Aethrya La Tríada XIV #4
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XIV #4

No estoy pensando en la Tríada, ni en el baile, ni en las consecuencias. Estoy en su boca. En su sabor. En ese temblor leve que le recorre los hombros cuando lo toco. En este momento que no debería existir, pero que ha nacido como si fuese inevitable.

Baja una de sus manos por mi pecho, por el costado para terminar aferrándose a mi cintura.

Me agarra con fuerza, sin delicadeza, acercándome aún más a él.

Pero en ese mismo instante, se aparta. Me mira a los ojos y veo como los suyos reflejan deseo mezclado con miedo, como si hubiese cruzado una línea que no sabe si podía permitirse.

—Podrías estar al otro lado del continente, oculta tras mil nombres, vestida de sombras y aún así sabría dónde encontrar tus ojos.

—No quita su mirada de la mía y yo creo que ya no me acuerdo de cómo se respira—.

¿Y sabes qué es lo peor? —susurra más cerca de mí—.

Que debería apartarme, sé que debería hacerlo; y sin embargo, cada vez que te miro, todo lo que soy decide desobedecer.

Se coloca la máscara de nuevo, da media vuelta y se va.

Así, sin más, como si no acabase de sacudirme hasta el fondo del alma.

Como si no me hubiese dejado con los labios ardiendo, el corazón fuera de ritmo y el deseo latiendo tan fuerte entre las costillas que me cuesta mantenerme en pie.

Intento torpemente colocarme la máscara, pero no sé si lo he hecho bien y aparto la cortina para volver a entrar a la sala.

Respiro, o al menos sigo intentando recordar cómo hacerlo.

No funciona del todo. El aire no parece llegar a los pulmones.

La sala no se ve igual: todo parece un lugar diferente.

Mis ojos se mueven a una velocidad inhumana buscando un punto fijo. Algo que me devuelva a la realidad.

Me llevo una mano a la boca, tocando mis propios labios como si pudiese atrapar el calor que aún queda en ellos, como si pudiese memorizar la temperatura exacta que ha dejado en mí.

Miro mi dedo índice, manchado de sangre ligeramente, y noto que mi labio inferior late como si tuviese un corazón propio.

En la pista, él vuelve a moverse como si nada hubiese pasado. Como si no acabase de dejarme empapada en sudor y deseando que el mundo se terminase aquí mismo. Como si el beso no hubiese sido real, pero lo fue. Menudo cabrón.

Vuelvo a la pista con los labios aún ardiendo.

No sé cómo lo hace él, pero a mí no me sale.

No sé cómo logra besarme así y luego alejarse como si no hubiese pasado nada.

Seredric vuelve a bailar como si la corte no pesara sobre sus hombros.

Me cuesta pensar con claridad, pero el movimiento de la sala no se detiene por mi colapso interno.

Las máscaras siguen flotando entre valses quebrados y risas envueltas en terciopelo.

Me mezclo otra vez con la multitud, fingiendo que no me arde la sangre, que no tengo los sentidos encendidos como antorchas.

Una figura a unos metros, alta, elegante, con esa calma serpenteante que solo puede pertenecerle a Devrian, llama mi atención y se convierte en el punto fijo que me devuelve a la realidad.

Como nos imanes, nuestras miradas se cruzan.

Mierda, no debo de haberme colocado bien la máscara, porque cruza la pista y viene directamente hacia a mí.

No hay forma de escapar sin hacer un escándalo, y aunque me tienta gritar y salir corriendo, mis piernas no se mueven y doy gracias a la Fundadora porque mi boca tampoco lo haga.

Se detiene frente a mí y ladea la cabeza.

—Sabía que eras tú —dice, y su voz sigue teniendo esa nota baja que parece hablar directamente a mi estómago—. Por tu cara de desconcierto. Siempre parece que estás a punto de saltar de un edificio o pelear con un fantasma. ¿Por qué te has descolocado así la máscara? ¿Te has peleado de verdad?

Le sostengo la mirada sin decir una palabra, mientras recoloca mi máscara como si fuese una niña pequeña que no sabe atarse los zapatos.

No es miedo lo que siento ahora mismo la verdad, pero prefiero que piense eso.

Me mira los labios y juraría que se mete dentro de mi cabeza. Seguro que lo sabe todo. Mierda.

—¿Y eso te parece atractivo o solo entretenido? —consigo preguntar para distraer su atención de mis labios.

¿Estoy intentando apagar el calentón con el Valendris equivocado o es ahora cuando estoy acertando? ¿Qué coño me pasa?

—Ambas cosas —responde, extendiéndome una copa de vino, él lleva algún tipo de licor que desconozco en la suya—. Pero sobre todo, lo que me resulta es familiar.

Cojo la copa, porque mi garganta está seca, no solo por cortesía.

Devrian se inclina, un poco más cerca, sin invadir del todo mi espacio.

Solo lo suficiente para que la piel me recuerde lo que puede hacer en este momento con una sola palabra bien dicha.

Siempre espera a que yo le de el espacio para entrar en él.

Nunca toma sin pedir permiso. Algo que valoro mucho de él.

—Acompáñame. Solo unos minutos.

Asiento y me guía hacia uno de los balcones laterales.

Afuera, el aire nocturno está lleno del perfume del jardín encantado.

La falta de perfume de dentro hace que el contraste me confunda por un segundo.

La barandilla tiene incrustaciones de cristal, y la luna se refleja en ellas como si el palacio hubiera robado trozos del cielo.

Él apoya su copa sobre el borde y la hace girar lentamente, el hielo tintinea como si también estuviese esperando que él diga lo que tiene pensado decir.

—Mañana comienza el final. Todo se complica después de la segunda prueba —dice.

—¿Así de simple? —respondo—. ¿Una frase lapidaria para empezar la conversación? Qué manera de romper el hielo tienes, chico.

—Me pareció adecuado. —Se encoge de hombros—. Pero yo —dice, y juro que refuerza ese yo como si tuviese una doble lectura que yo debo entender— no he venido a ser poético. He venido a ser útil.

Me inclino contra la barandilla y alterno mi mirada entre uno de los jardines del palacio y él.

—¿Y útil cómo?

—No quiero que enfrentes lo que viene sola —dice con preocupación; de verdad le importo, y me quiere cuidar por encima de la Tríada y de su apellido—.

Vayas donde vayas en la próxima prueba, habrá algo más que enemigos y pruebas.

Habrá traiciones, tensiones y secretos. Quiero estar cerca para poder protegerte, pero tú tienes que algo importante para mí.

Frunzo el ceño.

—¿Qué me estás proponiendo?

Devrian no sonríe esta vez, mal asunto. Esboza una línea recta con los labios, más como si supiera que está cruzando un umbral del que no puede volver. Como si él sí se atreviese a algo más que lo meramente físico.

Y sin embargo, a mí aún me siguen ardiendo los labios. Me muerdo el inferior, sintiendo un ligero sabor a óxido, mientras espero una respuesta.

—Que vayas conmigo al próximo baile, que nos vean juntos y sepan a quién pueden traicionar y a quién no. Que me permitas ayudarte con lo que sé y con lo que puedo influir. Tengo recursos, Dionna. Amistades en la corte. Acceso a cosas que los demás ni imaginan.

—¿Y qué me pides a cambio? ¿Qué significaría ir contigo al último baile? Si es que llego con vida…

—Nada más que tu compañía —responde, con esa dulzura siempre presente—. Nada más que a ti . A mi lado.

—No me acostumbro a que alguien quiera protegerme sin condiciones —le digo—. Demasiado bueno para ser cierto.

Lo observo durante unos segundos. Devrian es seguridad; me ha salvado una vez, me ha abrazado justo cuando más lo necesitaba, y ahora me ofrece su alianza. No sé si es afecto lo que hay en su voz o es que ha visto en mí algo más que un pasatiempo. Si de verdad me ve.

—Lo pensaré —respondo, finalmente.

Y eso basta, porque sus ojos brillan como si acabara de ganar una apuesta.

Como si lo importante no fuera la respuesta, sino el hecho de que no lo he rechazado del todo.

Se inclina y me besa la mano, un beso sutil sobre el dorso de la mano.

Un gesto tan clásico que casi olvido dónde estamos. Volvemos al salón y nos separamos.

El vals se apaga lentamente, disolviéndose entre caricias escondidas de gente que no se reconoce.

Las parejas se separan con reverencias suaves, con miradas que duran un segundo más de lo necesario.

Algunos brindan con copas que tintinean demasiado.

Otros se despiden con gestos pequeños que no significan «adiós», sino algo más parecido a un «hasta la próxima máscara».

Yo camino intentado observar cada detalle.

Hay un apretón de manos a mi izquierda. Rápido y discreto.

Creo que reconozco a los dos: son Aspirantes que habían jurado no dirigirse la palabra desde la prueba del Laberinto.

La rigidez de sus muñecas y la manera en que no se miran al soltar, hace parecer que sea lo que sea de lo que han hablado, es una traición o un pacto desesperado. En este punto, es lo mismo.

Cristalith cruza el salón como un vendaval contenido, con la máscara ya retirada y la dignidad intacta.

Odrien la sigue con esa media sonrisa que no usa con nadie más.

Hay algo en su rostro, ¿está sonrojado? ¿Él?

Eso es más revelador que cualquier caricia.

Ella se vuelve apenas unos centímetros, le murmura algo, y él le responde tocándole la espalda.

Yo solo quiero irme a dormir y olvidarme de todo.

◆◆◆

—Has estado radiante —dice Clummy cuando llego a mi cuarto—. Como un meteorito cayendo al centro de un campo minado, haciendo volar la metralla iluminando así el cielo en noche cerrada.

Levanto una ceja, gratamente sorprendida.

—¿Eso era un cumplido?

—Solo si sobreviviste a la caída —responde.

Apoyo la máscara sobre la mesa y la miro.

—¿Qué sabes de lo que pasó?

—Lo que hay en tu cabeza: que bailaste, besaste, te ofrecieron un amor disfrazado de invitación, tuviste que contener más emociones de las que cualquiera debería procesar en una sola noche —enumera con una precisión quirúrgica todo detalle en mi cabeza—, y que ahora te duele todo, pero no sabes por qué parte empezar a romperte.

Me quedo callada. Respiro hondo. El vestido aún me aprieta, pero no quiero quitármelo.

—¿Quieres hablarlo o prefieres una recopilación de memes emocionales adaptados a tu situación psicoafectiva?

—Estoy confundida —digo, sin mirar a Clummy—. Y cansada. Y un poco asustada, creo.

—¿Asustada?

—Tengo pavor a que todo esto sea una gran mentira —respondo, con la voz más baja de lo que pretendía—.

De que me esté enamorando de alguien que solo sabe existir tras una máscara o que esté aceptando la protección de alguien que no quiero de verdad, aunque sea lo mejor para mí, y eso me convierta en una aprovechada.

Clummy se baja de la repisa y camina hacia mí. Sus pies hacen ese sonido suave de tela sobre piedra. Se agacha frente a mí, a la altura de mis rodillas.

—¿Y si ambas cosas fuesen ciertas?

—Entonces estoy jodida y soy una persona horrible.

—O estás aprendiendo —corrige él—. Las máscaras no solo ocultan, también revelan. A veces no sabemos quiénes somos hasta que fingimos ser alguien más y vemos que no nos gusta.

Lo miro. Su rostro es de porcelana, pero a veces me parece más humano que cualquiera de los que me rodean.

—¿Y tú quién crees que soy?

—La chica que se negó a aceptar que no merecía estar aquí. La que abrazó sus miedos y los bailó hasta convertirlos en arte. La que sigue aquí, incluso cuando nadie lo esperaba. Eso es más que suficiente.

Me cubro la cara con las manos. No lloro, pero siento que podría hacerlo si me dejo ir.

—Tengo el corazón partido en dos. Una mitad arde. La otra ruega que alguien la defienda. ¿Qué se supone que debo hacer con eso?

—Esperar —responde, poniéndose de pie—. Esperar a que una de las dos mitades grite más fuerte que la otra. Y entonces escucharla.

—¿Y si gritan al mismo tiempo?

—Entonces, querida mía, sigue aquello que te vaya a dar más paz. La felicidad es eso.

Lo miro y sonrío, porque Clummy, con su lógica torcida y sus frases robadas a filósofos muertos, a veces me da la única verdad que necesito y otras veces solo me deja un poco más vacía por dentro.

—A veces pienso que me estoy volviendo un espejo —murmuro—. Me adapto a lo que los otros ven en mí, pero cuando me busco fuera de sus expectativas… —comienzo a decir, me encojo de hombros y una lágrima rueda por mi mejilla— no encuentro nada. No hay absolutamente nada.

Me desabrocho el vestido con dedos torpes; que los botones estén en la lumbar no ayuda nada. El silencio es total. No me desnudo del todo, solo un tirante cae de mi hombro izquierdo. Levanto la mano y me toco los labios. Están calientes todavía.

El beso de Seredric no tenía nada que ver con la estrategia.

Fue un impulso, un latido a destiempo. Fue un tropiezo, el paso que cruzas del odio al deseo.

Y no lo soporto, porque él siempre coge lo que quiere, con ojos que atraviesan las capas, con una boca que no pide permiso, solo entra y luego se arrepiente.

Lo hace sin ofrecer promesas, sin extender garantías.

Solo palabras, siempre envueltas en guerra.

Siempre cargadas de esa pasión que finge ignorar cuando no estamos solos.

¿Ese beso fue real o solo porque llevábamos máscaras? ¿Y por qué me duele que no pueda ser sin ellas?

Justo antes de sentarme en el borde de la cama, el resto del vestido cae al suelo, como si me abandonase él también.

Y entonces, aparece Devrian en mi cabeza. Su propuesta y su control impecable. La seguridad que proyecta, como si pudiera hacerme invencible con solo quedarme a su lado. Él me ofreció algo esta noche. No un beso, ni mucho menos un secreto. Me ofreció algo más duradero: alianza.

¿Y si lo que siento por Seredric es solo atracción física, pero nunca podrá ofrecerme refugio real?

Me encojo sobre las sábanas. Siento el sudor seco en la espalda. El recuerdo del perfume del jardín encantado en la piel. La presión de dos miradas tan distintas y tan peligrosas. Seredric me incendia, Devrian me protege; ninguno me da respuestas completas.

—¿Puedes quedarte conmigo esta noche, Clummy? —pregunto de repente, rompiendo el silencio.

—Ya estoy aquí. Siempre estoy aquí.

Se sienta en el suelo, junto a la cama, como un centinela. Lo miro y dejo que las lágrimas corran sin disfraz; no me da vergüenza desnudarme física y emocionalmente delante de Clummy. Ya no.