XV
Dionna
D oy un último sorbo antes de salir de mi habitación. Sabe a tierra húmeda y algo más amargo. Hago una mueca de asco sin querer; este café es siempre malísimo. Cuánto echo de menos el café de mi casa.
Corro por palacio como si ya me perteneciese. Voy a llegar tarde, como siempre. Cuando llego al patio que precede a la Arena de Espejismos, ya están todos allí. Mierda.
Los noventa y tantos que quedamos en la Tríada estamos apiñados en pequeños grupos, como si el calor humano pudiera protegernos de lo que está por venir.
No sé cuántos sobreviviremos después de la prueba de hoy.
Algunos cuchichean, aunque la mayoría estamos callados.
Los Arcanistas nos observan impasibles desde las alturas; los muy cabrones viven sin emoción alguna en el rostro.
Cristalith se cruza de brazos en cuanto me ve.
—¿Tú también soñaste con pasillos sin salida o qué? —pregunta en voz baja— Porque menuda cara me llevas, nena.
—No dormí mucho la verdad —respondo.
—Mejor. Así no ves nada al cerrar los ojos que te vaya a comer por dentro cuando los tengas abiertos —interviene Odrien, acercándose con un tono tan despreocupado que me resulta sospechoso—. Yo sí dormí. Soñé que me preguntaban tres veces por el color de mi alma y respondí «azul».
—¿Y acertaste? —pregunto, arqueando una ceja.
—No, era verde. Pero al menos no soy un puto rebelde norteño de alma negra.
Sándor llega justo después. No dice nada al principio, pero su mirada barre el espacio con una atención poco habitual. Como si cada sombra escondiese una trampa y él lo supiese.
—Esto no va a ser un juego de pistas —murmura.
Cristalith lo mira con atención.
—¿Qué sabes? ¿Qué te dijo la pelirroja esta vez?
—Nada —responde él apretando la mandíbula.
No puedo dejar de pensar en Ernys. Ahora somos solo cuatro. ¿Cuánto tiempo seremos cuatro? ¿Cuándo pasaremos a ser tres? Puede que llegue el momento en el que ninguno de nosotros vuelva a casa.
—¿Creéis que nos separarán? —pregunto, sin miedo a que piensen que sola no puedo.
—Yo creo que sí —dice Cristalith—. No creo que nos dejen apoyarnos en nadie. Esa sería la gracia, en la anterior necesitábamos estar juntos, en esta nos matan solos.
—¿La gracia? —Odrien se ríe como si algo de esto tuviese gracia—. ¿Desde cuándo una prueba tiene gracia?
—Desde que quienes la diseñan no tienen alma —responde Sándor, bajando la voz— y necesitan ver la nuestra destrozada para justificar sus reglas. Es decir, siempre.
Un gong suena acallando la poca conversación que había entre nosotros. Después del sonido, como si despertase algo bajo tierra, la Arena se abre en una espiral de movimiento. Se está formando una construcción: un muro de piedra negra, sin entrada visible.
—Eso es… —susurra Odrien.
—El Sendero del Juicio —completa Cristalith.
¿La tía esta lo sabe siempre todo o qué?
Yo trago saliva, pero no sirve de nada; mi garganta está seca. Si ya estoy hueca por dentro, ¿qué más quieren juzgar? Agradezco que no esté aquí Clummy para darme una estadística absurda sobre mi nivel de cortisol.
Nos separan en filas, como piezas en un tablero que nadie entiende.
Cuando Sándor se aleja, me roza con los dedos.
Gesto que sé que tiene más significado, pero aún no lo entiendo.
Cristalith se despide con una sonrisa que no le llega a los ojos; parece que tenía razón, como siempre. Se gira hacia Odrien.
—Nos vemos al otro lado —le dice, pero no suena convencida.
Él le lanza un beso en el aire y ella le guiña un ojo. Eso sí parece real.
Sola frente a un muro sin puerta. Hasta que el muro se abre. Dos placas de piedra se deslizan en silencio, revelando un pasadizo estrecho que huele a metal y humedad.
—El juicio comienza. Solo lo que es verdad puede cruzar —dice una voz.
El aire dentro del sendero tiene una textura que no debería existir en él: es denso y huele a óxido.
Como si cada partícula pesara con el peso de la sangre de todos nosotros.
Como si las paredes hubieran absorbido todas las dudas, todos los errores, todos los miedos de generaciones de aspirantes y ahora los estuvieran exhalando, lentamente, sobre nosotros.
Alzo la vista y veo que las gradas de la Arena están repletas de gente gritando diferentes nombres.
¿Es una proyección o las gradas caen sobre nosotros como una atracción de parque irreal?
Nadie grita mi nombre. Intento buscar a la familia real, pero no los veo.
Vuelvo al mundo al que pertenezco e intento concentrarme en lo que dijo la voz.
Busco más pistas en las paredes que sangran símbolos.
Inscripciones arcanas recorren cada piedra, talladas con una precisión antinatural.
Están vivas y palpitando, por la Fundadora…
de ahí viene el olor a metal: es sangre de verdad.
Algunas brillan débilmente, otras laten como heridas abiertas.
Cuando intento entender una oración, la siguiente que veo con el rabillo del ojo juro que cambia. Como si no quisieran ser leídas.
A mi alrededor, los pasos resuenan. Cientos de ellos. No nos han separado del todo. Estamos todos dentro. Todos los Aspirantes estamos compartiendo el mismo espacio. Cerca de un centenar de almas encerradas, empujadas al mismo núcleo sin instrucciones.
Camino hacia lo que creo que es adelante hasta que me encuentro con dos pasajes visibles: uno iluminado por antorchas que chisporrotean con fuego azul —sonrío al recordar el alma de Odrien— y otro en completa oscuridad, como una cueva oscura en mitad de la nada.
No me he decidido, escucho grupos dispersos, Aspirantes decidiendo a ciegas al otro lado del muro. Algunos deben de estar corriendo hacia la luz como polillas.
—¡Dionna!
La voz me alcanza como un hilo en la tormenta. Me giro. Cristalith viene hacia mí con paso firme, Sándor a su lado. Odrien aparece unos segundos después, sin aliento. ¿Por qué siempre acabamos encontrándonos nosotros cuatro?
—¡Gracias a la Fundadora! —grito, avanzando hacia ellos. Mis piernas tiemblan más de lo que deberían.
—¿Estás bien? —pregunta Sándor.
—No lo sé. Por ahora parece todo bastante tranquilo: mal asunto.
—Aún así me alegro de haberme equivocado y que sí estemos juntos —dice Cristalith.
—¿Qué es esto? —pregunta Odrien, tocando una de las inscripciones del muro más cercano—. ¿Quién coño puede leer esto? Lith, tú fuiste a alguna clase en la Escuela de Honor Real, ¿te enseñaron a entender esto?
¡Qué suerte! Habría matado por ir a la EHR. Cristalith se acerca, inclina la cabeza, y entrecierra los ojos. Su tono cambia al leer la oración, como si invocara a los muertos de su linaje.
—Lengua Raíz... Arcanum Primus. Es una lengua viva; no se mantiene escrita, cambia. Mirad esto —dice señalando un tramo del muro—. Esta línea dice: «Aquel que confía en la luz, perderá el juicio».
Nos quedamos en silencio.
—¿Perderá el juicio como en... volverse loco? —pregunta Odrien.
—O perderá la vida —responde Cristalith—. En Arcanum, «perder el juicio» tiene múltiples lecturas, ¿acaso no te mueres cuando pierdes la cabeza?
—Y si se refiere a «juicio» como esta prueba... —añado, casi en un murmullo—. Entonces «juicio» significa «prueba». Sea como sea, no podemos ir por el camino ilumina-do.
—La pista de Lumavell —dice Sándor, de pronto—. «Donde el eco precede a la voz, desconfía de lo que oyes». Eso tiene que ayudarnos en algo también.
—Pero está claro, no necesitamos nada más, piensa en la otra: «La oscuridad guiará al juicio». —añado, sintiendo el eco de mi propia voz rebotar en la piedra.
—Dionna tiene razón, más claro, agua... —Odrien señala hacia el pasaje completamente a oscuras—. ¿Ese?
—Ese —dice Cristalith sin dudar—. Si lo que quieren es hacernos desconfiar de nuestros sentidos, entonces el camino más seguro es el más contraintuitivo. El más incómodo.
Sándor asiente, pero mira el otro pasaje, el iluminado. Estoy segura que ya hay varios Aspirantes que se pierden dentro. Luces que parpadean, risas forzadas, pasos acelerados me hacen pensar que algunos han acertado.
—¿Y si esto es un engaño dentro del engaño? —pregunta Sándor en voz baja—. ¿Y si quieren que pensemos que debemos evitar la luz para llevarnos directo a la oscuridad que mata?
Lo miro. Y por un instante, dudo. Cristalith me ve dudar.
—Dionna. Confías en tu instinto. Lo has hecho desde el principio. ¿Qué te dice ahora?
—Mi instinto me hizo perder más de una vez. El instinto no es algo infalible, y quien piense lo contrario, está muerto —digo mientras el zumbido en el pecho me dice que tengo que meterme en lo incierto—. Sin embargo, yo me metería en la boca del lobo.
Cristalith sonríe.
—Perfecto. Yo también prefiero la oscuridad a las trampas con purpurina.
Odrien se coloca a mi izquierda.
—Si morimos, quiero que quede claro que fue idea tuya, rebelde del norte —me susurra.
—Si morimos, no quedará nada claro —le respondo, y por primera vez en todo el día, me río—, porque estarás enterrado a la misma distancia de la superficie que yo, «norteño ejemplar».
Sándor entra primero, el resto vamos detrás. Y cuando la piedra encantada se cierra tras nosotros, sé que lo verdaderamente horrible será lo que nos obliguen a ver cuando no tengamos ya nada que ocultar.
Minutos después, cuando nuestros pasos ya se han vuelto torpes y las sombras parecen haber colonizado hasta el interior de nuestras bocas, ocurre.
Primero, escuchamos el grito. De los que salen directamente del alma desgarrándote por dentro.
De esos que solo existen cuando la carne entiende que va a romperse.
Cuando el alma se resquebraja antes de que el cuerpo golpee el suelo.
Cristalith se detiene en seco.
Todos nos quedamos inmóviles. Siento cómo cada vello de mis brazos se eriza como una advertencia, porque lo que sigue al grito es incluso peor: el sonido de piedra cediendo y luego el golpe seco contra el suelo. Cuerpo contra mármol. Hueso contra historia.
Mi pecho se cierra.
—Ha sido... —comienza Odrien, pero no termina.