XV #3
Llegamos a una zona en donde la piedra parece más clara. No hay inscripciones, pero el sendero parece abrirse camino hacia un lugar en concreto. Pasamos junto a una bifurcación donde escuchamos pasos, pero nadie aparece. Odrien se detiene, se asoma.
—¿Hola? —pregunta a la nada, más por acto reflejo que por esperanza.
Nada.
—Una parte de mí quiere pensar que era el eco de una gotera —dice, reculando.
—Y la otra parte —respondo, sin mirarlo—, sabe que una gotera no se parece a pisadas con ritmo humano.
Sándor no dice nada. Lleva así, en silencio total, desde que salimos del espejo. Es como si caminase junto a un fantasma. Cristalith va a su lado, más pálida de lo habitual, pero sin perder la postura. Me enorgullece un poco verla así: aguanta, incluso cuando todo alrededor parece desmoronarse.
—¿Os habéis fijado? —dice Cristalith de pronto, deteniéndose—. Este tramo es diferente. No solo por la piedra; el aire es más… ¿liviano?
Y tiene razón. Es como si hubiéramos cruzado una frontera invisible.
Avanzamos con más precaución que antes, lo que encoge el espacio.
Cuando creemos que ya nada más puede pasar, una abertura se abre hacia lo que parece la nada.
Nos asomamos los cuatro y, al mirar al otro lado, vemos los distintos niveles.
Espera… ¿el Sendero tiene niveles? No me había dado cuenta de que estábamos subiendo.
Vemos en un nivel inferior a un aspirante solo, se mueve en círculos, sin saberlo.
Lo seguimos con la mirada hasta que algo llama nuestra atención: otro aspirante viene hacia nosotros por el mismo pasillo por el que venimos.
Pasa frente a nosotros y no nos ve. Gira, vuelve, tropieza, maldice. Una y otra vez.
—¿Qué le pasa? —pregunta Odrien, boquiabierto.
—No avanza —susurra Sándor—. Está atrapado en una ilusión de bucle.
—¿Cómo rompemos lo que sea que es eso? —pregunto.
—No lo podemos romper —responde Cristalith, con un hilo de voz—. Una vez eres atrapado por una de esas ilusiones, estás perdido. No es nuestra lucha, Dionna.
Vemos cómo el chico cae de rodillas. Su rostro no lo alcanzamos a distinguir, pero sí la forma en que se cubre la cara.
El modo en que su cuerpo tiembla. Su cuello comienza a torcerse de manera inhumana.
Nadie podría sobrevivir a eso. No puedo mirar.
Escucho como se rompen más huesos de su cuerpo de los que yo podría nombrar.
Cuando parece que me atrevo a mirar hacia su dirección, un sonido capta mi atención.
Viene de la ventana, del nivel inferior.
El chico tiene una pierna en la ventana de su nivel.
Fundadora mía, se va a tirar. Me giro instintivamente hacia Sándor.
Escondo mi cara en su pecho. Giro la cabeza y veo como Odrien se tapa la cara con las manos.
¿Qué coño está pasando? ¿Por qué abren estas ventanas ahora? ¿Por qué se están matando?
—Tenemos que seguir, por favor —murmuro mientras intento recomponerme y me aparto de Sándor.
Poco después, cuando llegamos a una zona donde los muros se ensanchan y nos dan tregua para descansar de la claustrofobia, una explosión de luz azul nos alcanza por la izquierda.
Nos cubrimos instintivamente, pero cuando volvemos a mirar, solo vemos cómo dos Aspirantes discuten.
El noble de la casa Morvhaen alza la mano, conjura un sello arcano y lo lanza contra otro chico, más pequeño y delgado.
Lo encierra, literalmente, en una burbuja de cristal etéreo.
¿Cómo tiene acceso a un sello arcano? ¿Cómo es capaz de usarlo? ¿Qué cojones está pasando?
—¡No! ¡Me dijiste que lo usaríamos juntos! —grita el segundo, golpeando las paredes de su prisión.
—Solo había sitio para uno —responde el noble, dándose la vuelta y continuando su camino sin siquiera darse cuenta de que hemos llegado.
—Qué hijo de puta… —susurra Odrien.
—Se veía venir —respondo—. Lo que no sé es cómo coño ha usado ese sello sin entrar en combustión.
Sándor nos obliga a avanzar antes de intervenir. Nos colamos rápidamente por el lado derecho, antes de que nos vea el chaval atrapado. No es nuestra lucha.
Seguimos caminando por el pasillo estrecho, cuando una luz nos llama la atención. No es una luz como la del sello. Esta es cálida, dorada. Se filtra como miel entre las grietas de un muro curvo. Siento que el corazón me da un vuelco.
—¿Lo veis? —digo, señalando.
Todos lo vemos. Es como si el sendero por fin estuviese cediendo. Como si la prueba tuviese un final.
—Eso tiene que ser el final —dice Sándor, con voz tensa.
Corremos hacia la luz por primera vez desde que entramos en la oscuridad.
La grieta se abre a una sala circular, inmensa.
Y allí, justo en el centro, erguida como una cicatriz vieja, encontramos a la Esfinge.
Pero no es aquella criatura elegante y ambigua de la arena de Sah’dara.
Esta versión está hecha de humo oscuro, ojos sin forma, alas apenas delineadas por un aura grisácea. Sin embargo, la voz es la misma.
—¿Qué pesa más que una montaña —ruge—, todos la llevamos sobre la espalda, pero solo los justos la sienten? Tenéis cuatro oportunidades. Una por cada uno de los potenciales Héroes que tengo ante mí.
El eco sacude las paredes.
—¿Un secreto? —aventura Odrien.
Pero la Esfinge no se mueve.
—No… —murmura Sándor—. La responsabilidad, tal vez.
Nada.
—El juicio —susurra Cristalith.
Ni una sola reacción.
Hay algo que he llevado encima desde antes de entrar aquí.
Algo que me pesa en los huesos. Lo único que no he podido quitarme jamás.
Algo que me arrastra cada noche y cada día, porque la escucho en la voz de Hollieth, en mis propias pesadillas, en el silencio que me muerde cuando estoy sola. Cierro los ojos y respondo.
—La culpa.
La Esfinge sonríe. Una sonrisa imposible, que se estira como una grieta en el humo para después disolverse.
Los muros tiemblan y tras la Esfinge se abre una puerta a una sala.
En el centro, sobre un pedestal de piedra y fuego suspendido, reposa un estandarte.
Cristalith se acerca por un lado donde el fuego no puede alcanzarla y lo coge.
Odrien se adelanta, con los brazos preparados para defenderla de lo que pueda pasar.
Sándor y yo nos quedamos atrás. Hasta que el suelo tiembla y la estructura sobre la que está Cristalith tiembla con él.
Yo me lanzo sobre Cristalith sin pensarlo.
La cubro con el cuerpo. Odrien gira en defensa y consigue quedarse cerca de ambas y Sándor corre hacia nosotros.
Rocas comienzan a caer sobre nuestras cabezas y noto como una me cae encima.
Algo caliente me rueda por la frente. Odrien recibe la peor parte desde donde yo puedo ver, una losa le cae en la espalda y lo obliga a doblarse sobre sí mismo.
Sándor le quita la losa de encima mientras guijarros afilados le caen por el costado.
Cuando creo que nos van a lapidar vivos, una luz se enciende al otro lado de la sala.
—¡Por ahí! —grito—. Tenemos que saltar.
Saltamos del pedestal y corremos hacia una luz natural evitando las rocas más grandes que caen sobre nosotros. Comienzo a oír aplausos cuando emergemos entre los primeros. Mi pecho sigue ardiendo, mi mente continúa agotada, y mi alma parece estar hecha de ceniza.
Mis piernas tiemblan, pero no me detengo.
Detrás de mí, Odrien jadea. Cristalith aprieta el estandarte contra el pecho como si fuera un hijo recién nacido.
Sándor es el último en cruzar. Su brazo sangra de manera desorbitada, pero él sigue corriendo como si el mundo no pesara, aunque sus hombros digan lo contrario.
Mi ropa está rasgada y no sé en qué momento me he hecho el corte que tengo en el muslo izquierdo, pero me arde más que el que tengo en la sien.
El primer grupo que nos sigue llega minutos después.
Tres figuras emergen del humo y del calor opresivo.
Una de ellas me resulta conocida: el Morvhaen, que por lo que vimos hoy, puede usar sellos arcanos.
Lleva la cara manchada, el pelo negro azabache revuelto, los ojos abiertos como puertas a un infierno que no esperaba.
—Es él —dice Odrien, en voz baja.
—El que juega con un tipo de ventaja que tenemos que averiguar —añado.
El segundo es más joven. No me había fijado en él antes. Pelo blanco, como ceniza, ojos enormes, como si el mundo aún lo sorprendiera. Está solo y no parece exhausto, pero sí ausente. La tercera es una chica de Valthoria que no parece haber sufrido lo más mínimo.
—¿La conocéis? —pregunta Cristalith.
—No —dice Sándor—. Siendo tantos, no me sorprende no haber tenido el placer.
Entonces aparece otro grupo. Cinco, no, seis Aspirantes que caminan juntos.Cojean y se apoyan donde pueden, pero traen consigo tres estandartes más.
Uno por cada ruta superada. Uno por cada confesión hecha en la penumbra.
Uno por cada pedazo de alma dejado atrás.
No sé si todos pasamos por las mismas pruebas.
Por la cara de algunos de los Aspirantes, estoy segura de que las hubo peores.
Me siento bien pensándolo, cosa que me aleja del cupo de buenas personas que quedan aquí.
Uno de los Aspirantes cae de rodillas. Otra vomita en el mármol brillante.
Los estandartes no lo cuentan todo. Solo nos confirman que sobrevivieron.
No cuentan cómo, tampoco por qué, pero sí que lo hicieron.
Comienzan a salir como fantasmas de un cementerio olvidado al que ha entrado quien no debía.
Se escucha un crujido: magia colapsando sobre sí misma. Como si el sendero estuviera cansado de existir. Como si ya hubiese cumplido su propósito y ahora quisiera desaparecer antes de que alguien intentase entenderlo. No les están dando más tiempo a los que todavía están dentro.
—Está deshaciéndose —murmura Cristalith.