XV #4
Los muros internos tiemblan. Un eco profundo retumba desde las entrañas del continente. El público contiene la respiración para luego gritar y aplaudir. Los van a enterrar vivos y el público lo está disfrutando. La bilis me sube por la garganta amenazando con un vómito.
Una última figura corre hacia la salida.
Sus piernas no tocan el suelo con firmeza.
Va empujada por la fuerza del colapso, por la magia que la arrastra.
Se lanza hacia adelante. Una explosión de chispas arcanas le muerde los talones.
Y justo antes de que la piedra tras de sí se desintegre… lo logra.
Cae rodando al mármol. Medio inconsciente, pero viva. No todos tienen esa suerte; no todos salen.
Cuento con miedo los que quedamos fuera. Treinta y tres. Somos treinta y tres los que cruzamos con vida. Contados como ganado sagrado. Elevados como héroes de barro.
Y mientras el coliseo de gradas estalla en vítores, mientras las familias nobles se ponen de pie y los Arcanistas observan con sus rostros pétreos, yo solo escucho otra cosa.
Los gritos ahogados; el cuerpo que cayó por la ventana; la confesión de Cristalith, con voz rota; el temblor de Sándor; la falsa soberbia de Odrien; mi voz diciendo el nombre de Hollieth por primera vez.
El público aplaude; para ellos, solo fue un espectáculo. Para nosotros, una cicatriz más. Otra que no se ve. Otra que nadie más entenderá. Cierro los ojos y los abro un segundo después.
No hay sombras. No hay espejos. No hay susurros de muertos ni trampas arcanas. Solo la luz abierta de la Arena, el bullicio ensordecedor de la multitud, y sin embargo... todo me resulta más irreal que lo que acabo de atravesar. Más irreal, más hostil y más lejano que la muerte lenta.
Estoy viva, pero no me siento entera del todo.
Hace tiempo que ya no existe eso que algunos en este circo parecen querer mantener: mi integridad.
Acaban de enterrar a decenas de personas bajo tierra.
La prueba era eso: ser rápido. Nadie nos dijo nada.
Era todo demasiado fácil, demasiado accesible para ser una de las grandes pruebas.
Teníamos que correr, elegir bien y correr.
Por eso los muros dejaban de aplastarnos cuando acelerábamos el paso.
Mi cuerpo avanza como si no me perteneciera del todo a este lugar.
Mis piernas tiemblan de un agotamiento que no se parece a nada físico.
Es como si alguien hubiese metido la mano dentro de mi pecho y me hubiese arrancado algo esencial.
La fuerza. La fe. O el alma, si es que todavía la tengo.
Podría haber muerto: fue mera casualidad llegar a tiempo.
Me arde la espalda. Me duelen los dedos, con la piel levantada de tanta piedra. La sangre se me seca en la cara y los nudillos. No estoy segura de si alguna vez respiré con normalidad durante esa última sala. Y sin embargo, aquí estoy. Entre los vencedores.
Vencedora.
Qué palabra más hueca cuando te rodea tanta muerte.
Levanto la vista. No sé muy bien el porqué, tal vez por instinto, tal vez por desesperación.
Busco una mirada. Una complicidad. Un refugio.
Busco a los Valendris. Mis ojos se encuentran con los de Devrian.
Está en su palco, rodeado de nobles que aplauden con fingida solemnidad, pero él no.
Él me mira a mí , directamente a mí . Una sonrisa se me escapa de los labios.
Pequeña, apenas curvada. Como si fuésemos un espejo, sus labios se curvan también y me hace sentirme casi humana.
Está allí de pie, imperturbable, pero tiene un brillo en los ojos —algo cálido, algo que me dice «te vi».
Me buscó; sus ojos ya estaban ahí antes de que los míos pudiesen llegar a ellos.
Por un momento, eso me basta. Por un momento, me aferro a ese hilo de alivio.
Sigo los asientos con la mirada hasta que lo veo a él.
Seredric. Me queman los labios en cuanto mi mirada lo encuentra.
Está sentado más al fondo, en lo alto de su palco dorado, justo donde la luz lo roza sin tocarlo del todo.
¿Quién necesita luz cuando ya has sido tocado por la Fundadora?
Su postura es perfecta. Su rostro, una máscara tallada en piedra.
Veo cómo sus dedos están crispados sobre el borde del asiento.
Cómo las venas se marcan en sus manos. Cómo sus ojos están clavados en mí, pero no me sirve de nada; aún teniendo todo el poder en sus manos, sigue sin hacer absolutamente nada.
Junto a él, la Reina Madre. Sus labios se mueven y puedo leer el vene-no que sueltan:
—Astuta, esa plebeya. Más de lo que parecía.
No me conoce de verdad, pero me cree inferior.
No sabe qué dejé dentro de ese sendero. No escuchó el grito desde dentro.
Ni sintió la confesión. Ni el eco del nombre de mi hermana, muy probablemente muerta, saliendo por mi garganta como una herida abierta.
No lo sabe, pero juzga igual. Seredric no responde.
Algo en su cuello se tensa, pero no dice nada .
Y luego, lentamente, aparta la mirada de la mía y la mira a ella.
No sé qué es peor: el juicio de la madre o el silencio del hijo.
El público sigue gritando.
Cristalith está a mi lado. La escucho respirar de forma entrecortada, pero no dice nada.
Nadie dice nada. Solo estamos de pie, esperando algo que no va a llegar.
Doy un paso adelante, tambaleante. El suelo parece más blando de lo que debería, como si el mundo estuviera cediendo bajo mis pies. Me gustaría dejarme caer.