XVII #2
Mi corazón late tan fuerte que me cuesta distinguirlo del zumbido que se ha instalado en mis oídos. Cierro los ojos e intento pensar en otra cosa. En Cristalith riéndose de madrugada. En Clummy colocando mis túnicas por orden emocional. En Seredric con los ojos cerrados, diciendo mi nombre.
Nada sirve.
—Dionna de Caelis.
Escuchar mi nombre me hace abrir los ojos.
Mis piernas responden, aunque no estoy segura de haberles dado la orden.
Odrien se aparta apenas para dejarme pasar.
Cristalith me agarra la mano por un segundo, y la aprieta sin palabras.
Sándor no dice nada, pero su hombro roza el mío, como si con eso bastase.
Los Arcanistas me observan desde los bordes de la plaza.
Sus túnicas esta vez oscuras no tocan el suelo, pero dan la impresión de estar enraizadas en él.
Sus ojos brillan bajo las capuchas y juro que no parpadean.
Me analizan como si estuviesen anotando cada músculo tenso, cada respiración contenida.
Desde aquella comida con la Reina Madre, lo sé: no se fían de mí.
Tal vez nunca lo hicieron, pero ahora lo muestran descaradamente.
Me evalúan como si yo también fuese parte de la prueba.
Atravieso la puerta y justo antes de que se cierre miro hacia las antorchas de la plaza.
La puerta se cierra. Cuando miro al centro de la sala un círculo ritual de fuego imita al de la plaza; sin embargo, este está hecho con runas que emiten calor.
Las runas están dibujadas en piedra fundida, y vibran.
Me cuesta respirar. Es como si el mundo hubiese contenido el aliento.
El fuego de las antorchas se movía por algo que sucedía aquí dentro. Estoy segura de que no me va a gustar.
Doy un paso dentro del círculo y las runas se convierten en llamas.
Las llamaradas se levantan por encima de mi estatura.
Mientras calculo con la mirada cómo podría saltar el muro de fuego que se ha creado a mi alrededor, una silueta comienza a formarse en el centro.
Y antes de que mi cerebro logre comprenderlo, mi cuerpo lo hace:
Es mi cara.
Mi cuerpo.
Es… ¿yo?
La figura es un reflejo de mí hecha de fuego. Una figura envuelta en llamas que se adhieren a su piel como un vestido vivo. Tiene mis ojos, mi boca y mi nariz; sin embargo, cada gesto suyo es más animal. Más real. Más mío que yo misma.
—¿Qué cojones…? —susurro, aunque no espero respuesta.
Mi doble de fuego me mira como si yo fuese la criatura extraña en esta ecuación.
Recuerdo parte de la conversación que tuvimos ayer en la biblioteca.
Sándor hablaba de los Yugos de Sangre: hornos rituales enterrados en el corazón de las Montañas Forjafuego.
Cámaras que, según leyendas, podían crear bestias artificiales con corazones sellados por fuego antiguo.
Yo me reí, porque pensé que era una historia para asustar a niños o justificar alguna tradición arcaica.
Pero ahora no tiene gracia; esta criatura frente a mí, esa llama con mi cara, no parece producto de un ritual simbólico.
Parece viva y consciente de su existencia.
—¿Qué parte de mí eres? ¿La furia? ¿El miedo? ¿La ambición? ¿El deseo de destruirlo todo si no puedo salvar nada? —le pregunto, pero no me responde, solo da un paso hacia mí.
Con ese paso, el fuego se encoge y se intensifica. El calor me golpea en la cara. Cierro los ojos.
—¿Qué se supone que tengo que hacer? —pregunto, buscando a alguien que no está— ¿Luchar con fuego?
Espera, ¿qué me dijo Seredric cuando me fui? «No juegues con fuego, Dio, te vas a quemar. No juegues, lucha». ¿Me dijo cuál sería el próximo desafío?
Él lo sabía. Siempre lo sabe.
La réplica de fuego no me da tiempo a seguir pensando. Se lanza sobre mí con una espada que silba al moverse, como si el propio metal ardiese de deseo por quemarme.
Ruedo a un lado. El filo ígneo pasa tan cerca que siento la piel de mi brazo izquierdo abrasarse, aunque no me haya tocado.
El calor es una criatura por sí misma, una mano invisible que me empuja al borde.
No sé si estoy en una prueba simbólica o en una ejecución cuidadosamente disfrazada.
Seredric me dijo que tenía que luchar, pero los desafíos no son letales, ¿qué pasa si no lucho? ¿Me rescatan?
—¿Esto es una simulación? —grito al aire, por si algún alma piadosa me escucha.
No hay respuesta. Solo el crujido del fuego en espiral, y el silbido de otra estocada. Apenas logro esquivarla.
La réplica es rápida. No, no solo es rápida; me anticipa. Cada paso que doy, cada giro, cada intento de contraataque. Ella ya lo sabe, porque soy yo. Porque ha nacido de mí. Porque ha escuchado mis pensamientos incluso antes de que yo los formule.
Respiro con dificultad. El aire está saturado de calor, de miedo y de vergüenza. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Atacar? ¿Sobrevivir? ¿Confesar? ¿Derrotarme?
—Eres patética —dice de pronto la réplica, con mi voz.
Es mi voz después de años de descomposición emocional. Es mi voz pasada por ácido. Distorsionada y cruel.
—¡Fuiste la única que no hizo nada! —grita, y la espada baja de nuevo, cortando el aire frente a mí—. ¡Hollieth gritaba tu nombre y tú te escondiste!
Me congelo el tiempo suficiente para que el fuego me roce el costado. La tela del uniforme se ennegrece aún más si cabe. Un segundo más y estaría ardiendo.
—No hables de ella —digo, entre dientes.
—¿Por qué no? —sisea. Su pelo de llamas se arremolina como serpientes salvajes—. ¿Porque te recuerda lo cobarde que fuiste? ¿Porque viste cómo se la llevaban y te quedaste quieta? ¿O porque ella tenía el don y tú no? ¿La envidias?
—No me quedé quieta…
—¿Ah, no? —Ríe antes de continuar atacando con palabras—. ¿Le gritaste? ¿Saltaste? ¿Luchaste? No. Te encogiste. Como haces siempre. Como hiciste cuando tu padre dejó de hablarte. Como haces cada vez que tu madre te mira con ese asco disfrazado de pena.
Siento las lágrimas empezar a agolparse. No quiero llorar. No pienso llorar.
—¡Tu padre te odia por no haber hecho nada en todos estos años! —brama, y la espada vuelve, horizontal esta vez—. Solo intentas cosas que nunca consigues.
Salto hacia atrás, pero me tropiezo. Me golpeo el hombro contra la piedra. El eco retumba dentro del círculo, pero nadie acude. Nadie va a venir. ¿Qué tipo de desafío es este?
—¡Y tu madre sabe que siempre serás débil! Que ni siquiera sirves para casarte bien, te acercas a gente que solo busca tu calor, que todo lo que tocas lo rompes o se aleja.
—¡Cállate!
—Y para tu hermana menor… —comienza a habla con la sonrisa partiéndole los labios— para ella serás siempre una vergüenza a esconder.
Me levanto. A medias; estoy a cuatro patas. Me duele el pecho, no del golpe, sino del veneno de esas palabras. Porque son mías, son las que me he dicho en noches interminables, cuando nadie me miraba. Las que me susurra mi cabeza cada vez que pienso que he hecho algo bien.
—No soy eso —murmuro.
—¡Sí lo eres! —ruge. Da un paso más. El círculo de fuego responde, elevándose detrás de ella como una corona maldita—. ¡Eres cada una de esas miserias, Dionna! Las llevas en los huesos. En el alma. Están tatuadas en ti.
La espada vuelve. Esta vez no esquivo. Cuando ya he aceptado mi destino, cuando espero que la magia de los Arcanistas me saque del desafío, es entonces cuando lo veo.
Un pozo. Está cerca del borde del círculo, discreto, pero no oculto.
Si no quieren que lo usemos, ¿por qué lo dejarían a la vista?
Giro sobre mí misma justo cuando la espada me quema la pierna derecha.
Quema de verdad. Puede que no sea letal, pero duele de cojones.
Ruedo hacia el pozo como si el dolor no existiese, como si mi pierna no estuviese ardiendo, como si todo mi cuerpo no hubiese declarado una huelga general.
Mi mano se estira hacia el cubo de metal apoyado en el borde del pozo, pero no llego.
El filo ardiente de la réplica se estrella contra mi brazo derecho antes de que mis dedos toquen la madera del asa.
Un relámpago de dolor recorre todo mi costado.
El grito me nace de lo más profundo de mi alma, seco, como si no fuese humano.
¿Qué coño están haciendo? ¡Esto no es un desafío simbólico! ¡Esto no es una visión! ¡Esto duele! Esto huele a piel quemada. Esto es real.
—Los desafíos no son letales —comienzo a decir—. ¡Los desafíos no son letales!
Me echo hacia atrás, jadeando, con el brazo temblando. El calor me rodea como un enemigo invisible, mientras mi otra yo camina tranquilamente hacia mí. Es un verdugo que sabe que ya ha ganado.
—¿Eso es todo? —me pregunta riendo—. ¿Vas a morir en el suelo como una niña asustada? ¿Otra vez?
No. No voy a morir.
—En los desafíos no te mueres, pedazo de puta.
Cierro los ojos. Mi corazón galopa y algo dentro de mí se agita. No sé de dónde lo saco, ni cómo lo llamo. Solo sé que la quiero con todas mis fuerzas, que la siento y la convoco.
El agua.
Extiendo la mano izquierda, la buena, la que aún responde.
Me concentro. No sé si rezo o maldigo. Solo sé que lo intento con todas mi fuerzas y ocurre.
El agua dentro del pozo se alza y la lanzo con toda la rabia y todo el miedo que tengo dentro, recordando cada palabra dicha por esa criatura que soy yo, pero que no quiero ser nunca más.
El agua golpea a la réplica de fuego en pleno torso.
Suelta un chillido agudo, cargado de pérdida, de rabia y de la nada más absoluta. El fuego titubea. Tiembla. La figura retrocede, su silueta danzante se apaga por secciones, como si la humedad desgarrara su existencia en fragmentos dolorosos.
No espero un segundo más. Me arrastro, escupo sangre y ceniza, y llego al cubo. Lo levanto con la fuerza que me queda y lo sumerjo en el pozo. Lo lleno y lo vuelco sobre ella.