XVI #2
Silencio. Parpadea dos veces otra vez. La sospecha se instala, pero es una sospecha para otro día. Hoy, lo importante es no vomitar durante el banquete y volver viva para el baño de antes de dormir.
Cuando el reloj mágico de la Ciudadela canta la una en punto —ni un segundo más, ni uno menos—, Clummy aparece a mi lado y dice:
—Puntual. Qué rareza estadística. ¿Es esta una señal del fin de los tiempos?
¿Eso ha sido una broma por su parte? ¿Qué está pasando?
—Tal vez. —Me encojo de hombros siguiendo su broma—. Si ves ranas cayendo del techo, avísame.
Nos quedamos un segundo en el umbral. Él me observa. Yo lo observo. Y algo en mí se pregunta si este vínculo que tengo con él es tan inofensivo como parecía al principio.
—Vamos —le digo—. A fingir que somos gente decente y con apetito.
Clummy no responde, pero estoy casi segura de que sonríe internamente. O tal vez soy yo la que empieza a ver cosas donde no las hay. Da igual. Mantengo la espalda recta y salgo de mi habitación.
Un guarda de la familia real me hace un gesto con la cabeza para que lo siga.
El pasillo que lleva al salón privado de la familia real parece diseñado para hacerte sentir fuera de lugar.
No por su tamaño, ni por los arcos dorados ni por las lámparas de cristal viviente que flotan sobre nuestras cabezas.
No, creo que es algo tan simple como la alfombra.
Esa alfombra demasiado mullida, demasiado blanca, demasiado consciente de cada paso que damos.
Como si supiera que algunos aquí no deberíamos estar pisándola, juro que noto cómo me juzga.
Como si fuésemos a mancharla con nuestra vulgaridad.
Todos los Aspirantes, menos los nobles, nos miramos con los mismos ojos.
A mi lado, Sándor, tan opuesto a mí en este sentido, camina como si lo hubieran modelado para estar en este entorno, con el porte firme y los ojos clavados al frente.
Cristalith va un poco detrás, recta, elegante, como si no le afectase el peso de la mirada de los otros.
Y Odrien… Odrien camina con esa sonrisa burlona que tiene cuando sabe que todo saldrá a pedir de Odrien.
La misma sonrisa que me salva a mí del colapso.
Yo… yo voy en botas.
Me estoy arrepintiendo de hacerme la digna.
Que sí, al principio me sentía bien. Reivindicativa.
Sencilla. Honesta. Pero ahora, a medida que nos acercamos al salón y veo a los demás Aspirantes reunidos —las túnicas bordadas, los peinados perfectos, los zapatos que probablemente han sido encantados para no sonar— me empiezo a sentir como una mosca en una copa de vino.
Invisibilizada, hasta que me vean y les de asco. Noto como me hago pequeña a cada paso.
—Si me quedo muy quieta, ¿creéis que me fundiré con la decoración y nadie notará mis botas, los pelos y este vestido que parece un camisón sin planchar? —susurro a mi grupo, con una sonrisa tensa.
—Dionna, si tú te fundes con algo, que sea con una explosión —dice Sándor—. Sería trágico desperdiciarte con el anonimato.
—No está taaaan mal —añade Cristalith, mientras me examina de arriba abajo con cara de asco—. Vas… diferente . —Junta mucho los labios mientras me mira como si fuese una incógnita andante—. Y lo diferente llama más la atención que los clones con capa que hay aquí.
—Me siento como si hubiese venido a una fiesta de disfraces sin saber el tema —murmuro—. Y que encima al llegar, me acabo enterando de que no era de disfraces. Era mejor el vestido transparente.
Sándor me lanza una mirada breve. Con los ojos ligeramente más abiertos de lo normal.
—Estás bien así. Hay quienes llevan armadura, y hay quienes no la necesitan.
—Gracias, Sándor. Eres más bueno que el pan.
Dos Arcanistas vestidos de un blanco puro —más blanco que la conciencia de los nobles presentes, seguro— abren las puertas dobles del salón con un gesto coreografiado y exagerado para mi gusto.
Y entonces lo vemos: el Salón de las Tres Cúpulas.
Así lo llaman. Porque sí, hay tres cúpulas transparentes y altísimas.
Están decoradas con constelaciones encantadas que se mueven de forma sincronizada.
El suelo es de mármol negro con vetas doradas que brillan cuando alguien pasa sobre ellas.
En el centro, una mesa larguísima, curva en los extremos, llena de frutas cristalizadas, fuentes de carnes doradas, bebidas que flotan sobre sus copas sin derramarse, y postres que probablemente saben a las emociones que ya no tenemos.
—Esto es demasiado… —murmura Cristalith.
—Parece la barriga de una especie de Fundadora egocéntrica —añade Odrien, con tono académico.
—¿Y esa fuente? —pregunto, señalando una estructura con forma de dragón que está al fondo—. ¿Está escupiendo vino?
—Sí —dice Sándor, sin inmutarse—. Lo probé una vez en una cena en la embajada real de las Montañas Forjafuego. Sabía a mora y poder político. Literalmente.
Nos echamos a reír.
—¿Creéis que están tardando para que nos pongamos nerviosos? —pregunto, mirando hacia la entrada por la que, supuestamente, aparecerá la familia real.
—Por supuesto —dice Odrien, ajustándose el cuello—. Es parte del espectáculo. Hacernos sentir que todo está por encima de nosotros. Que ellos comen cuando quieren, y nosotros solo cuando nos lo permiten.
—Están alimentando la ansiedad —añade Cristalith—. Y eso que la mayoría de estos ya se han empachado de ella.
Sándor asiente.
—Lo peor es que funciona.
Miro alrededor y, en efecto, funciona. Algunos Aspirantes se balancean sobre sus talones, otros fingen revisar su copa por décima vez, una chica noble —creo que es de Virellla, una casa de Valthoria— se está retocando el maquillaje por tercera vez.
Sus labios no han perdido el brillo, pero igualmente se lo retoca.
No sé si por nervios, inseguridad o adicción.
Parte de la familia real ha entrado mientras observamos a nuestros compañeros buscando en ellos la inseguridad que nosotros mismos sentimos. Como si buscar en los demás tus propios miedos aliviase lo que llevas dentro.
—¿Visteis entrar a Devrian? —pregunta Cristalith.
Lo localizo de inmediato. Está junto a una columna semitransparente, charlando con una noble que lleva más anillos que dedos. Devrian asiente con falsa atención. Y cuando sus ojos se cruzan con los míos, ahí está. Esa sonrisa que me gusta tanto.
—Me ha mirado —murmuro, fingiendo pánico—. ¿Creéis que ha visto mis botas y planea mandarme a la horca estética? O igual ya no quiere hablarme nunca más.
—Por favor —dice Cristalith—, con esas flores en el pelo y esa actitud de «me importas lo justo», lo más probable es que quiera comprarte como obra de arte viviente.
Así que te relajas, porque si no, es probable que parezca que te importa y decida comerse la poca dignidad que te queda en el postre y luego no quiera volverte a ver más.
Sándor y Odrien no dicen nada y les dedico una sonrisa pequeña como recompensa, a modo: «gracias por no opinar».
—¿Y el rey? —pregunto. Miro el trono vacío en el extremo superior de la sala—. ¿Alguien lo ve?
—No ha llegado —responde Cristalith—. Y tampoco Nirelia ni la princesa Zmena. Ni siquiera la Reina Madre.
—Perfecto —digo—. Vamos a pasar media hora oliendo carne dorada y fingiendo que no se nos hace la boca agua mientras los Fundadores bajan del cielo.
—Me niego a fingir —dice Odrien, robando una aceituna flotante con tanta destreza que juro que la copa ni se entera—. Si me matan por esto, al menos moriré con algo en el estómago.
Cristalith sacude la cabeza en desaprobación, pero no dice nada.
El banquete aún no comienza, pero algunos nobles ya nos están devorando con los ojos.
La música apenas ha empezado, un cuarteto de cuerdas oculto tras las cortinas de tul encantado.
Todo parece flotar: las bandejas, las luces cálidas que caen del techo en forma de lluvia suspendida, los murmullos dulces y falsos de los nobles con las mejillas color vino.
A mi alrededor, los Aspirantes con apellidos largos se pavonean como si esto ya fuera suyo.
El Salón Privado de la Familia Real huele a néctar, a lirios, a perfume demasiado caro como para tener un nombre simple.
Yo, en cambio, huelo a jabón de lavanda y a corona de flores silvestres.
Me podría fundir con el mantel y nadie se daría cuenta.
—¿Entonces qué? ¿Intentas pasar desapercibida o sabotear las expectativas del evento? —susurra Cristalith, dándome un codazo leve mientras su vestido azul medianoche ondea como si caminara dentro del mar.
—Ambas —respondo con una sonrisa ladeada—. Me siento como una gota de tinta en una camisa blanca. ¿Por qué tengo la sensación de que esto no es un banquete, sino una cacería?
—Porque lo es —responde Odrien, señalando con la barbilla hacia un grupo de nobles jóvenes que nos observan con una sonrisa tan afilada como sus mandíbulas—. Solo que los colmillos están endulzados con protocolo.
—Dionna. —Me giro tan rápido como mis pies me lo permiten al escuchar como Devrian dice mi nombre; creo que me voy a caer—. Has hecho del desdén una forma de arte.
No sé si es un cumplido o un insulto, pero sonrío.
Mierda. Mierda. Mierda.
—Y tú del elogio, un doble filo —digo devolviéndole la sonrisa y finjo que no me importa el comentario.
—Solo con quien lo merece —responde—. ¿Puedo robarte un momento?
—Depende, ¿tienes buenas o malas intenciones?
—Dependerá de ti —responde, y con ese gesto galante y sencillo, me aparta del grupo, hacia uno de los laterales del salón, donde el bullicio es menor y la luz más íntima.
A mi espalda, siento la mirada de mis amigos, pero frente a mí me fijo en que hay otra mirada.
Una mucho más intensa: la de Seredric. No entiendo como alguien que no me permite conocerlo, puede provocar en mí esa atracción que intento negarme.
Su energía grita que no y mi cabeza le da la razón, pero aún así no soy capaz de evitar sentirlo.