XVI #3
—Me dijeron que no vendrías —me dice Devrian, con voz baja, dándole la espalda a su primo—. Muchos pensaron que después del Sendero te retirarías.
—¿Y tú qué pensabas?
—Yo sabía que vendrías —responde con honestidad serena—. No pareces del tipo de personas que deja que el miedo la defina.
Sus palabras son cálidas, como un refugio en medio de esta tempestad decorada con candelabros y falsas sonrisas.
—¿Y tú cómo lo llevas? —le pregunto.
—Sobreviviendo. Como todos los que no queremos que todo esto sea así. Pero hay algo que me preocupa más, Dionna.
—¿Que la comida no esté lo suficientemente rica? ¿Que el traje no te resalte el color de los ojos lo suficiente? —le digo bromeando, ¿qué podría preocuparle a alguien que nació con sangre bendecida por la Fundadora?
—Tú —responde—. No quiero que te destruyan, porque este juego no se gana sin dejar pedazos atrás. Y me temo que tú aún tienes demasiados intactos. Y quiero quedarme con todos ellos —me dice acariciándome los labios con su pulgar derecho.
Y entonces me acuerdo de cómo Seredric me besó, como si su boca pudiese callar todas mis dudas; pero que, por el contrario, avivó muchas más de las que ya tenía.
Levanto la vista, justo detrás de los hombros de Devrian, Seredric sigue ahí.
Una copa en la mano y sus ojos ardiendo sobre mí.
Bebe todo lo que tiene su copa de un solo sorbo sin quitarme los ojos de encima.
Hasta yo siento el líquido oscuro caer por su garganta.
Aprieta la mandíbula. Aprieta la copa. No la rompe.
Lástima. Que se joda. ¿Quién se cree que es?
¿Qué derecho tiene a enfadarse? No le debo nada.
No le pertenezco. No soy suya. Ni siquiera lo conozco, no se ha acercado de verdad.
No me ha dejado conocerlo. Vive en su juego de guerra.
Juega el papel de hombre misterioso con su puta corona de cristal, mientras los demás morimos por él.
¿Y debo esperar sentada a que se decida a verme? Lo siento, pero no.
—¿Te parece arrogante todo esto? —pregunta Devrian, señalando el salón con un gesto ligero.
—Todo no solo el ochenta y siete por ciento —respondo sin quitarle el ojo a Seredric.
Entonces, como sin querer, le rozo el brazo a Devrian.
Nada evidente. Solo mis dedos, suaves, casuales sobre su antebrazo.
Devrian no reacciona, pero Seredric sí. Lo noto en su cuello rígido, el pulso en su sien y la copa que tiembla levemente en su mano.
Y por un segundo, disfruto del control. Si voy a jugar a su juego mortal, voy a poner un par de reglas yo también. Sonrío sin querer.
Devrian sigue hablando mientras yo analizo la situación.
Dice algo sobre los nombres que suenan con fuerza entre los nobles, sobre cómo están apostando por Aspirantes como Cristalith, Odrien y Sándor.
Pero yo ya no oigo nada en concreto de lo que me está contando, porque Seredric me sigue mirando y con eso me está hablando sin decir una palabra.
Aparto la vista de él a cámara lenta para que note mi ausencia y dedico toda mi atención a quien de verdad está interesándose por mí.
Los murmullos bajan, mientras Devrian habla. La sala ya está repleta: nobles, Aspirantes, sirvientes invisibles que reponen vino sin que uno lo note. La música de cuerdas se ha vuelto más ligera, pero no deja de sonar.
Seredric sigue ahí. Sentado en la mesa elevada, junto a su madre, su hermana, sus tíos y su prima. Él no habla, solo me observa. Desde que entré, sus ojos no se han apartado de mí. Me siento desnuda, aunque vaya más vestida que nadie. ¿O será por eso?
Otra vez toco mi vestido como si me hubiese manchado de barro. Y las botas. Las putas botas. Soy una mancha de aceite en un pañuelo de seda.
—Estás preciosa —dice Devrian a mi lado, en voz baja, con la calidez exacta para desarmar a una bestia salvaje, como si hubiese leído mis pensamientos.
—Estás mintiendo, pero gracias —murmuro, y sonrío con media boca, como hago cuando no quiero del todo agradecer un cumplido que no siento real, pero que a la vez me hace bien.
Siempre he necesitado esa afirmación externa para sentirme suficiente.
Defecto del animal. Sigo trabajando en ello.
Devrian me acerca un poco más hacia el centro, como si quisiese evitar que me pierda entre tanta gente.
Está a mi izquierda. Y cuando inclina la cabeza hacia mí, el mundo se reduce a su voz.
—Ya verás qué divertido va a ser lo que ha preparado mi primito.
Alzo una ceja.
—¿Divertido para quién?
—Para los que sepamos mirar —su tono es críptico, pero juguetón. Como si todo esto: la música, la tensión y el banquete fuese solo un teatro. y él tuviese el guión antes que el resto.
La Arcanista que anunció los duelos mentales en Lumavell avanza desde un lateral hacia el centro de la sala.
—Aspirantes. Honrados asistentes. El Juicio ha hablado, y, por ahora, treinta y tres nombres han quedado grabados en la historia de esta Tríada.
Hoy, la Corona honra vuestro temple, vuestra resistencia y vuestra capacidad para no romperse donde otros sí lo hicieron.
—La música se desvanece antes de que continúe hablando—.
Por orden del rey Seredric I, esta velada será compartida en mesa con la familia real.
—Algunas risas nerviosas rompen la tensión compartida—.
Cada Aspirante debe tomar asiento en su lugar asignado.
Ninguno ha sido elegido al azar. Y cada uno revelará, por su posición, lo que la Corona desea saber de vosotros.
La mujer se retira con una inclinación apenas perceptible. Devrian, a mi lado, suelta un «interesante» entre dientes.
—¿Qué significa eso de que no son al azar? —pre-gunto.
—Significa —responde él, mientras me ofrece el brazo para escoltarme hasta la mesa— que estamos a punto de jugar una partida sin dados. ¡Ya verás qué divertido!
Mientras caminamos hasta la mesa, veo cómo Seredric se lleva otra copa a los labios, mientras me mira.
Devrian, ajeno a todo lo que está pasando, me guía con suavidad hacia mi asiento.
Que para sorpresa de nadie, estoy justo enfrente del rey.
Claro que sí, campeón. Qué sutil. Como si no pudiese haberme puesto al lado de un candelabro, o detrás de una columna.
No, tenía que estar justo delante de Su Majestad.
No muy lejos de él, a solo cuatro platos, Devrian se sienta en su lugar asignado, al lado de su madre. Me guiña un ojo desde su asiento.
Sonrío nerviosa, ya no me parece tan gracioso jugar a hacerme la valiente.
Seredric aprieta la mandíbula mientras toma asiento frente a mí.
Noto como la vena de su cuello se hincha cada vez más.
Me clava la mirada como una daga y yo solo soy capaz de pensar en su boca sobre la mía; cosa que me cabrea.
¿Quién se cree que es? Que salga de mi puta cabeza ya.
Doy gracias a la Fundadora por tener a Cristalith a mi lado. Ha notado la tensión y sus ojos me piden información. Aún no puedo dársela. Me pregunto si su cluam ya me ha catalogado como amenaza emocional o simplemente como desastre táctico.
—Luego te cuento —digo en un susurro.
La fiesta ha comenzado. Toda la comida se presenta frente a nosotros, pero mi estómago ahora está completamente cerrado.
Todos comienzan a comer, yo simulo que lo hago.
Corto y muevo la comida en el plato y me fuerzo a llevarme algún pequeño trozo a la boca.
Se me atraganta lo que tengo en la boca cuando escucho mi nombre en boca de la Reina Madre.
—Señorita Dionna, ¿qué sentiste al enfrentarte al espejo?
Dejo la copa en la mesa con cuidado. Me enderezo ante los ojos de Matrish, que son más agudos que los de cualquier cazadora.
—Sentí el peso de nuestras decisiones… —empiezo, eligiendo las palabras como si fueran fichas a punto de caer en el lugar equivocado del tablero y yo quisiese evitarlo— y de lo importante que es admitir nuestros miedos tal y como son.
Eso fue la clave —me obligo a mantener la mirada alta.
Noto todas las miradas sobre mí: esperando a que me caiga—.
Querían parte de nuestra alma, y supongo que se la dimos.
Un segundo de silencio. O quizá dos. Justo el tiempo necesario para que esas palabras calen. Me mantengo firme, aunque cada músculo quiere echarse hacia atrás. No me permito ni parpadear.
Frente a mí, siento cómo Seredric se ha quedado inmóvil.
No dice nada. No ha dicho nada desde que empezó el banquete.
Pero sus ojos… sus ojos me están diciendo que ha entendido la doble lectura.
Espero que tenga muy claro el precio que sé que estamos pagando.
Ya no es rabia lo que veo, tampoco es deseo, ¿qué hago pensando en eso?
Cállate, Dionna. Su copa está abandonada frente a él. Su mano no se ha movido.
Y entonces Devrian se ríe. Una risa breve, elegante, modulada para no ofender a los presentes pero lo bastante sonora como para atraer toda la atención hacia él.
—Damas y caballeros —dice, alzando su copa—, brindo por la señorita Dionna. No solo por haber sobrevivido al Juicio, sino por demostrar su compromiso con la Tríada.
Un murmullo se propaga por la mesa de los nobles. Algunas cabezas se giran hacia mí, otras asienten. Cristalith se tensa a mi lado, Sándor no deja de mirar a Nirelia, y Odrien sigue comiendo sin mirar a nadie. Devrian continúa:
—No siempre los actos de valor vienen del linaje.
A veces vienen del barro. Y eso los hace aún más puros.
—Su mirada no se clava en mí. Fluye por la mesa.
Me envuelve como seda ardiente. Va de unos a otros y se posa en mí cada cinco o seis palabras—.
Y en honor a todos los que no pudieron volver con nosotros, donaré parte de mis recursos personales a las familias de los Caídos.
Silencio.