Aethrya La Tríada XV #2
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XV #2

Sabemos lo que ha sido.

Un joven, por lo menos. No sé si solo ha sido uno o han sido varios los cuerpos que se han precipitado hacia el abismo. El sonido lo llena todo.

—¿Lo habéis oído? —susurra Cristalith.

Sándor no dice nada. Creo que está temblando. O tal vez soy yo la que tiembla y le estoy adjudicando mi miedo.

—Como para no oírlo… —dice Odrien con la voz raspada—. Un puto castigo más de esta Tríada

Miro hacia atrás, aunque no hay nada que ver.

Solo oscuridad. Oscuridad que ahora ya no parece simbólica.

¿Cuántos más caerán por creer que ver es igual a entender?

Avanzamos. Nadie dice nada más, pero ese sonido…

ese puñetero sonido nos acompaña. Está en cada paso que damos.

En cada respiro contenido. En cada decisión posterior. Es el nuevo latido del sendero.

El pasillo nos lleva a una sala más ancha, más fría. La oscuridad no es completa aquí. Hay una luz tenue, enfermiza, como la de una vela ahogada en su propia cera.

Y en el centro, un espejo. Otro puñetero espejo.

Es colosal. De marco ennegrecido, tallado con formas que no quiero entender: parecen bocas abiertas, manos extendidas, ojos sin pupilas. Encima de él, una inscripción arcana. La voz de Cristalith lo traduce con un tono más grave del suyo habitual:

—«Reconoce aquello de ti mismo que escondes al mundo y el espejo cederá. Miente y el espejo acabará contigo».

Siento cómo me sudan las palmas. Miro hacia arriba y ya no veo las gradas. Era una proyección.

—¿Acabar contigo, cómo? —murmura Odrien.

—¿Quieres probar suerte mintiendo? —responde Cristalith, sin mirarlo.

Nadie se mueve. Nadie respira del todo. El espejo vibra.

—¿Tenemos que confesar algo? —pregunto en voz baja.

—No solo algo —dice Sándor—. Lo que más nos cueste admitir. Lo que nos negamos a decir incluso a nosotros mismos.

Cristalith da un paso adelante. No sé si porque quiere ser valiente o porque está harta de tener miedo.

—Tengo miedo —dice, con la voz firme solo en apariencia—: miedo de que, en el fondo, mi soledad no sea una condena, sino un diagnóstico; de que no sea insuficiente por mala suerte, sino porque no hay nada en mí que merezca ser elegido.

Tengo miedo de que, cuando las ideas de mi familia salgan a la luz y los maten por mi culpa, no solo me quede sola…

sino que una parte de mí piense que era inevitable.

Que yo era el precio —dice, con la voz apagándose, mientras una lágrima le recorre la mejilla—. Que siempre lo he sido.

El cristal pulsa. Una onda sutil. Como un suspiro contenido, pero no se rompe. ¿Las ideas de su familia? ¿A qué se refiere? No me da tiempo a seguir preguntándome nada más, porque Sándor la sigue. Avanza hasta que su reflejo le devuelve la mirada. El suyo parece mayor.

—Temo morir —dice: la voz áspera, entrecortada, como si cada palabra le arrancase un pedazo de aire—.

Mi hermano… él sólo tenía fuerza. Nunca supo cómo jugar la Tríada.

Si me llevan a mí, mis padres volverán a esperar noticias con el corazón en vilo, con el miedo que se te queda en el pecho cuando todo lo que amas puede desaparecer en un instante.

Tengo un miedo atroz a actuar de una manera que aquí no sirve.

Todo lo que haga se medirá con reglas que no entiendo, y cada movimiento en falso puede rompernos otra vez.

La Tríada es ley, es el altar donde todo se exige y nada se perdona.

Temo que si fallo, esta vez no habrá regreso.

No habrá perdón. No habrá celebración. Sólo el eco de la sangre de otro hijo que no sabe ser héroe, y el miedo de mis padres a perderlo todo otra vez.

Otra vibración. Más fuerte esta vez, como si el espejo estuviera procesando el dolor, tragándoselo y alimentándose de él.

Odrien y yo nos miramos, como decidiendo quién será el siguiente en entregarle parte de su alma al continente entero.

Suspira varias veces. Se pasa la mano por el pelo.

Incluso intenta hacer una broma, pero no le sale.

Yo ni siquiera me muevo; estoy atrapada en mis pensamientos y mi cerebro trabaja a una velocidad inhumana por encontrar qué es lo que quieren de mí. Con la voz apenas audible, Odrien dice:

—Yo no tengo miedo de nada. Simplemente no puedo permitirme ser como mi hermano.

—Veo cómo aprieta los puños hasta que los nudillos se le ponen blancos—.

Héroe de la Tríada, pero sin honores, escondiéndose mientras nuestra familia lo perdía todo.

—Sus ojos se clavan en un punto invisible y puedo sentir la rabia que lo atraviesa—.

Mi familia, nada. Todo reducido a polvo por su cobardía.

—El aire alrededor de él parece vibrar con cada palabra—.

Yo seré Héroe. —Se pone más recto e hincha el pecho como si es ya le diese el respeto del que habla.

Yo respiro hondo mientras lo escucho, como si intentara absorber todo el mundo con él—.

No de esos que miras y solo ves un cadáver glorificado de promesas rotas.

Yo ganaré con todos los honores que merecen mis manos, mis ideas y mi sangre.

—Sus dedos se relajan, pero yo siento la presión que sostenían hace un segundo—.

Porque lo que más me preocupa no es fallar.

—Una risa corta y amarga se le escapa—. Es ganar y que nadie se dé cuenta de que lo hice.

Que todo el mundo siga creyendo que los héroes de nuestra familia no valen nada —dice, mientras veo cómo su mirada se eleva, afilada, implacable, hacia lo que supone son los ojos de quien proyecta esto al continente—.

No quiero que me recuerden por esconderme el tiempo suficiente como para seguir con vida gracias a éxitos ajenos.

Quiero que sepan que fui yo quien rompió el molde, que mi victoria no fue un accidente, sino justicia.

Y si mi hermano está ahí, creyéndose héroe…

quiero que sepa que se equivocó, porque todos sienten pena por él.

A mí nadie me mirará con compasión. Nadie me ignorará. Nadie.

Y entonces, tras el pulso del espejo después de la confesión de Odrien, todos me miran.

Yo no quiero hablar. Mi garganta se cierra.

Mis pies pesan. No hay confesión que me salve.

Hay algo que ni siquiera he terminado de aceptar.

Algo que se enrosca en mi estómago desde el primer día.

Algo que grita en las pesadillas. Sin embargo, camino hacia mi destino.

El espejo me recibe con una imagen que me odia. Mis ojos, duros y con esa arruga entre las cejas que tanto odio; mis labios, apretados; mis hombros, tensos como si llevasen años sosteniéndome para no colapsar.

—No solo no la salvé —comienzo a hablar con la voz hecha trizas—, ni siquiera grité, ni corrí, no hice una puta mierda; me quedé quieta.

—El aire me entra a trompicones y me quema la garganta, será la primera vez en mucho tiempo que diga su nombre—.

Me quedé mirando cómo se la llevaban, con las piernas clavadas al suelo como la cobarde que soy.

Hollieth se fue mientras yo seguía allí.

—Trago saliva, me tiemblan los labios: su voz me persigue desde que no está—.

Respirando, viva, intacta, como si no hubiera pasado nada, como si no fuera culpa mía.

Soy la decepción de mis padres, el error que no supieron ver a tiempo, la demostración de que puedes hacerlo todo bien y aun así criar a alguien inútil cuando llega el momento de no fallar; soy la cobardía hecha carne, hecha miedo, hecha mierda, joder.

No sé quién soy. —Niego con la cabeza despacio, los ojos me arden, hinchados—.

Nunca lo he sabido; solo sé ser quién esperan que sea, y ni siquiera sirvo para fingirlo bien.

Vivo copiando gestos, robando personalidades ajenas, poniéndome máscaras baratas que se caen en cuanto alguien me mira de cerca.

Cuando me observo no encuentro nada —sigo hablando sin parar, el pecho se me cierra, la respiración se me desarma—: no hay un centro, no hay un yo, no hay nada que merezca ese nombre, solo esta puta ansiedad constante, esta presión que no afloja nunca, esta certeza de estar siempre a un segundo de cagarla otra vez.

Mis logros no son orgullo. —Aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula—.

Son treguas miserables, migajas, segundos robados antes del siguiente fracaso, aplazamientos de algo que sé que va a llegar porque nunca es suficiente, porque yo no soy suficiente —digo esto último y una lágrima espesa se me escapa, me cruza la mejilla, mientras otras tantas se me acumulan en los ojos y me nublan la vista—, y lo peor, lo realmente jodido, es que lo sé…

lo he sabido siempre. —Una sonrisa amarga se me forma en la boca y ya no tengo nada más dentro de mí: estoy completamente expuesta frente al continente y ni siquiera me importa.

Mi voz tiembla con la última palabra como si mis cuerdas vocales no pudieran con el peso de lo que siento cuando mi reflejo me devuelve la mirada.

Nadie dice nada. Ni un solo sonido. Y entonces, cuando todos en la sala hemos hablado, el espejo desaparece con el último pulso.

Un pasillo oscuro como el anterior aparece tras de él.

Continuamos el camino hacia lo que creemos que es la salida.

Las paredes del sendero responden a nuestros sentimientos: se estrechan cuando dudamos o nos detenemos, y se ensanchan cuando nuestros pasos son firmes.

Continuamos nuestro camino sin saber exactamente hacia dónde estamos yendo.

Con la vergüenza aún latiendo en nuestras sienes.

Cuanto más rápido vamos, más se ensancha el pasillo; corremos para tener algo más de espacio.

Hace tiempo que dejamos de hablar. No por falta de cosas que decir, sino porque cada palabra ahora parece un riesgo y el esfuerzo de la carrera nos quita la respiración.