Aethrya La Tríada XVII #3
68%

XVII #3

El agua le golpea y las llamas silban como serpientes muriendo.

El vapor se eleva. El círculo se llena de bruma hirviente y ceniza.

Mi otro yo se apaga poco a poco. Primero los ojos, luego las manos, después el pecho.

Hasta que no queda nada. Ni fuego. Ni sombra.

Solo vapor y el olor amargo de lo que alguna vez quiso ser algo más que yo.

Caigo de rodillas. Mis brazos tiemblan. Estoy empapada, cubierta de ceniza, el uniforme rasgado, la piel del brazo quemada y roja como carne expuesta al sol de la Fundadora.

Inspiro.

Expiro.

Inspiro.

Expiro.

Los Arcanistas a otro lado del circulo apagado no se mueven. No hacen el menor gesto para ayudarme. Solo me observan. Uno de ellos asiente. Asiente, el muy hijo de su madre. Como si yo fuese un puto experimento que ha resistido más de lo previsto. Como si esto fuera un resultado medible.

He estado a punto de morir en un desafío. He gritado hasta romperme. He tenido que mirarme a mí misma y luchar contra todo lo que odio de mí. ¿Eso ha sido solo un desafío? ¿No era la tercera gran prueba? Porque duele como una.

Me llevo la mano al pecho, aún jadeando. Siento los coletazos de ese tirón. Una energía que no había sentido así nunca. Me tumbo boca arriba y comienzo a escuchar pasos. Alguien me arrastra fuera del círculo. No puedo moverme; me mueven como un objeto más del ritual.

◆◆◆

El ungüento que me aplican los Arcanistas tiene olor a menta y ceniza. Me arde al tacto. Dicen que está hecho para calmar y regenerar la piel, pero no alivia el dolor que se ha quedado bajo ella. Ese no se toca con bálsamos.

Estoy sentada en una camilla de piedra templada, envuelta en un manto de lana basta, mientras uno de los sanadores revisa mis quemaduras sin mirarme a los ojos. Su rostro está cubierto. Todos los Arcanistas se parecen: silenciosos, meticulosos, demasiado seguros de que lo que hacen está bien.

Me limito a respirar y contar los segundos entre una aplicación de pomada y la siguiente. Simplemente finjo que el temblor de mis dedos es solo por el esfuerzo, no por todo lo que esa cosa dijo. Alguien se acerca a mí, pero no me giro a mirar quién es.

—«El agua calma las llamas de la ira; la sangre real calma las del destino» —susurra una voz grave a mi oído.

Se aparta antes de que pueda preguntar. Antes de que mi cerebro comprenda. Se desliza entre las sombras del pasillo como si nunca hubiese estado allí.

—¿Qué...? —balbuceo, pero ya no está.

«El agua calma las llamas de la ira; la sangre real calma las del destino». ¿Qué significa eso? ¿Sangre real? ¿Está hablando de linaje? ¿De... de Seredric? ¿De Devrian? ¿De la Reina Madre y la grieta que vi en sus ojos? ¿O es una metáfora?

No sé cuánto tiempo pasa antes de que me permitan moverme. Caminando con dificultad, con el brazo vendado y el cuerpo aún dolorido, me uno a los demás. Mis amigos están en un banco de piedra.

—Dionna —dice Cristalith en cuanto me ve. Sus manos están envueltas en vendas delgadas, sus uñas negras, casi fundidas con la carne—. ¿Estás…?

—Sí —respondo. No digo «bien»; nadie está bien.

Odrien apenas alza la mirada. Tiene un vendaje alrededor del pecho y respira con dificultad.

—Tienes los ojos distintos —dice sonriendo.

—Tú también —respondo sin sonreír—. ¿Conse-guiste la pista? —le pregunto.

Él asiente despacio.

—«La verdad cruda, personal, no se puede compartir, no se escribe sobre ella y duele más que una herida abierta».

—¿Cómo? A mí no me dieron esa —susurra Odrien, con la voz ronca—. «Mira dentro de ti mismo, aunque te odies por lo que sea que encuentres».

—La mía —dice Cristalith, apretando los labios— era: «Hay sacrificios inevitables: elige perder algo que amas para salvar algo que apenas entiendes».

Trago saliva.

—Y la mía... —susurro— decía que la sangre real calma las llamas del destino. O algo así.

Los tres me miran. Sándor es el primero en hablar:

—¿Sangre real?

—Eso me dijo un Arcanista —comienzo a hablar, frotándome las manos contra el mono como si quisiera arrancarme algo invisible de la piel—. No sé qué significa.

—¿Qué puede significar todo esto? Ahora nos dan pistas diferentes, ¿por qué? —dice Cristalith mirando a su alrededor—. Treinta y tres entramos y vimos esa cosa, pero solo diecisiete llegamos a ver el pozo.

—¿Y cuántos usamos el agua? —pregunto.

—Siete —responde Sándor.

Nos miramos buscando quién será el siguiente en hablar. Solo siete tienen una pista. Cada uno con una frase distinta. Un mensaje distinto y personal.

◆◆◆

La noche se cierne sobre las Montañas Forjafuego con un peso distinto al del resto del mundo. Nos alojan en unas estancias amplias, excavadas directamente en la roca. Dentro, parece que este es el único lugar donde hay cabida al lujo.

La cena es en un salón de techos abovedados bajo tierra, lámparas de aceite suspendidas de cadenas negras, una mesa larga con manteles y bandejas de plata con comida humeante. El ambiente debería ser distendido, después del día que hemos tenido, pero la tensión no se ha evaporado con el fuego.

Nos sentamos mezclados: finalistas, Arcanistas y miembros de la familia real. Pretenden crear un ambiente en el que nos relajemos. Hasta nos han dicho el siguiente destino antes de que partamos como recompensa a casi habernos cocinado vivos.

—Primero mi tierra —dice Sándor, con un gesto que mezcla ironía y resignación, y señala a Cristalith y Odrien—. Ahora la vuestra —añade, sin levantar la vista del plato.

Yo pincho una patata asada sin llegar a llevármela a la boca.

—Y si el siguiente es en Galimatea… —digo, en voz baja— entonces esto ya no es casualidad.

Sándor se recuesta en su silla, entrelaza los dedos y observa a todos con los ojos entrecerrados.

—¿Sabéis qué? Ese no era mi padre.

Odrien alza las cejas.

—¿Perdona?

—El hombre que escupió en la plaza —continúa Sándor, sin rodeos—. Se parecía. La cara, los gestos, pero seguro que no era él. No respiraba igual, me fijé en eso. No me miró como él. Y os lo digo porque algo está pasando. Algo grande. Os aconsejo que estéis preparados para lo peor.

—A veces no queremos ver lo que hay. Seguramente mintieron a tu padre sobre algo, pero seguro que sí era él —le dice Cristalith acariciándole un hombro.

—Pero mi padre jamás creería a alguien sin más, sin escucharme —dice sin mirar a ninguno de nosotros—. Pero si han mentido sobre mí, mañana seréis vosotros. —Señala de nuev a Cristalith y a Odrien— y pasado mañana estoy seguro de que serás tú —añade, mirándome directamente.

—¿Y si nos están castigando? —dice Odrien, en tono más bajo.

—¿Se enteraría alguien de lo del tónico? —añade Cris-talith.

Levanto la vista un momento y veo como Devrian y Seredric hablan.

Me quedo mirando e intento leerles los labios.

Están al otro lado del salón, sentados frente a frente en unos butacones apartados, como si compartieran un secreto.

Devrian tiene los labios apretados. Seredric habla con las manos, pero de forma contenida, no hace aspavientos, pero necesita las manos para apoyar sus argumentos.

Nada del rostro neutral y pétreo que suele tener, se le ve relajado.

Devrian asiente y después se pone en pie y sale del salón sin mirar a nadie más.

La nota que me dejó me vuelve a la mente. Sigo sin saber qué quería decir. No se me ha acercado desde entonces. Ni una palabra. Ni una mirada. Nada.

Me levanto.

—¿Ya te vas? —pregunta Cristalith, extrañada.

—No tengo hambre —respondo, con una sonrisa fingida. Nadie insiste. Todos entienden que cada uno tiene sus propios fantasmas.

Las paredes están cubiertas de tapices antiguos, representaciones de batallas y pactos de sangre.

Me pierdo entre ellos, o al menos lo intento.

La nota sigue en el bolsillo interior de mi túnica.

«Sé cosas sobre la prueba final. Hablamos pronto.

Es importante». Pero muy pronto ya fue hace mucho, y hablar no ha pasado.

¿Está esperando algo? ¿O alguien se lo ha prohibido?

Paso junto a una armadura en desuso que parece observarme desde el rincón.

Me detengo frente a una ventana estrecha que da al exterior de la montaña.

Afuera, la noche golpea contra las rocas como una ola lenta.

Sigo sin entender por qué Devrian no me ha dicho nada más.

¿Está protegiéndome de algo? ¿O de alguien?

Entro en la habitación que me han asignado. La piedra del suelo está fría. Me quito los vendajes con cuidado. Observo la quemadura en mi brazo. Ya no duele tanto cuando está tapada, pero aún no puedo tocarla demasiado sin el vendaje.

Clummy ha dejado junto a la bañera más ungüentos. Todo un detalle.

—Deberías aplicarle una capa fina sobre la piel afectada tras el baño —dice Clummy tras de mí.

Me doy un baño rápido intentando controlar las muecas de dolor cuando el agua toca las quemaduras.

Secarme es un infierno y la capa de ungüento es un beso del mismísimo demonio: alivia justo después de escocer.

Sin embargo, lo consigo. Me pongo ropa de cama cómoda.

Apago la lámpara con un soplo, me tumbo en la cama y me cubro con una manta tan mullida que podría morirme del gusto.

Escucho el silencio y las palabras de Sándor.

«Hoy he sido yo. Mañana seréis voso-tros».

Golpean la puerta, una vez. Luego dos.

—¿Quién es? —pregunto, sin moverme.

—Devrian. Solo quería saber si estás viva.

—Lo estoy, ¿qué querías decir con la nota que me dejaste? —le pregunto desde la cama.

Solo escucho pasos que se alejan. No lo entiendo, ¿a qué ha venido? ¿Se va así sin más? Me levanto de un salto y abro la puerta de golpe. Nada. No hay nadie. Estoy cansada de tanto «voy, vengo, me voy y vuelvo».

Putos Valendris.