XVI #4
Como si las columnas mismas hubiesen dejado de respirar.
La música no se reanuda. Nadie aplaude. Nadie sabe si debe hacerlo.
Entonces noto algo. Un giro de cuello. Una sombra en el rabillo del ojo.
Nirelia está al otro lado, junto a la princesa Zmena, pero su mirada, que antes estaba en Sándor, va directa a su hermano, después al rey, finalmente a su alrededor. Hay una quietud peligrosa en su rostro.
Un escalofrío me sube por la espalda.
Estoy en medio de un campo de fuerzas. Cristalith me aprieta la mano bajo el mantel. Su palma está caliente, firme. Lo sabe. Lo ha sentido también.
Devrian ha bajado la copa. Todos parecen distraídos con las bandejas de plata que entran por arte de magia, pero yo no me he movido y todo a mi alrededor parece ir a cámara lenta.
Levanto la vista hacia él. Otra vez Seredric mirándome sin pestañear, como si una palabra mía fuese a desencadenar el principio del caos.
Me inclino, ligeramente, hacia Devrian y sonrío, esbozando un «gracias» con los labios.
Nadie parece notarlo, pero Seredric sí. Sus hombros se tensan, su pecho se hincha con una respiración profunda que parece contener una frase que no debe decirse, y sus dedos se cierran más en torno a la copa.
Otra vez. Debería considerarse que tiene un problema con la bebida.
Estoy jugando con fuego, pero no sé cuál de los dos va a arder primero. Cristalith me mira de reojo.
—¿Estás bien? —murmura.
—Perfectamente —respondo con una sonrisa.
Una sonrisa falsa y letal, como todo en esta sala.
Y sigo masticando el aire, fingiendo que la comida me interesa.
Los cubiertos relucen demasiado. Las copas, demasiado delgadas.
Las voces, demasiado filtradas. No estoy segura de cuál de todos los nobles sentados en esta mesa es más peligroso: el que no para de hablar o el que no ha dicho ni una sola palabra.
La Reina Madre Matrish lleva los labios pintados con el mismo tono que el vino y tiene los ojos fijos en mí desde hace unos segundos.
Hay demasiadas personas en esta mesa para que eso no sea intencionado.
Al principio creo que solo está evaluándome, como han hecho tantos desde que llegué aquí, pero no.
Hay algo más: parece que todas sus preguntas van a ir dirigidas a mí.
Hubo un par de preguntas por parte de Zmena a Cristalith y Odrien sobre su región, Devrian preguntó a otros Aspirantes sobre sus gustos musicales, Nirelia halagó los músculos de Sándor —otra vez—, Varyn preguntó a uno de los Aspirantes nobles qué hará cuando gane la Tríada, Catrizza se interesó por la elección de palabras de una Aspirante frente al Espejo.
Sin embargo, ella, Matrish, solo me pregunta cosas a mí.
—Dionna —dice con una voz más fría que el hielo—. ¿Y tu familia? ¡Cuánto hace desde que alguien de la provincia oeste de Galimatea se sienta en esta mesa!
Todos giran un poco la cabeza. No lo suficiente como para parecer maleducados, pero sí para poder escuchar mejor.
Me acomodo en el asiento, sin saber qué postura es la correcta en este tipo de interrogatorios disfrazados de cortesía.
Parece que se olvida de que este año éramos dos de Galimatea Oeste.
—Ernys y yo vivíamos en lo que queda de Galimatea Oeste —respondo, más suave de lo que pensaba que podría—. Yo vivo con mi madre, Mera. Mi padre, Pepps. Y mi hermana menor, Kirisena. Son fuertes. Incluso cuando no pueden serlo. Incluso cuando no les dejan.
Matrish inclina la cabeza. Sus ojos no parpadean. Siento que me atraviesan como si buscaran una mentira que no he dicho.
—¿Y algún otro miembro de tu casa que no me hayas nombrado? —pregunta, como si ya supiera la respuesta. Menuda zorra.
Siento el nombre en la garganta antes de que llegue a mis labios.
—Hollieth —susurro.
No sé si lo dije con voz o con pensamiento, pero ella lo escucha, porque veo que sonríe. Las cucharas se detienen en el aire. El sonido de las copas cesa. Y yo, con los ojos fijos en un punto entre el borde del mantel y mi plato intacto, continúo:
—Mi hermana del medio. Se la llevaron cuando yo tenía nueve años.
Tenía el don arcano, o eso nos dijeron. Era solo una niña, con el flequillo muy largo y la costumbre de dormirse a medio cuento.
Era... era solo una niña. —Levanto la vista, no me duele, pero mis ojos son dos mares de sal y no consigo verle bien la cara a Matrish—. Solo tenía tres años.
Mi voz me sale ronca en la última oración, pero me obligo a mantener la barbilla alta.
No voy a temblar delante de ellos. Matrish no dice nada de inmediato.
Su rostro permanece sereno, pero noto un leve temblor en la comisura de sus labios.
Un parpadeo retardado que se parece a un intento de sonrisa compasiva.
Sin moverse demasiado, sin hacer ademán de tocarme o de consolarme, habla.
Su voz es más baja ahora. Se inclina hacia mi lado de la mesa.
—Que el Corazón Audaz te acompañe, Dionna de Caelis.
No entiendo del todo por qué esas palabras me estremecen. Quizá porque parecen sinceras y, por un segundo, la Reina Madre no suena como una reina; sino como una mujer que también perdió algo.
Uno a uno, decenas de Arcanistas avanzan entre nosotros.
Sus túnicas apenas rozan el suelo, pero es como si cada paso pesara siglos.
Llevan cajas de madera oscura. Cada uno de los Arcanistas se sitúa detrás de nosotros.
El Arcanista que se detiene detrás de mí no sonríe.
Sus dedos, pálidos y firmes, extraen de la caja un objeto que refleja la luz como si estuviera vivo.
Un corazón tallado en cristal rojo.
Está frío, demasiado frío.
◆◆◆
Ya bien entrada la noche, los nobles comienzan a retirarse entre bostezos elegantes y promesas vacías. Yo decido marcharme también, mientras mis amigos debaten si es buena idea ir a buscar «la última copa de la noche». Spoiler: nunca lo es.
—Dionnaaaa —dice Cristalith arrastrando las vocales, con una copa de vino en una mano y una empanada mágicamente tibia en la otra—. ¿No te quedas a beber con nosotros? Prometo no cantar más.
—Eso es una mentira y todos lo sabemos —dice Odrien, con la túnica medio abierta y una flor clavada en el pelo.
—¡Fue una serenata muy sentida! —protesta Cristalith, teatral.
—Le cantaste una canción de desamor a un panecillo —interviene Sándor, con esa voz grave que ya tiene eco de borrachera—. Y lloraste cuando se lo comieron.
—¡Era un panecillo de chocolate, Sándor! Tenía más alma que muchos nobles aquí dentro.
—Y también mejor sabor —apunta Odrien, robán-dole un mordisco a la empanada que Cristalith aún sostenía con devoción.
Cristalith emite un chillido tan agudo que una de las copas vibra. Me río y niego con la cabeza.
—No esta noche. Estoy bien así.
—Tienes cara de alguien que necesita reír hasta que le duela la barriga —dice Cristalith, ladeando la cabeza.
—Y tú tienes la cara de alguien que va a vomitar en el pasillo real si se toma otra copa —le respondo.
— Touché —responde, llevándose la mano al pecho justo antes de hipar.
Sándor se me acerca y me pasa un brazo por los hombros, tambaleante.
—Si no vienes, te pierdes a Odrien cantando «Balada para un riñón encantado» en fa menor. Solo ocurre una vez cada eclipse.
—Sí, y no todos los eclipses son visibles desde la dignidad —murmuro sonriendo—. Así que permíteme que me lo pierda.
Nos despedimos entre empujones suaves y abrazos desordenados. Cristalith intenta organizar una «formación de despedida dramática», pero se tropieza con su propia capa y Odrien se cae sobre ella, lo que termina en un ataque de risa que hace que Sándor tenga que apoyarse en la pared para respirar.
Se van cantando, muy malamente, una canción que no reconozco pero que parece una mezcla entre himno rebelde y nana desafinada.
Camino por los pasillos en silencio, pero con el eco de sus risas persiguiéndome en mi cabeza. Podría haber ido con ellos, podría haber bebido, podría haber fingido ligereza. Sin embargo, hay algo que me dice que lo mejor es irme para cama.
—Dionna.
Me giro con el nombre todavía vibrando en el aire. No me sorprende que sea él. No hay nadie más que lo pronuncie así: como si mi nombre fuese una oración maldita y sagrada a la vez.
Seredric está solo. Su figura recortada por la penumbra de un pasillo lateral es lo único que puedo ver al principio. Creo que me he quedado sin respiración. Él respira hondo, como si acabara de correr o como si hubiese discutido con alguien antes de venir aquí.
—¿Vienes a darme otro consejo críptico? ¿O solo a recordarme lo poco que sabes de la tercera prueba? —Mi voz suena más fría de lo que esperaba. Más dolida.
Él se acerca dos pasos. No responde de inmediato.
—No deberías estar sola —dice al fin.
—Ni siquiera debería estar aquí, Su Majestad —le contesto.
El silencio se extiende entre nosotros. Lo miro. Él aprieta los puños a ambos lados de su cuerpo. Tiene esa forma de respirar entrecortada que le he visto cuando se esfuerza por no gritar.
—¿Qué pasa contigo? —le espeto, cruzándome de brazos—. Cada vez que nos acercamos un poco, retrocedes. Luego vuelves. Te enfadas. Te callas. ¿Qué quieres, Seredric? ¿Qué se supone que debo hacer contigo? ¿Esperar hasta que te encapriches con otra cosa?
Él se pasa una mano por la cara. Luego la deja caer.
—No lo sé. Joder, no lo sé.
—Bueno, yo sí sé lo que quiero —le digo, dando un paso hacia él. Lo tengo tan cerca que puedo oler su piel debajo de la ropa—. Quiero dejar de sentirme como una hoja en una tormenta cada vez que estás cerca. Quiero claridad. O al menos… honestidad.
Sus ojos se clavan en los míos.
—La honestidad es que la tercera prueba podría matarte. Que no puedo salvarte. Que si te dejo entrar en mi mundo, si te conozco de verdad… y no vuelves…
—No es tu decisión si vuelvo o no —lo corto.
—¡No me pidas que te vea morir, Dionna!