummy —murmuro, sin mirar a nadie.
La frase se me escapa, como si los demás ya llevasen un rato escuchando la conversación que mantengo en mi cabeza. Odrien gira la cabeza.
—¿Qué has dicho?
—Que echo de menos a Clummy, mi cluam, ¿por qué no nos han acompañado? —pregunto, esta vez con intención—. Incluso dormiría a su lado si eso me garantizase no pasar otra noche en esos infiernos encantados con alas.
Cristalith suelta una carcajada breve, seca, pero sincera.
—Si es que los cluams duermen... —comenta Sándor, medio en broma, medio en serio.
—Estoy dispuesta a descubrirlo. —Me masajeo el cuello, que lleva dos horas en una posición antinatural—. Lo juro, me basta con que no ronque y que tenga un cuerpo con temperatura estable.
—Ah, así que buscas compañía para las noches solitarias que te mantenga la cama caliente —dice Odrien con una sonrisa burlona en los labios—. Hay quien ya tiene eso —dice mirando a Sándor.
—¿Cómo? —pregunto casi en un grito— ¿Duermes con tu cluam?
—¿Qué? —Su tono es incluso más alto que el mío, mira hacia los lados, fija la mirada en Odrien y baja la voz—. Te dije que no contases nada.
— Ooops. —Sonríe Odrien, encogiéndose de hombros.
—Vio a Nirelia salir de mi cuarto esta mañana, pero no significa nada.
—Algún día tendrás que contárnoslo todo o tendré que hacerte daño. —Lo señalo con el dedo.
Se para en seco. Los tres lo imitamos y nos quedamos algo atrás. Me mira con una especie de sospecha que me vacía por dentro.
—Cuando nos digas por cuál de los Valendris te acabas decantando tú.
Ninguno dice nada. La vergüenza que me sube a las mejillas lo dice todo. Comienzo a caminar y ellos me siguen el paso. No puedo decir nada. ¿Cómo coño lo sabe? ¿Lo sabe Nirelia?
—Éramos ciento cincuenta —murmura Cristalith, casi sin voz, cambiando de tema. La adoro por eso y una cuantas cosas más.
—Y ya solo quedamos treinta y uno —continúa Sándor.
Yo creo que ya no puedo decir una palabra.
Sigo notando el calor de la vergüenza en la cara.
Una pierna delante de la otra. ¿Qué coño pasa con Nirelia?
Es injusto por mi parte exigirle respuestas a Sándor; lo mismo podrían pensar de mí con Devrian o con Seredric —si alguien nos hubiese visto, ¿nos habrá visto alguien?
—. Qué maravilla, tengo ya el letrero de «puta» en la frente y ni siquiera me he dado el gusto.
Llegamos a una llanura en medio de la nada, muy lejos del primer pueblo.
A un lado y otro, dos plataformas elevadas emergen de la tierra: planas, rectas y sin bordes protectores.
Entre ambas, suspendido sobre lo que parece el fin del mundo, se extiende un puente; siendo «puente» una palabra generosa para semejante monstruo.
Se trata de una red de lianas negras, trenzadas entre sí con una lógica que no obedece a la gravedad.
Vibran, se contraen, se retuercen con cada ráfaga de magia que flota en el aire.
Y están cubiertas, todas, de espinas gruesas como dientes de un depredador. Algunas incluso parecen vibrar.
Bajo el puente hay un abismo. Un pozo sin fondo que no es real, o eso dicen. Una ilusión, explican. Una ilusión tan perfectamente construida que si la mirada se te resbala dentro, hasta ella siente vértigo.
—¿Eso es una ilusión? —pregunta Cristalith a mi lado.
—Sí —responde uno de los Arcanistas, sin ofrecer más detalles.
—Pues me parece muy real —dice Odrien, entre dientes.
Una vez arriba, en una de las plataformas, nos quedamos todos mirando ese desastre suspendido. Un Arcanista comienza a hablar:
—El objetivo es simple: cruzar al otro lado.
Venga, hombre, acuéstate y suda. Simple dice. Si le cortas, no sangra el tío este.
—Cada paso requerirá tensión absoluta. Las lianas reaccionan al peso, al calor y a la duda. A veces se volverán vaporosas. A veces se tornarán rígidas como hueso. Si caéis, no moriréis; pero no podréis volver a intentarlo.
Me muerdo el interior de la mejilla.
—¿Hay algún orden de paso? —pregunta alguien del fondo.
—No. Pasad cuando estéis preparados. O cuando alguien os empuje. Tenéis veinte minutos.
Genial.
Sándor suelta una carcajada breve, sin alegría. Es más un estallido de incredulidad que otra cosa.
—Me encanta cuando los desafíos son tan acogedores —dice.
—Al menos esta vez no estamos ardiendo vivos —comenta Cristalith, intentando encontrar algo de humor donde no lo hay.
—De momento —responde Odrien.
Sigo sin hablar. La red se sacude con una corriente mágica súbita. Uno de los Arcanistas hace un gesto. La prueba ha comenzado.
Uno de los Aspirantes —un chico delgado que no conozco bien, pelo oscuro, bajito y con cara de haberse metido algo ilegal en el cuerpo— da el primer paso.
Avanza un paso más. Una de las lianas bajo su pie se transforma en vapor.
El chico reacciona a tiempo, se apoya en otra y la red lo admite.
Las espinas se agitan, pero no le rozan.
Sigue, tenso como una cuerda, cada músculo alerta.
El sudor le cae en gotas que desaparecen en el abismo.
Y poco a poco, paso a paso, lo logra. Llega al otro extremo.
Los murmullos empiezan: crece la esperanza. Si alguien lo ha conseguido, los demás también podemos. No parece tan difícil.
—La tercera liana del segundo tramo se disuelve al segundo paso —dice Cristalith
—¿Estás analizando el patrón? —no puedo evitar preguntar.
—Por supuesto. No eres la única que sabe hacerlo. —Me sonríe—. ¿Vas a esperar a que pasen más para aprender de sus errores?
—¿Acaso tú no?
—Tonta todavía no soy.
Una chica lo intenta. Una que sí reconozco: Liora Vanthale.
La pequeña gigante que estuvo a nuestro lado en el desafío del bosque, pero no nos ha vuelto a hablar.
Se mueve como si ya hubiese recorrido este camino antes.
Esquiva una espina con un salto imposible.
Cae con un solo pie sobre una cuerda que se dobla y la arroja al vacío.
Se desvanece. Un zumbido mágico indica que ha sido recogida por el sistema de contención. Está viva, pero fuera.
Odrien silba entre dientes.
—Vale, eso fue rápido.
—Todavía puedes decidir no hacerlo —dice Cristalith mirando como seco mis manos a la ropa.
—¿Y perderme la oportunidad de cortarme las manos con espinas vibrantes a cambio de una pista absurda que no me llevará a ninguna parte? Jamás —le digo.
El sarcasmo es lo único que me mantiene cuerda.
—Estadísticamente, según mi cluam, el éxito general depende de tres factores: agilidad, reflejos, y templanza emocional —dice Cristalith.
—Entonces estoy jodida —respondo—. No tengo nada de eso.
—Tienes siempre habilidades complementarias escondidas —las palabras de Sándor parecen tener un doble sentido, ¿pero qué coño le pasa conmigo?
Lo miro, pero él solo mira hacia el puente.
—¿Eso es una forma bonita de decir que improviso con estilo?
—Exacto —dice y esta vez sí me mira. Ambos sabemos que no se refería a eso.