XVI #5
—¡No te estoy pidiendo nada de eso! —Mi grito retumba en el pasillo. Lo veo retroceder, como si mi furia lo empujara—. Yo no te he pedido nada de esto —digo bajando la voz.
Nos quedamos mirándonos. Los dos al borde de algo. Yo, del abismo. Él, de sí mismo.
—¿Por eso estás aquí? ¿Por miedo a que me muera? ¿O por celos? —le pregunto.
Sus cejas se fruncen, como si me acabase de salir una segunda cabeza.
—¿Celos? ¿De qué coño hablas?
—Devrian se ha acercado a mí. Me escucha. Me habla con sinceridad. No juega con sombras ni puñeteras máscaras. Me ofrece calidez. Protección. Le interesa conocerme. Y yo…
No termino la frase. No puedo, porque Seredric se ríe. No es una risa alegre. Es una risa incrédula, rota, como si no supiera si golpear la pared o a sí mismo. No lo soporto.
—¿Devrian? ¿Protección? ¿Ese encantador de palabras que nunca ha visto sangre verdadera en su vida? No vives en una puta novela, Dionna. No todo gira entorno a celos, bailes y vestidos. Hay una puñetera guerra en juego.
—No todos necesitamos la guerra para ser valiosos —le escupo.
—Y tú no necesitas que te protejan, ¿por qué finges que sí? —Su pregunta es retórica, pero continúa hablando—. Eres un problema que aún no sabemos arreglar.
Me acerco. Ahora somos un solo latido.
—No finjo. Solo quiero sentir que alguien me ve. Y tú solo me ves cuando te conviene. Cuando nadie nos ve no parezco ser un problema para ti.
Él respira por la nariz. Muy lento. Muy contenido. Yo solo puedo fijarme en cómo su pecho sube y baja con cada respiración.
—Te veo todo el tiempo. Aunque no quiera. Aunque me niegue a hacerlo. Aunque sepa que no puedo.
Mi mano roza la suya. No sé quién la mueve primero, pero el contacto es inevitable. Como si nuestros cuerpos supieran más que nosotros.
—No me toques —le digo, sin apartarme.
—Entonces dime que no quieres —susurra—. Que tú sí puedes evitarlo.
Podría mentir, pero no lo hago, porque sí quiero.
Siento el calor. La tensión. El deseo contenido, feroz y triste.
Como dos lobos que se encuentran heridos en la nieve y no saben si deben morderse o lamerse las cicatrices.
Sus manos se alejan de las mías y enmarcan mi cara.
Nos besamos. Es un beso cargado de todo lo que no nos hemos dicho.
De todo lo que nos negamos. De furia y ternura mezcladas.
Sus manos se enredan en los rizos que bajan por mi nuca.
Me sujeta como si fuese a escaparme de un momento a otro.
Podría aprenderme de memoria la forma de su boca.
Recorrer cada milímetro de sus labios se me está empezando a quedar corto.
Bajo mis manos por su pecho. Su camiseta es tan fina que puedo notar cada uno de sus músculos mientras bajo hasta la altura de su cinturón.
Nuestras lenguas no han terminado todavía cuando intento desabrocharlo.
Me separa de sus labios tirando ligeramente de mi pelo.
Creo que entre ese gesto y su mirada noto como mi mismísimo centro comienza a palpitar.
Me mira tan fijamente que si no me desnuda ahora mismo, no sé si voy a poder perdonárselo.
Y sin embargo, nos separamos. Mis manos suben a su pecho y él baja las suyas a mi espalda, como si supiese que no puede darme lo que quiero, pero se negase a soltarme del todo.
—Si sobrevives… que en el fondo sé que lo harás—dice, con la voz rota— quiero estar contigo. De verdad. Encontraré la manera.
—No me hagas promesas que no puedes cumplir —respondo, pero mi voz ya no tiene fuerza.
Noto mi ropa interior tan húmeda que creo que no voy a poder resistirme a intentarlo de nuevo. Me acerco más a él y bajo mis manos más abajo de su cinturón. Por lo que puedo notar no soy la única interesada en que esto continúe.
—Dionna… —dice mientras cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás. Aprovecho para apretar algo más fuerte mientras veo como se le tensa la mandíbula. Me mira de nuevo—. Cuando prometo algo, lo prometo de verdad. Quiero desnudarte del todo, no solo el cuerpo.
La madre que lo parió. Me voy a quedar con el calentón y aún le voy a tener que dar las gracias. Tiene razón; aparto la mano de sus pantalones como si quemase. No sé si por vergüenza o porque mi sentido común haya vuelto de repente. O ambas. Doy un paso atrás y miro al suelo. La madre que lo parió.
—Sí, no pretendía forzar nada.
Mentirosa. Mentirosa. Mentirosa.
—Mañana no empezarán los desafíos. Os dejan un día más de descanso. Vuestros cluams os informarán esta noche —dice y sonríe. ¿Sonríe?—. Te doy yo la exclusiva.
La madre que lo parió. ¡Qué guapo es! No es simplemente su físico. Es cómo lo mueve. Cómo mueve la cara al hablar. Sus manos cuando no dice nada. Su cuello cuando grita sin voz. Sus ojos cuando analiza su alrededor. No. Sus ojos cuando me mira. La madre que lo parióooo.
—¡Qué amable, Su Majestad! Pensaré en ello mientras me baño —le digo antes de dar media vuelta y dejarlo ahí plantado.
—No juegues con fuego, Dio, te vas a quemar. No juegues, lucha —me grita.
¿Me ha llamado Dio?
Le levanto el dedo corazón de espaldas, sin siquiera mirarlo.
Escucho su risa. Me basta para sonreír. Menuda pardilla.
Hace unas horas lo quería matar y ahora me lo quiero tirar.
Tengo un grave problema. Llego a mi cuarto y abro la puerta rápidamente para encontrarme a Clummy mirándome.
Sé las noticias que me tiene que dar; «tengo la exclusiva».
Vuelvo a sonreír.
La madre que lo parió.
—Has tardado más de lo estimado. ¿Necesito ajustar mis predicciones de ruta cuando te dejas llevar por las hormonas?
—Hola, Clummy. Yo también te he echado de menos.
—Dudo que yo esté primero en la lista. Aunque debo admitir que has conseguido regresar con el mismo número de prendas con el que saliste. Eso supera mis expectativas.
Empiezo a soltar los lazos del vestido sin prisa. Él ya ha colocado la bata en el lugar exacto donde mi mano la encontrará sin mirar. No sé cómo conseguiré bañarme sin Clummy a mi lado cuando todo esto haya terminado.
—Noticia importante —anuncia, mientras camino hacia el baño con una sonrisa plantada en la cara—: mañana no habrá prueba. Jornada de descanso para los finalistas. Confirmado por tres fuentes, una de ellas absolutamente insoportable.
—¿Nirelia?
—No. El cluam de Varyn, pero es prácticamente lo mismo. Menos verso, más baba.
Suelto una carcajada mientras me descalzo. Clummy no sonríe. Nunca lo hace, pero el brillo en sus ojos es su versión de sonrisa. Noto como si estuviese… ¿evolucionando?
—¿Te has molestado en informarme solo porque es tu obligación, o porque disfrutas imaginando mi cara al enterarme de que tengo un día más para poner mi vida en orden antes de morir?
—Ninguna de las dos. Lo hago, porque me preocupas, y la piel se te reseca cuando te agobias.
—Gracias por la preocupación y por querer que esté tan… hidratada.
—Es un paquete completo, Dionna. Superviso emociones y cutis. De nada.
Cojo la bata.
—¿Puedo darte un consejo no solicitado? —pregunta mientras dobla mi vestido como si manipulara un artefacto arcano y peligrosísimo. De nuevo, otra pregunta teniendo en cuenta mis preferencias.
—No, pero sé que lo harás igual.
—La próxima vez que vayas a frotarte contra una figura de autoridad, asegúrate de que haya cortinas. Este palacio tiene más ecos mágicos de los que crees y algunos se reproducen más rápido de lo que te gustaría.
—¿Estás celoso?
—Mis posibilidades de éxito como cluam asignado están decayendo —responde con calma quirúrgica—. Me esfuerzo cada día para mantenerte viva, presentable y emocionalmente estable. Si decides perder la cabeza, hazlo con alguien que no lleve corona. Hay mejores elecciones hormonales.
—¿Como Devrian?
—Devrian ya ha subido tus niveles de excitación antes, podría valer.
—¿Y si ahora que ya han subido a este nivel ya nadie más podrá superarlo?
—No se puede afirmar tal cosa, pero si así fuese… lo siento.
Entro en la bañera riéndome. El vapor empieza a llenar el aire de toda la habitación, creando una atmósfera que me relaja por dentro y por fuera.
—Gracias, Clummy.
—¿Por la información o por el filtro de realidad?
—Por no dejarme sola del todo.
—Solo cumplo con mis parámetros de utilidad. Y con una paciencia fuera de todo índice conocido.
Cierro los ojos mientras el agua me cubre. Clummy probablemente ya está reorganizando mis túnicas por colores emocionales o vigilando que nadie con corona cruce mi puerta. ¿Acaso espero que suceda eso?
No.
Abro un ojo y miro hacia la puerta.
Claro que no.
Mentirosa. Mentirosa. Mentirosa.
Me hundo en el agua de la bañera como si eso pudiese callar a mi cerebro. Cuando ya no puedo aguantar más la respiración salgo a la superficie y escucho a Clummy:
—Hundirte en el agua no va a eliminar las imágenes del rey sobre ti, prueba con otra cosa.
—¡Clummy! ¡Fuera de mi cerebro!
—Te morirías por una decisión absurda. —Estoy a punto de interrumpirlo para cagarme en quien sea que lo haya parido, pero él continúa hablando—. No me parió nadie.
El silencio es mi única escapatoria. Así que me callo y le rezo a la Fundadora por sobrevivir a este baño, no asesinar a Clummy y poder dormir algo esta noche.
◆◆◆
El día siguiente transcurre sin sobresaltos, y eso me inquieta más que cualquier desafío.
Desayuné en mi cuarto, sentada en el alféizar, con el sol deslizándose lento por los cristales.
Clummy me sirvió sin comentarios. Ni una alusión al desastre emocional de anoche.
Esta fue la primera señal de alerta de todo el día.
Pasé la mañana en la biblioteca y volví a mi cuarto a la hora de comer.
Esta vez Clummy sí que habló: simples comentarios sobre el valor nutricional de los ingredientes, sobre las propiedades del pan de zanahoria en relación con el rendimiento mental.
Yo contesté y bromeé fingiendo normalidad.
Ninguno de los dos lo mencionamos, pero ambos sabemos que estábamos matando el tiempo.
Y por la tarde, quedé con mis amigos en uno de los salones menores, en donde el mundo se detuvo por un momento.
Odrien tenía a Cristalith entre los brazos, como si con solo sostenerla pudiera contener todos los temblores del mundo.
Sándor estaba sentado en un banco bajo, afilando su hacha con una intensidad que asustaba.
Yo los miraba sentada en el suelo, con una pierna contra el pecho y la espalda apoyada en la pared.
Pasaron varios minutos. Recuerdo que el crepitar de una lámpara de aceite sonaba más fuerte de lo que debería. Mis ojos se perdían en las vetas del suelo hasta que, sin pensarlo del todo, hablé.
—¿Vosotros creéis que el pueblo quiere realmente participar en esto? ¿O solo…? —Hice una pausa antes de continuar— ¿Solo nos han convencido durante siglos de que esto es necesario?
Cristalith parpadeó muy despacio, mientras Odrien le acariciaba la espalda. Sándor detuvo la piedra contra el metal.
—Mi madre tenía libros prohibidos —dijo Cristalith al fin, su voz apenas un hilo—. Nunca quiso decirlo en voz alta… por miedo a ser juzgada como Hereje. Una vez me leyó un fragmento. Hablaba de la Tríada como un rito de poder de control. No de justicia.
Sándor alzó la mirada y por un segundo, parecía más viejo.
—Mi hermano… no creo que muriese limpiamente. El año que compitió… fue mucho peor que lo que está siendo este. Solo hubo un ganador. Murió muchísima gente. Y nadie hizo nada. Nadie preguntó por qué.
Odrien, más serio de lo que le he visto jamás, asintió despacio.
—Mi hermano ganó mintiendo. Haciendo pactos que después no cumplió. Y cuando volvió a casa me contó cosas que entonces no entendía. Cosas oscuras. Cosas sobre la Triada que no salen en los libros.
—¿Por qué seguimos callando? —pregunté, sin levantar la voz or miedo a que algún Arcanista esté proyectando esto al continente—. ¿Por qué aceptamos que esto es lo que tiene que ser?
Odrien me miró con fuego en los ojos.
—Porque durante siglos nos han hecho creer que cuestionar es traición. Si sigues por ahí…
—Pues que nos acusen de traidores, de Herejes, o de lo que cojones quieran, ¿estamos tontos o qué? —lo interrumpió Cristalith, incorporándose un poco entre los brazos de Odrien.
—Primero necesitamos tener pruebas —añadió Sándor, guardando el hacha como si ya supiera que pronto volverá a usarla.
Nos miramos y lo supimos, sin necesidad de juramento en voz alta. Ahora que camino hacia mi habitación y repaso el día de hoy, me parece que el día fue intenso sin haber pasado nada en concreto.
La puerta está entreabierta. No tanto como para que sea extraño, pero sí lo suficiente como para despertar la sospecha en alguien tan inseguro como yo.
Entro con cautela. Todo está en orden. Mis botas donde las dejé.
Mi mochila sobre la mesa. La manta doblada.
La lámpara encendida, pero sobre la almohada: una nota.
«Sé cosas sobre la prueba final. Hablamos pronto. Es importante».
—Devrian.
Cierro los ojos, doblo la nota y la guardo dentro del bolsillo interior de la bata. Es algo a lo que no quiero enfrentarme todavía.
Me siento al borde de la cama. Estoy descalza y el suelo está frío bajo mis pies, pero no me muevo.
Cojo el emblema del Corazón Audaz: este cristal rojo que parece arder sin fuego.
Lo paso entre los dedos como si pudiera leer en él lo que vendrá.
Me pregunto si Seredric permitiría que todo esto existiera si supiera toda la verdad.
¿Lo sabrá? Si miraría a otro lado, ¿lo estará haciendo ya?
¿Debería seguir confiando en él? Siento que cuando me acerco a él mi mente piensa de una manera, pero cuando me alejo empiezo a dudar hasta de mí misma.
Me pregunto si alguien —cualquiera— es digno de confianza en este juego retorcido.
Cierro los dedos en torno al corazón de cristal.
No quiero pensar más, pero pienso igual.