Aethrya La Tríada XVII
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XVII

Dionna

—T iempo de iniciar la jornada. El transporte parte en veintisiete minutos y medio.

La voz de Clummy ya no me sobresalta; parece que mi cerebro la espera.

—¿Podrías no empezar la primera oración del día con la palabra « tiempo»? Hace que suene como si estuviera en una cuenta atrás hacia mi ejecución.

—Si te reconforta, puedo acompañarlo de música.

—No, gracias. Si suena una sola nota musical en esta habitación antes del amanecer, muere un gatito.

Clummy me observa con esa expresión perfectamente neutral. Luego deposita sobre la cama el uniforme para el primer desafío antes de la tercera y última prueba. Negro, ajustado, con detalles en gris pizarra. Más sobrio que los anteriores. Sobrio como a mí me gusta.

—¿Algún comentario sobre mi atuendo? —le pregunto por si tiene alguna información que pueda servirme de ayuda. Algún arma secreta sería perfecto.

—Estadísticamente, los Aspirantes que usan tonos oscuros tienden a ser percibidos como más amenazantes.

—Así que el negro no es porque estilice.

—También, pero la intimidación es un recurso táctico infravalorado. Que estilice o no no es lo que te mantendrá con vida.

—Me lo apunto.

Mientras me cambio, Clummy comenta con precisión las temperaturas previstas, el nivel de humedad y las posibles reacciones alérgicas a la flora local. Yo asiento como si me importara algo más que llegar viva al final del día. Por esos datos puedo adivinar hacia dónde nos dirigimos.

En el pasillo, ya iluminado por antorchas flotantes, me encuentro con Cristalith y Odrien. Ella lleva el pelo recogido en una trenza alta que le hace parecer una heroína de cuento, si las heroínas de cuento tuviesen ojeras y cara de no haber dormido en tres días.

—¿Lista para otra jornada de gloria sangrienta? —me pregunta Odrien, abrochándose los últimos botones de la camisa mientras bosteza.

—Define « lista» —le digo sin mirarlo.

No puedo apartar los ojos de mi amiga. Fundadora, Cristalith parece no haber dormido en dos días.

—No haber huido durante la noche ya es parte de la definición —define Odrien.

—Te recuerdo que fuiste tú quien propuso escapar en burros mágicos después de la primera prueba, no yo. —Lo acuso con el dedo y cuando lo miro me doy cuenta de que él tampoco parece muy despierto.

—Y sigo pensando que habría sido una opción viable. Al menos más cómoda que este carruaje encantado en el que probablemente vomitaré en pleno vuelo. No voy a soportarlo más y aún nos quedan los tres desafíos. El baile. Y la prueba mortal. ¡Qué emoción!

Nos reímos por no llorar. Tiene toda la razón. Luego bajamos las escaleras hacia la explanada central. Sándor nos llama con un grito que llama la atención de más Aspirantes, además de nosotros. Pasando tan desapercibido como siempre.

Subimos los cuatro a uno de los carruajes. Me siento junto a Sándor, y Cristalith se sienta a mi otro lado. Odrien se lanza al asiento de enfrente con un suspiro dramático. En nuestro carruaje hay un bar; Sándor debe de estar contento.

—¿Emocionado? —le pregunto a Sándor.

—Mucho. Tengo la sensación de que hace años que no vuelvo a casa.

—¿Y crees que eso te dará ventaja?

—No lo sé, pero al menos le dará algo de valor a todo esto.

Cristalith se apoya en mi hombro sin decir una palabra. Tiene los ojos abiertos, pero no mira nada: está en otra parte.

—Mi padre decía que la tercera prueba revela lo que somos cuando ya no queda nadie mirando; por eso solo los Héroes sobreviven —dice Odrien.

—Y tú, ¿qué esperas ser? —le pregunto.

—No lo sé, pero al menos espero no estar solo. —Su mirada se queda atrapada en los ojos de Cristalith, ajena a todo.

El vuelo es rápido. A través de las ventanas encantadas se ven las estrellas, más cerca de lo que deberían estar. Nadie habla durante mínimo treinta minutos.

—¿Y si todo esto no termina nunca? Quiero decir, ¿y si no hay un final real? ¿Y si sobrevivimos, pero quedamos rotos? —Cristalith rompe el silencio.

—Entonces tendremos que aprender a vivir siendo otra cosa —responde Sándor.

—¿Qué otra cosa? —pregunto—. Si ya casi no sé ser yo misma…

—Una versión triste, pero con dinero—dice Odrien.

Cuando el primer rayo de sol toca el horizonte, aterrizamos. Las Montañas Forjafuego se alzan ante nosotros. Gigantes de piedra ennegrecida, con vetas rojas que arden como si el corazón del mundo latiese dentro de ellas. El suelo huele a tierra y a humo.

Sándor inspira profundamente y sonríe.

—Huele a casa.

Un anciano sale a recibirnos junto con nueve Arcanistas. Su barba está trenzada con hilos de cobre, y su brazo izquierdo es una prótesis de metal bruñido. Saluda a Sándor en especial: se conocen.

—Sándor Dobren —dice el hombre con un sonido que suena a algo parecido a una risa que le hace toser—. El yunque aún recuerda tus pasos.

—Y yo recuerdo el calor del fuego, señor —responde Sándor, con una voz más grave y una sonrisa que no le cabe en la cara.

—Bienvenidos a la región Forjafuego —dice el anciano, mirando al resto esta vez—. Aquí, cada piedra pesa con historia. Y cada historia busca testigos.

—¿Quién es? —le pregunto en susurros a Sándor.

—Mi tío. Jefe de clan. Y, técnicamente, uno de los hombres más respetados de esta región.

—¿Técnicamente?

—Tiene fama de arrancarte la barba si lo interrumpes mientras come, pero por lo demás, muy cordial.

Los Arcanistas y el tío de Sándor nos conducen hacia el interior de la fortaleza. La piedra brilla con vetas mágicas. Cada pasillo parece poder soportar el fin del mundo. Clummy aparece a mi lado sin previo aviso.

—La humedad aquí es del ochenta y ocho por ciento. Tendencia a aumentar. Temperatura alta. Recomendación: hidratación doble y menos sarcasmo. A la piedra no le gusta.

—¿La piedra entiende el sarcasmo?

—Esta, sí. Se ha ofendido dos veces desde que llegamos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo ha dicho; no puedes oírlo.

Miro a mi alrededor intentando afinar el oído. Los muros susurran de repente. ¿Me estoy volviendo loca? Siento que esta tierra nos está mirando. Loca de remate.

Después de caminar bajo las rocas unos diez minutos, llegamos a una gran plaza.

—La Plaza de Armas —dice Sándor con una sonrisa—. Yo vivo ahí. —Señala una de las ventanas de las casas que rodean la plaza.

La plaza de Armas se abre ante nosotros como una herida vieja, circular y empedrada, rodeada por estructuras robustas sin gracia ni adorno.

Todo en este lugar parece haber sido construido para resistir, no para gustar.

Pensaba que solo sería la cueva por la que llegamos, pero no. Aquí todo parece meramente útil.

Las ventanas están a medio abrir, como ojos entrecerrados.

Detrás de las persianas, hay movimientos sutiles, sombras que se deslizan y se detienen.

Nos miran con miedo, con prudencia y con resignación.

Como si supiesen exactamente lo que estamos a punto de enfrentar, pero llevasen generaciones entrenándose para aceptarlo sin más.

—Este sitio no grita bienvenida precisamente —murmura Cristalith, abrazándose a sí misma.

—Por gritar no grita nada —añade Odrien—. No hay ni un alma.

Sándor, que hasta ahora había estado caminando con la cabeza alta, se detiene de repente y entorna los ojos hacia la ventana que nos acaba de señalar.

El resto seguimos su mirada. Hay un hombre corpulento, de hombros anchos y rostro tallado en piedra plantado frente a la ventana.

Tiene el mismo mentón cuadrado que Sándor, los mismos ojos, pero no la misma mirada; parece mirarlo con desdén.

—¡Padre! —grita Sándor, levantando la mano con una sonrisa que no le llega a los ojos.

El hombre ni se inmuta. Solo frunce los labios, escupe a través de la ventana y, sin una palabra, la cierra de golpe.

El silencio que se instala entre nosotros es brutal.

No puedo abrir más los ojos. La estupefacción es insoportable.

Nadie dice nada. Me atrevo a mirar a Sándor, que se ha quedado quieto con las manos caídas a los lados y la mandíbula apretada.

—¿Qué coño acaba de pasar? —dice por fin, su voz apenas un susurro rasgado.

—¿Seguro que era tu padre? —pregunto, aunque ya sé la respuesta. Intento buscar una explicación.

Él asiente.

—¿Siempre ha sido así? —Cristalith camina hasta él, le toca ligeramente el brazo.

—No —dice Sándor—. Al menos cuando salí de casa con mi boleto dorado parecía creer en mí. Ahora no sé qué cree, pero seguro que nada bueno.

No hay tiempo para más; un Arcanista se adelanta y levanta una tablilla encantada. Las letras se escriben solas con fuego azul sobre ella. Comienza a decir nombres.

—Arianth Bervos.

Un joven se separa del grupo, tenso como una cuerda. Lo acompañan sin decir palabra por una puerta de piedra en el muro este de la plaza. Se cierra detrás de él. No vuelve a apare-cer.

—Velira Meen.

La misma operación. Y así uno tras otro. El ambiente se enrarece cada vez que un Aspirante cruza la puerta. Cada vez que un nombre es pronunciado, el corazón me da un salto. Nadie sabe a dónde van.

—Ya echaba de menos las putadas que nos hacen en los desafíos —dice Odrien en voz baja, muy baja—. No nos matan, pero nos humillan. Muchísimo más apetecible la verdad.

Sándor no dice nada, pero aprieta tanto los puños que le tiemblan los brazos. No creo que lo que le importe sea el desafío.

La lista sigue y yo me preparo para cuando digan mi nombre.

Con cada nombre me fijo en las antorchas de la plaza: dicen el nombre y se encienden tres; el Aspirante camina hacia la puerta y se encienden otras tres; cuando cruza la puerta se encienden las últimas tres antorchas, creando un círculo completo.

Las miro una y otra vez. Son de un rojo distinto al fuego natural.

No es ese rojo cálido de los fuegos en la chimenea de la biblioteca, ni el rojo furioso de una batalla.

Este rojo es sobrenatural. Casi líquido, como sangre que arde.