Aethrya La Tríada XVI
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XVI

Dionna

—¿L ista? —Cristalith aparece en la puerta. Lleva una túnica con el mismo tono de blanco que llevo yo, pero a ella le queda más limpio, más elegante, como si su cuerpo no hubiera pasado por la misma oscuridad.

Asiento, pero no lo estoy.

—Vamos entonces —dice sin más.

Nos encontramos con Odrien y Sándor en uno de los pasillos principales. Me da la sensación de que el mármol aún vibra con los residuos mágicos de la noche anterior. Odrien tiene los ojos rojos, pero sonríe.

—Buenos días a los cadáveres funcionales —saluda con voz ronca mientras finge una reverencia.

—¿Dormiste algo? —pregunto.

—Dormí, sí. Me desperté en plena pesadilla y grité dentro de la almohada, pero técnicamente, sí: dormí.

Sándor se limita a caminar junto a nosotros. Su brazo izquierdo sigue vendado. Alguien debió sanarlo durante la noche, pero no quiero preguntar quién. Bien pudo haber sido un Arcanista sanador, como una pelirroja insoportable.

La Arena de Espejismos ya no parece la misma.

Donde antes había muros de piedra que colapsaron sin previo aviso, ahora hay cortinas flotantes de luz dorada.

Donde había sangre y fuego, ahora se alza un escenario circular cubierto con un tapiz de hilo brillante.

Sobre él, los estandartes de los supervivientes cuelgan en alto, como si cada Aspirante muerto en la Arena les diese más valor a los que aún seguimos vivos.

Nos ordenan en filas y dicen nuestros nombres. Nos sitúan junto a nuestros estandartes. Saludos. Reverencias. Nada que no hayamos hecho antes. La formalidad forzada más falsa de todo el continente.

Cuando me llaman, doy un paso al frente. «Dionna de Caelis, de las provincias del oeste de Galimatea al noroeste del continente». Y las palabras que le siguen me suenan absurdas si van acompañadas de mi nombre: «Por su capacidad de juicio, temple mental y virtud reflexiva».

Y una mierda.

Saludo con una sonrisa fingida a todos los nobles que no se saben limpiar el culo ellos solos, como si de verdad me importase su respeto. Entre tanto dinero hecho persona, veo a Devrian. Un poco de luz entre tanto vacío.

Está sentado entre los nobles amigos de la Casa Real, con esa sonrisa medida que siempre parece decir más de lo que permite. Me sostiene la mirada y me asiente con orgullo.

Levanto la mirada a las gradas superiores, aún sonriendo y saludando falsamente, y veo a Seredric.

Él no me mantiene la mirada, pero su madre sí.

Matrish murmura algo al oído de su hijo, y por el leve gesto que hace —aprieta la mandíbula, sin siquiera mirarme— sé que no es un elogio.

Probablemente me llamó «insolente», «plebeya», «insignificante». Cualquier cosa menos «bonita».

No me importa.

La breve ceremonia termina sin aplausos desbordados, como si los hubo ayer. Nos llevan a una sala lateral, abierta al cielo, con columnas translúcidas, bancos y cojines bajos sobre el suelo. Nos dejan solos. O eso creemos. Si hay Arcanistas espiando, ya no me interesa.

Sándor se deja caer sobre un banco de piedra.

—¿Qué pasa si no quiero más ceremonias? —pregunta—. ¿Qué pasa si solo quiero sentarme en el suelo y no volver a hablar nunca más?

—Pues te sientas —responde Odrien, tumbándose boca arriba—. Pero si no te mueves a tiempo, morirás. La Tríada está hecha para los verdaderos Héroes, como yo.

Cristalith observa las columnas.

—Esa parte fue lo peor —dice de pronto—. No saber si saldríamos juntos. Lo peor fue pensar que tendría que perderos.

Sándor la mira.

—¿Crees que lo que nos salvó fueron llas confesiones?

—No —responde ella, directa—. Creo que nos salvó no mentirnos. Les daba igual qué confesásemos en realidad. Solo querían más información, pero ¿para qué?

No quiero hablar, pero tampoco quiero que se callen. A veces el dolor ajeno es lo único que me mantiene en un estado de bienestar relativamente estable. Después pienso en lo cruel que es eso y vuelvo a caer en la miseria emocional en la que vivo. Odrien me mira, ladeando la cabeza.

—¿Y tú, Dionna? ¿Qué piensas?

Trago saliva. Siento el sabor del café malísimo aún en la lengua.

—Que todo esto… no debería doler tanto si fuera solo una prueba. Que si lo que quieren es elegir a los mejores, no deberían arrancarnos lo que nos hace humanos en el proceso.

—Entonces no están buscando lo mejor de nosotros —dice Sándor—. Están buscando lo que queda después de rompernos.

Cristalith asiente.

—Y eso es lo que me asusta. —Me fijo que no haya nadie cerca escuchando—. ¿La Tríada es lo que nos dicen? Parecen querer vernos fallar, no demostrar nuestro valor. —Trago saliva—. Parece que esté hecho para que suframos sí o sí antes de morir.

Odrien se incorpora.

—Yo tengo miedo de que al final, todo esto funcione. De que salgamos de aquí siendo justo lo que quieren. —Mira a los lados imitando lo que acabo de hacer—. Ya no tengo miedo de morir. Tengo miedo de que sobrevivamos y ya no seamos nosotros.

No sé quién lanza el suspiro que sigue. Tal vez yo. Tal vez todos a la vez. El viento pasa entre las columnas. Solo se escucha eso, el zumbido lejano de alguna máquina mágica y el goteo intermitente de una fuente.

Un Arcanista aparece en la sala. Su rostro está oculto tras una máscara de marfil con vetas doradas.

—Treinta y tres quedáis. Treinta y tres nombres que ahora figuran en los registros vivos de la Tríada.

—Hace una pausa. Nos mira uno por uno, sin prisa y sin ternura alguna—.

Vuestros cuerpos han sobrevivido. Que lo haga ahora vuestra esencia.

Regresad a vuestros dormitorios. No se os escoltará.

Sabéis el camino —su voz se vuelve más firme si cabe a medida que habla—.

Ningún sirviente os asistirá. Nadie os dirá qué elegir.

A la una en punto, cada uno deberá estar de pie frente a la puerta de su estancia, listo para ser convocado al banquete privado de la familia real.

No llegaréis antes. No llegaréis después.

Aprovechad el respiro. No suele durar mucho en esta casa.

◆◆◆

Estoy de pie frente al armario, que ha decidido desplegar tres opciones de vestuario con una elegancia que no merezco. Uno parece sacado de una ópera barroca. El segundo, de un funeral. El tercero es… ¿transparente? ¿En serio? A nadie le interesa saber el color de mis pezones o si me depilo o no.

—¿Tengo que escoger entre parecer una estatua viviente de las Siete Virtudes, una viuda codiciable o una copa de vino con piernas?

Clummy, impecable como siempre en su traje, se materializa justo a mi derecha sin hacer un solo ruido.

—Al que tú te refieres como «copa» tiene detalles bordados a mano con hilos de plata auténtica traída de los campos lunares de Aerin’thra —informa con ese tono de catálogo encantado que le encanta usar—.

Es muy popular entre las nobles jóvenes que desean transmitir disponibilidad y peligro.

Al ponértelo nadie puede ver tus partes íntimas, si eso es lo que te preocupa.

—Yo prefiero transmitir resistencia a la estupidez —respondo, y le lanzo una mirada a lo «ni en tus mejores sueños mágicos me arriesgo a que se me vean los pezones»—. Además no pienso llevar tacones; los odio con toda mi alma.

Clummy hace un gesto que no reconozco. Parpadea a destiempo, ¿desde cuándo tiene expresiones tan humanas? Me detengo. Me quedo mirándolo, pero no dice nada. Yo tampoco. La tensión dura exactamente cuatro segundos, hasta que suelta, sin ironía alguna:

—¿Puedo hacer una pregunta objetiva?

—Solo si viene con una advertencia de posible colapso existencial de esas tuyas que tanto me gustan —replico.

—¿Por qué detestas algo que no es una persona?

Y ahí está. La pregunta absurda dicha con neutralidad absoluta, como todo lo que sale de su no-alma, pero aún así…

no. Sin embargo, es una pregunta por curiosidad personal, no por mera funcionalidad.

Algo se ha torcido. Parpadea a destiempo y pregunta acerca de mis gustos personales.

Dos cosas que nunca había hecho antes —al menos que yo me haya fijado.

Dos cosas que, en conjunto, me hacen pensar que, o me estoy volviendo paranoica, o Clummy ya no es solo una extensión mágica del sistema.

No contesto. En vez de eso, le dedico mi mueca más fina: esa que uso cuando intento que no se me escape una carcajada ante la ridiculez del protocolo real. La misma que le lancé al instructor del colegio que me dijo que no se puede correr con botas. Spoiler: se puede.

Clummy se queda en silencio. No insiste y anota algo en el aire con uno de sus dedos luminoso. Mejor que no le dé por opinar sobre coronas de flores, porque ya tengo la mía lista.

Opto por el vestido más simple de la colección secreta del fondo ignorando las tres «recomendaciones».

Marfil apagado, tela suave, sin bordados pomposos, pero sí con una apertura que deje ver que voy armada con mis dagas.

Lo combino con mis botas color marrón gastadas —sí, esas, con las que sí se puede correr—, me dejo el pelo ondulado al natural y coloco sobre él una corona fina de flores silvestres que me recuerda a las que Kiri recoge cuando va al bosque a leer y llega a casa con una teoría absurda sobre el libro que está leyendo y las flores en la mano.

Nada de maquillaje, salvo una gota de bálsamo en los labios y aceite de almendras en la cara.

No he hecho el maravilloso trabajo de las estetas, pero he conseguido no tener cara de cadáver: éxito total.

Clummy me escanea con la vista de pies a cabeza. No dice nada sobre las botas. Solo anota otra cosa en su libreta de aire invisible.

—¿Y bien? ¿Demasiado informal para una comida con los Fundadores? —pregunto, girando sobre mis talones como si estuviera en una pasarela de moda, y haciendo una reverencia.

—Tú misma dijiste que preferías resistencia a la estupidez. Estás vestida en consecuencia.

—¿Eso fue sarcasmo? —pregunto, dándole una mirada entrecerrada.

—Yo no soy capaz de ser sarcástico —dice, con su tono perfecto.

—Claro que no —le respondo, cruzándome de bra-zos.